117- LIBERTAD PARA LOS PRESOS

Los vecinos y vecinas de Jerusalén se lanzan a las calles a protestar. Herodes interroga a Jesús y lo devuelve donde Poncio Pilato.

Hombre – ¡Eh, comadre Ana! ¡Jasón! Jasón! ¡Todos fuera! ¡A la calle, compañeros, a la calle!

La noticia de que Jesús había sido arrestado y de que estaba en manos del odiado gobernador romano Poncio Pilato atravesó muy pronto todos los barrios de Jerusalén. Y los pobres de la capital, los galileos venidos para las fiestas, los hombres y mujeres de nuestro pueblo, que tantas esperanzas habían puesto en Jesús, se lanzaron a las calles para reclamar la libertad de su profeta. No dejaba de llover. El sol, muy pálido, no conseguía abrirse paso en el cielo gris y cerrado de aquel viernes 14 de Nisán.

Hombre – ¡Vecinos, que nadie se quede en casa! ¡Todos a la calle! ¡No pueden quitarnos a Jesús!
Mujer – Pero, ¿a dónde hay que ir, Samuel?
Hombre – Dicen que lo llevan ahora al palacio de Herodes.(1) ¡Como es galileo, le toca vérselas con ese canalla!
Vieja – ¡Mira, mira cuánta gente viene!
Muchacho – ¡Jesús es nuestro! ¡Suelten a Jesús!

Las estrechas calles del barrio de Ofel, como los ríos cuando bajan crecidos, se llenaron muy pronto de gente que corría, dando gritos, con los puños en alto, hacia la Puerta del Valle, junto a las murallas, donde Herodes tenía su residencia.

Hombre – ¡Libertad para Jesús! ¡Libertad para los presos!
Mujer – ¡Dejen libre al Mesías!
Hombre – ¡Jesús es nuestro! ¡Suelten al profeta! ¡Jesús es nuestro!

Pedro, Santiago, yo y los demás del grupo, que no habíamos dormido en toda aquella larga noche, nos unimos enseguida a la revuelta. Las calles estaban resbaladizas por la lluvia y nos apoyábamos unos en otros para no caer. Cada vez se juntaba más gente.

Magdalena – ¡Dejaremos sordo a ese maldito Herodes y tendrá que soltarlo! ¡Y si hace falta, le tumbamos los muros del palacio!
Santiago – ¡Así se habla, magdalena! ¡Jesús es nuestro y lo queremos libre!

María, la madre de Jesús, iba del brazo de Susana. También gritaba, uniendo su voz a la de docenas de paisanos que con sus túnicas y sus mantos empapados, avanzaban por las calles llenas de fango del barrio de los alfareros. A 1o largo de las murallas bajas que rodean el Ofel, la guardia romana había redoblado la vigilancia.

Hombre – ¡Suelten a Jesús, suéltenlo!
Mujer – ¡Ni Roma ni nadie nos quitará al profeta!
Anciano – ¡Israel con su Mesías! ¡Libertad para Jesús!
Soldado – ¿Sacamos las espadas, Tito?
Soldado – Espera órdenes, que no tardarán en llegar. ¡Maldita chusma!

Mientras tanto, a Jesús lo habían llevado fuertemente custodiado desde la Torre Antonia hasta la residencia de Herodes. Cuando los vecinos del barrio de Efraín lo vieron pasar, echaron también a correr detrás de la tropa que lo rodeaba y se juntaron con nosotros frente al palacio del cruel rey de Galilea.

Herodes – ¡Por fin te veo las barbas, Jesús de Nazaret! Tú, tanto tiempo por Cafarnaum y yo en Tiberíades. Hemos sido vecinos y aún no nos conocíamos.

Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y de Perea, iba a Jerusalén sólo para las fiestas.(2) En la capital residía en un gran palacio defendido por tres enormes torres que se levantaba junto a las murallas occidentales. A una de las lujosas salas de aquel edificio, que olía a perfumes árabes, llevaron a Jesús. En el centro, sobre un triclinio de seda, estaba recostado el rey. A su lado, como siempre, la reina Herodías.

Herodías – Y tú, «profeta», ¿no tenías curiosidad por conocer la cara de tu rey? ¡Parece mentira, Herodes, qué súbditos tan ingratos tienes!
Herodes – Sí, galileo, yo soy tu rey y mando sobre ti. ¿No lo sabías?

Jesús, con las manos atadas a la espalda y la cara muy hinchada por los golpes, sostenía la mirada asustadiza de Herodes.

