92- POR EL OJO DE UNA AGUJA

Un joven rico quiere seguir a Jesús y viajar a Jerusalén. Jesús le invita a dejar todo lo que tiene y darlo a los pobres.

Rubén – Pero, Nivio, ¿estás hablando en serio?
Nivio – Claro que sí, amigos. ¿Por qué no me creen?
Tito – Pero, ¿qué pasó? ¿Te peleaste con tu novia? ¿O tu padre te quitó la herencia?
Nivio – Ni una cosa ni la otra.
Rubén – Entonces es que tienes fiebre.
Nivio – Nada de eso. Me siento perfectamente. Y me sentiré mejor cuando vaya y le diga: ¡Profeta, cuenta conmigo! Yo también quiero unirme a tu grupo y viajar a Jerusalén y comer la Pascua en la ciudad de David.
Tito – ¿A que no te atreves?
Nivio – ¿Que no me atrevo a qué?
Tiro- A decirle eso al profeta.
Nivio – ¡Tú no me conoces entonces! Hoy mismo voy y se lo digo.
Rubén – ¿Cuánto apostamos, Nivio?
Nivio – Lo que ustedes quieran. ¿Veinte denarios?
Rubén – Mejor cuarenta.
Tito – No, no, no, mejor un barril de vino. Y así, cuando vuelvas con el moco hacia abajo, como los pavos, lo bebemos juntos y ahogas tus sueños revolucionarios en el delicioso jugo de la uva.
Rubén – Ja, ja… Vamos, ahora no te eches atrás. Eso, júralo.
Nivio – Juro, prometo y determino: y esta apuesta bien vale un barril de vino.
Tito – ¡Lo que nos faltaba por ver en Cafarnaum! Nivio, el hijo de don Fanuel, también mordió el queso y cayó en la ratonera del profeta nazareno. ¡Ja!
Rubén – ¿Qué dirá tu «papaíto» si se entera que te quieres juntar con esa chusma?
Nivio – Por mí, que diga lo que quiera, ¡qué me importa! El hace su vida. Yo hago la mía.
Rubén – ¡Quién te ha visto y quién te ve, Nivio! ¡El señorito del pueblo se quiere poner a los pies de un campesino, mitad brujo, mitad agitador!
Nivio – Digan lo que quieran, pero ese Jesús es un gran tipo. Tiene agallas, ¡caramba! No hay más que oírlo.
Tito – ¡No hay más que «olerlo»! ¡Apesta a cebolla y a perfume de ramera!
Rubén – Dime con quien andas…
Tito – ¡Así que el nazareno te pegó la sarna!
Nivio – Ja, si la envidia fuera sarna, ustedes ya estarían rascándose.
Rubén – ¿Envidia? ¿Envidia, nosotros? Ja, ja, ja… ¡No, déjame a mí, yo estoy muy tranquilo en mi casa, con muchos criados y poco trabajo!
Tito – Y yo también.
Nivio – Pues yo no. Estoy decidido a cambiar de vida. ¡Quiero hacer algo grande! Esta misma tarde voy donde el profeta y le digo que viajaré con él a la capital y luego a…
Rubén – ¡Luego corre a bañarte y a sacarte los piojos que te haya regalado el profeta de los muertos de hambre! ¡Ja!
Tito – Pero, Nivio, ¿es que no lo comprendes? El aceite no se mezcla con el agua. Ese tipo no es de los nuestros. Y tú no eres de los suyos. ¿Qué vas a buscar entonces donde él?
Rubén – Yo no sé qué irás a buscar, Nivio, pero lo que vas a encontrar sí lo sé: ¡que te suelte una andanada contra tu padre y contra los ricos y adiós, hasta la vista!
Nivio – Eso se creen ustedes. Pero yo les digo que Jesús es un tipo abierto. Estoy seguro que se alegrará de verme. Yo puedo serle útil. Tengo dinero, tengo una buena preparación, tengo…
Tito – ¡Lo que tienes es una apuesta encima, no te olvides!
Rubén – Entonces, lo dicho: ¡un barril de vino! ¿De acuerdo, Nivio?
Nivio – De acuerdo, amigos.

