54- LA CABEZA DEL PROFETA

Herodías, amante del rey Herodes, logra que éste le traiga en un plato la cabeza del profeta Juan.

Desde hacía muchos meses, el profeta Juan veía pasar lentamente los días y las noches en el oscuro y húmedo calabozo de la fortaleza de Maqueronte donde el rey Herodes lo tenía preso.(1) La voz del que gritaba en el desierto preparando los caminos del liberador de Israel, se iba apagando entre las sucias paredes de aquella celda. Un día, la puerta del calabozo se abrió y entró Matías, uno de los amigos del profeta. Venía de Galilea, de ver a Jesús.

Matías – ¡Juan, Juan, ya estoy aquí de vuelta! ¿Cómo estás?
Bautista – Te dije que no me moriría antes de que regresaras. Y lo he cumplido. Y Tomás, ¿dónde está?
Matías – En Jerusalén. Ha ido a celebrar allí la Pascua con ese Jesús, el de Nazaret, y un grupo de sus amigos. Cuando acaben las fiestas vendrá por aquí.
Bautista – Háblame de Jesús. ¿Pudieron verlo? ¿Le dieron mi mensaje?
Matías – Sí, Juan. Para eso he venido. Para decirte que…
Bautista – ¿Que puedo morir tranquilo?
Matías – No digas eso, Juan. Tú no vas a morir. Mira, te he traído estas medicinas.
Bautista – Cuéntame lo que dijo Jesús. Es lo que más me interesa.
Matías – Jesús te dice que allí en Galilea la gente va abriendo los ojos. Que el pueblo se está poniendo de pie y echa a andar. Que a los pobres se les abren las orejas para escuchar la Buena Noticia. Que Dios está con nosotros y… y que él espera que todo esto te alegre, Juan.
Bautista – Claro que me alegra, Matías. En una boda, el novio es quien se queda con la novia. Pero el amigo del novio, que está allí, también se pone muy contento. Ahora le toca a Jesús. Él tiene que crecer mientras yo voy desapareciendo.
Carcelero – ¡Eh, tú, basta ya de palabrerías! ¡Se acabó el tiempo!
Matías – Tengo que irme, Juan. Pero volveré pronto. En cuanto pueda.
Bautista – Te estaré esperando. Si vuelves a ver a Jesús, dile que agarre bien el arado y no mire hacia atrás. Y que si alguna vez salgo yo de este infierno, que… que cuente conmigo.
Matías – Se lo diré, Juan, se lo diré.
Carcelero – ¡Vamos, que bastante hago dejándote entrar aquí a ver a tu profeta! ¡Andando!

Matías y el carcelero se alejaron por los estrechos escalones que salían al patio. Juan se dejó caer sobre el sucio jergón, mirando fijamente el techo atravesado de goteras. Y se quedó dormido, recordando el rostro moreno de Jesús, aquel campesino de Nazaret que él habla bautizado hacía sólo unos meses en las aguas del Jordán.

Por aquellos días, se celebró en el palacio de Maqueronte el cumpleaños de Herodes.(2) Los lujosos salones del rey se llenaron de invitados: funcionarios y capitanes romanos, comerciantes venidos de Jerusalén, reyezuelos de las tribus beduinas del desierto. Todos querían felicitar al tetrarca de Galilea.

Hombre – ¡Viva el rey Herodes durante cien años más!
Mujer – ¡Salud, soberano de Galilea!
Herodes – ¡Bienvenidos todos a mi casa! ¡Que empiece la fiesta!
Mujer – ¿Te has fijado? Este Herodes tiene unas ojeras que asustan.
Amiga – Dicen que desde que metió preso al profeta Juan sufre unas pesadillas terribles…
Mujer – Pues cuando se despierte será peor. He oído que el tal Juan ni en la cárcel se está quieto. Tiene revolucionados a los demás presos. Y hasta agita a los carceleros.
Amiga – ¿De veras? No puedo creerlo.
Mujer – Pues créelo, mi amiga. Y te digo que si el rey se descuida, ese melenudo nos va a hacer pasar un mal rato a todos. En fin, querida, esperemos que el rey le tape la boca a tiempo.
Amiga – ¡Y si el rey no se decide, que la reina le dé un empujoncito! ¡Je, je!
Herodías – ¿Qué te pasa, Herodes, mi amor? Esta mañana no haces más que mirarte el ombligo. ¿Te aburres?
Herodes – Déjame en paz…
Herodías – Humm… ¿Qué te pasa? Ven, ven… ¡Ja, ja! ¿Quieres un poquito de este licor? Te animará. Ven…
Herodes – Herodías, ¿Tú crees que esta bulla se oirá allá abajo?
Herodías – ¿Dónde abajo? ¿De qué estás hablando?
Herodes – ¡En los calabozos! ¿Dónde va a ser?
Herodías – ¡Otra vez lo mismo! ¡Sí, pues claro que se oye! ¿Y qué importa? ¿A qué le tienes miedo? ¿A un profeta sarnoso? ¡Pues sí, lo oye, lo oye todo! ¡Y se muere de envidia! ¡Profeta! ¿No quiso meterse en líos? ¡Pues ahora que las pague todas juntas! ¡Que se pudra! ¡Que reviente!
Herodes – No hables así, Herodías. Puede… puede traer mala suerte.
Herodías – La única suerte sería que ese maldito profeta se muriera de una vez. ¡Estoy harta de verte pensando en él continuamente! ¡No seas estúpido, Herodes, olvídate de esa carroña o córtale el pescuezo, decídete!
Herodes – No puedo, Herodías, no puedo… ¡no puedo!

