6 EL HACHA EN LA RAÍZ

El sumo sacerdote Caifás envía espías para conocer al profeta Juan y éste les anuncia el Mesías que está por llegar y la liberación próxima.

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Publicado el 10 de octubre de 2013 a las 13:27

El hacha de la justicia ya está afilada, decía Juan el Bautizador

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En aquel tiempo era sumo sacerdote en Israel José Caifás.(1) El sumo sacerdote era el jefe religioso de todo el país. Caifás vivía en un palacio muy lujoso en Jerusalén. Todos lo odiábamos, porque sabíamos los negocios sucios en los que andaba y porque era un vendido a los romanos que ocupaban nuestra tierra.

Sacerdote – Excelencia, hemos venido a hablarle de un asunto delicado.
Caifás – Sí, ya lo sé, lo de los nuevos impuestos. Está bien. Doy mi aprobación. De cualquier manera, no soy yo el que va a pagarlos. Díganle de mi parte al gobernador Pilato que haga lo que considere más conveniente para mantener el buen orden y la paz en nuestro país. Ah, y díganle también que no se me olvida la invitación que me hizo. Que iré mañana por la Torre Antonia para saborear ese famoso vino que le han mandado de Roma.
Sacerdote – Se lo diremos, excelencia, pero el asunto es otro. Verá usted…
Caifás – Óiganme bien, si mi suegro Anás les ha mandado otra vez a cobrarse los corderos del día de Pascua, díganle que lo siento, que ahora no puedo pagarle ni un denario. He tenido muchos gastos con la construcción de mi palacio en el campo. Además, no veo por qué tiene tanta prisa si, al fin y al cabo, todo queda en familia.
Sacerdote – No hemos venido a cobrar nada, excelencia. Se trata de Juan, el hijo de Zacarías.
Caifás – Ah, era eso…
Sacerdote – Ya estará usted al tanto del alboroto que viene armando ese loco por allí por el Jordán.
Caifás – Sí, desgraciadamente, estoy bien enterado.
Sacerdote – La gente va en masa a escuchar sus fanfarronadas. Dicen que es un profeta de Dios. Otros dicen que es el mismísimo Mesías, el Liberador que espera nuestro pueblo.
Caifás – ¡Mesías ese melenudo! ¡Profeta!(2) Un piojoso, eso es lo que es, tan piojoso y tan mugriento como toda esa chusma que va a verlo.
Sacerdote – Pero hay que hacer algo, excelencia. La enfermedad puede ser contagiosa.
Caifás – Pues vayan ustedes mismos. Sí, vayan al Jordán y averígüenme lo que hay detrás de todo esto. Pregúntenle qué demonios pretende con ese griterío y esos bautismos. Y quién le dio permiso para agitar al pueblo. Y díganle de mi parte que se ande con cuidado, que digo yo que se ande con mucho cuidado…

Los ojos de Caifás, grandes y vigilantes como los de una lechuza, se quedaron fijos en la puerta de cedro de su palacio mientras los dos sacerdotes salían. Después, se sentó pesadamente en un gran sillón forrado de seda. En los próximos días le traerían noticias directas de aquel profeta, molesto y rebelde, que tantos problemas le estaba creando a él, el sumo sacerdote de Jerusalén.

Cada día venía más gente al Jordán para escuchar a Juan y bautizarse. Aquella misma mañana, y antes de que llegaran los sacerdotes de Jerusalén enviados por Caifás, se acercaron a Betabara cuatro fariseos. Los fariseos se creían santos y puros porque iban al templo, rezaban tres veces al día y ayunaban cuando lo mandaba la ley de Moisés.(3) Ellos nos despreciaban a nosotros y nosotros nos reíamos de ellos.

