20. LAS 24 HORAS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO

Miles de campesinos habían llegado la tarde anterior para sumarse al paro. El país entero estaba en vela…

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    Era increíble. En la plaza ya se había reunido un millón de personas. Y apenas eran las 3 de la madrugada. Piquetes de obreros, mujeres sonando cacerolas, estudiantes con cartelones todavía frescos, pintados a la medianoche. Miles de campesinos habían llegado la tarde anterior para sumarse al paro. El país entero estaba en vela…

    PERIODISTA —¡Preparen los equipos! ¡Va a salir al balcón! ¡El presidente va a hablar!
    OTRO —¿Estás seguro?
    PERIODISTA —Sí, va en directo por radio y televisión. ¡Y va a lanzarse con algo gordo!

    La sala de prensa parecía un hervidero. Los corresponsales extranjeros entraban y salían con fiebre de ganarse una primera plana…

    PERIODISTA —¿Crees que se atreverá?
    OTRO —Quién sabe… Lo malo es después… ¿A qué se atreverán los americanos?

    La indignación había estallado en todo el país con la última misión del Fondo Monetario. El Fondo exigió más austeridad, más sacrificios. Que el pueblo se apretara la correa para pagar los intereses de la deuda. Y la correa, al fin, había reventado. Cuando subieron los precios del pan y del arroz, la población se lanzó a la calle. Se asaltaron los supermercados y los grandes almacenes. Los sindicatos y la oposición llamaron a un paro de 48 horas para repudiar el nuevo paquete económico. Pero la rabia acumulada duró más de 48 horas. Habían pasado ya 10 días y el país continuaba paralizado…

    MULTITUD —¡Nosotros no pagamos, que pague su madre! ¡Nosotros no pagamos, que pague su madre!
    PERIODISTA —¿Qué es lo que gritan estos?
    OTRO —¿No oyes? ¡Que pague su madre!
    PERIODISTA —¿La madre de quién?
    OTRO —De los americanos será.
    MUJER —¡Nosotros no pagamos, que pague su madre!
    PERIODISTA —¿Quién dirige esto, señora? ¡Señora!
    MUJER —¿Qué quiere?
    PERIODISTA —¿Dónde están los dirigentes, quiero entrevistarlos?
    MUJER —¿Dirigentes? ¡El hambre es la que dirige aquí! Entreviste a este muchachito, mire. Nació hace unos días ¡y dicen que ya le debe no sé cuántos dólares a los gringos!

    Cuando las campanas de la vieja catedral marcaron las 5 de la mañana, cuando empezaba a amanecer, las puertas del balcón presidencial se abrieron por fin.

    PERIODISTA —Un, dos, tres… probando… un, dos… Atención. En breves instantes hará uso de la palabra el señor Presidente de la República…
    PRESIDENTE —Ciudadanos, ¿qué podría decirles hoy? El gobierno lleva horas discutiendo y reflexionando sobre la grave crisis que atraviesa nuestro país. Algunos dicen que somos un país “en vías de desarrollo”. Pero todos sabemos que eso no es verdad. Somos un país “en vías de subdesarrollo”. Cada vez somos más pobres. Y cada vez ellos son más ricos. Pero lo son, por lo que nos quitan. Porque nos empobrecen. Y éste es el resultado: el hambre, el hambre y la desesperación de ustedes. Es la pobreza de nuestro país, la pobreza de América Latina, la que ha hecho y sigue haciendo posible la riqueza de ellos. Esto lo sabemos, lo sabemos desde hace mucho tiempo. Pero durante mucho tiempo hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez. Hemos negociado y renegociado con el Fondo Monetario. Hemos consultado con la embajada norteamericana antes de tomar las decisiones de gobierno. Compatriotas, es hora ya de aprender a vivir por nosotros mismos. Ustedes nos han convencido en estos días de huelga.

    A pesar de la hora temprana, el presidente sudaba. El pueblo reunido aún no aplaudía. Las palabras ya no convencían a nadie. Faltaba la decisión principal.

