37- EL GRITO DE LÁZARO

Jesús cuenta la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón. Dios bendice al primero y maldice al segundo.

Había una vez un hombre rico y derrochador…

!(center)https://radialistas.net/wp-content/uploads/media/uploads/fotos_series/un-tal-jesus/37g.jpg(LinkFoto)!(Link) año fue un año malo en toda Galilea. Las tormentas del verano habían arruinado las cosechas. El trigo perdido, el centeno perdido, los olivares dañados. El hambre llegó a caballo y tocó a todas las puertas. Y con el hambre, llegaron las epidemias y la desesperación. Los campesinos vendían a cualquier precio los frutos de las próximas cosechas que aún no habían sembrado. Los usureros hacían de las suyas y prestaban dinero a interés del ochenta y del noventa. Y cada día aparecían más mendigos en las ciudades. También en Cafarnaum.

Jesús – Mira, Juan, allá van otra vez.
Juan – Sí, Jesús, a sentarse frente a la casa del terrateniente Eliazín. Así se pasan el día, esperando a que echen la basura, para buscar después una cáscara de melón o alguna piltrafa.
Jesús – ¡No, no, esto no puede seguir así!
Juan – Hoy son ellos, Jesús, los campesinos. Mañana nos tocará a nosotros, los pescadores del lago. Y después, a los artesanos. Esto no se acaba.
Jesús – Vamos con ellos, Juan, vamos frente a la casa de Eliazín.

Cuando Jesús y yo nos encontramos con los mendigos…

Mendigo – Pero, ¿qué dices tú, nazareno? ¿Dios? Qué va, Dios no nos oye. Tiene tupidas las orejas.
Jesús – No, lo que pasa es que ustedes no han gritado bastante duro, ¿verdad, Juan?
Juan – Eso mismo. ¡Ea, vamos todos juntos, a gritar fuerte hasta que las piedras se rompan!
Jesús – Hasta que el Dios del cielo escuche el alarido de los hambrientos y meta su mano por nosotros.
Mendigo – ¡Pues vamos a gritar, sí señor!
Todos – ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah!

Nos sentamos entre los mendigos y el moreno empezó a contarles esta historia…

Jesús – Una noche, Dios estaba descansando allá arriba, en su casa del cielo y Abraham pasó frente a su puerta.

Dios – ¡Ah, amigo Abraham, ven acá!
Abraham – A la orden, mi señor.
Dios – Abraham, ¿qué pasa en la tierra que oigo tanto ruido? ¿No lo oyes tú? Escucha bien…

Mendigos – ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah!

Abraham – Es como el rumor de muchos truenos que presagian tormenta. O como el rugido de un terremoto que se acerca.
Dios – Te equivocas, Abraham. No es nada de eso. Escucha bien…

Mendigos – ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah!

Dios – Son llantos y gritos de hombres y mujeres. Y de niños también. ¿No lo oyes? ¡Son mis hijos, Abraham! Algo grave les debe estar pasando. Vamos, baja inmediatamente a la tierra y averíguame lo que sucede. Te esperaré impaciente.
Abraham – A la orden, mi señor. Voy enseguida.

Jesús – Y el viejo Abraham se calzó las sandalias, tomó el bastón y se puso en camino tan rápido y obediente como aquella vez, cuando salió de Ur de Caldea, rumbo a una tierra desconocida. Y al poco rato, Abraham volvió sudando a la presencia de Dios.

