119- UNA CORONA DE ESPINAS

Los soldados romanos torturan a Jesús. Se divierten con el cruel juego del reyecito. Burlas, patadas, manto y corona de espinas.

Centurión – Gobernador Pilato, le hemos dado al nazareno los treinta y nueve azotes que manda la ley.
Pilato – ¿Y qué han sacado en limpio?
Centurión – Nada. Ni una palabra. Es como ordeñar una piedra.
Pilato – ¡Judío había de ser! ¡Raza de mulas tercas! Estoy harto de esta gente y de todos sus líos, ¡maldita sea!
Centurión – Pues la verdad es que a esta mula ya le queda muy poco que resoplar, gobernador. El prisionero está destrozado.
Pilato – Entonces suéltalo ya. Y que Caifás y su pandilla no vengan otra vez a fastidiarme.
Centurión – Caifás y su pandilla esperan fuera a su excelencia.
Pilato – ¡Que se los lleve el dios Plutón a los infiernos! ¿Y ¿dónde tienen a ese hombre?
Centurión – ¿Al nazareno?
Pilato – Sí.
Centurión – Está aún en los fosos, gobernador. Con los soldados.(1)

Para matar el aburrimiento de las largas horas sin hacer nada, los soldados romanos solían jugar a los dados en los calabozos húmedos y malolientes de la Torre Antonia.

Soldado – ¡Te toca a ti, Tato!
Tato – ¡Demonios! Aquí cualquiera se queda dormido. ¡Qué calor!
Gordo – Vamos, hombre, ¡tira de una vez!
Soldado – ¡Tres y dos! ¡Perdiste, Tato! ¡Tú serás el reyecito! ¡Ja, ja!
Gordo – ¡Ea, una venda para los ojos de este granuja!

El juego del reyecito era muy popular en nuestro país.(2) Se pintaba una ruleta en el suelo, con números y dibujos, y sobre ella se echaban los dados. El que perdía tenía que hacer de rey y adivinar con los ojos vendados qué compañero le pegaba.

Tato – ¡No me aprietes tanto el pañuelo, caramba, que yo no hago trampas!
Soldado – ¡Ea, compañeros, miren lo que les traigo aquí!
Tato – Déjame ver… ¡Vaya! ¡Cómo ha dejado Celso al profeta judío! ¡Madurito!
Soldado – Como lo tenía que dejar. Es un pájaro de mucho cuidado.

Un soldado gordo y fuerte arrastró a Jesús hasta uno de los rincones del calabozo y lo dejó allí tirado. Su cuerpo, casi desnudo, se dobló sobre sí mismo, respirando agitadamente. De su espalda, arada por los azotes corrían hilos de sangre que iban formando pequeños charcos sobre el suelo húmedo.

Gordo – Pero, ¿para qué traes a este elemento acá?
Soldado – ¿Tú sabes cómo está el Infierno? ¡Una jaula llena de pájaros como éste! En las fiestas es cuando más trabajo tenemos allí para hacerlos cantar. El tipo estorbaba y me dijeron que lo llevara a otro sitio. ¡Se lo regalo!
Tato – Así que éste es el famoso «profeta»… ¡Ja!

El soldado se inclinó y agarró a Jesús por los pelos para verle la cara.

Tato – ¡Bah! ¡Este «fue» el profeta! Ahora ya no es más que basura. Está rematado. Lo mejor sería echarlo al estercolero para que se lo coman los buitres.
Soldado – Pues, no creas, el tipito es fuerte. Aguantó bien los treinta y nueve latigazos. Esta mañana se quedaron dos a mitad de camino.
Gordo – ¡Agitadores! Merecido se lo tienen. ¡Eso y más! ¡Por meterse donde nadie les llama!
Tato – Conocí yo hace unos meses a uno de estos revolucionarios. ¡Tendrían que haberlo oído! Pero le duró poco la bravuconada, ¿saben?
Gordo – Vamos, hombre, déjate de historias y juega. Ya echamos los dados y le tocó a Tato hacer de reyecito.
Soldado – Oigan ustedes, ¿pero a este tal Jesús no lo agarraron porque decía que era el rey de los judíos? ¡Pues que él sea el reyecito! ¿Qué les parece?
Tato – ¡Ja, ja, ja! ¡Buena idea! Epa, vamos a sentarlo aquí. Trae algo tú para taparle los ojos.
Gordo – Esto mismo puede servir.
Tato – No, mi pañuelo no, caramba. Búscate un trapo viejo de los que hay al lado. ¡Corre!
Gordo – ¿Vamos, su Majestad Mesías? ¡Ja!

Entre dos de los soldados levantaron a Jesús del suelo y lo arrastraron hasta un banco de piedra en el centro del calabozo que servía para las torturas de los prisioneros. Allí lo sentaron.

