17 UNA MAQUINA TEC-NI-CA-MEN-TE PER-FEC-TA

…con un solo fallo

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    Año 1886. Ciudad de Atlanta, Estados Unidos. En su laboratorio, el boticario John Pemberton trabaja en nuevos experimentos…

    PEMBERTON —Shhhh…! Cállese la boca. No me interrumpa… Machaco hojas de coca… Machaco semillas de cola… Mezclo aquí, mezclo allá… Hojas de coca, semillas de cola… Cola con coca… coca con cola… ¡Eureka! ¡Ya lo tengo!
    AMIGO —¿Qué es lo que tienes, John Pemberton?
    PEMBERTON —Pruébalo. Creo que es excelente.
    AMIGO —¿Y qué cura este brebaje? ¿Otro remedio para los calvos?
    PEMBERTON —Que lo pruebes te digo. Es para el dolor de cabeza y las náuseas.
    AMIGO —Muy fuerte el olor… Pero no sabe mal… ¿Con qué lo hiciste, John Pemberton?
    PEMBERTON —¿Me lo compras o no me lo compras? Después te diré la fórmula.
    AMIGO —Está bien, está bien. ¿Qué te parecen 2 mil dólares?
    PEMBERTON —2.500.
    AMIGO —Ni para ti ni para mí: dejémoslo en 2.300. Anda, dime con qué hiciste este «veneno», John Pemberton.
    PEMBERTON —Con coca… y con cola.
    AMIGO —¡Pues se llamará «coca-cola»!
    NARRADORA —No sabía entonces John Pemberton, el boticario, que al vender la fórmula de su «coca-cola», comenzaba una nueva era en la historia de la humanidad.

    COMPADRE —Lo que no sabía ese John Pemberton era la millonada de dólares que iban a ganar los que le compraron la fórmula de su «coca con cola». Con mucho dinero y mucha publicidad, en poco tiempo el invento de este boticario le dio la vuelta al mundo.
    ABUELO —¡Ah, la Coca Cola! Eso sí que es un refresco único… Yo siempre digo que es… que es… cómo diría yo… que es la chispa de la vida.
    VECINA —¡Oigalo! Repitiendo como un loro lo que dicen los anuncios de la radio. ¡Como un lorito!
    ABUELO —Está bien, está bien, señora. Pero »chispa» tiene. Eso usted no se lo puede negar. Uno lo toma y lo toma, y nunca le descubre el saborcito a ese refresco.
    VECINA —Es que nadie se lo puede descubrir. A mí me han dicho que la receta de la Coca Cola es como el secreto de Fátima, que sólo dos o tres personas en el mundo lo conocen.
    COMPADRE —Señora, eso del secreto es publicidad para vender más. ¿No ve que tanto misterio es también parte del negocio?
    VECINA —Pero… ¿usted sabe o no sabe el secreto?
    COMPADRE —Si cualquiera lo sabe, señora. En cualquier laboratorio le analizan el saborcito y le dicen «el secreto». Yo se lo digo ahora mismo, si usted quiere. Escuche:
    Mezcle azúcar, mucha azúcar, con agua, mucha agua. Añádale un poco de ácido fosfórico, otro poco de cocaína o cafeína —según las prohibiciones— otro poco de glicerina, jugo de lima, aceites esenciales y extractos vegetales: todo bien batido, embotellado y con una buena campaña de publicidad para que el mejunje se venda.
    VECINA —¡Así que tanto misterio para eso!
    COMPADRE —Tanto dinero para eso. Porque lo más interesante de este asunto no es la fórmula, sino el dineral que hay que pagar por esa fórmula.
    VECINA —¿Qué dineral?
    COMPADRE —¿Pero usted no sabía que nuestro país tiene que pagar licencias industriales a los dueños de la Coca Cola por embotellar el re fresquito? Tiene que pagar lo que se llama una patente, un permiso, dólares contantes y sonantes.
    ABUELO —Claro, señora, la marca hay que pagaría. El que inventa, también tiene sus derechos. Usted paga porque embotella un invento ajeno.
    VECINA —Pagará otro. Yo no pago ni un centavo por esa agua sucia. Porque a mi nunca me ha gustado ni su chispa ni su nada. Yo prefiero batir piña o guayaba o tamarindo, que me sabe más sabroso…
    COMPADRE —Pero otros, no. Otros prefieren la Coca Cola sólo porque viene de fuera. Piensan que todo lo extranjero es lo mejor. Aunque sea más caro y no alimente. Pagamos la patente de la fórmula «secreta», la patente de la botella, la patente de la máquina de embotellar… ¡y la verdad es que con tanta patente nos tienen agarrados por la pata!
    ABUELO —Bueno, bueno, no se puede generalizar. A usted siempre le gusta hacer caricaturas. La Coca Cola es una cosa y otros inventos son otra cosa. Hay inventos muy útiles, máquinas nuevas, que es justo que queramos tener y que paguemos por ellas. No hay que ser enemigo del progreso y de la técnica…

