5- LAS CAÑAS ROTAS

Jesús conversa con sus nuevos amigos galileos y les comparte un sueño que ha tenido. Dios enderezará las cañas dobladas.

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Publicado el 10 de octubre de 2013 a las 13:27

Mujeres bautizándose en un recodo del río Jordán

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La voz del profeta Juan estremecía el desierto de Judá y resonaba en el corazón de la multitud que se reunía para escucharlo en las orillas del Jordán. Juan anunciaba un mundo nuevo con el que todos nosotros soñábamos.

Bautista – ¡El fuego del Señor limpiará los crímenes y los abusos que cubren esta tierra como una lepra! Y Dios hará entonces cosas maravillosas, nunca oídas. Creará unos cielos nuevos y una tierra nueva y en ellos reinará por fin la justicia. No se escucharán más llantos ni quejidos…

Mientras Juan hablaba, Jesús se apartó de nosotros y echó a caminar. Se fue alejando de la orilla abarrotada del Jordán hacia donde ya no había tanta gente. Andrés y yo nos miramos y nos pusimos a seguirlo. Recuerdo que eran las cuatro de la tarde.

Juan – ¿Y a dónde irá éste ahora, Andrés?
Andrés – Y yo qué sé, querrá tomar el aire. Ahí abajo no hay quien respire, Juan. Oye, ¿qué dijo Felipe que hacía éste? ¿En qué dijo que trabajaba?
Juan – Bah, dijo que era un arreglatodo, imagínate, en ese caserío de Nazaret poco trabajo tendrá. Allá hasta los ratones se morirán de hambre. ¡Ah… ah… atchís!

Cuando estornudé, Jesús miró hacia atrás y vio que Andrés y yo lo seguíamos.

Jesús – Caramba, no los había sentido.
Juan – ¡Atchís!... ¡Maldita sea!... Este catarro lo atrapé yo cuando me metí en el río para bautizarme… Ah… Ah… Al salir había un aire que… ¡Atchís! ¡Maldición!
Jesús – ¿Y a dónde van ustedes?
Andrés – ¿Y a dónde vas tú?
Jesús – No, yo a ningún lado. Hay demasiado calor ahí. Y los mosquitos acaban con uno. Salí a dar una vuelta…
Andrés – Pues nosotros lo mismo…
Juan – Pedro tiene razón. Ese tufo del río te marea. Aquí por lo menos se puede respirar.
Andrés – Sí, la verdad es que está haciendo un calor…
Juan – No, si es lo que yo digo, que esto es como el horno de Babilonia.
Andrés – Bueno… es un calor que… ejem…
Jesús – Oigan, ¿por qué no nos sentamos un rato allá, debajo de aquellas palmeras?
Juan – Buena idea, Jesús, porque… con este calor…

Nosotros dos queríamos conversar con Jesús. Pero, claro, no sobre el calor. No sé, aquel moreno de Nazaret nos había caído simpático desde que lo vimos llegar con Natanael y Felipe. Queríamos saber más cosas de él.

Juan – Así que dice Felipe que tú eres un arreglatodo… ¿Qué? ¿Como un albañil, no?
Jesús – Albañil no… bueno, albañil sí... y herrero y carpintero… Un poneparches, vamos. Lo que se presente. En Nazaret es difícil tener un trabajo fijo. ¿Ustedes han estado allá? Aquello es muy chiquito. Hay que tener el ojo abierto y tomar lo que venga.
Andrés – Pero tú... ¿con quién vives? ¿Estás casado?
Jesús – No, yo no. Yo vivo con mi madre.
Andrés – ¿Y tu padre?
Jesús – Bueno, él murió hace tiempo, cuando yo tenía unos dieciocho años.
Juan – ¿Y qué? ¿No te piensas casar?
Jesús – Pues, mira, yo conocí a una muchacha… Pero, cómo te diré... no lo veía claro.
Juan – Ya me imagino. Allá en Nazaret con cuatro mujeres feas que habrá debe ser difícil encontrar algo que valga la pena. Tú lo que tienes que hacer es venir a Cafarnaum. Allá la vida es muy distinta. Hay buen trabajo, hay más ambiente.
Jesús – Ustedes cuatro son pescadores, ¿verdad?
Andrés – Sí, tenemos un negocio con Zebedeo, el padre de éste, ¡que tiene un genio más malo, el condenado!
Juan – ¡Oye, tú, flaco, a meterte con el padre de otro! ¡Deja al mío tranquilo!
Andrés – Bueno, Jesús, pero tú... ¿tú, qué? Trabajando en cualquier cosa y… ¿y nada más?
Jesús – ¿Cómo que nada más? ¡Nada menos! Oye, pero tú sabes lo que es salir todos los días a buscar trabajo… Eso no es fácil.
Andrés – No, claro, no digo que… bueno, ya sabes tú... el movimiento… ¿allá en Nazaret no funciona?
Jesús – ¿Ustedes son zelotes?
Juan – No, nosotros no. Bueno, sí... es decir… ¡El movimiento es la única esperanza que nos queda de quitamos de encima a estos malditos romanos! ¿Tú no lo crees así, Jesús?
Jesús – Pues no lo sé, francamente, no lo sé.
Juan – ¿Cómo que no lo sabes? ¡Eso hay que saberlo!
Jesús – Sí, Juan, pero…
Juan – Pero nada. Eso hay que saberlo.
Jesús – Está bien. También hay que saber cuál es el animal que tiene las patas en la cabeza, y tú no lo sabes.
Juan – ¿Cómo?
Jesús – Que cuál es el animal que tiene las patas en la cabeza.
Juan – No lo sé... ¿cuál es?
Jesús – ¡El piojo!
Juan – ¿Cómo que el piojo? ¡Ah, sí, las patas de él en la cabeza mía! ¡Está buena ésa, sí!
Jesús – ¿Y a qué tú no sabes, Andrés, en qué se parece un piojo a un romano, eh?
Andrés – ¿Un piojo… a un romano?
Jesús – ¡Claro, hombre, que los romanos también nos tienen puestas las patas en la cabeza!
Juan – ¡Y que son unos animales también! ¡Está bueno, está bueno! Cuéntate otro, Jesús.

