10- EN LA CÁRCEL DE MAQUERONTE

El rey Herodes Antipas ordena apresar al profeta Juan. Trata de sobornarlo pero no lo consigue. Herodías, cuñada y amante de Herodes, sugiere matarlo.

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Publicado el 10 de octubre de 2013 a las 13:27

Vista áerea de las ruinas de la fortaleza de Maqueronte

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La voz del profeta Juan, clamando por la justicia y anunciando la llegada del Liberador de Israel, era cada día más firme y más apremiante. Los que iban a escucharle sentían como si el profeta tuviera prisa, como si supiera que sus días estaban contados.

Bautista – ¡Tengan bien abiertos los ojos! ¡Tengan las manos a punto, para que cuando venga el que ha de venir lo reconozcan y salgan a su encuentro! Nadie debe pensar: ya me he bautizado, ya me purifiqué en el río, eso me basta. ¡Bautizarse no es final de camino sino principio! Cuando venga el Mesías habrá comenzado la liberación de Israel. ¡Y todos tendremos que seguirle y colaborar con él! Cuando él llegue…
Mujer – ¡Ay, caramba, pero si ya estoy oyendo yo las trompetas del Mesías! ¿No oye usted, paisano, ese ruido?
Hombre – Déjese de cuentos, señora, y atienda lo que dice el profeta.
Mujer – Oiga, paisano, que yo no estoy sorda. ¡Le digo que por ahí se acerca la caravana del Mesías!
Muchacha – ¡Miren allá! ¡Es el Mesías que ya viene!
Todos – ¡El Mesías! ¡Profeta Juan, ahí viene el Mesías!

Por el camino que bajaba de Jericó, venía una larga caravana de camellos, muy adornados y muy lujosos. Abrían la marcha un grupo de esclavos con trompetas y vestidos de seda. Pero no, no era el Mesías quien se acercaba. Era el rey Herodes y su corte que se trasladaban al palacio de Maqueronte, a la otra orilla del Jordán, junto al Mar Muerto.(1) Para llegar hasta allá tenían que pasar cerca de Betabara.

Hombre – Señora, si ése es el liberador que esperamos, ya podemos morirnos. ¡Es Herodes y su gente!
Mujer – ¡Mira cómo se bambolea la carroza! ¡Así está de gordo!
Viejo – ¡Y así reviente!

Herodes Antipas era el gobernador de Galilea, el último de los hijos de Herodes el Grande. Su padre se había hecho odiar del pueblo por los impuestos tan fuertes con que nos había oprimido. Y como de tal palo tal astilla, este Herodes, su hijo, era también un hombre sin escrúpulos, un hombre injusto y lleno de vicios, que vivía de espaldas a Dios y de espaldas a los sufrimientos de su pueblo.

Hombre – ¡Eh, profeta Juan, por ahí viene el rey Herodes!
Mujer – ¡Yo no creo que ese tipo se atreva a acercarse!
Hombre – Déjelo, señora. A ver si le da por bautizarse y con lo gordo que está se hunde en las aguas del río.
Vieja – ¡O lo hundimos entre todos!

El profeta Juan se había quedado extrañamente callado mirando el paso de la caravana. Pero la carroza en la que iba Herodes no se acercó. Herodes era un hombre muy supersticioso y tenía miedo de aquel profeta de pelos largos y de palabra como espada del que había oído contar tantas cosas. La caravana siguió su camino hacia el palacio de Maqueronte.(2) Pero cuando todavía los camellos se veían a lo lejos, Juan salió de su silencio y, con la fuerza de un rayo, se volvió a todos los que llenaban las orillas del río.

Bautista – ¡Hasta aquí llega su hedor! ¡Huele a podrido! El pescado cuando se pudre empieza a apestar por la cabeza. Las injusticias en este país son ya demasiado grandes. ¡Apestan! ¡Y apestan más que nada las cabezas de este país! ¡Herodes apesta! Su reino está corrompido. Está edificado sobre la sangre de los inocentes y sobre el sudor de los pobres. ¡Pero su trono no es firme! ¡Está comido por la carcoma! Como yo rompo este bastón viejo, ¡así Dios romperá el trono del rey Herodes! ¡Caerá, caerá el trono de Herodes! ¡Se derrumbará entre gritos de alegría cuando llegue el Liberador de Israel! ¡Ustedes lo verán con sus ojos! ¡Ustedes lo verán y se alegrarán!