    PRESIDENTE —Dicen que nuestro país debe miles de millones de dólares a los bancos extranjeros. ¿Cuánto debemos? ¿50, 60, 100 mil millones? Da lo mismo, porque ya no se pueden ni contar. Sólo los intereses que debemos pagar a esos bancos son ya mayores que el fruto del trabajo de toda la nación, mayores que todo lo que vendemos en el exterior. Y esos bancos nos piden más austeridad para que sigamos pagándoles una deuda interminable. No, ya no se puede. Nuestro país ha llegado al borde mismo de la ruina. Ya no tenemos nada que perder porque lo hemos perdido todo. ¡El gobierno que represento, después de oír durante estos días de huelga general al grito de ustedes que ya sube al cielo, ha resuelto no pagar esa deuda! No pagaremos el capital ni pagaremos los intereses. ¡Desde esta tribuna les decimos a los banqueros del mundo que damos por anulada, por cancelada, por abolida esa deuda! No, no la vamos a pagar. Ni ahora ni nunca. Y rechazamos esa deuda porque ya está pagada de sobra. Si nosotros les pasáramos la cuenta a los Estados Unidos y a Europa, a esos países que hoy se llaman desarrollados, si les pasáramos la cuenta por las riquezas saqueadas aquí, por los genocidios cometidos aquí, si les pasáramos la cuenta de estos 500 años, ¡no habría dinero en todos sus bancos para pagar los miles de millones que ellos nos deben a vosotros!

    La multitud se rompía las manos de tanto aplaudir. Antes de terminar el discurso, ya estaban saliendo los télex y los cables internacionales. La noticia dio la vuelta al mundo en dos minutos. Y sonó en todos los informativos de última hora de todas las grandes capitales.

    PRESIDENTE —Compatriotas, desde hoy serán necesarios muchos sacrificios. Pero ya no serán sacrificios para pagar la deuda, sino para enfrentar juntos al gran combate que hemos iniciado. Nadie puede quedarse fuera de esta batalla en la que se juega la soberanía de nuestro pueblo. En esta hora, nos dirigimos a los pueblos hermanos de América Latina y el caribe. A los gobiernos de esos pueblos, de cualquier línea política que sean. Acompáñennos en esta lucha. Necesitamos la solidaridad de ustedes y estamos dispuestos a brindarles la nuestra. Acompáñennos en esta batalla por la verdadera independencia de nuestro continente. La represalia de Estados Unidos y de la banca internacional es segura. Lo sabemos. Pero también sabemos que si estamos juntos, unidos, ¡seremos invencibles!

    A las 6 de la mañana había terminado el discurso. A esa misma hora comenzaba una reunión de urgencia en la Casa Blanca. El gerente del Fondo Monetario llegó en el primer vuelo de avión. También en vuelos especiales llegaron a Washington los banqueros europeos y los representantes de la comunidad financiera internacional.

    NORTEAMERICANO —Y el presidente, ¿dónde está?
    OTRO —Está durmiendo. Es muy temprano.
    OTRO —Pues despiértelo, estúpido. ¿No se da cuenta?
    NORTEAMERICANO —Señor presidente, cualquier paso en falso puede complicar aún más las cosas.
    RONALD —Bah, no será para tanto… Avísele al Secretario del Tesoro. Lo importante es contener el pánico de la banca internacional.

    A media mañana, el Secretario del Tesoro Norteamericano convocó una conferencia de prensa…

    SECRETARIO —No hay motivo de alarma, señores. Las noticias son todavía confusas y no tenemos confirmación oficial. En cualquier caso, el gobierno de los Estados Unidos apoyará a los bancos afectados y no permitirá su quiebra. Por otra parte, mientras no se aclare más la situación, se interrumpe la actividad de la bolsa de valores.
    PERIODISTA —Señor secretario, ¿qué haría Estados Unidos si otros países de América Latina se suman a esta iniciativa?
    SECRETARIO —No tengo nada que comentar. Los Estados Unidos tienen la seguridad de que eso no va a ocurrir.

    Las líneas telefónicas de las cancillerías latinoamericanas estaban completamente saturadas. Aquel día, por primera vez, se logró una cadena radial entre los países andinos, los del sur, los del norte. Todos los pueblos del continente oyeron la noticia en las emisiones del mediodía. No habían pasado dos horas, cuando otro gobierno reaccionó…

    PERUANO —No, no vamos a seguir pagando una deuda a costa del hambre del pueblo. Las vacas del mundo desarrollado comen más y mejor que nuestros hijos. Con lo que come el ganado de los Estados Unidos, podría alimentarse la tercera parte de la humanidad. Compatriotas, hemos escuchado la llamada a la solidaridad de nuestro país hermano. Y les decimos: ¡pueden contar con nosotros! Y nosotros contamos con ustedes. Porque tampoco nosotros vamos a pagar.
    MUCHACHA —¡Viejo, tú oíste eso?!
    ANCIANO —¿Qué cosa, muchacha?
    MUCHACHA —Lo que acaba de decir el presidente: ¡que no vamos a pagarle ni un peso más a los gringos…!
    ANCIANO —¿Dijo eso?… Pues mira, préndele una vela a San Martín y que el negrito nos proteja… ¡aquí se va a armar un despelote!

