82- EN UNA ALDEA DE SAMARIA

La mujer invita a Jesús a la aldea de Sicar. Se arma el pleito entre judíos y samaritanos, hasta que llega Baruc, el justiciero.

Abigaíl, la mujer samaritana que había hablado con Jesús el día que llegamos a Sicar, nos insistió mucho para que entráramos en el pueblo. Ella fue por delante, anunciándoles a todos sus vecinos que había encontrado un profeta junto al pozo de Jacob.

Abigaíl – ¡Eh, comadre Nora! ¡Y usted, Simeón! ¡Vengan a ver a un hombre que me leyó la mano y me adivinó todas las que hice! ¿Y si fuera el Mesías, eh? ¡Vecinos, no se pierdan esto, corran!

Abigaíl tocaba en todas las puertas invitando a todos a su casa. Nosotros íbamos detrás de ella, sin mucho entusiasmo. Y, como siempre, mi hermano Santiago y yo éramos los que más protestábamos.

Santiago – Pero, Jesús, ¿a quién se le ocurre? ¿Tienes fiebre o es que un ratón te está royendo el seso?
Juan – ¡Primero me cocinan vivo atado a un palo que poner las patas en la casa de unos samaritanos!(1)
Santiago – ¡Dicen que al que entra y se sienta en una casa samaritana se le secan los ojos antes de un año!
Jesús – Pues entonces quédate fuera y voltea la cara.
Juan – Si haces eso, te conviertes en sal, como la mujer de Lot.
Jesús – Está bien, Santiago, está bien, Juan, no sigan ustedes si no quieren. Pero yo voy a entrar en casa de Abigaíl y voy a saludar a su marido.
Santiago – ¡Abigaíl! ¡Vaya nombrecito que se gasta la «niña»!
Juan – Te vendiste barato, Jesús. Por un jarro de agua te amarraron los samaritanos.
Jesús – ¡Qué va, ustedes son los que están amarrados por cuatro ideas viejas, que si los galileos no nos hablamos con los samaritanos, que si los samaritanos son esto y lo otro. Yo bebo el agua de cualquier pozo y entro y salgo por todas las puertas. Ustedes, hagan lo que quieran.

Íbamos entrando en Sicar, la aldea donde vivía Abigaíl. Junto al camino había una pequeña plaza. Y junto a la plaza, un grupo de samaritanos, con turbantes rojos y túnicas grises, nos miraban con odio.

Samaritano- ¿Qué vienen a buscar ustedes aquí, eh?
Samaritana- ¡Galileos roñosos, váyanse a lavar los sobacos en el lago de Tiberíades! ¡Ja, ja, ja!
Jesús – Déjalos, Juan, ¿no ves que nos están provocando?
Samaritano- ¡Galilea! ¡Ja, ja, ja!
Samaritana- ¡Ay, galileos, qué esmirriaditos me los encuentro! ¿Qué? ¿Es que mamita no les da de comer? Y tú, el de los pelos rojos, ¿qué pasa contigo, preciosón? ¡Ven, ven acá, no tengas miedo, que lo que te voy a poner colorado es otra cosa! ¡Ja, ja!
Jesús – No les hagas caso, Santiago, están buscándonos las cosquillas.
Santiago – ¡Pues a mí ya me las encontraron, maldita sea! ¡Yo no aguanto que estos desgraciados se rían de nosotros! Oigan bien, samaritanos del diablo, sobrinos de Lucifer, ¡ojalá ahora mismo caiga un rayo y los parta por la mitad a todos ustedes!
Samaritano- ¡Y ojalá que a ti se te caigan todos los dientes menos uno pa’que te duela!
Juan – ¡Ojalá que te tragues un buen puñado de garrapatas y te chupen desde dentro!
Samaritano- ¡Y ojalá que tú y todos los tuyos crezcan como la cebolla, con la cabeza en la tierra!
Santiago – ¡Y ojalá que ahora mismo llueva fuego y azufre desde el cielo como cuando Elías y les queme la coronilla a todos ustedes, hijos de perra!
Jesús – Ya está bien, Santiago, no te metas más con ellos. Y tú, Juan… ¡Caramba con la lengua de ustedes, tiene más veneno que una víbora!
Santiago – ¿Tú oíste, Jesús? ¡Está tronando!
Juan – ¡Dios nos escuchó y va a mandar fuego del cielo contra estos samaritanos del demonio!
Jesús – Está bien. ¡Quédense ustedes esperando los truenos y los rayos que yo no quiero atrapar otro catarro!

Jesús echó a correr hacia la casa de Abigaíl.(2) Nosotros a regañadientes, corrimos también hacia allá. La lluvia nos enfrió los ánimos a todos. Nos olvidamos de las maldiciones y atravesamos corriendo la pequeña plaza del pueblo. Al poco rato, chapoteando bajo el agua, llegamos a la casucha de cañas y adobe donde vivían Abigaíl y su marido Jeroboam.