Juan siguió hablando al pueblo de todos los crímenes y los abusos de aquel rey injusto. Pero había allá en el Jordán, entre la gente, partidarios de Herodes, espías suyos. Y pasó lo que era de esperar…

Herodes – ¿Así que ha dicho todo eso de mí? ¡Qué lástima, me hubiera gustado oírlo! De la forma que sea, me gusta que hablen de mí.
Sirviente – También dijo que… sss… sss…
Herodes – ¿Cómo? ¡Insolente!
Sirviente – Y que usted no puede vivir con… sss… sss…
Herodes – Pero, ¿cómo se ha atrevido ese peludo a decir eso? ¡Y delante de tanta gente!
Sirviente – La reina está que se la llevan los mil demonios.
Herodes – ¡Ese hombre conspira contra mi gobierno! ¡Es un peligro que ande suelto!
Sirviente – Dicen que es un gran profeta, ¡un enviado del Dios Altísimo!
Herodes – ¡Bah, tonterías! Los profetas se acabaron hace tiempo. Y si no se acabaron, ¡se van a acabar ahora! ¡Tráiganmelo inmediatamente a ese Juan, el hijo de Zacarías!
Sirviente – ¿Y si el pueblo que está con él se resiste?
Herodes – ¡El pueblo! ¡Me río yo del pueblo! El pueblo ladra mucho y muerde poco. Que la tropa vaya armada, por si acaso.
Sirviente – ¿Cuándo deben salir, rey Herodes?
Herodes – Ahora mismo. Cuanto antes. Ya estoy impaciente por ver de cerca al famoso profeta del desierto.

Y así fue. Herodes hizo apresar a Juan y lo llevó amarrado hasta la cárcel que tenía en su palacio de Maqueronte. La gente que se amontonaba en las orillas del Jordán, que vio cómo se lo llevaban, trató de impedirlo pero no pudo nada contra los soldados de Herodes. Las mujeres lloraban a grandes voces y se lamentaban: una vez más los dueños del poder y de la fuerza habían callado el grito de los profetas.

A los pocos días, las orillas del Jordán volvieron a quedar vacías y silenciosas, como estaban antes de que la poderosa voz de Juan se acercara a ellas, para llenarlas de vida y esperanza. Herodes mandó encerrar a Juan en los sótanos del palacio de Maqueronte. Allí, en calabozos estrechos y oscuros, muchos otros presos consumían su vida en interminables condenas.

Herodes – Tenía muchas ganas de verte la melena, Juan, hijo de Zacarías.
Bautista – Yo también tenía muchas ganas de verte, Herodes Antipas, hijo del malvado Herodes el Grande.
Herodes – Ya ves qué cosas tiene la vida. Hasta ayer eras el Profeta… y ahora no eres más que un ratón en mi ratonera. ¿Qué andas diciendo por ahí de mí, eh? ¡Responde!
Bautista – Yo he dicho lo que todo el mundo sabe. Que eres un rey injusto y que Dios echará abajo tu trono. Y dije también lo último que has hecho: que estás viviendo con tu cuñada, con la mujer de tu hermano Felipe.
Herodes – ¡Herodías es mi mujer!
Bautista – Herodías, que es tan sinvergüenza como tú, es la mujer de Felipe. Tú le robaste a tu hermano esa mujer. ¡Devuélvesela!
Herodes – Y tú, ¿cómo te atreves a hablarme así?
Bautista – ¿Cómo te atreves tú a jugar con las leyes de Dios?

El rey Herodes comenzó a morderse las uñas. Estaba muy nervioso. Los ojos de fuego del profeta Juan lo asustaban.

Herodes – Juan… Profeta Juan… ¿quién eres? ¿Quién te enseñó a hablar así a la gente? ¿Eres tú… eres tú el Mesías? ¡Habla! ¡No te quedes callado!
Bautista – Yo no soy el Mesías. Yo anuncio al Liberador de Is­rael. Él viene ya. Y cuando venga, te arrancará la corona y te dejará en cueros delante del pueblo y te echará en la cara tus injusticias y tus vicios.
Herodes – ¿Y dónde está ese Mesías? ¿Quién es ese Liberador de Israel? ¡Quiero conocerlo!
Bautista – No lo verás. Tus ojos están sucios para verlo.
Herodes – ¡Haré que te arranquen la lengua y se la echen a los perros!
Bautista – Tú eres el que tiene miedo, Herodes. Los abusos que has cometido contra este pueblo te pesan sobre las espaldas. Y tienes miedo. Sabes que Dios lleva la cuenta de todos tus crímenes.
Herodes – ¡Yo no tengo miedo! ¡Yo no tengo miedo! ¿A quién voy a tener miedo? ¿A ti, que eres un charlatán embustero?
Bautista – Tienes miedo a la verdad.
Herodes – ¡No, no, mis soldados me defienden! ¡Tengo ejércitos, tengo palacios, tengo el poder! ¡Ahora tengo también un profeta! ¡Ja, ja!... ¿Por qué no me dices nada?
Bautista – Ya te lo he dicho todo. Devuélvele su mujer a tu hermano Felipe. Y entonces hablaremos.
Herodes – ¡Herodías es mi mujer! ¡Quiero a Herodías! ¡Quiero a Herodías! ¡Es mía!
Bautista – No es tuya. ¡No tienes derecho a vivir con la mujer de tu hermano!
Herodes – ¡Ni tú tienes derecho a levantarme la voz! Habrase visto… pero, ¿ante quién te crees que estás? ¡Yo soy el rey de Galilea y tienes que respetarme!
Bautista – ¿Respetarte? ¿A ti? Ahora soy yo el que me río. Un hombre repleto de todos los vicios, que se trepó en el trono a fuerza de intrigas y de sobornos y que mantiene su gobierno sobre un charco de sangre… ¿Y tú me hablas de respeto?
Herodes – ¡Yo soy la autoridad! ¡Tienes que obedecerme!
Bautista – La única autoridad que yo obedezco está en el cielo. A ti te parió una mujer, como a todos. Naciste desnudo, como todos. Y te comerán los mismos gusanos que a todos.
Herodes – ¡Cállate ya, cállate!
Bautista – Mi único rey es el de arriba. ¡A ése es al único que obedezco!
Herodes – Juan… ¿No te gustaría salir de aquí y volver a hablar a la gente? Podemos llegar a un arreglo. ¿No quieres volver al Jordán y seguir haciendo de profeta? Sabes que estás en mis manos. Si quiero, puedo dejarte en libertad.
Bautista – No, Herodes. Te equivocas. No estoy en tus manos. Estoy en las manos de Dios. Las tuyas están vacías… manchadas y vacías. Y pronto estarán amarradas. Tu poder se acaba, Herodes. Viene el Liberador de Israel y tu poder se acaba.