Herodes – Pobre muchacho… Ya veo que te han dado una buena tunda en casa de Caifás. Ah, estos señorones de Judea abusan de nosotros los del norte. ¿O fue Poncio Pilato? ¿Te hicieron mucho daño los soldaditos extranjeros? Bueno, pero tú eres fuerte y aguantarás eso y mucho más, ¿no es verdad? ¿Qué te parece a ti, Herodías?
Herodías – Claro que sí, mi rey. Estos campesinos son como los bueyes: fuertes, brutos… ¡y castrados!
Herodes – No le hables así al muchacho, Herodías. Al fin y al cabo, es nuestro visitante. A ver, profeta, alégranos la mañana. Ya te vi el pelo. Ahora quiero oírte la voz. Me han dicho que tienes muy buena lengua para hacer cuentos y entretener a la gente. Aquí, en confianza, esto de ser rey resulta a veces aburrido. Es como tirar los dados una y otra vez y ganar siempre. Vamos, anímate un poco y cuéntanos algo. Estoy casi seguro de que si a Herodías le gusta tu historia conseguirás un indulto.

Jesús, en silencio, continuaba con los ojos fijos en el rey galileo.

Herodes – ¿Qué te pasa? ¿No se te ocurre nada?
Herodías – Siempre lo mismo. Muchas bravatas en la taberna y luego se vuelven modositos como una doncella cuando entran en palacio.
Herodes – Es natural, Herodías. Los campesinos son tímidos. Suponte tú venir del interior y así, por sorpresa, estar delante de tantas autoridades ¡y hasta del rey! Pero no te asustes, muchacho, que no soy tan malo como me pintan. No tiembles, «que no voy a comerte». Prefiero otra carne, ¿verdad, Herodías? Por cierto, he oído que también sabes hacer milagros. ¿Es verdad eso, profeta? ¿O también son cuentos? ¿No sabes hacer nada? ¿Ni siquiera el truco de la serpiente?
Herodías – Tiene las manos amarradas, Herodes. Las manos necesita moverlas con libertad.
Herodes – Tienes razón, preciosa. ¡Graco, ven acá! Suéltale las manos a ése.
Soldado – Enseguida, majestad.

Uno de los guardias de Herodes se acercó a Jesús y con la espada cortó la soga que le ataba las manos a la espalda.

Herodes – ¿Ya estás listo? ¿O necesitas algo más? Ea, muchacho, toma esta manzana.

Herodes alargó la mano, tomó una manzana de la mesa y se la arrojó a Jesús. La fruta le rebotó en el cuerpo y cayó al suelo.

Herodes – Tómala, te digo. Si la haces desaparecer sin que yo me dé cuenta, te daré un buen premio. ¡Vamos, caramba, no es tan difícil hacer eso! ¿O será que la belleza de mi mujer te tiene trastornado? ¡Pues esa manzana sí que no te la regalo, amiguito! ¡Es sólo mía! ¡Ja, ja, ja!

Jesús seguía inmóvil como una estatua. Desde fuera, llegaba el rumor creciente de nuestras voces de protesta pidiendo libertad para los presos.

Herodías – Ya me estoy aburriendo, Herodes. Este mentecato no sirve ni para hacernos reír.
Herodes – Vamos, ¿qué es lo que te pasa? Habla, di algo. ¿O es que ya te cortaron la lengua? ¡Me alegro mucho! Pero eso no basta. A los profetas no se les puede cortar sólo la lengua. Hay que cortarles la cabeza entera. ¡Yo se la corté a Juan el bautizador! ¡Melenudo impertinente! ¡Víbora venenosa!

Herodes se estremeció al pronunciar el nombre del profeta Juan, a quien él había asesinado en los calabozos de la fortaleza de Maqueronte hacía apenas un año.

Herodes – Y tú, ¿por qué me miras así, maldito nazareno? ¿Por qué me miras así? ¿Quieres hacerme creer que no tienes miedo? ¡Pues te equivocas, amigo, yo no trago tus cuentos! ¡No soy tan imbécil como esa chusma que te aclama! ¡Embaucador! ¡Charlatán!
Herodías – Cálmate, Herodes. No te hagas mala sangre por un estúpido como éste.
Herodes – Es la bulla de ahí fuera, que ya me tiene hasta la coronilla. ¡Graco! ¡Que avisen inmediatamente al gobernador Pilato! Que dé orden a sus soldados para que disuelvan a esos escandalosos ahora mismo. Que los aplasten como chinches. Si no lo hace él, lo haré yo con mis soldados y será peor.
Soldado – Enseguida, majestad.

