32- DICEN QUE ESTÁ LOCO

María, Susana y el primo Simón van a buscar a Jesús en Cafarnaum. Piensan que ha perdido la razón. Jesús los rechaza.

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Publicado el 10 de octubre de 2013 a las 13:27

Él quería entrar en la sinagoga

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Lo de las espigas arrancadas en la finca de Eliazín corrió de boca en boca por toda Galilea. Nuestro grupo era ya conocido en Cafarnaum y la gente murmuraba de nosotros en el mercado y en la plaza. Los chismes andaban por todas las ciudades del lago y, por supuesto, llegaban también a Nazaret.

Susana – ¡María, María… comadre María!
María – ¿Qué pasa, Susana? ¿Y ustedes? Pero díganme, ¿qué ha pasado? ¿Se te ha enfermado algún muchacho, primo Simón?(1)
Simón – El mío no. El tuyo. ¿No te has enterado todavía?
María – ¿Enterarme de qué? ¿Qué le ha pasado a Jesús? ¿Qué le han hecho a mi hijo?
Susana – ¡Lo que le van a hacer si tú no lo atas con soga corta!
María – Pero, por Dios santo, díganme de una vez qué ha pasado.
Simón – Él y ese grupo de haraganes que anda con él se colaron en la finca de Eliazín, el terrateniente más poderoso de todo el norte. ¿Ves al viejo Ananías, el de aquí? ¡Pues ése es un gato manso junto a un león, si lo comparas con Eliazín!
María – Se metieron en su finca, ¿para hacer qué?
Simón – Pues ya te puedes imaginar, prima María. Para arrancar espigas. Para robar. Tu hijo es un ladrón.
María – Pero, ¿qué dices? ¿Cómo va a ser?
Simón – Como lo oyes. Y lo peor no es eso. Para colmo, lo hicieron el día de sábado.
Susana – ¡Y Jesús dijo en el tribunal que él no cumple el sábado porque no le da la gana y que las leyes son para él y no él para las leyes y que él se limpia las narices con las dos tablas de Moisés!
María – No puede ser, no puede ser…
Simón – Está loco, María, tu hijo se ha vuelto loco. Yo creo que desde aquella pedrada que le zumbó el hijo de la Raquel, a Jesús se le aflojó algo en la mollera.
Susana – No, hombre, no. La cosa comenzó cuando fue al Jordán a ver al melenudo ése que bautizaba en el río. Ahí fue que dio el resbalón. Yo te lo advertí, María, ese moreno vino muy cambiado de allá.
Simón – Dicen que dijo que los de arriba van para abajo y los de abajo para arriba. Está agitando a los pobres contra los ricos.
Vecina – ¡Entonces no está loco, qué caray! Eso es lo que hace falta aquí, ¡darle la vuelta a la tortilla!
Simón – Pero, ¿a quién se le ocurre gritar eso a los cuatro vientos, eh? Eliazín fue al cuartel de Cafarnaum a denunciarlo. Ya lo tienen fichado.
Susana – Comadre María: tienes que hacer algo. ¡Y pronto!
María – Pero yo no puedo creer eso que ustedes dicen, yo nunca le enseñé esas cosas a mi hijo.
Vecina – Pues entonces las aprendió todas juntas cuando salió de aquí.
Susana – Dicen que lo vieron por la calle de los jazmines, ya sabes tú, donde están esas tipitas… ¡Ejem!
Simón – Y lo han visto emborrachándose en la taberna del muelle con Mateo, el publicano, ¡maldito él y maldito el que se le arrime!
Vecina – Y algo debe tener con la mujer del tal Mateo porque a mí me dijeron que va mucho por su casa y se está hasta las tantas de la noche, y que un día le dijo…
María – Basta ya, basta ya. No puede ser, Jesús no es así. Estará enfermo.
Vecina – ¿Enfermo? ¡Ja! ¡Yo no sabía que la sinvergüencería era nombre de enfermedad!
Simón – Lo que tiene es mucho cuento y mucha vagancia. Darle a la lengua y no trabajar, eso es lo único que ha hecho desde que salió de Nazaret. A ver, ¿cuánto dinero te ha traído a ti, eh María? ¿Diez denarios para lentejas? ¡No se preocupa ni de su madre!
Susana – Tampoco así, Simón, lo que pasa es que…
Simón – Lo que pasa es que el río suena. Y cuando el río suena, piedras trae. Prima María, tu hijo está sospechoso. Si no ha perdido el juicio, ha perdido la vergüenza. Y si él no es un granuja, se ha juntado con una banda de granujas, que para el caso es igual. ¿Quieres un consejo? Ve a buscarlo ahora mismo.
Susana – Eso, María, ve a buscarlo y tráelo contigo a Nazaret. Que no salga de aquí. Aquí se crió, que aquí se quede. Ya verás qué pronto se le baja esa fiebre del Mesías y de la liberación y vuelve a tomar sus herraduras y sus ladrillos. Eso es lo suyo. Tú eres su madre, ¿no? A ti te respetará. Ve a buscarlo a Cafarnaum.
María – Pero, Susana, ¿cómo voy a ir yo sola por esos caminos?
Susana – Que tus primos te acompañen. ¿Verdad, Simón?
Simón – Por supuesto, María. Iremos contigo. Le avisaré a mi hermano Jacobo.
Susana – Yo también voy. Y cuando vea a ese moreno, le voy a ajustar las cuentas, ¡qué caray! Ese se va a acordar de mí toda la vida, porque le voy a decir tres cosas y una más. Que no, que no hay derecho a portarse de esa manera…