    ALEMAN —¡Progreso y técnica, amigo! Vea, vea cómo funciona esta máquina maravillosa… Esta gran maquinaria de alta tecnología traerá progreso y técnica a su industria. Hemos aceptado venderles la patente para que ustedes puedan usar nuestro invento. Firme aquí, por favor, es el compromiso por el pago de la patente.
    LATINO —Aquí… ¿algo más?
    ALEMAN —Sí, otra firma aquí, por favor…
    LATINO —¿Y ésta?
    ALEMAN —Este es el compromiso de ustedes de darnos parte en las ganancias de todo lo que fabriquen con nuestro invento.
    LATINO —Bueno… ¿algo más?
    ALEMAN —Sí, firme también aquí…
    LATINO —¿Y ésta?
    ALEMAN —Este es el compromiso de ustedes de comprarnos todos los repuestos que necesite esta máquina… Ah, y aquí también una firmita más, por favor… Este es el compromiso de ustedes de vender los productos que fabriquen con nuestro invento sólo en los países que nosotros les indiquemos.
    LATINO —Oiga, ¿y no quiere que le firme también una tarjetica de cumpleaños…?

    COMPADRE —No, no es que uno sea enemigo del progreso ni de la técnica… Pero, la verdad, con tanto compromiso y tanta firma, nuestras fábricas se hacen cada vez más dependientes del extranjero. ¿Qué técnica? ¿La que nosotros necesitamos comprar, o la que ellos nos quieren vender? ¿La que soluciona nuestros problemas o la que los complica más? Porque la máquina se hizo para el hombre y no el hombre para la máquina.
    VECINA —Ay, eso es lo que dice Jesucristo en el evangelio.
    ABUELO —Señora, no ande confundiendo siempre las cosas.
    COMPADRE —Bueno, no lo dirá así mismo, pero dice algo parecido. Y eso, eso es lo que debía haber dicho el dueño de la Textilera Pérez y Pérez…