Abigaíl – ¡Entren, entren! Esta es mi casa, Jesús. Muy pequeña para tanta familia, pero… Todos éstos son mis hijos. Y éste es mi marido.
Jeroboam – ¡Bienvenidos, galileos! Mi casa es como el arca de Noé, que abre sus puertas a todos las animales!
Abigaíl – No seas grosero, Jeroboam.
Santiago – Y tu mujer y tú fueron la primera pareja que se coló en ella, ¿no?
Jesús – Cállate, Santiago…
Jeroboam – Ya Abigaíl me habló que uno de ustedes es un brujo que sabe leer la mano. ¿Dónde está ése?
Juan – ¡Aquí la única bruja es tu mujer, que en mala hora se acercó al pozo a buscar agua!
Jesús – Por Dios, dejen ya los insultos y vamos primero a saludarnos, ¿no les parece?
Abigaíl – Eso mismo digo yo. Ea, Jesús, explícale a este marido mío, que es más bruto que un algarrobo, lo que tú me dijiste allá en el pozo, que ya se acabó lo de samaritano y galileo y judío y todo eso. Anda, pues, explícaselo.

Y nos sentamos a conversar. Después de un rato, la lluvia fue amainando y los vecinos samaritanos comenzaron a llegar. Pronto se llenó la pequeña casa de Abigaíl. Los que podían se sentaban sobre la tierra mojada. Los más viejos se quedaban de pie, apoyando la barbilla en los bastones.

Samaritano- ¿Quién dijo que se acabó ya lo de samaritano y galileo, eh? ¿Quién dijo esa tontería?
Jesús – La dijo este tonto que está aquí.
Samaritano- ¿Ajá? ¿Y quién eres tú?
Jesús – Un hermano tuyo. Y tú también eres hermano mío. Todos los hombres somos hermanos. Estamos amasados con la misma pasta y tenemos el mismo aliento de Dios en las narices. ¿No es verdad esto que digo?

Un viejo encorvado y con una barba larga como un río, asintió con la cabeza.

Viejo – Sí, eso mismito dice Baruc, el justiciero…
Samaritana- ¡Pues mi tía Loida dice que cada oveja debe andar con su pareja! Tenemos el pellejo distinto, forastero, no te olvides de eso.
Jesús – Pero tu sangre es roja como la mía, paisana. ¿No ves que tenemos la misma sangre ustedes y nosotros? Lo que vale de un árbol no es la corteza, sino la madera. La madera y el fruto. ¿No es verdad?
Viejo – Sí, eso mismito dice Baruc, el justiciero…
Samaritano- ¡Un momento, que eso no es tan fácil! ¡Ustedes los galileos han abusado mucho de nosotros y nos han arruinado el comercio con Damasco!
Juan – ¿Ah, sí? ¿Y quién estropeó la venta de trigo a la capital? ¿No fueron ustedes, los samaritanos?
Samaritana- ¡Ustedes le pegaron fuego a los bosques del Ebal!
Vieja – ¡Y fue un galileo el que se robó el rollo de la Ley del nieto de Aarón!
Santiago – ¿Y quién hizo la asquerosidad de echar aquellos malditos huesos de muerto en el Templo de Jerusalén, eh, quién fue?
Jesús – ¡Dejen eso ya, caramba! Fíjense, la lluvia ya pasó. Cuando acaba el diluvio, comienza la paz. ¿Qué ganamos restregándonos el odio antiguo de nuestros abuelos? Yo digo que todos somos hermanos y que todos tenemos un solo Padre, el que está allá arriba. Eso es más importante que todo lo demás.
Viejo – Sí, sí, eso mismito dice Baruc, el justiciero…
Samaritana- Seremos hermanos, pero hablamos palabras distintas. Cuando un galileo dice negro, el samaritano piensa blanco. Cuando un samaritano habla del monte Garizim, ustedes hablan del monte Sión.
Jesús – Pero cuando un galileo dice: «tengo hambre», y la siente, al samaritano le pica la tripa igual que a él. Y cuando una samaritana grita justicia, la galilea dice lo mismo: ¡justicia! Amigos de Samaria: los hombres estamos divididos desde hace muchos años, yo creo que desde la torre de Babel, cuando aquellos locos quisieron trepar al cielo para robarle el sitio a Dios. ¡Ahora te­nemos que levantar otra torre, pero no con ladrillos sino uniendo todos nuestras manos, juntando los brazos de todos, los de Samaria y los de Galilea, porque todos somos necesarios para construir una tierra diferente, de hermanos y hermanas!
Viejo – ¡Eso mismito dice Baruc, el justiciero!

Cuando aquel viejo samaritano repitió por cuarta vez lo de Baruc, el justiciero, mi hermano Santiago perdió la paciencia.

