73- LA MUERTE DEL VIEJO AVARO

Manasés, casi muriendo, y el vecindario que se abalanza para ver qué puede llevarse. Sus hijos también se rapiñan sus riquezas.

Vecina – ¡Pero, cuánto sufre Manasés, Dios santo!
Vieja – ¡Pobre hombre, tan bueno, tan buenísimo siempre!
Vecina – Así es la vida, mujer, caminar derechito a la muerte… ¡ay, qué desgracia ésta!

Desde hacía dos días, el viejo Manasés, uno de los propietarios más ricos de Cafarnaum, agonizaba sobre su mullido jergón de lana.(1) Y desde hacía dos días, los vecinos habían llenado su casa esperando ver entrar a la muerte cuando viniera a buscarlo.

Manasés – ¡Ay, ay, ay, maldita sea!
Vecina – ¿Qué le duele, pobre hombre?
Manasés – ¡Todo! ¡Me duele todo! ¡Ay, ay!
Vecina – ¿Quiere alguna cosita, Manasés? ¿Un poquito de agua? ¿Un caldito?
Manasés – No quiero nada, caramba. Lo que quiero es… levantarme… de esta maldita cama… ¡y espantarlos a todos ustedes de mi casa!
Vecina – ¡Tarda mucho en morir este viejo!
Vieja – La hierba mala es difícil de arrancar, no te olvides.
Vecina – ¡Ay, pobre Manasés, tan bueno, tan buenísimo siempre! La muerte no tiene hora. Llega en cualquier momento. Y ya se siente cerca su olor…
Manasés – ¡Aaay! ¡Maldita sea… mal… di… ta… sea…
Vecina – ¿Se habrá muerto ya?
Mujer – Espérense un momento. A ver… Sí, me parece que sí…
Vecino – ¡Yo creo que ese tipo ya está del otro lado! ¡Se ha quedado más blanco que la leche!
Vecina – ¡Sí, sí, se murió ya!
Vieja – ¡Que descanse en la paz de Dios!
Mujer – ¡Y que los ángeles vengan a llevarlo al seno de Abraham!
Vecina – ¡Y nosotros, a lo nuestro!
Vieja – ¡Yo me llevo las gallinas!
Vecina – Pero, ¿qué te has creído tú? ¡Yo dije antes que las gallinas eran mías!
Vecino – ¡No peleen, que hay para todos! ¡El corral está lleno!
Viejo – Oye, Cleto, mira este baúl… ¡Fíjate lo que hay dentro!
Vecino – Oiga, señora, que ese saco de harina ya tiene dueño.
Vecina – ¡Ay, qué gente! Después de que una está esperando desde ayer aquí, y ahora quieren dejarme con las manos vacías. ¡Al diablo contigo! ¡Este saco es mío!
Vecino – ¡El saco es mío! ¡Y la harina también!
Vecina – Pero, ¿y dónde tendría ese viejo escondido el dinero, eh? Eso es lo más importante.

Los vecinos del viejo Manasés se habían desparramado por la casa y, mientras las plañideras entonaban los cantos de luto, ellos se llenaban las manos con todo lo que encontraban por los rincones. Los niños saltaban las tapias del patio, cada uno con tres o cuatro gallinas, y sus madres rebuscaban hasta el fondo en los baúles.

Manasés – ¡Aahhh! Yo… yo no estoy muerto… ¡No estoy muerto y no pienso morirme todavía!

Todos se quedaron tiesos con las manos llenas de cosas. Manasés, sentado a duras penas sobre el jergón, los miraba con ojos desafiantes.

