BRASIL: FRENAR A LA ULTRADERECHA

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Una reflexión de Guido Proaño para La Línea de Fuego.

La atención política ahora se centra en Brasil. Los resultados de las elecciones del pasado 7 de octubre han atizado el interés por entender qué ocurre en ese país y que sucederá luego del 28 de octubre, cuando se cumpla la segunda vuelta electoral.

Se preveía en esta primera ronda el triunfo de Jair Bolsonaro del Partido Social Liberal; pero ningún estudio estimaba que llegue a ese 46% de la votación, muy cercano a “meterse” la presidencia en primera vuelta. La situación es tan compleja que la suma de los votos obtenidos por las tres candidaturas que se encuentran detrás apenas superan al ganador con algunas décimas.

La mutación de mapa electoral brasilero es evidente desde 2002 —cuando Luiz Inácio Lula da Silva gana por primera vez la presidencia— hasta estas elecciones. El Partido de los Trabajadores (PT) ha sido desplazado de varios estados, pero mantiene el noreste como su granero de votos. Hasta ahora.

¿Qué ocurre en el pueblo brasilero para que vote como lo ha hecho? Bastante material tienen los analistas para ensayar interpretaciones y conclusiones. Y para muchas especulaciones también.

El pueblo ha dado una respuesta a lo que ha vivido en los últimos años y eso nos lleva a pensar en el grado de responsabilidad del PT en lo ocurrido. Quienes en el curso de los últimos años abandonaron al partido de Lula lo hicieron, entre los diversos motivos que se pueden asumir, por frustración y desencanto. Los anteriores procesos electorales (de gobernadores y municipios) prendieron las alertas de lo que estaba ocurriendo, inclusive antes de que surjan las acusaciones de corrupción contra Lula y otros dirigentes petistas.

De las elecciones municipales de 2016 salieron como los grandes perdedores, tendencia que se manifestó ya en 2014 cuando Dilma Rousseff ganó en segunda vuelta con estrecho margen, pero desacumulando en sectores que eran sus bastiones, como algunos centros industriales.

Los escándalos de corrupción como el caso “Lava Jato” —Brasil no podía ser la excepción en los denominados gobiernos progresistas— aceleraron el menoscabo de confianza de la población frente a un gobierno que, desde sus primeros años, habló mucho de los trabajadores y el pueblo, pero gobernaba junto a los empresarios y para beneficio de éstos. Todos los vicepresidentes de la República que llegaron con el PT han estado vinculados a los grupos empresariales y financieros.

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