    JAPONES —¿Usted es el dueño de la Textilela Pélez y Pélez, glan fáblica de camisas?
    LATINO —Sí, ese mismo soy yo… Y usted, ¿quién es?
    JAPONES —Soy el representante en este país de la firma Yogano Muchito.
    LATINO —¿Yogano Muchito? Y yo, ¿qué gano?
    JAPONES —¿Cómo dice, señol?
    LATINO —No, digo que qué se le ofrece… Digo que qué desea, señor.
    JAPONES —Deseo ayudalo, señol, ayudal a su fáblica, que es una fáblica plimitiva, atlasada, obsoleta…
    LATINO —¿Obsoqué? ¿Qué diablos dice este chino?
    JAPONES —Japonés, señol, japonés… Mile usted, señol, en el Japón estamos acelcándonos ya al ideal industlial, al ideal de la fáblica sin tlabajadoles. Glan ploducción sin tenel que pagal un solo centavo de salalios y sin tenel un solo ploblema de huelgas, plotestas y cosas palecidas…
    LATINO —Esto se pone interesante. ¿Y cómo se logra ese ideal de la fábrica sin trabajadores, señor Yogano Muchito?
    JAPONES —Pues bien, quelido señol, pala loglal ese ideal y ese plogleso, vengo a vendel a Textilela Pélez y Pélez esta máquina que ve en el catálogo… Esta, mile, ésta…
    LATINO —¡Anjá, qué adelanto! Muchas palancas, muchos botones…
    JAPONES —Es una máquina lobot.
    LATINO —Ah, un robot…
    JAPONES —Sí, en cada botón tiene una ploglamación de miclocomputadola electlónica. Y dígame, señol, ¿cuántas tlabajadolas tiene la Textilela Pélez y Pélez?
    LATINO —Cien, cien mujeres trabajan aquí.
    JAPONES —¿Y qué hacen esas cien mujeles?
    LATINO —Bueno, ellas hacen de todo. Hacen la camisa entera.
    JAPONES —Pues, máquina electlónica, glan invento de Yogano Muchito, hace la camisa entela. Y la hace mejol y más lápido, sin equivocalse nunca. Colta tela, cosa tela, pone cuello, quita cuello, pega botón, plancha camisa. Y lobot no anda habla y habla como mujeles peldiendo tiempo de ploducción.
    LATINO —No puedo creerlo. Sí, aquí lo veo… Esta palanca y esta otra… ¡Es una maravilla!
    JAPONES —Una maravilla que le aholalá el salalio de cien tlabajadolas y le halá mil camisas pol día. ¿Qué le palece?
    LATINO —¡Me palece mentila!
    JAPONES —¡Pelo es veldad!
    LATINO —Entonces, ¡compro la patente!

    VECINA —Eso sí, ¿ve? Eso sí que son grandes inventos, esas máquinas… Y no como la receta vieja de la Coca Cola. Pero, ¿de verdad habrá robots como ése que vende el japonés?
    ABUELO —Ay, señora, como usted no sale de su casa, no sabe nada de la vida. Pero ahora hay cada invento que te eriza los pelos. ¿Usted sabía que ya le pueden hacer un análisis de sangre a uno sin la inyección, sin sacarle una gota?
    VECINA —¿Y cómo lo hacen?
    ABUELO —Por computadora, señora. Por com-pu-ta-dora. ¿Y sabía que están haciendo ya robots de ésos, japoneses o americanos o de donde sea, que trabajan como sirvientas en las casas? Le hacen a usted la sopa, le barren, le abren la puerta, hasta le limpian los zapatos…
    VECINA —Pero, ¡qué maravilla, Dios bendito!
    COMPADRE —Una maravilla, sí. Pero, ¿quién gana con todas esas maravillas? El dueño de la fábrica de camisas. Que ahora va a producir más y a ganar más que antes. Pero, ¿qué pasa con las 100 mujeres que cosían las camisas? América Latina está llena de desempleados. Y muchas de estas nuevas tecnologías lo que vienen a fabricar es todavía más desempleados.

    CHILENA —No, viejo, no valió huelga, ni valió reclamo ni valió nada, pues. Que las mujeres somos muy lentas, que atrasamos la producción. Nos van a dejar cesantes y van a traer unas máquinas nuevas. Dicen que son tan poderosas como Dios… ¡Yo digo que serán como el diablo! Ay, viejo, ¿y qué vamos a hacer ahora sin ese dinero? ¡Nos van a echar de la casa!…

    PATRON —No, señor mío, aquí no hay trabajo para usted. No insista. Ya tenemos el personal completo hace mucho tiempo.
    ECUATORIANO —Pero es que yo tengo alguna experiencia en estoy…
    PATRON —Esa experiencia que tiene usted no sirve ya. Usted es un artesano, amigo. Usted es de otros tiempos. Aquí sólo contratamos ya obreros especializados. A ver, ¿qué especialización tiene usted?
    ECUATORIANO —Bueno, yo sé algo de motores.
    PATRON —¿De qué motores, señor mío? La tecnología ha simplificado todos los procesos. Y con sus motores ya no se fabrica ni un clavo.
    ECUATORIANO —Bueno, entonces podría hacer la limpieza del taller…
    PATRON —Lo siento, amigo. La limpieza del taller también la tenemos mecanizada.