A la mañana siguiente, antes de que el sol calentara la llanura de Esdrelón, el grupo de nazarenos se puso en camino hacia Cafarnaum para buscar a Jesús. Iban sus primos. Iba Susana, la comadre. Iba también algún vecino que no quería perderse detalle de aquel pleito. Y, entre todos, tragándose las lágrimas, iba María, la madre de Jesús, aquella campesina pequeña de rostro moreno.

María – Pero, ¿por qué? ¿Por qué mi hijo me hace pasar esta vergüenza, Dios mío, por qué?
Simón – No te preocupes, prima María. ¡Por las buenas o por las malas lo haremos volver a Nazaret! Tú, tranquila. Déjalo de nuestra cuenta. Ahora ese presumido va aprender a obedecer a su familia, ¡demonios! ¡Ea, apura el paso, María!

El camino se les hizo corto por la rabia que los impulsaba. Cuando llegaron a Cafarnaum y atravesaron la Puerta del Consuelo, preguntaron en la primera casa del barrio.

Simón – Oiga, doña, por favor… ¿dónde está viviendo un moreno alto y barbudo, medio albañil y medio carpintero… uno que vino del interior hace unos meses?
Vecina – ¿Quién dicen ustedes? ¿Jesús, el de Nazaret?
María – Ese mismo. ¿Usted lo conoce, señora?
Mujer – ¡Pues claro! ¿Y quién no conoce aquí a Jesús? Vive allá, en casa del Zebedeo, junto al embarcadero. La Salomé lo cuida mejor que una madre.
María – Pues su madre soy yo.
Mujer – ¡No me diga! ¿Y qué? ¿Lo viene a visitar?
Simón – Lo venimos a buscar. Nuestro primo está chiflado.
Mujer – Chiflado no. Lo que pasa es que ese moreno no tiene pelos en la lengua y le dice la verdad al rabino y al terrateniente y al mismo gobernador romano si se le pone delante. Yo digo que es un profeta.
Viejo – ¿Un qué? ¿Un profeta? ¿Profeta ese campesino?
Vecina – ¡De profeta a loco sólo falta un poco, como dicen! Si son familia suya, mejor que se lo lleven. Desde que ese brujo llegó han pasado cosas muy raras en la ciudad.
Vieja – Pero, ¿qué dices tú, entrometida? Jesús es una buena persona. ¿No curó a Bartolo, eh? ¿Ya no te acuerdas?
Muchacha – ¿Que lo curó? ¡Di mejor que lo ensalmó! El nazareno debe tener un trato con el diablo.
Vecina – ¿Ah, sí, verdad? ¿Y a Caleb, el pescador? ¿No le limpió la lepra? ¿Y no le estiró la mano al frutero Asaf, eh? ¡Por las cuatro alas de los querubines, ese Jesús es un buen curandero!
Hombre – ¿Curandero? Ahora no me río: ¡me carcajeo! Por las ocho patas de esos querubines que juraste, te digo que la única medicina que ése sabe es robar trigo en campo ajeno. ¡Y si no, ve y pregúntaselo al viejo Eliazín!
Mujer – ¡Al cuerno contigo! El de Nazaret es una persona decente.
Simón – Decente o indecente, nosotros somos su familia y vamos a sacarlo de aquí ahora mismo y llevarlo a su casa. A ver, uno de ustedes, que nos diga dónde está.
Vecina – ¡Vengan conmigo, yo les guiaré hasta la casa del Zebedeo!
Hombre – ¡Eh, muchachos, no se lo pierdan! ¡Corran, corran, que esto se va a poner caliente!

La voz corrió de puerta en puerta. Las mujeres dejaron el fogón y la escoba y se unieron a los nazarenos. Los hombres que esperaban sin trabajo en la plaza, se levantaron y también fueron hacia allá. Los niños, como siempre, iban delante, brincando y alborotando por la estrecha calle que olía a cebolla y a pescado podrido.