Mientras tanto, en la calle…

Santiago – ¡Libertad para Jesús! ¡Libertad para los presos!
Magdalena – ¡Jesús es nuestro, suéltenlo ya!
Soldado – Plaga de gritones. ¡Se les va a secar la lengua!
Soldado – Déjalos. Los guardias de Pilato ya están ahí…
Hombre – ¡Suelten al profeta de Galilea!
Mujer – ¡Libertad para el Mesías de Israel!
Magdalena – Doña María, ¿ve usted cómo no se atreven a hacernos nada? ¡Somos muchos! ¡Tendrán que soltarlo! ¡Libertad para Jesús!

La bulla crecía como una marejada incontenible. Enardecidos, con las túnicas chorreando agua y los ojos fijos en las puertas del palacio, no nos dimos cuenta de que la tropa romana nos tenía rodeados.

Hombre – ¡Jesús es nuestro! ¡Déjenlo libre!
Mujer – ¡Eh, tú, mira para allá! ¡Hay guardias por las cuatro esquinas!
Hombre – ¡Pues por mí que los haya! ¡De aquí no nos moverán!

Estábamos acorralados. Pero siendo tantos, nos sentíamos fuertes. Nos apiñamos unos contra otros y seguimos gritando.

Mujer – ¡Libertad para los presos! ¡Dejen libre al profeta!
Hombre – ¡Presos a la calle! ¡Presos a la calle!

Los soldados no tardaron en desenvainar sus cortas y relucientes espadas. Las gotas de lluvia repiqueteaban sobre el metal de sus cascos.

Centurión – ¡Disuélvanse enseguida! ¡Orden de Poncio Pilato! ¿No lo han oído? ¡Lárguense de aquí por orden del gobernador!

Nadie se movió. La esperanza de conseguir la libertad de Jesús nos clavó aún más sobre las piedras de la explanada que rodeaba el palacio. Entonces, los soldados levantaron amenazantes las espadas y apretaron contra el cuerpo los escudos.

Centurión – ¡Es Roma quien lo manda! ¡Disuélvanse o los disolveremos, malditos!
Hombre – ¡Aquí no se disuelve nadie hasta que no suelten a Jesús!
Mujer – ¡Aunque lo mande el mismísimo César!
Hombre – ¡Abajo Roma y abajo Poncio Pilato!

Los gritos de aquellos galileos desataron la furia de los soldados que cayeron sobre nosotros a una orden del centurión. La confusión fue espantosa. Muy pronto rodaron por el suelo algunas mujeres de las que estaban en primera fila. La gente corría aterrorizada, resbalando en la plaza y esquivando las espadas romanas. Los más atrevidos sacaron cuchillos de debajo de las túnicas y se enzarzaron con los soldados cuerpo a cuerpo. Pero las armas eran muy desiguales. Corriendo y tropezando tuvimos que dispersarnos por las empinadas calles que llevaban al muro de los asmoneos.

Mujer -¡Sara, el muchachito, que te lo matan!
Hombre -¡Pilato, asesino, algún día te disolverán a ti!
Magdalena – ¡Santiago! ¡Pedro! ¡Esperen! ¡Corra, doña María, corra!
Santiago – ¡Juan, no te quedes atrás, huye! ¡Felipe, Andrés!

Para no alborotar más al pueblo, los soldados tenían órdenes de que no hubiera muertos, y herían por las piernas. Desesperados, con miedo, corrimos a refugiarnos de nuevo en los callejones del barrio de Ofel, a donde los guardias no llegaron ya. A los heridos los escondieron en las casas cercanas. En unos momentos la revuelta había terminado. Y, desde aquella hora, Pilato mandó redoblar la vigilancia en los puntos claves de la ciudad.

Herodes – ¡Ve y dile al gobernador Pilato que Herodes, el tetrarca de Galilea y de Perea, le devuelve a su prisionero y que ratifica todo lo que él decida sobre este imbécil! ¡Que lo mate! ¡Que lo cuelgue de una cruz y que le saque los ojos! ¡Y que después venga por mi palacio a celebrarlo! ¡Tomaremos el mejor vino de Arabia cuando te estén comiendo los gusanos, óyelo bien, maldito nazareno!
Herodías – Espérate, Herodes. No lo despidas así. Que no se vaya como vino. ¿No dicen que es el Mesías rey? Pues que se le note. Ustedes, pónganle ese trapo encima. ¡Que esa chusma que tanto lo quiere lo vea por las calles disfrazado de rey!