Fariseos – Líbrame, Señor, de los hombres malos, guárdame de los impíos, tienen lenguas mentirosas y en su corazón sólo esconden pecado, no me contamines con ellos, Dios de Israel, no permitas que la sombra de mi manto se ensucie con las impurezas de los hombres sin ley, hombres malos que no conocen tus mandamientos ni respetan el decoro de tu santo templo, líbrame, Señor…

Cuatro fariseos, envueltos en sus mantos de rayas negras y blancas, se abrieron paso entre la gente. Miraban al suelo y rezaban sin parar. No querían mancharse con nosotros.

Santiago – ¿Y éstos qué vienen a buscar aquí? ¡Fariseos! ¡Puaf! ¡Al diablo con estos pajarracos!
Felipe – Déjalos tranquilos, Santiago, a ver lo que quieren. Aquí todo el mundo tiene derecho.
Santiago – ¡Esos vienen a espiar lo que dice el profeta Juan! ¡Asco de tipos! ¡Se creen los santos!
Fariseo 1 – ¡Juan, hijo de Zacarías, hemos viajado desde Betel para conocerte y recibir el bautismo de purificación.
Fariseo 2 – Somos cumplidores de la Ley, profeta Juan. Respetamos el sábado. Damos la limosna al templo, cumplimos la oración diaria y el ayuno. Obedecemos a Dios. ¿Qué más nos pides?
Bautista – Yo no pido nada. Es Dios el que pide justicia.
Fariseo 1 – Te digo, profeta Juan, que siempre hemos cumplido esa justicia. Nuestras manos están limpias. Nosotros también queremos preparar el camino del Mesías.
Bautista – Pues nadie prepara el camino del Liberador de Israel diciendo que está limpio. ¡Las manos de ustedes estarán limpias de tanto lavarlas y lavarlas, pero el corazón lo tienen sucio! ¡Está lleno de orgullo y de presunción! ¡Hipócritas! ¡Ustedes no son mejores que estos campesinos que andan aquí, y que estas prostitutas que lloran sus pecados y piden perdón a Dios!
Fariseo – ¿Con quién nos estás comparando? ¡Nosotros somos hijos de Abraham!
Bautista – ¡No! ¡Ustedes son hijos de serpiente! ¡Ustedes son como las culebras: llevan el veneno escondido en el buche! ¡No presuman diciendo que son hijos de Abraham! Miren estas piedras… ¡Dios tiene poder para convertir estas piedras en hijos de Abraham! Los hijos de Abraham son los que obran con justicia y no se ponen por encima de sus hermanos. ¡Fariseos ciegos, lávense el corazón y no las manos! ¡Obren con rectitud y no anden rezando tantas oraciones! Y óiganme bien: ¡si no lo hacen, no escaparán al fuego que se acerca!
Santiago – ¡Bien, Juan, bien! ¡Duro con ellos! Este hombre le canta las verdades al que sea. ¡Malditos fariseos! ¡Tienen que meter sus narices en todas partes!
Felipe – Pues oigan, que yo conozco a un fariseo, el Benjamín, que es muy buena persona. A mí me ayuda y…
Santiago – ¡Vamos, Felipe, no vengas defendiendo a esa gente ahora!
Felipe – Yo lo que decía era que el Jacobito…
Santiago – ¡Oye, animal, no empujes, que aquí hay sitio para todos!
Sacerdote – ¡Déjame pasar, galileo!
Santiago – ¡Oye! ¿pero qué te traes tú?
Sacerdote – ¡Ábrete paso como sea, tenemos que volver pronto a Jerusalén!

Entonces, cuando Juan gritaba contra la hipocresía de los fariseos en lo alto de una roca, llegaron a la orilla los sacerdotes que venían desde Jerusalén con el encargo de Caifás. Llevaban unas vestiduras amarillas y olían a sándalo y a incienso.

