64- ÁRBOLES QUE CAMINAN

El ciego Bernabé pide limosna en la plaza de Betsaida. Un grupo de jóvenes se burla de él. Jesús se compadece y lo cura.

La plaza de Betsaida estaba sembrada de almendros.(1) A la sombra de uno de ellos, el más frondoso de todos, se recostaba cada mañana Bernabé, un pobre viejo que siempre llevaba sobre los hombros un grueso manto negro, lleno de manchas y de agujeros.

Bernabé – Es que, yo creo que tengo hielo metido en los mismísimos huesos, mujer. Y no se me sale con nada. ¡Si no fuera por este manto que tú me cosiste!
Hombre – Ah, viejo loco, ¿con quién estás hablando?
Bernabé – Te digo que ya no sé ni qué hacer. Si por mí fuera, me iría lejos, muy lejos… Pero, ¿y si después los árboles preguntan y les dicen que yo me fui? Los pobres, se quedan sin compañía. Pero yo creo que voy a tener que irme, sí, acabaré haciéndolo…

Bernabé hablaba solo desde hacía muchos años. Desde hacía muchos años también, sus ojos no podían ver la luz del sol. Unas brasas que saltaron del fogón donde su mujer preparaba la comida le habían dejado ciego.(2) Un año después, murió su mujer, sin haberle dado todavía ningún hijo. Y Bernabé se quedó solo, con el recuerdo de su esposa muerta y pidiendo limosna junto a los árboles de la plaza.

Bernabé – ¡Una limosna y Dios se la devolverá en salud! ¡Una limosna, por el amor de Dios!
Muchacho – ¡Ahí está el ciego Bernabé! ¡Vamos a darle una “limosna”, ja, ja, ja!
Amigo – ¡Pero no te rías, tonto, que se va a dar cuenta! Ven, vamos…
Bernabé – El caso es que no puedo ir hasta allá, mujer. Hay muchas piedras por el camino y ni con el bastón me las arreglo. Si tú estuvieras conmigo sería distinto…
Muchacho – ¿Ves cómo habla solo? ¡Está rematado! ¡A ver qué cara pone!
Bernabé – ¡Una limosnita, por caridad del cielo!
Muchacho – Mire, viejo, tenga… Son unos ahorritos… con ellos tendrá para pasar una semana.

Los muchachos, fingiendo la voz, pusieron sobre las manos del ciego Bernabé una bolsita de tela que pesaba mucho.

Bernabé – Pero, señora, ¿cómo va a darme usted una limosna tan grande?
Muchacho – No se preocupe, viejo. Nosotros tenemos ojos y usted no. Todo eso es para usted, para que no tenga que venir nunca más aquí a pedir. Ya usted ha sufrido bastante…
Bernabé – Gracias, señora, gracias. Ya te decía yo, mujer, que todavía queda gente buena en este mundo…
Muchacho – ¡Adiós, viejo, que el Señor lo bendiga!

Los muchachos, aguantando la risa, se alejaron un poco del almendro donde Bernabé estaba arrimado, mientras el ciego desataba contento la bolsita que le acababan de entregar.

Bernabé – Pero… pero, ¿qué es esto? ¡Ay, desalmados! ¡Desalmados!

De la bolsa, llena de pequeñas y pulidas piedras de río, salió un buen puñado de cucarachas que le corrieron a Bernabé por los brazos y se le metieron por entre los pliegues del manto. EI ciego manoteaba para espantarlas, mientras los muchachos se retorcían de risa viéndolo dar brincos y echar mil maldiciones.

Muchacho – ¡Ja, ja, ja! ¡El viejo Bernabé tiene ojos y no ve! ¡El viejo Bernabé, tiene ojos y no ve!
Mujer – Pero, ¿qué le pasa ahora a ese viejo loco?
Muchacho – Nada, ¡que está enseñando a bailar a las cucarachas!
Mujer – ¡Lo último, lo último! ¿Qué no se le ocurrirá? Bueno, al menos nos reímos con él. Porque si no, ¡para lo que sirve ese infeliz!

Casi todos los días pasaba algo parecido en la plaza de los almendros de Betsaida. El ciego Bernabé era el hazmerreír del pueblo. Todos se burlaban de él.

Muchacho – ¡Eh, viejo, adivina quién fue ahora! ¡Puah!
Amigo – Tú, tú, te toca a ti… Ahora… ¡Puah!
Muchacho – ¡Adivina quién fue, adivina Bernabé!
Bernabé – ¡Desalmados, malnacidos! ¡Malnacidos!

Cuando aquella mañana llegamos a la plaza de Betsaida, un grupo de muchachos tenía al ciego Bernabé amarrado con cuerdas a uno de los almendros. Se turnaban para escupirlo procurando acertarle con la saliva en los ojos y le pedían después que adivinara quién lo había hecho. Alguna gente se había juntado alrededor.