Recuerdo aquel día como si fuera hoy. Cierro los ojos y aún veo delante a Jesús con aquella sonrisa ancha que tantos amigos le ganaba. Bastaron cuatro chistes, unas historias bien contadas, la confianza que tuvo en compartir con nosotros las preocupaciones que le hacían cosquillas por dentro y que le habían traído hasta Juan el bautizador, y ya era como si nos conociéramos desde siempre. No sé, el moreno era un hombre de ésos con el que uno se tropieza una vez y que después ya no olvida nunca en la vida.

Juan – ¡Cuando yo le cuente estos chistes a Pedro!
Andrés – ¿Y de dónde te sacas tú todos esos cuentos, Jesús?
Jesús – Bah, como en Nazaret las noches son muy largas, nos juntamos un grupo de amigos y uno se inventa una historia, él otro cuenta una leyenda… Para matar el tiempo, ¿comprendes?
Andrés – Y ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Te vuelves a Nazaret para seguir matando el tiempo?
Jesús – Bueno, eso es lo que no sé. Por un lado me gusta la vida allá. Y tengo que preocuparme por mi madre que está sola. Pero, por otro lado, no sé, a veces siento ganas de echar a correr, de escapar…
Andrés – ¿Escapar de quién?
Jesús – No, escapar no… No sé, viajar, ir a Jerusalén, conocer el mundo, ¿entiendes?
Juan – Pues haz lo que Felipe. Cómprate un carretón y una corneta y te pones a vender amuletos y chucherías por todas las ciudades.
Jesús – Pero eso debe ser pesado, ¿no? No sé, yo quisiera hacer otra cosa. Cuando oigo al profeta Juan, me digo: Esto sí que vale la pena, este hombre está ayudando a la gente. Pero yo, ¿qué hago yo por los demás?
Juan – ¿Y qué hago yo? ¿Y qué hace este flaco? Bah, aquí todos somos una calamidad. Pero, mira, tú que tienes tan buena lengua, podías buscarte una piel de camello y te pones a bautizar en la otra orilla del río… Eso, ¡métete a profeta!
Jesús – No hables bobadas, Juan. ¿Tú me has visto a mí cara de profeta? Un campesino como yo que no ha estudiado las Escrituras y que le tiemblan las rodillas cuando le toca leer en la sinagoga.
Juan – Bah, eso es al comienzo. Uno se acostumbra a todo. A mí al principio el mar me daba miedo. ¡Y ya llevo más de quin­ce años tirando la red en el lago!
Andrés – ¿No te gustaría ser pescador como nosotros, Jesús?
Jesús – Sí, pero… resulta que yo no sé nadar. ¡A la primera, me sacan ahogado!
Juan – No, hombre, ven a Cafarnaum. Sólo los gatos tienen miedo al agua.
Jesús – Pues si supieras… anoche soñé con el mar.
Andrés – ¿Ah, sí? Cuenta, cuenta ese sueño.
Jesús – Fue un sueño raro. Me tiene preocupado. Fíjense, yo estaba así, como ahora, frente al mar. Y entonces, del agua salió el profeta Juan. Me miró, señaló unas cañas en la orilla y se alejó hacia el desierto. Y ya no lo vi más.
Andrés – ¿Y qué pasó entonces?
Jesús – Después vino un viento muy fuerte que zarandeaba las cañas de la orilla, las rompía, las partía… Y se armó un remolino con el viento y yo sentí que el viento me agarraba por los pelos, como cuando Juan agarra a los que se van a bautizar, y me levantó y me llevó hasta las cañas que estaban rotas y partidas.
Juan – ¿Y tú qué hiciste?
Jesús – Me agaché, me puse a enderezarlas. Eran muchas las cañas rotas. Yo las iba levantando una a una. Era un trabajo difícil, pero me gustaba, me sentía contento. Y entonces me desperté.
Juan – ¡Vaya, hombre! ¿Y por qué te preocupa ese sueño?(1) Es un sueño de lo más aburrido, digo yo. Tus chistes son mejores.
Jesús – Pero yo estaba contento enderezando las cañas rotas, me sentía feliz, nunca me había sentido así.
Juan – Bueno, claro, cada uno se divierte con lo que puede…
Jesús – No, lo que pasa es que cuando el profeta Juan estaba hablando hace un momento del cielo nuevo y de la tierra nueva, volví a sentir la misma alegría. Por eso me acordé del sueño.
Juan – Yo creo que de tanto oír a Juan el bautizador que si el Mesías y que si la liberación, todos nos hemos puesto a soñar con eso. ¡Y por las melenas de este Juan, que ese Liberador va a ser un gran tipo! Ese sí que fabricará la tierra nueva. ¿Saben ustedes cómo me imagino yo la tierra nueva del Mesías? Lo primero de todo, sin romanos. Esos fuera. Sin ellos se acabaron los impuestos y los abusos. Fuera también Herodes y los suyos… ¡sabandijas! ¡A esos hay que aplastarlos! ¡Fuera también los publicanos vendepatrias!
Jesús – Oye, oye, que en la tierra nueva tienen que caber muchos. Y tú no haces más que echar gente fuera.
Juan – Ya lo dijo el profeta: el Mesías quemará toda la basura y arrancará de cuajo las ramas viejas.
Jesús – ¿Y las cañas que quedan dobladas, casi rotas?
Juan – ¿Para qué sirve una caña rota? No creo yo que el Mesías se ponga a enderezarlas como tú en el sueño.
Andrés – Oye, Jesús, ¿cómo te imaginas tú que será esa tierra nueva?

