44- LA VENDEDORA DE HIGOS

Melania, mencionada como la “hemorroísa”, tiene un flujo de sangre permanente. Todos la desprecian. Menos Jesús que se acerca a ella y la cura.

Aquel día, al caer la tarde, estábamos Santiago, Pedro y yo con Jesús en la taberna de Joaquín, cerca del embarcadero. Sentados en el suelo, jugábamos a los dados.

Santiago – ¡Cinco y tres! ¡Esta vuelta es mía también!
Pedro – ¡Un momento, pelirrojo, que todavía falto yo! Trae acá ese cubilete.
Jesús – ¡Vamos, Pedro, que no se diga, defiende el honor del hijo de Jonás!
Pedro – Aguanten la respiración, compañeros, que aquí voy yo… ¡Cinco y cuatro! ¡Gano yo!
Juan – ¡Caray con el tirapiedras éste! ¡Se las saca de la manga!
Tabernero – A ver, a ver, ¿qué pasa en este rincón? ¿Quién va ganando?
Juan – Por ahora, el pelirrojo y este narizón. Pero dicen que no van lejos los de alante…
Tabernero – ¡Si los de atrás beben bien! ¡Ea, ustedes, los perdedores, no se me desanimen! ¡Enseguida les traigo una jarra llena con el mejor vino galileo y se echan un buen brindis! ¡Para tener suerte con los dados en el juego, y con los peces en el lago, y con las mujeres en la cama!
Juan – Ah, caramba, este tabernero, siempre con su relajo…
Melania – ¡Higo, higo! ¡Rico higo! ¡Dulce como la miel, higo, higo!
Santiago – … y aquélla con el suyo.

Era Melania, la vendedora de higos, la que llegó en ese momento.

Melania – ¡Higo, higo, rico higo!
Santiago – ¡Otra vez esa tipa por aquí!
Jesús – ¿Quién, Santiago?
Santiago – La tipa ésa de los higos.
Jesús – La veo mucho por el mercado.
Pedro – ¡Y por las calles y por todas las esquinas! ¡Si te descuidas se te mete hasta la letrina para venderte sus malditos higos!

Melania empezó a dar vueltas por la taberna con su vieja y sucia cesta de higos en la cabeza. Era una mujer muy flaca que vestía siempre de negro. Pregonaba su mercancía con voz chillona de pájaro y sonreía a un lado y a otro tratando de buscar compradores para sus higos maduros.

Santiago – ¡Basura de mujer! Con lo mal hecha que está…
Jesús – ¿Por qué, Santiago? ¿Qué le pasa?
Juan – Bah, si lo sabe el pueblo entero… ¡Algo increíble, Jesús! Mira, ésa no es como las otras mujeres, que cada mes están con sus achaques. Ella desde hace años y años está con el mismo asunto.
Pedro – Eso, que está mal hecha. Fíjate que ningún médico la ha podido curar. Parece que la mujer tenía su dinerito hace tiempo, pero se lo ha ido gastando yendo de médico en médico. ¡Y nada!
Juan – La conocen todos los curanderos de Galilea. ¡Pero ninguno le acierta con el remedio!
Pedro – Pero ella, dale que dale con los higos, para conseguir más dinero y más médicos.
Melania – ¡Higo, higo! ¡Rico higo! ¡Dulces como la miel, higo, higo!
Santiago – No, no queremos higos. Nos dan asco tus higos.
Melania – Están buenos, muchacho. Mira… Llenos de miel. Mira…
Santiago – ¡Vete con tus higos a otra parte! No queremos.
Melania – Y tú, forastero, ¿no quieres probarlos?
Jesús – No llevo ni una moneda encima, mujer.
Melania – Oye, ¿tú no eres ése que…?
Santiago – ¡Que te largues te dijimos! ¡Vamos, ahueca el ala, vamos!

La vendedora de higos siguió dando vueltas por la taberna. Y nosotros seguimos riéndonos de ella y de sus males.(1)