Juan – Pero, ¿qué bulla es esta, maldita sea? ¿Habrán matado al rey Herodes?
Mujer – ¡Oye tú, Juan, que buscan al forastero!
Juan – ¿Qué ha pasado? Seguro que son los soldados que vienen con ese cogotudo de Eliazín.
Hombre – Ningún soldado. Es su madre que viajó a pie desde Nazaret. Y sus primos. ¡Viene toda la familia!
Jesús – ¿Qué pasa, Juan? ¿Quién es?
Juan – ¿No oyes lo que están gritando, Jesús? Que allá fuera están tu madre y tus familiares.
Jesús – ¿Mi madre? Pero, ¿qué habrá pasado?
Mujer – ¡Sal fuera, nazareno, aquí te buscan!
Jesús – Pero, ¿qué griterío es éste? ¿Se ha muerto alguien en Nazaret?
Susana – Tú eres el que nos vas a matar a disgustos, Jesús. Parece mentira que le hayas hecho esto a tu madre.
Jesús – Pero, ¿de qué me estás hablando, Susana? Mamá, ¿a qué viene este alboroto? ¿Se han vuelto locos?
Susana – El loco eres tú. ¿Se puede saber quién te enseñó a robar trigo, ¿eh? Y a andar agitando a la gente, ¿eh? Y a andar revolucionando a los pobres contra los ricos, ¿eh? Y a andar emborrachándote con publicanos y visitando mujeres de ésas, ¿eh? ¿Quién te enseñó a vivir como un haragán y un perdulario, eh? Dime, habla.
Simón – Deja eso para luego, Susana. Los trapos sucios de la familia se lavan en casa. Vamos, María, dile a tu hijo que recoja sus cosas, que ahora mismo regresamos a Nazaret.
María – Jesús, hijo, vamos. Vuelve con nosotros a Nazaret. Tu primo tiene razón. Desde que saliste de casa no has hecho más que locuras. Ven, vámonos.

Pero Jesús no dio un paso. Ni siquiera pestañeó.

Susana – ¿Estás sordo? ¿Tú no oyes lo que te está diciendo tu madre?
Jesús – ¿Mi madre? Lo siento, Susana. Esta mujer que dice que lo que estamos haciendo es una locura, ésa no puede ser mi madre. La cara se le parece, sí, pero no puede ser ella. Mi madre nunca le hizo caso a los chismes. Mi madre fue siempre valiente y me habló siempre de un Dios que quiere ver a todos sus hijos de pie, con la frente bien alta. Ella me enseñó a ser responsable sin preocuparme de lo que dijeran los demás. Esta mujer no es mi madre. Estos tampoco son familia mía.(2) A ninguno de ellos los conozco.
Simón – ¿No te lo dije yo, prima María? ¡Está desvariando! ¡Ahora dice que no nos conoce!
Jesús – No, de veras, no sé quiénes son. Mi madre y mis hermanos y mi familia son otros, los que luchan por la justicia y no ustedes que vienen a estorbar esa lucha.
Simón – ¡Basta ya de estupideces! A ver, alguno de ustedes que me preste unas cuerdas. Nuestro pariente se ha vuelto loco. Y a los locos no queda otro remedio que amarrarlos.
Jesús – Estás perdiendo tu tiempo, primo. La verdad no se amarra con sogas. La palabra de Dios es como el viento, no hay cadenas ni cuerdas para detenerla. Y los mensajeros de esa palabra deben ser libres también, libres como el viento. Lo que hay que decir, lo diremos sobre los tejados. Y lo que hay que hacer, lo haremos en pleno día.

Ni una sola de aquellas palabras convenció a los nazarenos. Rabiosos y despechados se quedaron allí, frente a nuestra casa, decididos a continuar la pelea. La verdad es que en aquellos meses y también después a Jesús le llamaron de todo. Le llamaron loco. Y también borracho, comilón y buscapleitos. Muchos no llegaron a entenderlo nunca. Y es que cuando el remiendo es de paño nuevo no vale ponérselo al vestido viejo. Y cuando el vino es tan reciente no puede echarse en odres ya pasados.
Mateo 12,46-50; Marcos 3,20-21 y 31-35; Lucas 8,19-21.

Comentarios

1. Marcos y Mateo hablan en sus evangelios de los “hermanos y hermanas” de Jesús. Incluso dan los nombres de cuatro de estos hermanos: Simón, José, Judas y Santiago, también llamado Jacobo (Mateo 13, 55). La palabra griega empleada por los evangelistas es “hermano”, una traducción literal del arameo. Pero, en la lengua de Jesús “hermano” sirve también para designar a parientes más lejanos: sobrinos, primos segundos, etc. No está claro si los cuatro primos eran hermanos carnales, hijos de María y José, o simplemente parientes.

2. La familia era la base de la sociedad judía, una institución de grandísima importancia para el pueblo de Israel. Abundaban los núcleos familiares numerosos, porque se tenían muchos hijos y porque en un mismo espacio convivían varias generaciones. El varón era el jefe indiscutible. Los parientes estaban obligados a ayudarse, los vínculos familiares eran muy fuertes y duraban toda la vida. La veneración y el respeto que los hijos debían a sus padres pertenecían a la tradición más arraigada en el pueblo. En su tiempo, resultó novedoso que Jesús antepusiera el compromiso con la justicia a los vínculos familiares.

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