101- CON DIOS O CON EL CÉSAR

Los fariseos muestran a Jesús un denario y le preguntan si se debe o no pagar impuestos a Roma. Jesús no cae en la trampa.

Funcionario – Pero, gobernador Pilato, ¿no le parece un impuesto demasiado alto? Seiscientos talentos de oro son seis millones de denarios. ¡Seis millones de jornadas de trabajo!
Pilato – Lo dicho, dicho está: la provincia de Judea pagará a Roma seiscientos talentos de oro, ni uno más ni uno menos.
Funcionario- Muy bien, gobernador. Hoy mismo informaré a los recaudadores y al ejército. Pero, si le soy sincero, me temo protestas y disturbios callejeros. Ya usted lo sabe, el pueblo judío es terco como una mula.
Pilato – El pescuezo de una mula terca se ablanda con unos buenos garrotazos. Si no quieren pagar el tributo, van a saber quién es Poncio Pilato.
Funcionario- ¿Y qué dirá el sumo sacerdote Caifás?
Pilato – Bah, por ese gordo no pierdo el sueño. Caifás es como una prostituta: no tiene secretos. Por cierto, dile que quiero verlo urgente, que el gobernador tiene el honor de invitarlo a su palacio para explicarle las nuevas medidas tributarias.

El gobernador romano Poncio Pilato(1) firmó la orden de nuevos impuestos(2): la contribución que tendría que pagar la provincia de Judea se elevaba a la enorme cantidad de seis millones de denarios. También se aumentaban los derechos de aduana y se nos forzaba a todos los israelitas censados al pago de los impuestos personales. Las protestas populares no se hicieron esperar…

Hombre – Pero, ¿qué se ha creído Poncio Pilato? ¿Que va a seguir estirando la cuerda sin que se rompa?
Anciano – ¡Chupasangres, eso es lo que son los romanos! ¡Pero no les pagaremos ni un solo denario más!
Mujer – ¡Si no pagas, no puedes salir ni entrar de la ciudad, bellaco! ¿No sabes que lo tienen todo controlado? ¡Han convertido a Israel en una enorme ratonera!
Hombre – Y nosotros los ratones, ¿verdad? ¡Pues que se le seque la mano derecha al israelita que le pague tributo al César romano!

Los grupos zelotes se negaron a pagar. Muchos simpatizantes y otros inconformes se amotinaban a diario en las puertas de la ciudad de David, vociferando contra Roma y echando abajo las mesas de los recaudadores.

Aquella tarde, José Caifás, sumo sacerdote del Templo de Jerusalén y máxima autoridad religiosa de nuestro país, entró apresuradamente en el palacio del gobernador romano Poncio Pilato.(3)