    RONALD —¡Desde ahora mismo, quedan intervenidas las cuentas, bienes, acciones y depósitos que tienen esos dos países en los Estados Unidos!
    ARGENTINO —Che, ¿y no le podemos nacionalizar lo de ellos por acá?… Salimos ganando, ¿viste?

    RONALD —¡Quedan intervenidas las cuentas bancarias y los bienes que los ciudadanos particulares de esos dos países tengan en los Estados Unidos!
    VENEZOLANA —¡Hemos ordenado la incautación de los aviones y los barcos que lleven la bandera de los países rebeldes!
    MEXICANO —¡Pós nos quedamos con los avioncitos de ellos que andan por acá en nuestros aeropuertos! ¡Orate, mano, que hasta mejoramos la flota con el cambalache!

    Las represalias y las contrarrepresalias no se hicieron esperar. Y como la noticia había tomado a todos por sorpresa, cada hora traía una nueva información. Tres países más se habían sumado y se negaban a pagar. Durante la tarde, toda América Latina estaba en vilo. Se alteraron todos los horarios de trabajo y los niños no fueron a la escuela. Nunca se había visto tanta gente en las calles…

    RONALD —¿Aló? Habla el Presidente de los Estados Unidos. ¿A qué está esperando la Central de Inteligencia? Hay que actuar.
    NORTEAMERICANO —¿Qué quiere decir con eso? ¿Habrá que eliminar, entonces, a cinco presidentes? La situación es delicada, muy delicada.

    PERIODISTA —Unas declaraciones, señor ministro…
    COLOMBIANO —Mire usted, la situación es bien sencilla. ¿Qué hace un sindicato cuando se cansa de pedir y pedir? Se declara en huelga. Pues eso mismo estamos haciendo nosotros. Una huelga de deudores.
    PERIODISTA —¿Y no considera usted que esa actitud lleva a la quiebra del sistema financiero internacional?
    COLOMBIANO —De ninguna manera. Que sean los gobiernos de los países ricos los que paguen la deuda a los bancos. Y no pasará nada. No se hundirá nada. Y fíjese usted, la pueden pagar recortando un poco, sólo un poco, sus gastos militares. Así que, dos pájaros de un tiro. Y todos salimos ganando, ellos y nosotros.

    RONALD —¿Y usted, quién es?
    BANQUERO —Señor presidente, represento al banco Mundial. El gerente no puede venir. Ha sufrido un ataque cardíaco. Prácticamente, agoniza. Las noticias lo afectaron demasiado.
    RONALD —Pues informe que quedan suspendidos todos los préstamos y todas las ayudas a esos países. Y a todos los que se atrevan a unirse ni conr-flakes de Kellogs Oh, sheet, sons of bitch, what a stupid situation…!

    BRASILEÑA —Agora sí estamos perdidos sin ayuda, oh Meu Deus…
    BRASIELEÑO —Pero, abuela, si lo que nuestro país les paga a ellos por esos intereses de la deuda es más, mucho más que lo que ellos nos prestan… ¿No quieren prestar más? ¡Pues nos prestamos a nosotros con ese dinero que les íbamos a pagar! ¡Y salimos ganando!
    BRASILEÑA —Tengo miedo, hijo. Me dice el corazón que vamos a perder…
    BRASILEÑO —Pues se me toma una cachaziña, abuela, a ver si el corazón le dice otra cosa… ¡Y vamos a la calle, que hay manifestación, y usted tiene que gritar!
    BRASILEÑA —¡Pues gritaré de miedo, hijo! ¡Virgen Aparecida, esto paréceme el fin del mundo!