    SALVADOREÑO —Ahora sí que nos fregaron. Dicen que la empresa nuestra va a hacer no sé qué fusión con no sé qué empresa gringa… Reducción de personal. Van a meter nuevos equipos y no sé qué vergas… ¡y a la calle! Que no necesitan tanta gente, que ahora la onda moderna es gastar el pisto en máquinas y no en sueldos, ¿y el obrero que se joda! ¡A comer aire, cipotes, que para otra cosa no va a alcanzar con esta onda moderna!

    COMPADRE —Sí, entran las máquinas por una puerta y por la otra puerta salen más y más desempleados. Estas nuevas tecnologías son una maravilla, si. Son «téc-ni-ca-men-te-per-fec-tas». Pero tienen un fallo, sólo un fallito: eliminan gente. Y en América Latina hay mucha gente. Para un continente como el nuestro sólo sirven las máquinas y los inventos que den trabajo, y no los que quiten trabajo. Antes que los millones de camisas, hay que crear millones de puestos de trabajo para que todos puedan comprarse su camisa.
    ABUELO —Bueno, ahí sí que le doy la razón enterita. Tengo yo el caso de Agapito, mi sobrino, un muchacho preparado… Pues lo botaron hace un mes de la fábrica por no sé qué reconversión industrial que iban a hacer con maquinaría nueva. Y ahora, no encuentra empleo en ningún lugar.
    VECINA —Igualito está medio mundo en el barrio mío, sin hacer nada la gente… Y no es por vagancia, no es falta de voluntad, ¡es que no hay!

    En América Latina hay 52 millones de hombres y mujeres a los que se les reconoce en los papeles su derecho a trabajar. Pero que no encuentran trabajo. 52 millones de personas que quieren trabajar y que no tienen trabajo en el campo por culpa del latifundio. Ni tampoco en las escasas industrias de las grandes ciudades, que se modernizan cada día reduciendo su personal. 52 millones de familias que viven en la miseria, que sobreviven en tugurios, sin que se vea solución a este gravísimo problema. Y el número de los sin trabajo aumenta día tras día. Se calcula que para el año 2.000 la mitad de la población latinoamericana vivirá desempleada o subempleada en los cinturones de miseria de las grandes ciudades.

    COMPADRE —52 millones de desempleados… Es decir, 52 millones de desesperados. Como esos tres que hablaron antes… ¡Y sí le diéramos un minuto, sólo un minuto, a cada uno de esos 52 millones para que hablaran, para que nos explicaran su caso…! ¿Cuántas horas tendríamos que escucharlos? ¿Cuánto duraría entonces este programa? Si cada uno de ellos hablara sólo un minuto, ¡este programa duraría 86.000 horas! ¡Estaríamos oyendo sus reclamos, su rabia, su tristeza!… ¡86 mil horas!
    VECINA —¡El infinito! ¿Y cuánto tiempo tan grande es ése?
    COMPADRE —Pues 86 mil horas, que son 99 años… Estaríamos 99 años oyendo hablar a los desempleados de América Latina…
    VECINA —Ya para entonces yo me morí.
    COMPADRE —Y el señor también. Y yo. Nos morimos los tres. Y ellos seguirían hablando todavía. Y si a esos 52 millones les sumamos los otros tantos millones que sobreviven vendiendo chicles, pintando paredes… Si les sumamos los cuidadores de carros, los mendigos, ¡entonces, nos llega el día del Juicio Final y aún no hemos acabado! No, la gran tecnología de los países desarrollados será maravillosa para ellos. Pero para nosotros puede ser una trampa. Si la seguimos copiando y repitiendo como loros, nos vamos a hundir cada vez más.
    VECINA —Pero, ¿quién le para el carro a esos extranjeros que nos vienen a vender lo que no necesitamos? ¡Porque el gobierno es el que debería meter mano en este asunto, digo yo!
    COMPADRE —Ay, señora, llevamos siglos aguantando a gobiernos copiones, que prefieren pagar patentes a los de fuera, y no crear puestos de trabajo para los de dentro. Años y años aguantando a empresarios copiones que se hincan de rodillas ante la diosa tecnología, una diosa extranjera, que les da muchos reales. No, esto no es de ahora. Esto es un problema antiguo. Esto lo vio venir hace ya muchísimos años un viejo maestro de escuela, don Simón Rodríguez…