Pilato – Ilustre Caifás, en nombre de Roma le presento una vez más mis respetos.
Caifás – Y yo los míos, gobernador. Hace un momento recibí su invitación y aquí me tiene. He dejado todos los demás compromisos.
Pilato – Supongo que ya sabrá de qué se trata, excelencia. Desde las ventanas de su palacio en el monte Sión se oyen igual que desde aquí las protestas de ese grupito de fanáticos que no respeta la ley ni la autoridad. ¿Ha pensado usted en alguna solución para enfriar esas cabezas calientes?
Caifás – Perdone mi atrevimiento, gobernador Pilato, pero… ¿no le parece algo excesiva la suma de seiscientos talentos de oro para una provincia pobre como la nuestra?
Pilato – Me extraña que usted, sumo sacerdote Caifás, me haga esa pregunta. Precisamente usted que sabe igual que yo los enormes gastos del imperio, el dinero que hace falta para equipar un ejército como el nuestro, requisito indispensable para asegurar el orden y la paz romana. Usted sabe lo costoso que ha sido la construcción y el mantenimiento del acueducto.(4) ¡Y más costoso aún mantenerlo a usted y a su familia sentados en el Sanedrín!
Caifás – Comprendo, gobernador, comprendo y créame que me hago cargo perfectamente de todos los sacrificios que usted ha hecho por nuestro país. Pero, a pesar de eso…
Pilato – ¡A pesar de eso, nada! ¡Lo dicho, dicho está! ¡Seiscientos talentos de oro! ¡Si ustedes los jefes de este pueblo de mulas tercas no consiguen recolectar ese dinero, lo pagarán de su propio bolsillo! Y si no quieren, iré yo personalmente al Tesoro del Templo, escupiré en el altar y sacaré de allí lo que haga falta. ¿Está claro, excelencia?
Caifás – Claro, claro, gobernador. Perdone si no supe explicarme bien. En fin, no quise ofenderle ni tuve la pretensión de alterar sus nervios…
Pilato – Pues lo consiguió sin pretenderlo.
Caifás – Daré orden ahora mismo a los magistrados del Sanedrín para que…
Pilato – ¡Las órdenes las doy yo! Usted lo que tiene que hacer es tranquilizar al pueblo. Para esa gentuza, usted, el sumo sacerdote, es la figura de Dios en la tierra. Cuando ellos ven su cogote, es como si estuvieran viendo el de Dios. Pues bien, dígales a esos tercos que el César manda pagar los impuestos. Y que Dios manda lo mismo porque Dios y el César son amigos, muy amigos… tan amigos como usted y yo, ¿verdad, excelencia?
Caifás – Desde luego, gobernador, no faltaría más.
Pilato – Ah, por cierto, no se olvide de pasar mañana o pasado por la Torre Antonia para recoger sus ornamentos sacerdotales. Ya están cerca las fiestas de la Pascua.
Caifás – Y… ¿y después de las fiestas?
Pilato – Despreocúpese, excelencia. Si usted y su familia me ayudan en esta necesaria tarea de tranquilizar al pueblo, usted también podrá dormir tranquilo. Renovaré su designación como sumo sacerdote para el próximo año. Roma sabe ser agradecida con sus colaboradores…
Caifás – Gracias, gobernador, usted sabe que puede contar conmigo.
Pilato – Informaré a mi colega Sejano, que tan buen amigo es del emperador Tiberio, sobre su conducta ejemplar a lo largo de este año…
Caifás – Muchísimas gracias, gobernador. Salude a su digna esposa Claudia Prócula de mi parte.
Pilato – También salude de mi parte a su digno suegro Anás.

El sumo sacerdote Caifás salió del palacio del gobernador romano con paso vacilante. Afuera lo esperaban algunos miembros del Sanedrín y sus guardias, que lo llevarían, bien protegido y en una silla de manos, hasta su lujosa residencia en el barrio alto de la ciudad.

Caifás – Tenemos que ser prudentes, amigos míos. La entrevista, como les digo, resultó muy cordial y llena de respeto por ambas partes. El gobernador Pilato está en la mejor disposición de ayudarnos… si nosotros lo ayudamos a él.
Escriba – ¿Y qué espera él de nosotros, excelencia?
Caifás – Que seamos razonables con las nuevas medidas tributarias. Y que le hagamos razonar al pueblo. El mandamiento dice: «honrarás a tu padre y a tu madre». Dios es nuestro padre en el cielo. Roma es nuestra madre en la tierra. Los dos nos piden obediencia a las leyes. Eso es lo que hay que decirle al pueblo.

A las pocas horas, toda la ciudad sabía que el sumo sacerdote Caifás apoyaba los nuevos impuestos ordenados por el gobernador Poncio Pilato. En las calles de Jerusalén no se hablaba de otra cosa.

Hombre – ¡Si Roma es nuestra madre, mejor quedarse huérfano!
Anciano – ¡Maldita sea, ese gordo Caifás no hace otra cosa que lamerle el trasero a Pilato!
Mujer – Oye, tú, ¿y aquellos no son los galileos que van siempre con el profeta? ¡Y si no me equivoco, el nazareno está con ellos!
Hombre – ¡Eh, ustedes, no se vayan, esperen!

Quisimos disimularnos en medio de la multitud que salía del templo a aquella hora, pero fue imposible. Nos rodearon. Querían escuchar a Jesús. Pero, en ese momento, se abrió paso entre la gente un grupo de sacerdotes, maestros de la Ley y herodianos que también nos andaban buscando.