    La banca internacional también tenía miedo, aunque no lo decía. Las presiones provocaban el efecto contrario. Aproximadamente, a las 6 de la tarde, ya eran 8 los países que habían roto con el Fondo Monetario y se negaban a pagar la deuda. A esa misma hora, cayeron dos gobiernos dictatoriales. En uno de aquellos países, el palacio presidencial fue tomado por los trabajadores y las vendedoras de los mercados…

    MULTITUD —¡FMI, vete de aquí! ¡FMI, vete de aquí!

    Las consignas pasaban de boca en boca y de país en país. En todo el continente se escuchaba un mismo clamor, un clamor tumultuoso, creciente, y a veces amenazante…

    MULTITUD —¡Nosotros no pagamos, que pague su madre! ¡Nosotros no pagamos, que pague su madre!

    RONALD —¡Los Estados Unidos decreta el bloqueo económico y suspende todas las importaciones y todas las exportaciones a los países que se niegan a pagar la deuda!
    PERIODISTA —Atención, unidad móvil… ¡Aquí, trasmitiendo en vivo y en directo, vía satélite, para todo el continente! ¡Estamos aquí, rodeados de multitudes de ciudadanos que se han lanzado a las calles para expresar su alegría, su protesta, su desconcierto por los últimos acontecimientos ocurridos… Usted, señor; ¿qué opina usted del bloqueo decretado hace apenas unas horas por el gobierno de los Estados Unidos?
    CHILENO —¿Qué bloqueo? Si ellos decretan bloqueo, nosotros decretamos… ¡una unión económica!, una unión de todos los latinoamericanos. ¡Que sepa ese gallo que aquí nadie se va a morir de hambre con su bloqueo, pues!
    DOMINICANA —¡Deme un chance, señor!
    PERIODISTA —Hable, hable, señora, los micrófonos son suyos…
    DOMINICANA —Mire, esos gringos que no fuñan, ¿tú oyes? ¿No nos quieren comprar? ¡Nos vendemos entre nosotros! ¿No nos quieren vender? ¡Nos compramos entre nosotros! Si aquí tenemos de todo, compadre. En América Latina ya sabemos fabricar de todo, ¡desde un alfiler hasta una computadora! ¿Para qué tanta bulla, entonces? ¡La jodienda es para ellos que se quedan sin todo lo que sacaban de aquí, ¿tú oyes?!
    PERIODISTA —Y usted, señor, ¿qué opina?
    MANIFESTANTE —Yo quiero saludar a mi padre Timoteo, a mi madre Joaquina de los Santos, a Lola Martínez, a Boruga, a Miguelito, el de la pulpería…
    PERIODISTA —Pero, ¿usted qué tiene que decir sobre la moratoria?
    MANIFESTANTE —A ésa yo no la conozco, pero la saludo también, y si le ha pasao algo malo, a través de estos mocrífanos le digo que estamos con ella, que hoy es un día que todos somos hermanos, y saludo también a mi ahijadita Silvia de Jesús Guerrero y a su hermanito Bartolín; que esto está muy alegre…
    PERIODISTA —¡Cállese la boca, carajo! ¡Continúa la transmisión vía satélite para todo el continente, dándole voz a los que no tienen voz! A ver, usted, usted, el del sombrerito… Si, usted… En fin de cuentas, ¿qué es lo que se está proponiendo hoy, en esta jornada histórica? ¿Será así como un borrón y cuenta nueva?
    NICARAGÜENSE —No, compa. Un borrón y ninguna cuenta más, ni nueva ni vieja. Mirá, si debiéramos poco, los banqueros nos hacían chicharrón. Pero como la deuda es tan grandotototota, ahora los usureros están en nuestras manos. Va de viaje, loco. ¡Nos llegó el turno a los indios!
    PERIODISTA —¿El turno para qué? ¿Puede explicarlo usted, señora…?
    BOLIVIANA —¿Para qué va a ser, pues? Para forzarlos, pues. Para que paguen precio justo por el estaño, por nuestros productos todos. Acabar con la deuda es sólo un respirito. Después, el nuevo orden será.