Bautista – ¡Juro por mi cabeza, dice Dios, que los voy a pescar a todos con anzuelo! ¡Como se pescan los peces en las aguas del río, así voy a atraparlos a todos y ni uno solo escapará en el día de la Cólera!
Sacerdote – ¡Juan, hijo de Zacarías! ¿Quién te ha dado autoridad para decir estas cosas? ¿Quién te crees que eres?
Bautista – ¿Y quiénes son ustedes?
Sacerdote – Caifás, el sumo sacerdote, que tiene su trono en Jerusalén y en sus manos las leyes de Dios, nos manda a preguntarte: ¿con qué derecho hablas de esta forma? ¿Quién te crees tú que eres? No contestas, ¿eh? Has alborotado a éstos con tus gritos y tus bravatas y ahora te quedas callado. ¿Quién te has creído que eres? ¿El liberador de Israel?
Bautista – Yo no soy el Liberador de Israel.
Sacerdote – Entonces, ¿con el permiso de quién andas aquí hablando a esta gente del fuego de Dios que viene a purificar a los hombres? ¿Acaso te crees el profeta Elías que hacía arder la tierra con sus palabras?
Bautista – ¡Yo no soy Elías! ¡Elías fue el mayor de los profetas! ¡Yo no soy Elías! Yo sólo anuncio al que viene y preparo su camino.
Sacerdote – ¿Y cómo preparas su camino? ¿Bautizando a estos desgraciados y llenándoles la cabeza de historias? ¿Quién eres tú para bautizar? Nosotros ya tenemos nuestras purificaciones. Están escritas en la Ley y el sumo sacerdote es el custodio de esa Ley. ¿Quién eres tú para venir a empezar modas nuevas? ¿Te crees como Moisés, con derecho a dar nuevas leyes a este pueblo?
Bautista – ¡No! ¡Yo no soy ningún Moisés!
Sacerdote – ¿Qué le diremos entonces a Caifás, el sumo sacerdote? Tenemos que llevarle una respuesta. ¿En nombre de quién haces lo que haces?
Bautista – Díganle a Caifás esto: ¿en nombre de quién haces tú lo que haces? ¡En nombre de Dios te manchas las manos en los negocios sucios de tu suegro Anás! ¡En nombre de Dios te sientas a la misma mesa que los opresores romanos!
Sacerdote – ¡Cállate! ¡Ofendes al sumo sacerdote! ¡Ofendes a Dios!
Bautista – ¡No, es el sumo sacerdote el que ha ofendido a Dios con sus injusticias y sus crímenes! ¡No me callaré! ¡No puedo callarme! ¡Yo soy la voz que grita en el desierto: hay que abrirle un camino derecho al Señor! Díganle a Caifás que su trono se tambalea. Ya lo dijo ayer un galileo que estaba entre ustedes: no es una rama la que está podrida, es el tronco, es el árbol entero. Y cuando está podrida la raíz, hay que arrancar el árbol de cuajo. ¡Miren esto! ¿Qué cosa tengo en la mano?
Felipe – ¡Yo desde aquí veo un bastón!
Bautista – ¡No, ustedes ven un bastón, pero mírenlo bien! ¡Es el hacha del Mesías! ¡Mírenla también ustedes y cuéntenle a Caifás lo que han visto. Dios puso un hacha en mis manos y yo debo ponerla en las manos de otro que viene detrás de mí. Yo sólo arrimo el hacha a la raíz del árbol para que el que viene detrás acabe más pronto. Cuando él venga, levantará el hacha y de un solo tajo cortará el árbol podrido. ¡Ha llegado el día de la cólera de Dios!(4) El hacha ya está lista y afilada. Sólo falta quien la empuñe. Pero él ya viene, no se demora, está ya entre nosotros… ¿Dónde estás, Mesías? ¿Dónde te escondes, Liberador de Israel? La mano se me cansa levantando el hacha. Si no vas a venir, dímelo y yo descargaré el golpe. ¡Ven pronto, Liberador, date prisa! ¡Ábrase ya la tierra y brote el Liberador! ¡Rómpanse ya los cielos y que nos llueva la salvación de nuestro Dios!