Escriba – No te escondas, Jesús de Nazaret, que aquí todos te conocen las barbas. Es una suerte que hayas venido a la capital, y más en estos días. A ver, ¿qué dices tú?
Jesús – ¿Qué digo yo de qué?
Escriba – De todo esto que está pasando en Jerusalén.
Jesús – Explícate mejor, amigo. Casi acabamos de llegar del norte y… y no estamos enterados de nada.
Fariseo – No te hagas el tonto, nazareno, que de tonto no tienes un pelo.
Escriba – Ni tampoco tienes pelos en la lengua. Al menos, así dicen, que no te importa el qué dirán ni el qué no dirán, sino sólo la verdad, la verdad que es clara como el agua. Pues habla claro entonces: ¿se debe pagar el impuesto al César de Roma?(5) ¿Qué dices tú?(6)

Todos los que estábamos junto a Jesús comprendimos la trampa que le estaban poniendo aquellos partidarios de Caifás. Jesús, sin embargo, parecía tranquilo.

Fariseo – ¿Qué pasa? ¿El profeta se quedó mudo? ¿O es que tienes miedo a responder? Vamos, habla, ¿hay que pagar el tributo al César?
Jesús – Bueno… eso depende.
Fariseo – Habla claro: ¿sí o no?
Jesús – Te digo que depende.
Escriba – ¿Depende de qué?
Jesús – De lo que tengas en el bolsillo. ¡Yo, por ejemplo, no puedo pagarlo porque no tengo ni un céntimo!

La gente aplaudió a Jesús mientras los sacerdotes le miraban con una mueca de desprecio.

Fariseo – La ley no depende de nada, galileo. Todos tenemos obligación de cumplir la ley. ¿O no?
Jesús – Pero si yo no tengo ni un denario para pagar el impuesto, ¿cómo puedo cumplir la ley, dime tú?
Escriba – Pues tienes que pagarlo. Es Roma quien lo manda.
Jesús – Pues si tú no me das un denario, yo no puedo pagar nada, aunque lo mande el arcángel Rafael.
Fariseo – No te vas a escurrir tan fácil, nazareno. Mira, aquí tienes el denario. Tómalo, es tuyo. Te lo regalo.

Uno de los sacerdotes sacó de su túnica un denario de plata y se lo dio a Jesús. El sol hizo brillar la moneda sobre su mano callosa.(7)

Fariseo – Y ahora, ¿qué?
Jesús – ¿Cómo que ahora qué?
Fariseo – Ya tienes el denario que necesitabas. ¿Qué vas a hacer con él?
Jesús – Bueno… estaba pensando comprar un denario de pan con esta limosna que ustedes me han dado.
Escriba – Ese denario te lo dimos para que pagues el tributo. Queremos verte frente a la mesa de los impuestos pagando tu contribución al César.
Jesús – Pues me verán frente a la panadería. Seguro que el César ya comió, pero yo todavía no he desayunado.
Fariseo – Quieres dártelas de chistoso, Jesús de Nazaret. Pero el César de Roma no se ríe. El emperador Tiberio es quien ha ordenado el pago de estos nuevos impuestos.
Jesús – ¿Y qué tengo que ver yo con ese emperador Tiberio?
Escriba – ¿Que qué tienes que ver? Nuestro país está bajo el dominio de Roma. Todos los israelitas estamos bajo el dominio del César de Roma.
Jesús – Estarás tú. Yo no. Yo no doblo la rodilla ante ese tal Tiberio ni ante ningún hombre.
Fariseo – Tiberio es el César. Y el César es la autoridad suprema en la tierra.
Jesús – Tiberio es un hombre como tú y como yo. Y la única autoridad es la del cielo. El único jefe, el único emperador es Dios. No hay otro. Y nadie en este mundo tiene derecho a llamarse rey ni padre porque hay uno solo, el de arriba, y todos los demás somos hermanos y hermanas y valemos lo mismo.
Escriba – ¿Cómo puedes hablar así? Los gobiernos son puestos por Dios. Los gobernantes hacen las veces de Dios para el pueblo.
Jesús – ¿No me digas? ¡Pues mira tú, lo que es los gobernantes de por acá no hacen otra cosa que abusar del pueblo y cargarnos de impuestos y más impuestos para chuparnos el poco dinero que nos queda! ¡Y después todavía tienen el descaro de llamarse bienhechores del país!
Escriba – Mide tus palabras, nazareno. El que se rebela contra el César se rebela contra Dios.
Jesús – Al contrario, paisano: el que se hace amigo del César se hace enemigo de Dios. No se puede servir a dos señores: ¡o con Dios o con el César!(8)
Fariseo – ¡Lo que dices es casi una blasfemia! ¡Caifás, nuestro sumo sacerdote, acaba de declarar que tenemos que obedecer al César!
Jesús – ¿Y en nombre de quién ha dicho eso?
Fariseo – ¡En el nombre de Dios! Caifás representa a Dios en la tierra.
Jesús – Di mejor en el nombre del diablo y de sus intereses.
Escriba – ¿Cómo te atreves a hablar así del sumo sacerdote de Dios?
Jesús – Díganle de mi parte a ese sumo sacerdote que no se puede servir a dos señores ni se puede usar la religión para adormecer al pueblo.
Escriba – Ya me llenaste la copa, campesino charlatán. Te dimos un denario. ¿Vas a entregarlo como impuesto al César, o no?
Jesús – A cada uno lo suyo, digo yo. A Dios lo de Dios y al demonio lo del demonio. Mira la moneda. ¿De quién es esta cara? Mírala bien… De él, de un hombre igual que tú y que yo que quiso subir al cielo y robarle el sitio a Dios. El demonio también hizo lo mismo y cayó como un rayo hacia abajo. Y así caerán todos éstos que ponen su cara y su nombre en las monedas que primero le han robado al pueblo. ¡Ahí está el denario: devuélvanselo ustedes mismos!