    SIMON —¡Muchachos, buenos días a todos!
    NIÑOS —¡Buenos días, maestro!
    NIÑO —¡Máistro, ¿y qué invento nos tre hoy?
    SIMON —Hoy les traigo esto: un lorito.
    LORO —¡Lorito, lorito!
    SIMON —Es un lorito muy educado. ¡Buenos días!
    LORO —¡Buenos días!
    SIMON —Aunque, a veces, se pone bravo y se vuelve maleducado… ¡loro viejo!
    LORO —¡Pendejo!
    NIÑO —¡Lorito copión! ¡Copiones! ¡Copiones!
    SIMON —Bueno, muchachos, ya ven que el lorito copia todo lo que oye, todo lo repite. Y a ustedes, ¿les gustaría a ustedes ser como los loritos, como las loras y los papagayos, que sólo usan su cabeza para repetir? ¿Les gustaría?
    NIÑOS —¡¡No!!
    SIMON —Pues a los que nos gobiernan, parece que sí les gusta. Porque son unos copiones. Unos copiones que piensan igualito a como se piensa en Europa y en Estados Unidos. Y que compran como ciegos todo lo que se fabrica allá… ¡Y eso no sirve, muchachos! Por eso, cada uno de ustedes tiene que pensar con su cabeza. Y tiene que saber hacer las cosas con sus manos. ¡Sobran los monos de imitación y los loritos!
    LORO —¡Lorito, torito!

    COMPADRE —Esa, ésa era la matraquilla de aquel hombre, don Simón Rodríguez: que la gente pensara con su cabeza. Ya en su tiempo, cuando todavía no había robots japoneses ni las tecnologías de ahora, cuando ni siquiera se había inventado la Coca Cola, ya este gran maestro se enfurecía cuando veía llegar los barcos cargados con productos americanos, con cosas que se hubieran podido hacer en nuestros países. «Copiones», decía él. Don Simón quería la técnica, pero una técnica apropiada a lo que necesitamos aquí. Por eso, ponía a todos sus alumnos a aprender, por lo menos, carpintería y herrería y albañilería, para que supieran hacer las cosas que nos convienen.
    SIMON —El problema de América Latina es escoger entre estos dos caminos: O somos nosotros mismos, o copiamos a los extranjeros. O inventamos nosotros, o estamos perdidos.
    ABUELO —¿Y no estaremos perdidos ya? No sé… oyendo estas cosas, ni ganas de tomarme una Coca Cola me han quedado…
    VECINA —No, hombre, anímese, nos tomamos un jugo de piña. O un vino de plátano. ¿Qué sale agrio? Está bien. Pero es nuestro vino.
    COMPADRE —Claro que sí, hay que ser optimista. ¿A qué no sabe usted de quién fue maestro Simón Rodríguez? Pues de otro Simón, de Simón Bolívar, el Libertador. Y si un maestro así, sacó a un libertador así, ¿no va a haber cien, mil maestros como don Simón formando ya hombres y mujeres que piensen con su propia cabeza, sientan con su propio corazón y caminen con sus propias piernas?
    VECINA —¡Claro que si! Hay que confiar en los jóvenes para enderezar todos estos problemas. ¡Para ver sí inventamos algo nuestro y dejamos ya de una vez de ser copiones!

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