Para consolarse de las duras palabras del profeta Juan, el rey Herodes corrió a refugiarse en los tibios brazos de Herodías…

Herodes – Dame otra copa de vino, Herodías…
Herodías – Bebes mucho hoy, Herodes. ¿Te pasa algo?
Herodes – Nada, nada. ¿Qué me va a pasar a mí?
Herodías – Te conozco muy bien. A mí no me engañas. A ti te tiene preocupado ese “profeta” Juan que tienes abajo en el calabozo.
Herodes – No hables de profetas. Tú no sabes nade de eso. Los profetas son sagrados.
Herodías – ¡Ja! ¡Sagrados! ¡A esos gritones lo que les hace falta es cortarles el pescuezo de un solo tajo! ¿Por qué no haces eso, Herodes, por qué no le cortas el pescuezo a ese Juan?
Herodes – ¡Cállate!
Herodías – Si me quisieras lo harías… Pero es que tú no me quieres… ¿Ya no te gusto?
Herodes – Me gustas mucho, Herodías… me gustas mucho… ¡hummm!
Herodías – ¿Es que le tienes miedo? No le tengas miedo. El día que le cortes el pescuezo a ese hombre volverás a ser el mismo de antes. Un rey poderoso y fuerte que no tiene enemigos porque los quita a todos de en medio.

El rey Herodes quería matar a Juan, quitar de en medio aquella voz que le resultaba tan molesta. Pero tenía miedo de la gente porque todos en Israel sabían que Juan era un profeta que hablaba de parte de Dios.
Mateo 14,1-2; Marcos 6,14-20; Lucas 9,7-9.

Comentarios

1. Los evangelios hablan de dos Herodes: Herodes el Grande y su hijo, Herodes Antipas. El primero, aliado con los romanos, gobernó tiránicamente el país desde el año 37 antes de Jesús, y a él se atribuyó la matanza de los inocentes. A su muerte, cuatro años después del nacimiento de Jesús, el país se dividió entre sus tres hijos. Herodes Antipas, el menor de ellos, contemporáneo de Juan Bautista y de Jesús, fue puesto por Roma como gobernador de Galilea y de la zona de Perea, en la orilla oriental del Jordán. El título que Roma le dio fue el que daba a los gobernantes de territorios pequeños: tetrarca. Pero el pueblo le llamó siempre “rey” Herodes. Aunque estaba casado con una princesa árabe, Herodes Antipas se hizo amante de Herodías, esposa de su hermano Filipo. Estas relaciones llegaron a provocar una guerra fratricida.
Los datos históricos que se tienen de Herodes Antipas lo caracterizan como un derrochador, cruel con todos los que se le oponían y supersticioso. Colaboraba estrechamente con los romanos, dueños del país, que lo mantenían en el trono a cambio de una fuerte suma de dinero. En nombre de Roma, Herodes Antipas cobraba los impuestos en el territorio de Galilea y de Perea. Por las fiestas, cumplía con las normas religiosas judías y se trasladaba a sus palacios de Jerusalén, para acudir al Templo.

2. Maqueronte fue una de las varias fortalezas que construyó Herodes el Grande para controlar a sus súbditos y defender su reino de los árabes nabateos que habitaban en las fronteras de su territorio. Maqueronte fue levantada en la orilla oriental del Mar Muerto, en la región de Perea. El rey la fortificó ampliamente y unos 20 años antes de nacer Jesús la enriqueció con un magnífico palacio. Su hijo Herodes Antipas celebraba allí grandes fiestas. En el año 70, la fortaleza fue destruida por el ejército romano. Hoy sólo se conservan ruinas.

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