Nivio era el hijo menor de Fanuel, uno de los ricos terratenientes de Cafarnaum. Era un muchacho alto y fuerte, al que nunca le había faltado la buena comida, los buenos vestidos y la mejor escuela. Ayudaba a su padre en la administración de la finca y le sobraba tiempo para perderlo con sus amigos. Aquella tarde, Nivio salió de la lujosa casa donde vivía y se encaminó al barrio de los pescadores, por la callejuela que va junto al mar.

Simoncito – ¡Vamos, tonto, salta ya!
Canilla – Tacatán, tacatán, tacatán… ¡arre, caballo!
Simoncito – ¡Mi caballito salta mejor que el tuyo, mira! ¡Ja, ja, ja!
Canilla – ¡Ahora yo, me toca a mí!
Nivio – Eh, muchachos, ¿por aquí no vive Jesús, el de Nazaret?
Simoncito – ¡Uff! Sí, está ahí dentro, arreglando una puerta. ¡Aquí te buscan, moreno!
Jesús – ¡Pues aquí me encuentran! ¿Quién es?
Simoncito – ¡Un señorito!

Cuando Nivio llegó a casa, Jesús estaba solo. Mi madre remendaba redes en el embarcadero y el viejo Zebedeo, mi hermano Santiago y yo estábamos, como siempre, pescando en mitad del lago.

Jesús – Oye, pero ¿tú no eres uno de los hijos de Fanuel, el de la finca?
Nivio – El mismo que viste y calza. ¿De qué me conoces?
Jesús – Ya sabes, en Cafarnaum uno termina conociéndole las orejas a todo el mundo. Bueno, esta puerta ya está firme. ¡No la echa abajo ni el ángel exterminador! Lo que no sé es tu nombre.
Nivio – Nivio. ¡Así me llamo desde hace dieciocho años!
Jesús – Eso, Nivio. Dicen por ahí que, aunque tu padre es un bandido, tú eres buena persona.
Nivio – ¡Qué va! La única buena persona que tenemos por ahora en la ciudad eres tú mismo, nazareno.
Jesús – ¿Yo? ¿Por qué dices eso?
Nivio – Porque así es. Tú y tu grupo son los únicos que están haciendo algo para que las cosas cambien en nuestro país.
Jesús – Pues a ti no te convendría mucho que cambiaran, la verdad es ésa.
Nivio – Nada, nada, que tú eres un gran tipo, Jesús. Yo siempre lo he dicho.
Jesús – Y yo siempre he dicho que el único gran tipo es Dios. Los demás clavamos un clavo aquí y otro allá, pegamos un par de ladrillos y vamos haciendo lo que se puede.
Nivio – De eso he venido a hablarte. Yo también quiero poner mi ladrillo y ayudar a levantar el muro.
Jesús – ¿Tú?
Nivio – Sí, yo. Te extraña, ¿verdad? ¡Claro, lo comprendo, el hijo de Fanuel! Pero no te dejes llevar de las apariencias, nazareno. Tú y yo nos entenderemos bien, ya lo verás.
Jesús – Eso espero. Vamos, siéntate por ahí y conversamos.

Jesús guardó el martillo y los clavos y se sentó en el suelo. El hijo del terrateniente hizo lo mismo.