Vecino – Pero, ¿quién fue el que dijo que se había muerto, demonios?
Vecina – El viejo Manasés tiene cuerda para rato. ¡Paciencia!
Manasés – No… no quiero morirme. ¡Váyanse, buitres! ¡Váyanse al infierno! Ustedes lo único que… que quieren… es llenarse el buche con lo mío… ¡y todo esto es mío! ¡Y se queda aquí! Aquí, en mi casa. ¡Ay, ay!
Vecina – Vamos, Manasés, estése tranquilito… así… así…
Vecina – No se fatigue tanto. Descanse, descanse…

Manasés volvió a recostarse, con los ojos cerrados y la respiración jadeante. Las cosas volvieron a su sitio y las viejas plañideras se estiraron los cabellos y dejaron de lamentarse. Fue entonces, cuando aún las gallinas corrían sueltas por el patio y toda la casa estaba revuelta, cuando aparecieron por la puerta los dos hijos de Manasés. Vivían en Perea, lejos de Cafarnaum, y hasta allí les habían llevado la noticia de que su padre se moría.

Joel – Pero, ¿qué diablos es este alboroto?
Vecina – ¡Miren quiénes han llegado, Joel y Jasón!
Jasón – ¿Qué pasa aquí, eh? ¿Qué están haciendo ustedes?
Vecina – Estamos ayudando a tu padre a bien morir.
Vecina – Ha tenido una agonía muy larga, el pobrecito.
Joel – ¡Y han tenido ustedes las manos también muy largas para meterlas por todos los rincones!
Manasés – Me querían dejar en cueros… ¡Condenados buitres! ¡Váyanse de mi casa, les digo! ¡Ay, ay, ay!
Joel – Sí, fuera todos, ¡fuera de aquí!
Jasón – Papá, pobre papá…
Joel – ¡Fuera todos, caramba! ¡Las plañideras también! ¡Y las manos vacías, eh! ¡De aquí no se llevan ni una aguja!

Poco a poco, con la cabeza baja, todos los vecinos fueron saliendo de casa de Manasés. Las largas horas de espera habían resultado inútiles: los hijos del rico propietario habían llegado a tiempo y ellos eran los herederos de su fortuna.

Manasés – ¿Ya se han ido?
Jasón – Sí, papá, ya se fueron.
Manasés – Querían dejarme en cueros.
Joel – Pero no lo han conseguido. ¡Ay, papá, qué interesada es la gente! ¡Sólo piensan en aprovecharse de lo que tú, con tanto sacrificio, has ahorrado!
Jasón – Ayer supimos que estabas muriéndote. Por eso no vinimos antes.
Manasés – ¡Yo… yo no me estoy muriendo, maldita sea! Estoy enfermo. Sólo eso… ¡Ay, ay, qué mal me siento!
Joel – Descansa, papá. A ver, ponte cómodo… así…
Manasés – Ay, ay, ay…
Jasón – ¿Dónde tendrá el dinero, eh?
Joel – Y qué sé yo.
Jasón – ¡Tú sí lo sabes, Joel! ¡Tú sabes dónde lo tiene, no me lo niegues!
Manasés – Ay, ay, ay…
Joel – ¡No grites, Jasón, que puede oírnos!
Jasón – ¡Puede oírnos, puede oírnos! Pues que nos oiga! ¿Qué me importa? La mitad de ese dinero es mía. ¡Y tú lo sabes tan bien como yo!
Joel – Tú eres el que sabes demasiado bien que todo lo del viejo me pertenece a mí y sólo a mí. Soy el hijo mayor y por la ley me corresponde. La ley es la ley.
Jasón – La ley dice que el hijo menor tiene derecho a parte de la herencia.
Joel – Cuando la herencia no es mucha, no. Entonces el dinero no se reparte. No se toca.
Jasón – ¡Y qué sabes tú cuánto tiene ahorrado papá! Dices que no se toca para quedarte tú con todo. ¡Condenado avaro! ¡Tienes una fortuna y todavía quieres más!
Manasés – ¡Ay, ay, aay!
Joel – Sí, papá, aquí estamos a tu lado, tranquilízate. ¡Pobre papá, cuánto estás sufriendo! Mira quién habla de avaro… Tu negocio de lanas no va muy mal que digamos, ¿verdad? ¿Para qué quieres entonces el dinero, eh? ¿Para dar limosna a los mendigos? ¡Ja! A mí no me engañas, Jasón, ¡eres más ambicioso que el rey de los asirios!
Manasés – ¡Ay, ay… estos pinchazos!
Jasón – ¿Qué pasa, papá?
Joel – ¿Quieres algo?
Manasés – Lo que quiero… es… no… morirme.
Jasón – No hables de la muerte ahora, papá. Tú eres fuerte como un cedro del Líbano. Te curarás. Mañana o pasado te levantarás de la cama, seguro que sí. Y seguirás trabajando en la finca.
Manasés – Este año… la cosecha ha sido buena, ¿saben? El trigo ya no me cabe… en los graneros… Ja, ja… Voy a tumbar… los graneros viejos… y voy a construir… unos más grandes junto a la casa… ¡y el dinero entrará a chorros, sí… a chorros! ¡Ay, ay, ay, que me duele!
Joel – ¡Para lo que quiere el dinero, para esconderlo en un hoyo en la tierra! Bah, viejo tacaño…
Jasón – Y tú, ¿para qué lo quieres? ¿Para gastarlo todo en una noche si te parece bien, no?
Joel – Qué interesado eres, Jasón. Papá jadeando como un perro herido y tú pensando sólo en la plata.
Jasón – Y tú, ¿en qué piensas, condenado? Desde que llegaste aquí los ojos te brillan como dos monedas.