Unos días después, los sacerdotes regresaron a Jerusalén…

Sacerdote – Sumo sacerdote Caifás: ése hombre es un loco furibundo.
Caifás – Si es un loco, no es peligroso. Ya se le pasará la locura.
Sacerdote – Se mete en el río rodeado de toda esa gentuza y allí grita y vocifera. Tiene en la mano un bastón y dice que es un hacha, el hacha del Mesías, para cortar las raíces podridas de un árbol.
Caifás – ¡A ése lo que hay que cortarle es la melena!
Sacerdote – Pero no es sólo eso: es un agitador. Ha hablado con palabras muy duras de su excelencia.
Caifás – ¿No me digas? ¿Y qué ha dicho de mí?
Sacerdote – Ha dicho que el trono de su excelencia se tambalea, porque llega el día de la cólera de Dios. Dice que él es la voz que grita en el desierto.
Caifás – Pues que siga gritando, que los agitadores duran poco en este país. Que siga, que siga hablando… Le queda poco a ese Juan. Le queda muy poco.

Juan seguía bautizando a la gente que acudía al Jordán. Tenía prisa. Sabía mejor que nadie que sus días estaban contados. Tenía prisa pero no tenía miedo. Llevaba dentro el valor que habían tenido todos los profetas, desde Elías, el mayor de ellos, hasta Zacarías, que murió asesinado entre el templo y el altar. Mateo 3,7-12; Lucas 3,7-20; Juan 1,19-28.

Comentarios

1. La máxima autoridad religiosa de Israel era el sumo sacerdote. Desde el Templo de Jerusalén controlaba todo el sistema teocrático que vinculaba estrechamente a la religión con la política. Del sumo sacerdote dependía el personal del templo, formado fundamentalmente por los sacerdotes y los levitas. Si en algún momento histórico los sumos sacerdotes representaron los sentimientos religiosos del pueblo de Israel, en tiempos de Jesús esta institución estaba totalmente corrompida. El sumo sacerdote no era más que un colaborador del imperio romano y el máximo representante de un sistema religioso basado en rigurosas leyes y prohibiciones, obteniendo por esto grandes beneficios económicos. A los pocos años de nacer Jesús, era sumo sacerdote Anás. En el cargo le sucedieron sus cinco hijos y, finalmente, su yerno José Caifás.

2. Un profeta no es un adivinador del futuro. Es un cuestionador del presente. El profeta nace fuera de la institución o, precisamente por serlo, va quedando cada vez más al margen de ella. La institución representa la ley, la norma, la seguridad, el poder. El profeta representa el riesgo, la audacia, la libertad, la imaginación. Para cualquier institución, religiosa, política, social o cultural, siempre resultan peligrosos los profetas. En todos los tiempos y en todas las culturas existe el conflicto institución-profetismo.

3. La palabra fariseo quiere decir “separado”. Los fariseos no eran sacerdotes. Formaban un movimiento laico dirigido por los letrados y los escribas. Su práctica religiosa estaba centrada obsesivamente en el estricto cumplimiento de la Ley y, por esto, despreciaban al pueblo, que no compartía ni entendía su rigor legalista, y se separaban de él.

4. La cólera de Dios es un tema bíblico del que hablaron la mayoría de los profetas. No se trata de una ira caprichosa ni arbitraria, ni tampoco de una forma de venganza pasional que Dios toma contra los que le ofenden “personalmente”. Cuando los profetas hablan de la cólera de Dios se refieren especialmente al día en que Dios agote su paciencia frente a los opresores e intervenga de una vez, con todo su poder, en favor de los oprimidos. Tampoco debe entenderse que el Dios del Antiguo Testamento sea un Dios vengativo y colérico superado por el Dios de Jesús, sólo amor y misericordia. Los textos del Nuevo Testamento, tanto en los evangelios como en otros libros, recogen el tema de la cólera de Dios (Romanos 2, 5-8; Apocalipsis 6, 12-17), del mismo modo que los antiguos profetas hablaron también de la ternura ilimitada de Dios (Éxodo 34, 6-7; Isaías 49, 13-16).

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