Tato – ¡Ja! ¡Mira qué trono! ¿Qué te parece?
Soldado – ¡Tápale sus «vergüenzas», Tato! Un rey en cueros no impone mucho respeto. ¡Ja, ja, ja!
Tato – Tienes razón. ¿Desea su Majestad alguna caricia?… ¡Toma!

El soldado le dio una patada en los testículos. La cara de Jesús se contrajo de dolor.

Tato – Con Roma hay que andarse con cuidado, amigo. ¿Quieres otra?
Gordo – Mejor vendarle la cara, hombre. Si no, el juego no tiene gracia.
Tato – Bueno, pues ponle ese trapo de una vez. ¿No dicen tus paisanos judíos que los profetas lo adivinan todo? ¡Pues a ver si adivinas de qué mano vienen las bofetadas!

Le vendaron los ojos a Jesús. Como a duras penas se mantenía derecho, uno de los soldados, por detrás, le agarró los hombros para sostenerlo.

Tato – Adivina, reyecito, ¿quién te dio este golpecito?

Cayó sobre su rostro hinchado la primera bofetada y todo el cuerpo de Jesús se sacudió.

Tato – ¿Qué dices, eh? ¿No eres profeta? ¡Pues cumple bien con tu oficio, amigo! Los romanos ya cumplimos con el nuestro: tenerlos a raya a todos ustedes. ¡Ea, valiente, habla, que te escuchamos!
Gordo – ¡Somos todo orejas, rey de Israel!
Soldado – Quítate, hombre, déjame a mí ahora. ¡Toma! ¡Adivina, profeta!

Jesús hubiera caído al suelo si el soldado no lo hubiese aguantado por detrás. Las manos, como dos tenazas, se le clavaban en la espalda empapada en sangre.

Soldado – No sirves para este juego, amigo: ¡ni cacareas ni pones huevos! ¡Ja, ja!
Gordo – Bah, esto está muy aburrido.
Soldado – Déjenlo ya… A éste lo vendrán a buscar pronto. Parece que lo van a soltar. El gobernador no debe querer muchos líos con él. La gente está muy alborotada ahí fuera.
Gordo – ¡Ja! ¡Claro, si dicen que es el Mesías!
Tato – ¡El Mesías! ¡Pues no siempre se tiene a mano un Mesías, caramba! ¡Hay que aprovechar la oportunidad! ¡Ja, ja, ja!
Soldado – Oigan, ¿y por qué no le vestimos de rey? Si es el Mesías… Así, cuando lo suelten, toda esa chusma podrá aclamarlo como se merece.
Tato – ¡Eso mismo! ¡Vaya, ¡yo me encargo de la corona!
Gordo – ¡Pero vuelve pronto, que su Majestad tiene prisa!
Soldado – Mientras ése trae la corona, ¡un manto para el rey, camaradas!
Gordo – ¡Aquello sirve! ¡Trae acá! ¡Ja, ja!

Un soldado joven, con la cara llena de granos, recogió del suelo un trapo rojo, que en su tiempo habría sido el manto de alguno de la tropa y ahora estaba grasiento y lleno de polvo, tirado en un rincón.

Soldado – ¡Eso mismo! ¡Mesías Rey, el pueblo echa sobre tus hombros los cuidados del reino!

Pusieron el trapo rojo sobre las espaldas desgarradas y sangrantes, apretándolo contra las heridas. Jesús aulló, cegado por aquél dolor insoportable.

Soldado – ¡Esto te pasa por meterte a salvador! ¡Déjanos en paz, amiguito! ¡Aquí cada cual salva su propio pellejo!
Gordo – ¡Quítale ya la venda de los ojos! ¡Que él también pueda ver su realeza!
Tato – ¡Aquí está la corona, camaradas! ¿Qué les parece?
Soldado – ¡Ni ese rey David que estos judíos tanto mientan la tuvo mejor!

Era un casquete de espinos de zarza, casi secos, que el soldado ha­bía arrancado del patio de la guardia. Entre él y otro habían trenzado de prisa aquel macabro sombrero.

Soldado – ¡Demonios! ¡Esto pincha, caramba! ¡Ja!
Tato – ¡Pónsela, que ya se la ajustaremos!
Soldado – ¡Por haber tenido la cabeza tan dura, te mereces esta corona, reyecito rebelde!

El soldado dejó caer el casquete de espinas sobre el pelo revuelto de Jesús.

Tato – ¡Pero esta corona no ha tocado aún la cabeza real!
Soldado – ¡Busca un cetro para que le entre mejor!

Entonces trajeron una vara de olivo, nudosa y retorcida, con la que se apaleaba a los presos.

Tato – ¡Vamos, adentro! ¡Toma! ¡Cada uno que empuñe el cetro y le prometa obediencia al reyecito, vamos!