Nivio – Por la ciudad no se habla de otra cosa que del viaje a Jerusalén.
Jesús – ¿De qué viaje?
Nivio – ¿Cuál va a ser? El de ustedes.
Jesús – Ah, sí, claro…
Nivio – Lo pensé y lo decidí: puedes contar conmigo, Jesús.
Jesús – No me digas que a ti también se te pegó la picazón…
Nivio – ¿No puedo ir yo con ustedes?
Jesús – ¡Claro que sí, hombre! Eres bien venido. Me alegro, de veras. Y estoy seguro que todos los demás se alegrarán.
Nivio – Eso suponía yo también. En fin, Jesús, al grano. ¿Qué es lo que vamos a hacer exactamente en Jerusalén? ¿Tienes ya algún plan? Explícame.
Jesús – Bueno, el plan es tratar de darle la vuelta a la torta.
Nivio – ¿A qué torta?
Jesús – A todo esto. Vamos a construir un cielo nuevo y una nueva tierra donde todos los hombres nos demos la mano y podamos sonreír y vivir felices. ¿Qué te parece el plan?
Nivio – Me gusta, sí. Suena bonito.
Jesús – Claro, para lograr eso, hay un pequeño problema. Para que los que tenemos menos tengamos más, los que tienen más tienen que tener menos.
Nivio – ¿Cómo has dicho? ¿Es un trabalenguas?
Jesús – No, es algo muy sencillo, escucha: ¿por qué hay gente que pasa hambre en Israel? Porque otros comen doble ración. ¿Por qué hay niños que andan por la calle descalzos y medio en cueros? Porque otros tienen siete túnicas y catorce pares de sandalias en un baúl. Unos tenemos un sólo granito de trigo en el bolsillo y otros el granero lleno. ¿Comprendes, Nivio?
Nivio – ¿Que comprendo qué?
Jesús – Que la única manera de rellenar un barranco es rebajando una colina. El plan de Dios es nivelar, ¿comprendes? ¿Qué te parece a ti?
Nivio – Sí, por supuesto. En fin, volviendo a lo del viaje… dime, ¿cuántos vamos a Jerusalén? ¿Muchos? ¿Pocos? ¿A quién has invitado?
Jesús – Bah, por invitar, hemos invitado a todos. Pero ya sabes cómo es la gente. Primero «sí, sí» y luego «se me olvidó».
Nivio – Ya me imagino. Mucha lengua y nada más, ¿no es eso, Jesús?
Jesús – Eso mismo. Y lo que necesitamos es gente que apriete bien el arado y empuje con fuerza el Reino de Dios.
Nivio – Pues ahí me tienes a mí arrimando el hombro, sí señor. La verdad, y no es por echarme incienso, desde pequeño me enseñaron los mandamientos de Dios y desde pequeño los cumplí. Yo no he robado nunca.
Jesús – Tampoco nunca tuviste hambre.
Nivio – Yo no he matado a nadie. Ni siquiera he sentido el deseo de hacerlo.
Jesús – Tampoco has sentido en la espalda el látigo del capataz.
Nivio – ¿Qué? ¿No me crees? Te hablo en serio, Jesús, te juro que nunca le he hecho mal a nadie.
Jesús – No tienes que jurarlo. Te lo creo. Claro, tampoco los zánganos hacen nada malo en la colmena.
Nivio – Ah, ya veo por dónde vienes. Pues si es por eso, sal a la calle y pregunta quién ha dado en Cafarnaum más limosnas que yo.
Jesús – ¿Y quién podría darlas si todos los demás andamos con un agujero en el bolsillo?
Nivio – Bueno, sí, pero… Volviendo a lo del viaje… ¿Has pensado ya lo que necesitamos para el camino? Alguna cosa habrá que llevar, digo yo.
Jesús – Bah, no te preocupes por eso, Nivio.
Nivio – Si hace falta comprar algo, dímelo con confianza.
Jesús – Comprar, no. Vender.
Nivio – ¿Vender? ¿Vender, qué?
Jesús – Venderlo todo. Dejarlo todo para tener las manos libres.

Jesús se fijó en las manos del hijo de Fanuel. No tenían un callo ni una grieta. Después, levantó los ojos y lo miró con simpatía.

Jesús – Escucha, Nivio, a Moisés también lo criaron en una casa rica. La hija del faraón lo alimentó bien, le dio la mejor ropa y la mejor escuela de Egipto. Pero un día el señorito Moisés bajó a visitar a sus hermanos y vio a un capataz egipcio aporreando a un pobre esclavo hebreo. Y Moisés sintió tanta rabia que mató al capataz. Lo perdió todo, su casa, sus comodidades. Se quedó sin nada y perseguido por la guardia del faraón. Entonces se hizo digno de su pueblo. Entonces pudo acercarse al esclavo, de igual a igual, y llamarlo hermano y ayudarlo a ser libre. Anda, Nivio, comienza por ahí y luego vuelve y seguimos hablando del viaje.