Jesús tiró la moneda a los pies de los sacerdotes y de los maes­tros de la Ley, dio media vuelta y se fue.

Mujer – ¡Así se habla, qué caray! ¡Que viva el nazareno!
Fariseo – ¡Atrapen a ese hombre, no lo dejen escapar!

Los partidarios de Caifás quisieron prender a Jesús, pero también aquella vez se quedaron con las ganas. Pasamos la noche en casa de Marcos y, al día siguiente, muy temprano, cuando aún las calles de Jerusalén estaban medio desiertas, salimos a escondidas hacia Perea, al otro lado del río Jordán, donde antes el profeta Juan había estado bautizando.
Mateo 22,15-22; Marcos 12,13-17; Lucas 20,20-26.

Comentarios

1. Poncio Pilato, gobernador de la provincia romana de Judea, era en Palestina el más alto representante del César Tiberio, emperador en Roma. Su función principal era la de ser agente de finanzas del imperio, supervigilando la recaudación de los impuestos. Debía también mantener a raya al pueblo, que periódicamente se insubordinaba a causa de la extorisión que suponía el sistema fiscal romano.

2. Desde los tiempos del rey Salomón, unos mil años antes de Jesús, el reino de Israel cobraba impuestos a sus ciudadanos, aunque con una organización no plenamente desarrollada. Los persas y los griegos, que ocuparon el país 500 y 150 años antes de Jesús, también establecieron un sistema tributario. Con la dominación romana de Palestina, que comenzó a ser definitiva a partir del año 6 después de Jesús, se impuso de forma rigurosa el cobro de los tributos a los israelitas. Roma retuvo todo el excedente de la producción del país en la amplia red de aduanas que estableció para el cobro de los diversos impuestos. A través de ellas controlaba todo el movimiento comercial de la provincia.
La provincia de Judea, colonia del imperio romano, debía de pagar anualmente a Roma en concepto de impuestos 600 talentos, el equivalente a seis millones de denarios. El jornal de un trabajador era de un denario. Los impuestos que Roma cobraba en Palestina eran de tres clases: impuestos territoriales, que se pagaban parte en productos y parte en dinero; impuestos personales, que eran de varias clases según las riquezas o rentas, aunque había uno que era general y lo pagaban todos, excepto niños y ancianos, el llamado «tributum capitis» (por cabeza), y es al que se refiere el relato evangélico en el que le preguntan a Jesús si se deben pagar los impuestos; impuestos comerciales, que se pagaban sobre todos los artículos de importación y exportación.