Con el palo golpeaban el casquete, encajándolo hasta el fondo. Las espinas, duras y afiladas como agujas, atravesaron la piel de la cabeza y de la frente. El rostro de Jesús se fue cubriendo de gruesos hilos de sangre.

Soldado – ¡A sus órdenes, Majestad! ¡Toma!

Una de las espinas se clavó en el ojo derecho de Jesús. A la sangre se mezcló un líquido blancuzco que corrió por las mejillas.

Tato – ¡Hombre, no seas así! ¡No dejes ciego a nuestro rey! ¡No podrá ver las reverencias de sus súbditos!

Cuando se cansaron de golpearlo, los soldados pusieron la vara de olivo en las manos sin fuerzas de Jesús y comenzaron a girar en torno a él haciéndole muecas y doblando la rodilla.

Soldado – ¡Salud, rey de los judíos!
Tato – ¡Salud, Majestad Mesías!
Soldado – Oigan, ¿pero nadie se ha dado cuenta de que nuestro rey es barbudo? ¡Eso no puede ser! ¿Me oyes, amiguito? ¡Te vamos a afeitar! Son las costumbres romanas y hay que cumplirlas. ¿Qué te parece, eh?

Jesús se estremeció. El soldado que capitaneaba el grupo le agarró con sus dos manos la barba abundante y rizada, empapada en sangre. Y comenzó a tirar fuertemente de ella. Con los pelos, arrancados a raíz, se levantaba también la piel y enseguida las mejillas, brutalmente despellejadas, comenzaron a manar sangre.

Soldado – ¡Ahora sí, majestad! ¡Ahora sí te reconocemos como nuestro César! ¡Ja, ja!
Tato – ¡Salud, rey de los judíos!
Soldado – Míralo, míralo cómo tiembla. ¡Así son estos tipos, muy bravucones primero y cuando les echan mano, se mean del susto!
Gordo – ¡Ya decía yo que aquí faltaba algo! ¡Los perfumes para ungir al reyecito! ¡Anda tú, vete a buscar los orinales del cuarto pequeño!

Los soldados, entrenados por sus jefes para el escarnio de los prisioneros, reían a carcajadas. Uno de ellos vino muy pronto con un cacharro de metal que la tropa usaba en el calabozo para hacer sus necesidades.

Tato – ¡Trae, trae, que lo voy a ungir yo mismo! ¡Que viva el rey de los orines!

Los excrementos y los orines cayeron sobre la cabeza de Jesús, resbalando por el manto rojo y por el pecho. El aire se llenó de un olor nauseabundo.

Gordo – ¡Qué tufo tiene el rey de los judíos, camaradas!

Jesús sentía en todo el cuerpo los latidos violentos de su cabeza atravesada por las espinas. Tenía el rostro bañado en sangre, que iba cayendo lentamente por el pecho desnudo. Aquellas crueles carcajadas de los soldados le golpeaban en las sienes como piedras arrojadas desde un pozo oscuro y sin fondo en el que se hundía, completamente solo. El hedor de los excrementos sobre su cuerpo le resultaba insoportable. Abrió el ojo que le había quedado sano para mirar a los soldados que continuaban haciéndole burla. Y lloró. Sus lágrimas, más saladas que su sangre, rodaron hasta las mejillas que estaban en carne viva. Sintió que se iba a desmayar y, con las últimas fuerzas que le quedaban, se deseó la muerte.
Mateo 27,27-30; Marcos 15,16-20; Juan 19,2-3.

Comentarios

1. La cohorte de soldados romanos de la Torre Antonia, cercana al Templo de Jerusalén, estaba formada por 600 hombres que pertenecían a las tropas auxiliares reclutadas por Roma en las provincias bajo su dominio. Estas tropas eran distintas de los legionarios, que participaban en las guerras y estaban compuestas en su totalidad por ciudadanos romanos. En la provincia de Judea, integraban las tropas auxiliares extranjeros de distintas zonas de Palestina. Los que servían en la Antonia eran mayoritariamente sebastenos, de las tierras centrales de Samaria. Los judíos estaban exentos de prestar servicio militar al invasor.

2. En tiempos de Jesús, eran muy populares los juegos de dados sobre tableros. En las baldosas del Patio Enlosado de la Torre Antonia que se han conservado hay algunas inscripciones de gran interés para entender el juego al que los soldados sometieron a Jesús mientras estuvo prisionero. En una de ellas está señalado a cuchillo una especie de tablero con casillas, como un pequeño parchís. Según las investigaciones, este juego consistía básicamente en ir haciendo avanzar fichas sobre las casillas hasta llegar a una meta y tenía al final un premio para el vencedor: hacer de rey y poner pruebas a los perdedores. Se llamaba el juego «del escorpión» o «del reyecito».

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