Al caer la tarde, Jesús salió de la casa de mi padre con cara preocupada…

Juan – ¿A dónde vas, Jesús?
Jesús – A casa del viejo Manasés, Juan. ¿Sabes que se está muriendo?
Juan – Sí, pero me dijo el compadre Cleto que tiene para rato. Ese viejo está agarrado a la vida con las uñas y con los dientes. Ni a patadas quiere irse de este mundo.

Cuando Jesús y yo llegamos a la casa de Manasés, todo estaba en penumbra. En un rincón del cuarto, los dos hijos del viejo cuchicheaban.

Jesús – ¿Se puede pasar?
Joel – ¿Quiénes son ustedes?
Jesús – Conocíamos a Manasés. Nos dijeron que estaba muy grave y hemos venido a verle…
Jasón – A verle y a ver qué se llevan, ¿no?
Jesús – ¿Por qué dices eso?
Jasón – Porque todos los que vienen a esta casa traen los colmillos afilados. ¡Aprovecharse de nuestro pobre papá!
Jesús – ¿Ustedes son sus hijos, los que viven allá por Perea?
Joel – Sí, llegamos hace unas horas…
Jasón – Así que eran amigos de nuestro padre…
Jesús – Bueno, amigos, no. Manasés nunca tuvo amigos, ésa es la verdad. Vivía solo, comía solo, dormía solo y, al final, hasta hablaba solo.
Jasón – Hablaría solo, pero a nadie le dijo dónde demonios escondió el dinero. ¡Se morirá y tendremos que echar abajo la casa y escarbar la finca entera para encontrarlo!
Joel – Tendremos, tendremos.. Tú no tendrás que hacer nada porque esa herencia es mía, ¿es que no lo entiendes, Jasón?
Jasón – ¡Maldición contigo, Joel, no empieces otra vez! Ya te he dicho mil veces que la mitad de ese dinero me corresponde a mí, a mí! A ver, ustedes, digan si tengo o no tengo razón: nuestro padre ahorró…
Jasón – ¡Díselo tú, forastero, dile que la ley obliga a repartir la herencia conmigo!
Joel – ¡No mezcles a nadie en esto! ¡Es un asunto entre tú y yo!
Jesús – Oye, amigo, ¿pero quién soy yo para meterme en este lío? Yo no soy juez ni abogado.
Jasón – ¡El dinero de papá es mío, Joel!
Joel – ¡El dinero de papá es mío, Jasón!
Manasés – ¡El dinero de papá… es de papá! ¡Es mío, mío, y ni ustedes ni nadie me lo quitarán! ¡Canallas, mis hijos también son unos canallas que quieren robarme lo mío y dejarme en cueros!
Jesús – Vamos, viejo, no se ponga así. Cálmese, cálmese. Vamos…
Manasés – ¿Y quién eres tú?
Jesús – Soy Jesús, el que vive ahí donde el Zebedeo. Y aquí está Juan. Vinimos a ver cómo se sentía.
Manasés – Vinieron a ver qué podían rapiñar de mi casa. Pero se irán con las manos vacías. Yo no pienso morirme. Voy a construir graneros nuevos para el trigo de este año… para mu­chos años… ¡ay, ay!
Joel – ¡Dile que te diga dónde tiene escondido el dinero!
Jasón – ¡Ese dinero es tan mío como tuyo, Joel!
Manasés – ¡Ayy… ay… ay!