Los servidores de Herodes sacaron a Jesús a empujones de la sala y le echaron sobre los hombros un lienzo blanco, de seda vieja y deshilachada que le llegaba hasta el suelo.

Soldado – ¡Salud, rey de Israel!
Soldado – ¡Vengan, señores, vengan y vean al Mesías de los muertos de hambre!

Reían a carcajadas cuando lo entregaron a los soldados romanos que aguardaban a la puerta del palacio con sus lanzas en alto. Nosotros ya no estábamos allí para verle salir. Jesús, con paso cansado y arrastrando su manto de burla, atravesó de nuevo las calles de Jerusalén en dirección a la Torre Antonia. La sangre de los que habían sido heridos minutos antes por los soldados teñía de rojo los charcos de lluvia de la plaza.
Lucas 23,6-12

Comentarios

1. El palacio de Herodes Antipas sobresalía entre todos los edificios de Jerusalén, cerca de la muralla occidental. A él iba Herodes Antipas durante las fiestas que se celebraban en la capital. El interior del palacio era de un lujo impresionante. Estaba abarrotado de obras de arte y servido por numerosos esclavos. Tenía tres inmensas torres que dominaban la ciudad. La más alta (45 metros) era la de Fasael, dedicada a un hermano de Herodes, otra de 40 metros llevaba el nombre de Hipicus, un amigo del monarca, y la más pequeña y de forma más artística (27 metros), era la de Mariamme, una de las diez esposas de Herodes el Grande, la que llevó en exclusiva el título de «reina» y a quien el propio rey asesinó. Las bases de estas tres grandes torres del palacio de Herodes se conservan todavía.
El palacio fue una de las grandes construcciones de su padre, Herodes el Grande, en Jerusalén, cuya más importante obra arquitectónica en la capital fue la restauración del Templo. Construyó también la Torre Antonia, un gigantesco teatro, un acueducto, un enorme hipódromo para carreras de caballos y juegos de circo, y un gran sepulcro para él y su familia.

2. Herodes Antipas, de unos 50 años en tiempos de Jesús, era el menor de los hijos de Herodes el Grande. Que su padre no tuviera sangre judía supuso para el poderoso rey un serio complejo a lo largo de toda su vida, pues le restaba autoridad ante sus súbditos. Herodes el Grande, que murió cuatro años después de nacer Jesús, tuvo diez mujeres. Algunas de ellas sí fueron de familia judía, como Maltaké, la madre de Herodes Antipas. Esto permitió al joven Herodes mostrarse ante el pueblo como todo un judío, esmerándose en aparecer como fiel cumplidor de las leyes religiosas. Cada año, por la Pascua, se trasladaba a Jerusalén para participar con sus compatriotas en las fiestas. En las monedas de su reino galileo no hizo imprimir nunca su propia imagen, pues esto indignaba a los israelitas piadosos. También procuraba interceder ante Pilato en defensa de algunos compatriotas buscando ganar así simpatías entre sus súbditos.
En los días en que Jesús fue condenado a muerte, Herodes Antipas estaba enemistado con el gobernador romano Poncio Pilato porque, para herir los sentimientos religiosos de los judíos, Pilato había hecho desfilar por Jerusalén estandartes imperiales con la imagen del César Tiberio. Y había colocado en el palacio de Herodes el Grande, a la vista de todos los ciudadanos, los escudos del emperador. Aquello fue una grave ofensa contra los judíos, que no toleraban representaciones del César, a quien los romanos veneraban como a un dios. Tan grande fue el escándalo que, además de las revueltas populares, los principales judíos del país enviaron al César de Roma un escrito de protesta pidiendo la destitución de Pilato. Herodes Antipas fue uno de los firmantes de aquel escrito y esto hizo que Pilato lo considerara desde entonces como enemigo.
La costosa construcción del acueducto que Pilato levantó en Jerusalén, utilizando para ello dinero del Templo, también fue motivo de enemistad con Herodes, que como hombre que luchaba por la apariencia «religiosa», no podía tolerar este sacrilegio. Todas estas rencillas se disolvieron con ocasión del juicio contra Jesús, en cuya sentencia coincidieron ambos gobernantes. Para los dos, Jesús constituía un peligro y a los dos convenía que fuera liquidado cuanto antes. Herodes Antipas fue destituido de su cargo por el emperador romano Calígula seis años después de la muerte de Jesús.

117- LIBERTAD PARA LOS PRESOS

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