Jesús – ¿Y no tiene marido?
Santiago – Pero, Jesús, ¿qué hombre va a cargar con esa calamidad? Esa no es hembra ni es nada. Ni siquiera sirve para parirte un hijo.
Jesús – Pero, lo que es trabajar, sí trabaja. Por lo que veo, se pasa el día de allá para acá con su cesta de higos.
Pedro – Sí, claro, chismeando y metiendo las narices en todas partes. Ése es el único trabajo que hacen las mujeres: conversar. ¡Yo creo que Dios no las fabricó de una costilla sino de la lengua de Adán! ¡Ay, las mujeres!(2) Es que son demasiado flojas, eso es lo que digo yo, se cansan enseguida.
Jesús – Rufina no es floja, Pedro. Si no fuera por ella, ¿qué sería de tu casa, eh?
Pedro – Eso sí, Rufi trabaja, pero… pero siempre se anda quejando. Siempre hay que andarle haciendo cariñitos, tú sabes. Si no, no funciona. ¡Ah, te lo digo, las mujeres son paja que lleva el viento!
Jesús – No dirás eso por Salomé… Salomé es una mujer fuerte y lista.
Juan – Bueno, moreno, ésa es mi madre. Eso es cosa aparte.
Santiago – Las mujeres son débiles, caramba. Mira ahora a la muchacha de Jairo…
Jesús – ¿Qué le pasa a la hija de Jairo?
Santiago – Pues, hombre, esa muchacha ya estaba muy pollita. Se estaba desarrollando muy bien, la condenada. Pero, mira tú, el caso es que hace unos días parece que la muchacha pescó un frío… y ahí la tienes: ¡muriéndose ya! ¡Por un catarro de nada! Es que son flojas, te lo digo.
Jesús – ¿Cómo que muriéndose? ¿Tan mal está?
Santiago – Por la mañana me dijeron que de hoy no pasaba.
Pedro – ¡Si es que las mujeres se parten más pronto que los cordones de las sandalias! Bah, si hay que dar gracias a Dios por algo, es porque nacimos hombres, ¡qué caray!, ¿no es así?
Juan – ¡Oigan, ya no queda nada en la jarra! Vamos a la taberna de al lado. Allí es mejor el vino.
Santiago – Sí, eso. Vamos a hacer otro brindis. ¡Porque tuvimos la suerte de nacer machos!
Pedro – Buena idea, que este vino de pasas ya me tiene quemado el gaznate.
Juan – ¿Vienes, Jesús?
Jesús – No, vayan ustedes si quieren. A mí me gustaría ir a ver a esa muchacha.
Juan – ¿A cuál muchacha?
Jesús – A la hija de Jairo. Conozco a su padre. Es buena gente. Él y su mujer deben andar muy preocupados. Si la niña está tan mala…
Santiago – Bah, deja eso para otro momento, moreno. Estamos cansados.
Jesús – ¿Cansados? Ah, yo pensé que los hombres no se cansaban nunca… No vayan ustedes si no quieren. Yo sí voy.
Pedro – Está bien, está bien, vamos allá.

Bastante a regañadientes, nos decidimos a acompañar a Jesús. Cuando salimos de la taberna, Melania, la vendedora de higos, estaba otra vez allí.

Melania – ¡Higo, higo, rico higo, dulce como la miel!
Santiago – ¡Y dale con los higos! ¿No oíste que tus higos nos dan asco? ¡Vete de aquí!

Los ojos de Melania, hundidos y brillantes, se volvieron hacia Jesús.

Melania – ¿Y tú, forastero?
Jesús – Ya te dije que no tengo un céntimo. Otro día te los compraré.
Melania – Forastero, espérate, a mí me han dicho que tú tienes manos de médico, que has curado a algunas personas. Yo… yo estoy mala… yo quisiera que…
Juan – ¡Vamos, Jesús, no le hagas caso! ¡Lárgate con tus higos y déjanos en paz!
Pedro – Oye, ¿pero qué gritos son ésos?

Las plañideras de Cafarnaum, aquellas mujeres que tenían por oficio llorar a nuestros muertos, atravesaron la calle corriendo y lamentándose, con sus cabellos revueltos y al aire. Al oír sus gritos, la gente salió de las casas y fue llenando la calle.

Mujer – ¡Es Jairo! ¡Se ha muerto su hija! ¡Se ha muerto su hija! ¡Se le ha muerto la hija a Jairo!

Jairo era uno de los encargados de la sinagoga de Cafarnaum. Todos lo apreciábamos y, al saber lo que había pasado, el barrio entero echó a correr hacia su casa. Nosotros también fuimos. Y muy cerca de nosotros, iba también Melania, la vendedora de higos. Frente a la casa de Jairo, la gente se apretaba para entrar.

Santiago – Esa mujer nos viene siguiendo desde la taberna, Jesús, ¿has visto?
Jesús – Sí, ya he visto.
Santiago – ¡Es más pesada que una mosca en la nariz, caramba con ella!
Jesús – Es valiente, Santiago. No le asusta que se le rían en la cara. Sabe lo que quiere.
Santiago – ¿Y qué es lo que quiere?
Jesús – Quiere estar sana. Sólo eso. No tiene marido, no tiene hijos. Quiere, al menos, tener salud.

Mientras esperábamos para entrar en casa de Jairo, Melania se fue abriendo paso a empujones, y por detrás empezó a llamar a Jesús.

Jesús – Oye, pero, ¿quién me está tirando de la túnica?
Santiago – ¿Quién va a ser? Mírala ahí… ¡so asquerosa!

Melania había conseguido por fin acercarse a Jesús. Lo miraba con esperanza.

Melania – ¡Tú puedes curarme! ¡Tú puedes curarme!
Jesús – ¿Cómo te llamas, mujer?
Santiago – ¡Le dicen la “measangre”! ¡Ja, ja! Así es como todo el mundo la conoce.
Jesús – Ya nadie te volverá a llamar con ese nombre, Melania.

Hacía años que aquella mujer no oía su nombre dicho con tanto respeto y cariño. Hacía también muchos años que no sentía tanta vida en su cuerpo, cansado por la enfermedad y el sufrimiento. Cuando se levantó del suelo, parecía como un árbol que despierta de su invierno y se dispone a echar sus flores.

