104- EL PASTOR Y EL LOBO

En la taberna de Betania, Lázaro cuenta la historia de un pastor que se enfrentó a los lobos y dio su vida por las ovejas.

Lázaro – Pasó un par de semanas antes de que llegaran ustedes. Los pastores de Tékoa se lo contaron a los de Belén y los de Belén a los nuestros.(1) Yo creo que en unos días la historia dio siete vueltas por Jerusalén y llegó hasta los montes de Efraín. A estas horas los pastores galileos ya la deben conocer.

Aquella noche Marta no había tenido que encender ninguna lamparita. Bastaba la luz de la luna llena, que iluminaba el patio de la taberna como si fuera de día. Más allá, las pequeñas casas de Betania parecían recién blanqueadas. Lázaro agarró un buen puñado de dátiles y se dispuso a contarnos la historia.

Lázaro – Se llamaba David, sí, como aquel otro pastor, que después fue nuestro gran rey. Y vivía aquí cerquita, en Tékoa, la aldea ésa que cae al sur. Allá dicen que nació aquel famoso profeta Amós que soltaba tantas verdades. Pero este David ni fue rey ni tampoco profeta. Era sólo un pastor. Un pastor que tenía un rebaño de cuarenta ovejas.(2)

David – ¡Andandooo! ¡Andandooo! ¡Ya oscurece, tunantas! ¡Y hay que volver a casa! ¡Andandoo! No se me quede ninguna atrás. ¡Derechitas! ¡Andandooo!

Todos los días, al caer la tarde, el pastor llevaba las ovejas de vuelta al redil. Que no es cosa fácil, caramba. Pero dicen que cada sendero tiene su atolladero. Por eso, cuando era oscuro y tenían que atravesar el gran barranco, David iba dando golpes en las piedras con su cayado. Los animalitos, como ya conocían aquel ruido, iban tan tranquilos: sabían que el pastor iba delante y que las llevaba por el mejor camino.

David – Lucerito… Pintada… Estrellita… Lananegra… Borregona… ¡Orejita! ¡Ea, ya están todas! ¡Con cuarenta salí y con cuarenta regreso!

Al llegar al redil, David se ponía pegado a la puerta y contaba sus ovejas. A cada una le tenía puesto un nombre y dicen que nunca se confundía. Ah, ese David conocía a sus ovejas como si él las hubiera parido. Y las ovejas, lo mismo: lo conocían a él a siete leguas de distancia. Pues bien, en el aprisco aquel donde dormían las cuarenta ovejas de David, también guardaban sus rebaños otros dos pastores.

Sirio – ¿Cómo fue la cosa hoy, David? ¿Hubo suerte?
David – La hubo, Sirio, la hubo. Pasé la cañada del águila y nos encontramos con un banquete. Vienen con la panza llena, las tunantas. Dormirán mejor que tú y que yo, pero se lo merecen, qué caray. Ellas trabajan para nosotros: que si leche, que si queso, que si lana. Es justo que nosotros trabajemos para ellas subiendo y bajando lomas. Así estamos en paz. Ah, las tunantas, tendrían que haberlas visto delante de todo aquel valle verde. Como muchachos comiendo pasteles.
Ñato – No, si no tengo que verlas. ¡Si los animales tienen más suerte que nosotros! Es justo, es justo… Dime tú si es justo que ellas vengan atiborradas y nosotros no tengamos más que cuatro dátiles y un trozo de queso. ¡Yo no pensé que el oficio de pastor fuera tan malo, caramba!
Sirio – ¿Y quién te mandó meterte en esto, Ñato?
Ñato – Nadie, pero ¿qué quieres? No encontré nada mejor. Ahora, eso sí: te juro por ese lunar que tienes en la calva, Sirio, que enseguida que pueda, ¡adiosito, compañeros! Yo me cansé ya de andar para arriba y para abajo y de ordeñar animales.
Sirio – ¡Y encima, para ganar cuatro céntimos! ¡Yo también estoy hasta la coronilla de todo esto! ¡Al diablo con las ovejas!
Ñato – ¡Y al requetediablo con el patrón!
David – Ustedes hablan así porque las ovejas no son suyas. Si las ovejas fueran de ustedes, les tendrían cariño.

Claro, el Sirio y el Ñato eran pastores de ésos que son asalariados. Los rebaños que cuidaban eran de dos grandes comerciantes de Tékoa. Y ahí está la cosa, que como las ovejas no eran suyas y la faena de pastor es dura, este par no trabajaba bien: uno lo hacía a desgana y el otro con muy mala sangre. David, al revés: aquellas cuarenta ovejas eran su tesoro y él ponía en ellas su corazón.