Nivio – Lo pensaré, Jesús. Sí, de veras, lo pensaré…

Nivio miró a Jesús sin saber qué decir.(1) Luego se levantó del suelo, se sacudió la túnica nueva que se le había llenado de polvo y salió de la casa. Llevaba la cara muy triste.

Pedro – Oye, moreno, ¿y qué vino a buscar aquí el hijo de Fanuel?
Jesús – Vino a enseñarme un juego, Pedro.
Pedro – ¿Un juego?
Jesús – Sí, ya verás. Simoncito, corre, ven acá un momento… ¡Ven!

Jesús se asomó a la puerta y llamó al hijo de Pedro, que seguía jugando en la calle con un grupo de niños.

Jesús – Oye, Simoncito, ¿a qué están jugando ustedes?
Simoncito – Al salto del caballito. ¡Tacatán, tacatán, tacatán!
Jesús – ¿Quieres que te enseñe otro juego, uno que tú no sabes?
Simoncito – Sí, sí. ¿Cómo es?
Jesús – Atiende. Es el juego del camello. Tú eres el camello. A ver, ponte en cuatro patas… así… Tienes una joroba grande en la espalda. Y esto es una aguja, ¿ves?

Jesús juntó los dedos formando un pequeño círculo con ellos.

Simoncito – Y ahora, ¿qué hago yo?
Jesús – ¿Ves este agujerito? El camello tiene que tratar de meterse por el ojo de esta aguja. Si pasa, gana. Si no pasa, pierde.

Simoncito se quedó mirando la mano de Jesús. Después se levantó del suelo.

Simoncito – Este juego no me gusta, Jesús. Adiós. ¡Tacatán, tacatán!
Jesús – Ese era el juego que quería jugar el hijo de Fanuel. Pero el camello no logra pasar por el ojo de la aguja.(2) Hasta los niños lo saben, Pedro.

Mientras tanto, los amigos del joven rico le pedían cuentas a Nivio de su fracasada apuesta…

Rubén – ¡Me parece, Nivio, que hoy tendremos que ahogar las penas en jugo de uva!
Tito – Juro, prometo y determino…
Rubén – … ¡que tu apuesta bien valió un barril de vino! ¡Ja, ja!
Tito – ¡Ea, Nivio, alegra esa cara y vamos a brindar por tu ca­beza perdida que se te ha vuelto a colocar sobre los hombros! ¡Ja, ja, ja!

Los amigos de Nivio entraron en su casa, abrieron un barril y comenzaron a beber y a gastarle bromas. Y el hijo del terrateniente, entre las risas y el vino, se fue olvidando del viaje a Jerusalén.
Mateo 19,16-24; Marcos 10,17-25; Lucas 18,18-25.

Comentarios

1. Una cierta interpretación cristiana ha presentado al joven rico del relato del evangelio como un muchacho bueno, puro, honesto, cumplidor de todos los mandamientos, pero «no apto para la vida religiosa», porque no fue valiente para seguir el «consejo» de Jesús: vender todo y darlo a los pobres. Pero Jesús no dio «consejo» a los que buscan la perfección. Planteó a los ricos un único camino para entrar en el Reino de Dios: adoptar la perspectiva de los pobres.

2. Jesús hizo una exageradísima comparación al hablar de la dificultad que tiene el camello que quiere pasar por el ojo de una aguja. No se refería Jesús a entrar por una de esas puertas orientales que tiene forma de aguja, como algunos han interpretado, tratando de suavizar el pensamiento de Jesús. Jesús hablaba de una aguja de coser. Y del camello, el mayor animal conocido en Palestina. Con esta desproporcionada comparación, quiso decir que resulta imposible, a no ser que Dios haga un milagro, que un rico entre en el Reino de Dios.

92- POR EL OJO DE UNA AGUJA

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