Jesús se acercó a Manasés y le cerró los ojos con suavidad.

Jesús – Ha muerto.

Regresé con el moreno cuando era noche cerrada y empezaba a soplar el viento helado del norte…

Jesús – Qué triste es esto, ¿verdad, Juan? El viejo Manasés no pensó durante su vida más que en amontonar y guardar dinero. No tuvo tiempo para nadie. No lloró por nadie ni con nadie supo alegrarse. ¿Y para qué le sirvieron tantas cosas? Para nada. Para engordar polillas. En cueros vino a este mundo y en cueros se fue de él. ¿De qué le sirve a uno tener tantas cosas si ha perdido así su vida?

Mientras tanto, en la casa del difunto, el pleito continuaba…

Jasón – ¿Dónde diablos habrá escondido el dinero, eh, Joel?
Joel – ¡El dinero del viejo es mío, Jasón, no me fastidies más!
Jasón – ¡Vete al mismísimo infierno, Joel!

Y mientras llegaban los vecinos y las plañideras, los hijos del viejo Manasés revolvieron toda la casa esperando encontrar en algún rincón los ahorros del padre muerto. Parecían dos buitres buscando carroña.(2)
Lucas 12,13-21

 

Comentarios

1. La figura del gran propietario, del terrateniente que acumula sin cesar riquezas, que tiene amplios graneros y vive de sus rentas sin trabajar, era muy común en tiempos de Jesús, especialmente en la región galilea. En la fosa superior del Jordán, en las orillas del lago y en gran parte de las montañas de Galilea, las tierras cultivables eran en estos tiempos extensos latifundios. La dominación romana trajo para Israel, entre otras cosas, una transformación radical en la tenencia de la tierra. Hasta entonces, existía ésta en dos formas: el latifundio que estaba en expansión y la propiedad comunal, compuesta por lotes y trabajada en cooperativas o familiarmente. Pero el cobro de impuestos ordenado por los romanos contribuyó al progresivo empobrecimiento y endeudamiento de los campesinos, lo que obligó a muchos a la venta forzosa de sus tierras y aceleró aún más el proceso de concentración de la tierra en latifundios. Estos terminaron por imponerse, entre otras cosas porque eran mucho más rentables.

2. Es posible que los lectores recuerden, al leer este episodio, una escena semejante de la película “Zorba el griego”, de Michel Cacooyanis, basada en la novela del genial Nikos Kazantzakis. No es una casualidad ni un plagio. Quiere ser el homenaje modestísimo de los autores a quien tanto les inspiró mientras escribían los muchos capítulos de este relato. A Nikos, griego universal, apasionado cristiano, compañero durante meses desde sus inolvidables páginas sobre Jesús de Nazaret, nuestra gratitud, seguros de que él lee la historia del Moreno con sonrisa cómplice. ¡Fgaristó, Nikos!

73- LA MUERTE DEL VIEJO AVARO

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