David – Ea, amigos, sigan maldiciendo a los animalitos mientras se comen su queso, que yo me voy a dormir. Me caigo de sueño y mañana tengo que madrugar. Quiero llevar a las tunantas hasta Belén. Los pastos de por allá son los mejores.
Ñato – ¡Y las culebras de por allá son las más listas!
David – Bah, con la vara a punto y el ojo abierto, no hay culebra que se te escape. ¡Bueno, que sueñen con el banquete del Mesías para que se consuelen!

El sol no había aparecido todavía y sus compañeros no se habían sacudido el sueño y David ya estaba en pie. Todos los días igual. Madrugaba como los gallos, se llenaba el zurrón con pan y queso, metía vino en la cantimplora, se amarraba su vara a la espalda y guardaba en el bolsillo la honda. Después, apretaba fuerte el cayado, ¡y a caminar!

David – ¡Andandooo! ¡Andandooo! ¡Que hoy habrá buen pasto y mucha agua para todas! ¡Margarita, no te separes! Blanquita! ¡Andandooo!

Una noche, los aullidos de los lobos se oyeron en la aldea de Tékoa.(3) Y a las ovejas de todos los rebaños se les pusieron las lanas de punta, porque olían el peligro.

Pastor – ¡Maldición! ¡Tenían los colmillos afilados como espadas y los ojos como brasas!
David – ¿Cuántas?
Pastor – Diez. Agarraron a diez.

A la noche siguiente, volvieron los lobos…

Pastor – Y yo, ¿qué iba a hacer? Eché a correr monte arriba, y las ovejas que pudieron escaparse, detrás de mí… Como son tan tontas, no sabían ni por dónde escapar.
David – ¿Cuántas?
Pastor – ¡Y yo qué sé! Unas catorce. A varias las dejaron malheridas, sangrando, con el cuerpo lleno de agujeros. Las tuve que rematar yo a palos, qué remedio.

Y así un día y otro día…

Pastor – Era casi de noche. Vinieron de repente y se lanzaron sobre el rebaño y…
David – ¿Cuántas?
Pastor – Ni las conté. ¡Muchas! ¡Fueron muchas!

Por las noches, los lobos aullaban allá arriba, en los montes. Luego bajaban y organizaban la carnicería. Mataron muchas ovejas. Los pastores de Tékoa estaban muy alarmados, imagínense. Y David, más que todos ellos.

David – Tenemos que hacer algo, camaradas, ¿no les parece?
Sirio – Ni algo ni nada. ¿O es que tú no sabes que los lobos son los amos? ¡Vienen del mismísimo infierno! No hay quien pueda con ellos.
David – ¡Cuentos! Si le cortáramos el pescuezo al lobo jefe de la manada, los demás se irían de aquí y no seguirían matándonos las ovejas. Lo que pasa es que somos unos cobardes.
Ñato – ¿Cobardes? Bueno, sí, cobardes, ¿y qué? Mira, yo no arriesgo mi pellejo por ninguno de estos animales. Hazlo tú que, de tanto quererlos, ya se te está poniendo hasta cara de borrego.

Aquella noche David no se metió en el jergón donde dormía. Se quedó fuera, recostado junto a uno de los tablones del redil. Algo presentía el muchacho.

David – Que vengan, que vengan… ¡Van a saber quién soy yo!

Pasada la primera vela de la noche, los lobos dejaron de aullar.

David – Vaya, vaya, deben haberse quedado roncos con tanta canción.

Al cabo de un rato, a David se le cerraron los ojos. Fue cosa de un pestañeo. Dos lobos grandes y negros saltaron las tapias del redil y cayeron como un rayo sobre las ovejas.

Sirio – ¡El lobo! ¡El lobo! ¡Huyan, el lobooo!
David – ¡Quédense aquí, cobardes, y den la cara! ¡Entre los tres podremos con ellos!
Ñato – ¡Podrás tú, imbécil! ¡Lo que es yo, me largo!

A los dos compañeros de David les faltó tiempo para echarse a correr a campo traviesa. Y David se quedó solo con los lobos y con todas las ovejas que se arremolinaban espantadas, corriendo de aquí para allá, tratando de escaparse de las dentelladas de aquellas dos fieras. Pero no podían. Enseguida cayeron algunas, chorreando sangre, destripadas. David no esperó más. Sacó del zurrón el cuchillo afilado, lo apretó con rabia en su mano y, cuando uno de los lobos saltaba sobre una de sus ovejas, él saltó sobre el lobo y le clavó el acero hasta el mango. Le tocó el corazón, sí, porque el animal se revolvió y cayó rematado a los pies del pastor.