Dios – ¿Ya has vuelto Abraham?
Abraham – Sí, mi señor. Estuve sólo unos segundos y casi se me revientan los oídos. El alarido de los hombres es como una caldera hirviente, como un volcán a punto de reventar. Los gritos se oyen desde las cuatro puntas de la tierra.
Dios – Pero, dime, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué gritan mis hijos y mis hijas?
Abraham – Tienen hambre. Por eso gritan.
Dios – ¿Hambre? No puede ser. Cuando yo creé la tierra, al principio de todo, planeé bien las cosas. ¿O qué te piensas tú? ¿Que soy un irresponsable? No, yo puse muchos árboles frutales, sembré muchas semillas que dan alimento abundante, eché a volar muchas aves en el cielo y eché a nadar muchos peces en los ríos y puse muchos animales de carne sabrosa en la tierra. Todo lo creé para alimento del hombre. Eso, sin contar las riquezas que escondí en las entrañas del mundo y de los mares. No pueden tener hambre. Hay comida suficiente para alimentar a todos los hombres que crecen y se multiplican sobre la tierra. Todo estaba previsto, todo estaba bien hecho. ¿Por qué pasa esto ahora?
Abraham – Se te olvidó un detalle, Señor.
Dios – ¿Cuál, Abraham?
Abraham – Los mismos hombres. Resulta que ellos se han puesto a repartir la tierra, ¿comprendes?
Dios – Creo que sí. El que parte y bien reparte, se guarda la mejor parte, ¿no es eso?
Abraham – Exactamente. Eso es lo que ha hecho un grupito. Se han quedado con todo. Tienen toda la comida acaparada en sus graneros.
Dios – Y los demás, ¿qué hacen?
Abraham – Los demás son los que gritan sentados a la puerta de las casas de los ricos, esperando que arrojen por la ventana la basura, para recoger los desperdicios y comérselos. Tienen mucha hambre.
Dios – No puedo creer lo que me dices, amigo Abraham. ¿Eso hacen mis hijos en la tierra?
Abraham – Así mismito como lo oyes, Señor.
Dios – Cuando oigo estas cosas, Abraham, pierdo la paciencia. Me pongo tan furioso que siento ganas de llamar a todas las nubes del cielo, como ya hice una vez en tiempos de Noé, y darles orden de diluvio, que llueva sin parar hasta ahogar la tierra. Porque me avergüenzo de tener unos hijos así, que no tienen un corazón de carne, sino una piedra escondida en el pecho.
Abraham – ¿Y qué podemos hacer, mi Señor?
Dios – ¿Que qué podemos hacer? ¿Acaso no soy yo el juez del cielo y de la tierra? ¡Miguel, Rafael, Gabriel y Uriel, vengan ahora mismo!

Jesús – Y los cuatro arcángeles se presentaron en un pestañear de ojos…

Dios – Pongo juicio contra la tierra. Bajen ahora mismo y tráiganme a uno de ésos que gritan de hambre para tomarle declaración. Tráiganme también a uno de ese grupito que está banqueteándose, de ésos que tienen la tripa llena y los graneros llenos también. Voy a interrogarlos a los dos. ¡Vayan de prisa!

Jesús – Y los cuatro arcángeles dieron media vuelta y bajaron ligeros a la tierra. Y se acercaron a donde estaba el griterío. Miguel y Rafael agarraron por los hombros a uno de aquellos que se morían de hambre. Gabriel y Uriel hicieron lo mismo con el rico que también se moría, pero de repletura. Y los dos fueron llevados ante el tribunal de Dios.(1)

Dios – Se abre la sesión. A ver, tú, el primero, ¿cómo te llamas?
Lázaro – Lázaro, Señor.
Dios – ¿Eres uno de los que estaban gritando allá abajo, ¿verdad?
Lázaro – Sí, Señor.
Dios – ¿Y se puede saber por qué tú y tus compañeros daban esos alaridos?
Lázaro – Porque nuestros hijos se mueren de hambre, porque nuestras mujeres tienen los pechos secos, sin una gota de leche para alimentarlos. Porque a nuestros hombres les tiemblan las rodillas después de siete días sin comer. Por eso gritamos. Gritamos día y noche hasta que se nos haga justicia. Mírame a mí, Señor, mírame cómo estoy… me puedes contar una a una las costillas. Se me forman llagas aquí y allá donde los huesos no encuentran carne y revientan la piel estirada. Entonces vienen los perros a lamerme y yo los dejo porque la saliva del perro alivia la herida del hombre.
Dios – No digas más, hijo. Es suficiente. Tú, Abraham, ¿quieres hacer alguna pregunta?
Abraham – Dices que tienes hambre. Pero algunos opinan que eso te pasa porque no te gusta trabajar. Porque eres un haragán.
Lázaro – No, padre Abraham, no te creas ese cuento. Toda nuestra vida no ha sido más que sudor y trabajo, doblar el lomo como los animales. Pero son éstos, los ricos, los que se beben nuestro sudor y nos chupan la sangre. Nos exprimen como las uvas en el lagar. Nos estrujan como las aceitunas bajo la piedra del molino. Son éstos los que tienen todo acaparado y ni las migajas de su mesa nos dejan comer.

Jesús – Dios tenía los ojos aguados oyendo la declaración del pobre Lázaro. Cuando acabó de hablar, Dios se levantó, avanzó unos pasos, y se encaró con el rico.