    En las declaraciones, en las crónicas de prensa, en la bulla de las calles, se repetía una y otra vez la palabra: un nuevo orden económico. Aquel nuevo orden económico internacional aprobado hacía años en las Naciones Unidas y que los países ricos olvidaron y no quisieron cumplir. Ahora los países pobres lo desenterraban y lo alzaban como una bandera sobre todo el continente…

    NORTEAMERICANO —Presidente, creo que estamos apagando el fuego con gasolina. Mire este cable: toda Centroamérica se declara en huelga. Y los frentes guerrilleros anuncian acciones conjuntas.
    RONALD —Yo lo había predicho. La marea roja sube en el patio trasero.
    NORTEAMERICANO —Roja, negra, verde y azul. Son de todos los colores. Hasta hablan de formar el F.L.L.
    RONALD —¿Y qué diablos es el F.L.L.?

    Lo que no había sucedido en años, se consiguió en horas. Los obreros y los campesinos, las mujeres, los dirigentes de una izquierda y de otra izquierda, los patriotas, los estudiantes y los que sólo se graduaron en hambre, se encontraban en las calles y en las plazas y se declaraban en vigilancia permanente para defender la unidad recién nacida…

    CUBANO —Es que todos vamos en el mismo bote, mi hermano. Y cuando hay tormenta, cuando el barco se hunde, nadie le pregunta a nadie si cree en Mahoma, o en Jesús, o en Marx. Hay que remar juntos, chico. ¡Cosa más grande, llegó la hora! ¡Si el Ché viera esto!

    PERIODISTA —Señor Cardenal, ¿qué opina la Iglesia de todo esto que está ocurriendo?
    CARDENAL —A genti está muito contenta. Hay alegría en las calles, en los campos. Hay también temores, mas es natural. Apenas comenzamos una larga camiñada.
    PERIODISTA —Pero, ¿la Iglesia apoya todo esto?
    CARDENAL —La Iglesia de los pobres apoya está lucha, participa en esta lucha y en esta fiesta. ¡Ah, si Monseñor Romero viviera estaría en la calle celebrando también…!
    PERIODISTA —Y el Vaticano, ¿ya hay reacciones? ¿También estará de acuerdo el Vaticano?
    CARDENAL —Vaticano no sé. Pero Jesucristo sí está de acuerdo, se lo aseguro. ¿No recuerda lo que él dijo? “Perdona nuestras deudas así como nosotros también perdonamos a nuestros deudores”. Bem, llevamos dos mil años rezando esto. Agora se han perdonado las deudas. Se ha escuchado la voz del pueblo. Y usted sabe que la voz del pueblo es la voz de Dios.

    NORTEAMERICANO —¿Intervención militar? ¡Pero, qué intervención militar, señor presidente! ¿Por dónde se invade un continente entero?
    RONALD —¡He dicho que si no entienden por las buenas, entenderán por las malas!

    RONALD —¿De qué cien países me está hablando?
    NORTEAMERICANO —Ya no es sólo América Latina. Hay noticias de Africa, de los árabes, de la India… El mal ejemplo se está extendiendo por el Tercer Mundo… ¿A dónde vamos a parar? Se ha perdido el control de la situación. No han pasado 24 horas desde que ese latinoamericano impertinente habló en el balcón, y mire a dónde hemos llegado…

    Sí, no habían pasado 24 horas y el mundo era distinto. Y todo había sido tan fácil…

    GORDA —¡Ven qué fácil fue todo! ¡Y lo difícil que nos parecía! ¡Y el miedo que teníamos! ¿Ven qué fácil fue? ¡Sólo era decir en voz alta lo que ya todos sabíamos! ¡Sólo era unirnos y estar dispuestos a morirse por algo que valga la pena, caramba! ¡Y ahora que vengan, que se atrevan, que ya sabemos, que ya estamos despiertos…!
    ABUELO —Señora, despiértese, que es tarde…
    VECINA —¡Qué ya estamos despiertos!
    ABUELO —Pero, señora, ¿qué le pasa? Estamos aquí esperando a que empiece el programa y usted se quedó dormida…
    VECINA —¿Me quedé dormida?… Ay, con todas estas cosas que hemos oído estos días… Me quedé dormida y soñé… Viera qué sueño… Todos los problemas se empezaban a resolver, todos… Y bien fácil que fue… Y la alegría de la gente…
    ABUELO —Deje los sueños, que aquí debe haber pasado algo, porque el compadre, el que habla con nosotros y nos explica, está tardando, no acaba de llegar…
    VECINA —Pues vámonos entonces, si ya no viene…
    ABUELO —No, no, si dicen que ahora va a hablar el presidente de la República. Cuando usted estaba dormida, lo estaban anunciando por radio… Parece que pasa algo gordo…
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