Jesús – Vete tranquila, mujer.

La vimos alejarse por el camino lleno de gente, con la cabeza alta y firme, de prisa, como si llevara alas.

Juan – ¿Y qué le pasó a ésa ahora, Jesús? ¿Está loca o qué?
Jesús – No, Juan, los locos somos nosotros. La vida de la mujer pesa tanto como la del hombre en la balanza de Dios, pero nosotros hemos desnivelado esa balanza.(3) ¡Vamos! ¡Vamos a ver a esa muchacha!

Entramos en la casa de Jairo. Los lamentos de las plañideras y el humo del incienso recién quemado, llenaban el poco aire que había para respirar.

Hombre – ¡Al fin y al cabo, tuvo suerte Jairo! Le quedan todos los varones. Si alguno tenía que morírsele, que fuera la muchacha, ¿verdad?
Santiago – Así mismo. Del mal, el menos.
Pedro – Vámonos de aquí, Jesús. Aquí se ahoga uno. Y el muerto, muerto está. Ya no se puede hacer nada, sino llorar. Y hay bastantes mujeres llorando.
Jesús – No sé por qué lloran, Pedro. Esa muchacha no está muerta, sino dormida.

La gente que estaba cerca de nosotros y oyó a Jesús decir esto, se echó a reír.

Hombre – ¡Oye, mira lo que dice éste! ¡Que la niña está dormida!

Poco a poco, Jesús se abrió paso hasta el cuarto en donde estaba tendida la hija de Jairo. Pedro, Santiago y yo, fuimos con él. Al lado de la muchacha, su madre lloraba, arañándose la cara y rasgándose la ropa. Jairo, recostado contra la pared, levantó los ojos del suelo cuando vio entrar a Jesús.

Jairo – Jesús… Ya ves… Ahí la tienes. Empezaba a vivir y se nos ha ido…
Jesús – No llores, Jairo.
Jairo – No me importa llorar. Los hombres también lloran. La gente me dice para consolarme que me quedan otros tres hijos varones, que son las mujeres las que lloran a las mujeres, que no vale la pena por una niña… pero yo… yo la quería mucho.
Jesús – Dios también la quería mucho. Dios te comprende, Jairo. Él también llora, lo mismo cuando se le muere un hijo que cuando se le muere una hija.

Jesús se acercó entonces a la estera y miró despacio a la muchacha. Parecía dormida. Nadie hubiera dicho que estaba muerta. Se agachó y la tomó de la mano.

Jesús – Vamos, muchacha, despierta, levántate.

Y como si saliera de un largo sueño, la hija de Jairo se levantó y sonrió.
Mateo 9,18-26; Marcos 5,21-43; Lucas 8,40-56.

Comentarios

1. El evangelio relata el caso de una mujer curada por Jesús a la que llama “hemorroísa”. Los males de esta mujer eran la menorragia: una menstruación irregular, que le hacía padecer un continuo flujo de sangre. Aparte de las incomodidades y debilitamiento que produce una dolencia así, esta mujer era permanentemente “impura”, ya que durante los días de su menstruación cualquier mujer era considerada impura (Levítico 15, 19-30). El caso de esta mujer era de extrema marginación social: por ser mujer, por su enfermedad, por su esterilidad y por su soledad.

2. En las leyes civiles y religiosas y en las costumbres de Israel, la mujer era considerada como un ser inferior al hombre. Las leyes civiles la asimilaban al esclavo y al niño menor de edad ya que, como ellos, debía tener a un varón como dueño. Su testimonio no era válido en un juicio, pues se la consideraba mentirosa. En el plano religioso también estaba marginada. No podía leer las Escrituras en la sinagoga, no bendecía la mesa. El mismo lenguaje era discriminador: las palabras hebreas “piadoso”, “justo” y “santo” no tienen femenino. Se suponía que una mujer nunca podía ser lo que estas palabras indican. Existía una oración que se recomendaba rezar todos los días a los varones: “Alabado sea Dios por no haberme hecho mujer”. La exclusión de la mujer de la vida social era mucho mayor entre las clases altas y en las ciudades grandes, que en el campo y pue­blos pequeños. La escasa importancia que se daba a la mujer se le concedía exclusivamente por su habilidad en los oficios de la casa. Se la apreciaba fundamentalmente por su fecundidad. Una mujer incapaz de tener hijos apenas valía nada. En este contexto, se apreciaba más dar a luz un varón que una niña. El nacimiento de una niña producía en ocasiones indiferencia o tristeza: “Desdichado aquel cuyos hijos son niñas”, afirmaba un dicho popular.

3. En la balanza de Dios no existe diferencia de sexos. Hombre y mujer valen lo mismo. El evangelio es feminista al reivindicar la igualdad fundamental de la mujer respecto al hombre y la igual dignidad de ambos ante Dios (Gálatas 3, 28). Este fue uno de los aspectos más revolucionarios del mensaje de Jesús. Sólo teniendo en cuenta el arraigado machismo de la sociedad de su tiempo se logra dimensionar la sorpresa que tuvo que causar la actitud de Jesús hacia las mujeres.

44- LA VENDEDORA DE HIGOS

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