Santiago – ¿Se puede saber quién diablos es ese Baruc que tanto mete la cuchara en esta sopa? ¡Aquí está hablando Jesús y no ningún Baruc!
Abigaíl – Es que Baruc, el justiciero, es un gran profeta de nosotros los samaritanos… ¡Si no fuera por él! Le abre los ojos a la gente y defiende el derecho de nosotros, los infelices.
Viejo – Baruc, el justiciero, siempre dice que…
Santiago – ¡Me importa un pepino lo que diga ese tal Baruc, caramba! ¡Este es Jesús, el que tiene el bastón de mando, el hombre fuerte de Israel!
Vieja – Pero, nuestro Baruc…
Santiago – ¡Con Baruc me limpio yo los mocos y luego tiro el pañuelo!
Samaritano- ¡Trágate ahora mismo esas palabras, pelirrojo del infierno, o si no…!

Mi hermano Santiago y un samaritano gordo se entraron a puñetazos. Simón y Judas también se enzarzaron a golpes con otros vecinos mientras las mujeres chillaban amenazándonos. La estrecha casa de Abigaíl retumbaba y creo que se hubiera venido abajo de no ser por Pedro y Jesús que, después de muchos gritos, consiguieron un poco de calma.

Jesús – Pero, ¿no estamos diciendo que somos hermanos, que tenemos que unirnos en vez de darnos puñetazos? Si ese Baruc está con la justicia, está con nosotros y nosotros con él. ¡Lo importante es cambiar las cosas, no quién las cambie! ¡Díganle de nuestra parte a Baruc, el justiciero, que nos gustaría saludarlo y hablar con él!

Ya estaba oscureciendo sobre la aldea de Sicar, cuando un hombre alto y fuerte entró en la abarrotada casa de Abigaíl. Vestía una túnica del color de la ceniza y en la cabeza el turbante rojo de los jefes samaritanos.

Baruc – ¿Quién pregunta por mí? Soy Baruc.
Jesús – Y nosotros somos un puñado de galileos. Estamos trabajando en el norte, empujando por allá el Reino de Dios. Nos dijeron que tú y tu grupo hacen lo mismo por estas tierras de Samaria. ¿Podemos ayudarte en algo?
Baruc – Por supuesto que sí. Mira el campo: los sembrados ya están maduros para la cosecha. Todos los brazos hacen falta. Y nosotros, ¿podemos ayudarles a ustedes?
Jesús – Claro que sí, Baruc. ¿No dicen que uno es el que siembra y otro el que siega? Lo importante es hacer las cosas, no quien las haga. Al final, sembradores y segadores nos alegraremos todos juntos, ¿no es así?
Baruc – Hablemos claro, galileo. ¿Con quién están ustedes? ¿Con los zelotes? ¿Con los rebeldes del desierto? ¿Con los sicarios de Judea?
Jesús – Estamos con la justicia, Baruc. Estamos con los pobres que gritan día y noche pidiendo un respiro, reclamando libertad. Lo demás… ¿tiene tanta importancia?
Baruc – Me gustan tus palabras. Puedes contar conmigo. Nosotros también peleamos por la justicia de nuestro pueblo.
Jesús – Si ustedes no están contra nosotros, ¡están con nosotros!
Baruc – ¡Entonces, venga un abrazo, galileo!

Jesús se acercó a Baruc, el jefe samaritano. Y los dos se apretaron las manos y se besaron con emoción y respeto, igual que los hermanos Esaú y Jacob, cuando se encontraron después de muchos años, junto al río Yaboc, cerca de Penuel.
Dos días más estuvimos en la aldea de Sicar, anunciando el Reino de Dios entre los samaritanos.
Lucas 9,51-56; Juan 4,28-43.

Comentarios

1. La enemistad entre los samaritanos y los galileos y judíos estaba alimentada por varias circunstancias históricas. 129 años antes de Jesús, el rey judío Juan Hircano había destruido el sagrado templo samaritano del Garizim. Esto aumentó el odio entre los dos pueblos. Cuando Jesús tenía unos diez años ocurrió un hecho que horrorizó a los judíos: con ocasión de las fiestas de Pascua, los samaritanos que habían ido a Jerusalén echaron huesos de muerto por todo el Templo. Aquella profanación del lugar santo fue un hecho que los judíos no olvidaron. A partir de entonces, las tensiones fueron siempre en aumento.

2. El pueblo israelita tenía a gala, como virtud nacional, la hospitalidad. Pero esto no se cumplía entre samaritanos y judíos. Se negaban el saludo y se cerraban las puertas de sus casas como signo de rechazo total. Cuando los judíos atravesaban territorio samaritano, no era extraño que ocurrieran graves incidentes, que a veces terminaban en matanzas.

82- EN UNA ALDEA DE SAMARIA

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