Pedro – ¡Eh!... ¿Dónde están?! ¿Dónde se han metido?
Andrés – Es mi hermano Pedro. Ya anda dando voces por ahí.
Pedro – ¡Eh, los de Cafarnaum! ¿Dónde andan?
Juan – ¡Aquí, Pedro!
Pedro – Pero ¿dónde se han metido todo este rato?
Andrés – Hemos estado hablando del Mesías…
Juan – Mira, narizón, ¡este moreno Jesús sabe unos chistes!
Pedro – ¡Bah, chistes! Aquí hay que aprovechar el tiempo. Nosotros bajamos por el río y descubrimos un rincón lleno de cangrejos. Natanael ha hecho una sopa que está... ¡hummm! ¿No tienen hambre? Vamos, vengan.
Jesús – Oye, Pedro, ¿y tú te llamas así, Pedro? Lo estuve pensando ayer. Yo nunca había oído ese nombre.
Juan – ¡Qué va, éste se llama Simón!
Jesús – ¿Y por qué le dicen Pedro?
Pedro – Ah, Jesús, es una historia… ¿Le han hablado a Jesús del movimiento?
Juan – Bueno, ya sabes tú. Este se mete en todos los líos y alborotos. No hace más que gritar y tirar piedras. Por eso le pusimos lo de Pedro: pedro-piedra, piedra-pedro, ¿tú ves?
Jesús – Ah, así que tú eres Simón y por eso te llaman Pedro.
Pedro – Bueno, déjense ya de estar murmurando de mí y vamos con los demás a tomar la sopa de cangrejos… ¡hasta aquí me llega el olor! Hummm… ¡Al ataque, compañeros!

La noche caía sobre Betabara. La orilla del río empezaba a salpicarse de hogueras y todo el campo olía a comida recién hecha. La verdad es que Andrés y yo no entendimos entonces mucho del sueño que le había impresionado tanto a Jesús. Ahora, ya viejo, recordando aquel día en que Jesús empezó a ser mi amigo y lejos de aquella tierra en la que conocí al moreno, todo está claro. Los antiguos escritos de Isaías ya lo anunciaban: él enderezó las cañas rotas y no apagó ni una sola de las mechas que todavía daban una chispa de luz. Juan 1,35-39

Comentarios

1. Todos los pueblos de la antigüedad atribuyeron gran importancia a los sueños, creyendo que éstos permitían al hombre ponerse en contacto con Dios y anunciaban el futuro. En Israel estaba extendida esta creencia y se le daba una significación especial a determinados sueños. En las Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se cuentan algunos sueños reveladores del porvenir o de los planes de Dios sobre determinados hombres y mujeres (Génesis 27, 5-10; Daniel 7, 1-28; Mateo 1, 18-25). El sueño que Jesús contó a Juan y Andrés recoge una hermosa profecía mesiánica (Isaías 42, 1-4).

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