Herodías, la amante de Herodes, la que era mujer de Filipo, el hermano del rey, odiaba a Juan.(3) Lo odiaba porque el profeta le echaba en cara a Herodes todos sus crímenes y hasta su adulterio con ella.

Herodías – ¡Salomé! ¡Salomé! ¡Ven acá, preciosa!
Herodes – ¿Para qué llamas ahora a esa hija tuya?
Herodías – Espérate, no seas impaciente…
Salomé – Sí, mamá…
Herodías – Salomé, hija, el rey está preocupado. Y yo he pensado que sólo tú puedes espantar los negros pensamientos que tiene en la cabeza.
Salomé – ¿Qué quieres que haga, mamá?
Herodías – Baila. Baila para él la danza de los siete velos. Ya sabes, uno a uno…

La música de la fiesta llegaba hasta los calabozos del palacio…

Carcelero – Tú, desdichado, ¿no oyes el jolgorio que se traen allá arriba? ¡Es la fiesta de nuestro rey!
Bautista – De tu rey, dirás. Yo no tengo nada con él.
Carcelero – Hay mucha comida, vino del más caro, música… ¡Una francachela por todo lo alto!
Bautista – Déjalos. Están engordando como los cerdos para el día de la matanza.
Carcelero – Ya te lo he dicho, lengua larga. Por eso estás aquí trancado. Si cerraras el pico de una vez, a lo mejor el rey te soltaba.
Bautista – Que me suelte y gritaré más duro que antes.
Carcelero – Ay, amigo, tú no tienes remedio. Escucha, yo soy un soldado bruto, pero la gente como tú… Si supieras, yo admiro a los tipos valientes como tú.
Bautista – No me sirve para nada esa admiración. Son palabras. Tú que puedes, ve y haz algo. Háblales a tus compañeros, diles que ustedes son hermanos nuestros, que no levanten la espada contra sus propios hermanos.
Carcelero – ¿Que diga yo eso? ¡Ja! Pero, ¿qué quieres? ¿Que me corten la lengua?
Bautista – No te atreves, ¿verdad? Pues mira, haz una cosa más fácil. Abre ese cerrojo y déjame escapar a mí y yo les hablaré.
Carcelero – ¡Ja! Peor me lo pones. Si te suelto, me cortan no la lengua sino la cabeza. No, no, no me embarulles. Yo soy un soldado. Cumplo órdenes. Y la orden que me ha dado mi jefe es vigilarte y tenerte a raya a ti.
Bautista – Las órdenes de un hombre injusto no tienes por qué cumplirlas. Rebélate, compañero.
Carcelero – Pero, ¿qué dices? ¿Estás loco? Yo soy un soldado. Y para eso estamos nosotros, para obedecer lo que nos manden. La ley es la ley.
Bautista – La ley de Herodes es el crimen y el atropello. La ley de Dios es la libertad.(4) Abre las rejas, deja salir a los presos. ¡Rebélate, compañero!

Mientras tanto, arriba, en el gran salón del palacio, Salomé terminaba de bailar, encandilando a todos los comensales. Y especialmente, al rey Herodes…

Herodes – ¡Muy bien, Salomé, muchacha! ¡Qué bien meneas las piernas, pollita! ¡Ja, ja! Me has hecho babear de gusto… Te mereces un buen regalo. ¡Ea, pídeme lo que quieras! Brazaletes, sedas, oro, plata, perfumes… Te prometo que cualquier cosa que me pidas, te la daré. ¡Te mereces la mitad de mi reino!