David – ¡Maldita bestia, ya pagaste tus fechorías!

El otro lobo, cuando olió la sangre del compañero, dejó a las ovejas y se abalanzó, echando candela por los ojos, sobre David. Los dos se enristraron en una pelea a muerte, revolcándose sobre la tierra. Pegadas a las tapias del redil, las ovejas, pobrecitas, seguían corriendo para todos lados.

David – ¡Tranquilas! No tengan miedo, tunantas, que éste tampoco saldrá con vida de aquí. ¡Te sacaré las entrañas, maldito!

El segundo lobo rugía con los colmillos hundidos en el brazo del pastor. David, jadeando, clavaba el puñal una y otra vez en el lomo negro de la fiera, pero, mientras más lo hería, más enfurecido se ponía el animal. En una de aquellas volteretas, David, ya casi sin resuello, consiguió meterle el cuchillo en mitad del pecho. El animal, echando espumarajos, sacó el resto de sus fuerzas y se tiró al cuello del mu­chacho, mordiéndolo con saña. Fue triste aquello. La sangre del pastor y la sangre del lobo se mezclaron sobre la tierra y la empaparon. Así acabó la pelea.

Sirio – ¡Caramba con el David! ¡Mira que atreverse con esas fieras!
Ñato – ¡Y tamaños animales! Te digo que ese muchacho tuvo que haber peleado como un bravo.
Sirio – Pero dime tú, Ñato, ¿a quién se le ocurre lanzarse contra dos lobos a la vez?
Ñato – Contra dos y contra doscientos que hubieran saltado la tapia. Ese David tenía coraje de sobra. Y por defender a su rebaño hacía cualquier cosa. ¡Fíjate cómo dejó tiesas a esas malas bestias!
Sirio – Sí, pero también lo dejaron tieso a él. ¡Un loco, eso es lo que fue!
Ñato – Lo que quieras, pero gracias a él se salvaron las ovejas, Sirio, no te olvides, gracias a él.

Lázaro – La historia corrió de boca en boca, de pastor en pastor, y ya ustedes la saben también. Un loco, caramba, pero un valiente. Dio la vida por sus ovejas, por sus tunantas, como él las llamaba. ¿No creen ustedes que la vida de un hombre así vale la pena contarla?

Muchos años después, cuando Pedro y Andrés, mi hermano Santiago y los demás anunciábamos a nuestros paisanos la buena noticia de Jesús, que dio la vida por defender a su pueblo, nos acordábamos de esta historia del buen pastor que Lázaro nos contó en la taberna de Betania, cuando ya estaba cerca la gran fiesta de la Pascua.
Juan 10,1-18

Comentarios

1. En Israel, los pequeños propietarios de ganado eran pastores de sus propios rebaños. Cuando los rebaños estaban compuestos por muchos animales, los dueños contrataban a pastores asalariados, que cobraban en dinero y en productos del rebaño. La tarea principal de un pastor era buscar pastos y abrevaderos para sus animales y defenderlos de los ataques de los ladrones de ganado o de las fieras. Los instrumentos de trabajo del pastor eran la vara, el cayado y la honda. La honda servía como arma contra las alimañas y también para congregar a las ovejas en un sitio determinado. Los cuidados del pastor con su rebaño fueron un símbolo bíblico del cuidado que Dios tiene de la humanidad (Salmo 23).

2. Las ovejas de Palestina tienen la cola ancha, son macizas, y su carne es abundante en grasa. El vellón es rizado y da muy buena lana. En general, tienen la lana blanca y su leche es muy buena. Las hembras no tienen cuernos y los machos eran los más apreciados para la matanza y para los sacrificios religiosos en el Templo.

3. Los lobos de Palestina son de color algo más claro que los de otros países mediterráneos. Durante el día permanecen escondidos en cuevas o en zonas desoladas y por la noche bajan a atacar a los rebaños, siendo el terror de los pastores. En el Nuevo Testamento, los falsos profetas son comparados a los lobos (Mateo 7, 15). También son lobos los enemigos de la justicia (Mateo 10, 16). Para simbolizar la paz de los tiempos mesiánicos, los profetas usaron imágenes en las que hablaron de que el lobo dejaría de ser un peligro (Isaías 11, 6 y 65, 25).

104- EL PASTOR Y EL LOBO

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