Dios – Y tú, ¿quién eres?
Epulón – Me llamo Epulón.
Dios – ¿Qué dices a esto que ha declarado mi hijo Lázaro?
Epulón – Bueno, francamente, yo no sabía nada de esto, yo no…
Dios – ¡Tú sí sabías! ¿O es que eres sordo? No, tú oyes perfectamente. ¿Por qué no escuchaste los gritos de todos los que estaban sentados frente a tu puerta, chillando de hambre, pidiendo que compartieras con ellos lo que a ti te sobraba? Los oí yo desde el cielo, ¿y no los ibas a oír tú que estabas junto a ellos?
Epulón – Señor, yo… ¿Sabes? En la fiesta había mucho ruido y… y no me dejaban oír.
Dios – ¡Mentiroso! Ahora sí que vas a oír. Abre las orejas porque voy a dar mi sentencia: se te acusa de asesinato, rico Epulón; se te acusa de haber matado de hambre a tus hermanos o de haberlos dejado morir, que viene siendo lo mismo.
Epulón – Pero, Señor, la finca era mía, el trigo era mío, los graneros eran míos, de mi propiedad. ¿Por qué tenía yo que dar de lo mío a éste del que no sabía ni el nombre?
Dios – ¡Mío, mío, mío! ¿Con qué derecho llamas tuyo a lo que no es tuyo? El mundo y todo lo que hay en él lo hice yo. Lo creé yo desde el principio. Es mío. Y yo se lo alquilo a quien quiero. ¿Quién eres tú? ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Desnudo saliste del vientre de tu madre y desnudo volverás al vientre de la tierra. Lo único tuyo es la ceniza, ésa es tu única propiedad.
Epulón – Ten piedad de mí, Señor, ten piedad de mí.
Dios – Tú nunca tuviste piedad de tus hermanos. Has querido quedarte solo, y te quedarás solo para siempre.(2)
Epulón – Pero…
Dios – Ningún pero. Y tú, Lázaro, ven a descansar. Ya sufriste bastante.
Lázaro – No puedo, Señor. ¿Cómo voy a descansar sabiendo que mis compañeros siguen gritando allá abajo? ¿No los oyes?
Dios – Tienes razón, hijo. Mira, lo he pensado mejor. ¿Sabes lo que voy a hacer? Voy a bajar contigo a la tierra. ¡Abraham!
Abraham – A la orden, mi Señor.
Dios – Abraham, préstame tus sandalias.
Abraham – Sí, mi Señor.
Dios – Tú te quedarás aquí arriba, Abraham. Aquí hay paz y gloria. Pero la tierra es un infierno por el egoísmo de unos contra otros. Yo hago más falta allá abajo, en medio del griterío de mis hijos y de mis hijas.
Abraham – Pero, Señor, ¿estás loco? ¿Cómo se va a quedar vacía tu casa del cielo?
Dios – No importa. Mi casa está abajo, con los que no tienen casa, con los miles de lázaros como éste que no tienen ni dónde reclinar la cabeza. Adiós, Abraham. Cuida de todo hasta mi vuelta. Vamos, Lázaro, de prisa. Vamos a comenzar un Reino de Justicia para los pobres del mundo. Yo estoy con ustedes desde hoy y para siempre, todos los días, hasta que las cosas cambien.

Mendigo – Pero las cosas no han cambiado, paisano. Nos cansamos de gritar y mira… la puerta del terrateniente sigue cerrada. Don Eliazín es tacaño y cruel como el rico de tu historia.
Jesús – Bah, de él y de la gente como él no hay mucho que esperar. Pero, miren, otras puertas se han abierto. ¡Eh, doña Ana, venga acá un momento!
Vecina – ¿Qué pasa? ¿Qué griterío se traen ustedes, eh? ¡Me tienen reventadas las orejas!
Mendigo – Tenemos hambre.
Vecina – Bueno, la verdad es que yo tampoco tengo mucho, pero… ¡Vamos a ver si le echamos un poco más de agua a la sopa!

El viejo Samuel también abrió su puerta. Y Juana, la mujer de Lolo. Y Débora. Y el jorobado Simeón. Las puertas de los pobres se abrían para recibir a otros más pobres que ellos. Sí, el Reino de Dios estaba cerca de nosotros.
Lucas 16,19-31

*Comentarios*

1. En todas las culturas existen cuentos en los que se describe el cambio de suerte que experimentarán los seres humanos en el más allá, ante el Tribunal de Dios. Expresan la rebelión popular ante las injusticias de la historia. Basándose en narraciones de este tipo, Jesús contó la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón, donde Dios escucha las razones de ambos y toma partido por el pobre. Los nombres de los protagonistas son simbólicos: Lázaro significa “Dios ayuda” y Epulón significa “opulento”.

2. La parábola de Lázaro y Epulón se ha utilizado comúnmente para hablar del infierno y de un Dios cruel que niega hasta una gota de agua al rico, casi arrepentido al ver los castigos que le esperan. Jesús no trató, ni en esta parábola ni nunca, de asustar a sus oyentes con las llamas del infierno ni jamás habló de un Dios vengativo. Lo que sí mostró es la radicalidad del juicio de Dios, que no se deja engañar por las excusas del rico.

37- EL GRITO DE LÁZARO

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