Entonces Herodías, que estaba reclinada junto al rey, miró a Salomé y le guiñó un ojo. Todo estaba planeado antes del baile.

Salomé – Mi señor: falta un plato en esta mesa.
Herodes – ¿Cómo dices? ¿Es que quieres comer más? No me gustaría que engordaras, muchacha. ¡Estás muy bien así como estás! ¡Ja, ja! ¿No lo creen ustedes? A ver, ¿qué quieres? ¿Más salsa, pollos, una cabeza de cordero?
Salomé – No. Quiero la cabeza del profeta Juan.
Herodes – ¿Cómo has dicho?
Salomé – Que me regales la cabeza del profeta. ¡Que me la traigan ahora mismo en un plato!
Herodes – Pero… pero, ¿qué estás diciendo, Salomé?
Herodías – Lo que has oído, Herodes.
Herodes – Esto es una trampa. ¡Maldita! Yo no puedo hacer eso.
Herodías – Has jurado delante de mucha gente, Herodes. Hay muchos testigos. ¿Es que el tetrarca de Galilea tiene palabras que se lleva el viento?

En el salón se hizo un gran silencio. Sólo lo rompía el tintinear de algunos vasos. Los borrachos no se enteraban de lo que estaba pasando allí. A Herodes le temblaban los labios cuando dio la orden.

Herodes – Aquiles, ve abajo, al calabozo y… haz lo que ha pedido esta muchacha.

Aquiles, uno de los guardaespaldas del rey, cumplió la orden recibida. Juan no dijo una palabra. Sus ojos quedaron abiertos, como cuando allá en el río miraban al horizonte esperando ver llegar al Mesías.

Cuando Matías y sus amigos lo supieron, recogieron su cuerpo, curtido por el sol del desierto y por los tormentos de la cárcel, y lo llevaron a enterrar. Todo Israel lloró al profeta Juan, el que preparó los caminos del liberador de Israel.
Mateo 14,3-12; Marcos 6,17-29.

Comentarios

1. En la época de los reyes, unos mil años antes de Jesús, surgió en Israel la cárcel como institución. En general, servían como calabozos dependencias que estaban dentro de los mismos palacios de los reyes o jefes de la ciudad. En tiempos de Jesús se podían hacer visitas a los presos. Éstos estaban generalmente encadenados y como castigo se les aplicaba, entre otras medidas, el cepo en los pies. Juan el Bautista sufrió la cárcel durante algunos meses en las mazmorras del palacio que Herodes tenía en Maqueronte, cerca del Mar Muerto.

2. Herodes el Grande, padre de Herodes Antipas, no tenía sangre judía. Era hijo de un idumeo y de una mujer descendiente de un jeque árabe. Las costumbres de su corte estaban influenciadas, más que por la estricta moral judía, por costumbres extranjeras y helenísticas. Herodes el Grande se casó diez veces y llegó a tener nueve esposas a la vez. Celebraba orgías donde el lujo de los vestidos y el derroche en las comidas eran famosos en los países vecinos. Era aficionado a luchas de fieras, teatro y juegos de gimnasia. La corte de su hijo Herodes Antipas, el rey de Galilea en tiempos de Jesús, cultivó también este estilo de vida. En Maqueronte, fortaleza y palacio a la vez, se celebraban a menudo grandes francachelas. El cumpleaños de Herodes era ocasión anual para ellas.

3. Herodes Antipas fue un hombre políticamente corrupto. Sus costumbres personales no fueron tampoco ejemplares. Por ambición de poder se casó con una hija de Aretas IV, rey árabe. Después, en un viaje que hizo a Roma, se hizo amante de Herodías, casada con Filipo, uno de sus hermanastros, y repudió a la hija de Aretas. Esto provocó una guerra entre el rey árabe y el rey galileo, en la que parece que Antipas resultó vencedor. Desde entonces, Herodes vivió con Herodías, que se trajo con ella a su hija Salomé. La oposición que Juan manifestó ante la unión adúltera de Herodes y la denuncia que hizo siempre de los crímenes y abusos del rey, le enemistaron con esta mujer, que fue la que en último término decidió la muerte del gran profeta del Jordán.

4. La más antigua tradición cristiana abre espacio a la desobediencia civil cuando se trata de elegir entre la ley de Dios y una ley injusta (Hechos 5, 27-29). Hasta nuestros días ha llegado este clamor profético de rebelión en las últimas palabras que pronunció en su catedral el arzobispo mártir de San Salvador, Oscar Romero: “Ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ¡No matar! Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios”.

54- LA CABEZA DEL PROFETA

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