3. Los sumos sacerdotes, máximas autoridades religiosas de Israel, «pactaron» con los romanos con el fin de mantener su poder, y sobre todo, su privilegiada situación económica. En tiempos de Jesús fueron sumos sacerdotes Anás (años 6-15 después de Jesús), algunos de sus hijos, y desde el año 18 al 37, su yerno José Caifás, que pertenecía, como Anás, a la aristocracia sacerdotal y a la familia de Beto, una de las más ricas de Jerusalén.
El gobierno local de Judea, que era el Sanedrín o Consejo o Tribunal de Israel, cuya máxima autoridad era el sumo sacerdote, carecía completamente de autoridad en cuanto a los impuestos, las relaciones con otros países y la defensa. Su única misión era mantener el culto y vigilar para que la Ley religiosa se cumpliera estrictamente.
Un medio usado por el gobernador Pilato para controlar al sumo sacerdote Caifás fue retener en la Torre Antonia, cuartel romano vecino al Templo de Jerusalén, los sagrados ornamentos con que se revestía el sumo sacerdote para las grandes fiestas religiosas. El gobernador se los entregaba únicamente para las ceremonias y después volvía a guardarlos. Este método también fue usado por Herodes el Grande y por Arquelao. Era una expresión de la dependencia de la máxima autoridad religiosa respecto del poder imperial. Las vestiduras del sumo sacerdote eran suntuosas: sobre la túnica de lino blanco de los sacerdotes ordinarios llevaba una túnica azul rematada con campanillas doradas. Sobre la túnica, una especie de chaleco, el efod, recamado en oro, y sobre el pecho y colgando de los hombros una pieza cuadrada de oro con doce piedras preciosas incrustadas. En la cabeza, una cofia de color azul.

4. Poncio Pilato fue el ejecutor, en tiempos de Jesús, del acueducto de Jerusalén, una gran obra de ingeniería, de la que se conservan aún algunos restos. Pilato, que despreciaba profundamente a los judíos y que ofendió en numerosas ocasiones sus sentimientos religiosos, tomó para esta construcción del llamado Tesoro del Templo, dinero que los israelitas piadosos consideraban sagrado. Este hecho provocó ardientes revueltas populares contra el poder romano, que fueron reprimidas a garrotazos por los soldados y de las que los historiadores de la época han dejado narraciones.

5. En los evangelios se habla de dos emperadores romanos. César Augusto y Tiberio César. Augusto dominó desde el año 30 antes de Jesús hasta el 14 después de su nacimiento. Con él se inició la dinastía imperial romana de la familia Claudia. Tiberio, hijo de la segunda esposa de Augusto, gobernó desde el año 14 hasta el 37 y bajo su mandato fue asesinado Jesús. Después de Tiberio siguieron gobernando en Roma otros Césares: Calígula, Claudio, Nerón. Tiberio hizo de Augusto, su padre adoptivo, un «dios». Poco a poco, la ambición de poder determinó que los Césares reclamaran de sus súbditos un culto personal. En tiempos de Jesús, la tendencia a divinizar al emperador se estaba acentuando. Después quedó definitivamente establecida, hasta la caída del imperio. Calígula se hizo adorar en vida. Los Césares se hicieron imágenes que debían ser veneradas y ordenaron postrarse en su presencia. Israel se resistió tenazmente a esta blasfemia. Los dirigentes religiosos, aunque no aceptaban teóricamente que el César fuera dios, en la práctica hicieron la vista gorda y callaron, en complicidad con el poder establecido.

6. Uno de los motivos más frecuentes de las revueltas populares en Israel eran los impuestos. Fue precisamente la negativa a pagar impuestos a Roma la chispa que desencadenó la guerra judía del año 70 después de Jesús, en la que Jerusalén fue destruida hasta sus cimientos y la sociedad judía definitivamente desmantelada. En este contexto, la pregunta que le dirigieron a Jesús sobre el pago de impuestos era especialmente sensible. Los zelotes se negaban a pagarlos como una forma de resistencia activa a Roma. Las clases colaboracionistas, saduceos y sacerdotes, recomendaban el pago. Los fariseos dudaban. Teóricamente, estaban en contra, pues eran muy nacionalistas, pero en la práctica terminaban pagando. Jesús no legitimó la ocupación romana mostrándose partidario del pago de impuestos. Tampoco hizo del no pago una forma de rebeldía directa contra el poder. Su respuesta se sitúa en otro plano: una total libe

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