Jesús – Pero, ¿qué es esto, qué pasa aquí?
Mujer – No sé, forastero. Este viejo ciego que anda medio loco…
Juan – Pero si le están escupiendo… ¿Por qué le hacen eso?
Mujer – ¡Déjenlo ya, caramba, pobre hombre! Bueno, juegos de muchachos, ya usted sabe. Con algo se tienen que divertir.
Jesús – Claro, y los mayores también se divierten, ¿no?
Hombre – Mira tú, forastero, entrometido, ¿tienes algo que decir, eh? ¿Tienes algo que decir? Que yo sepa, cada uno se divierte con lo que le da la gana. ¿O no, eh? ¿O no?
Muchacho – ¡Déjame a mí! ¡Déjame! ¡Ahora me toca a mí!
Todos – ¡El viejo Bernabé, tiene ojos y no ve! ¡El viejo Bernabé, tiene ojos y no ve!
Jesús – Oiga, amigo, si usted fuera ciego, ¿le gustaría que le hicieran eso?
Hombre – Yo no soy ciego, ¡a mí qué me cuenta! ¡Y si no le gusta el juego, ahueque el ala!

Cuando a mediodía Jesús y yo volvimos por la plaza, ya había acabado el juego. Pero el viejo Bernabé tenía todavía los brazos atados al almendro. Jadeaba y hablaba solo, con la cara llena de salivazos.

Bernabé – Y me montaré en un barco, mujer, en uno de ésos que atraviesan el lago, y me iré. Allá, en la otra orilla, dicen que la gente es distinta, que los niños te dan la mano y que los hombres te ayudan…
Jesús – De la otra orilla del lago venimos, viejo.
Bernabé – ¿Eh? ¿Quiénes… quiénes son ustedes?
Juan – Llegamos esta mañana. Te vimos en la plaza.
Bernabé – ¡Malnacidos! ¿Qué… qué vienen a hacerme ahora? ¡Váyanse! ¡Váyanse con ellos y déjenme en paz!
Jesús – Venimos a desatarte, viejo. No tengas miedo. No nos gustó nada ese juego que jugaban contigo.
Bernabé – ¿De dónde son ustedes?
Jesús – Venimos de Cafarnaum.
Bernabé – ¿Del otro lado del lago?
Juan – Sí, de allá. ¿No has estado nunca en la otra orilla?
Bernabé – Cuando aún veía, sí. Pero de esto hace muchos años. Ya ni me acuerdo…
Jesús – Ea, Juan, vamos a desatarlo.
Bernabé – ¿Qué van a hacerme? ¡Por favor, tengan piedad de mí!
Jesús – No tengas miedo, viejo. No te haremos daño. No tengas miedo.
Bernabé – ¡Malnacidos! Se ríen de mí todo el día… y yo… yo no puedo hacer nada.
Juan – Alegra esa cara, viejo, ya estás suelto.
Bernabé – ¿Suelto? Mañana o pasado volverán a amarrarme y a hacerme lo mismo. Siempre es igual.
Jesús – ¿Te han hecho esto otras veces?
Bernabé – Esto y más. Cuando no me escupen, me pegan con un palo, o me echan cucarachas y tengo que huir… y me lastimo. Bueno, pero ya estoy acostumbrado. Ya no me importa.
Jesús – ¿No te importa? Entonces, ¿por qué estás llorando?
Bernabé – Porque siempre me duele. No, no estoy acostumbrado. Siempre me duele…
Jesús – Vamos, viejo, vámonos de aquí.
Bernabé – ¿Que me vaya?
Juan – Sí, venga con nosotros.
Bernabé – Pero, ¿ustedes están locos? ¿A dónde me quieren llevar ustedes?
Jesús – Lejos de aquí, viejo, donde no le hagan daño.
Bernabé – Pero… pero es que yo no puedo hacer eso. ¿Cómo me voy a ir y los dejo solos? ¿Ves lo que te decía, mujer? Que yo no sé qué hacer ya… Estos forasteros me dicen que vaya con ellos, pero si me voy, ¿quién les hace compañía a los árboles y…? Bueno, si tú quieres que vaya con ellos, yo voy, mujer, pero después no digas que yo…
Jesús – Vamos, viejo, apóyese en mí, así, sujétese bien para que no tropiece. Vamos…

Y nos fuimos alejando de la plaza por un camino estrecho, bordeado de palmeras, que salía fuera de la ciudad. Bernabé se apoyaba en su bastón y en la mano ancha y callosa de Jesús. Cojeaba un poco.

Juan – ¿Qué le pasa en el pie, viejo?
Bernabé – ¿Qué me va a pasar? Que hace unos días me lo quemaron con un tizón encendido. “Adivina quién te lo hizo”… ¡Si yo pudiera adivinarlo! ¡Malnacidos!
Jesús – Ya eso pasó. Ya no volverán a hacerle nada malo.
Bernabé – Sí, ellos vuelven, vuelven siempre y me amarran, y yo no les hago nada a ellos. Entonces, ¿por qué se meten conmigo y me pegan, dime?
Juan – Olvídese de esa gente, viejo, no le siga dando vueltas a lo mismo.
Bernabé – Eso dices tú, muchacho. Y también lo dice mi mujer, que me olvide de ellos. Pero yo no puedo olvidarme, porque… porque yo los odio, ¿sabes? Antes, cuando veía, yo no sabía lo que era eso, el odio. Pero ahora sí. Es como una cosa aquí dentro que no se saca con nada. Sí, mujer, es feo decir esa palabra, pero ¿qué voy a hacer, si lo siento? ¡Claro, porque tú no has pasado las que he pasado yo!

Seguimos caminando, alejándonos cada vez más de la ciudad. El sol del mediodía abrasaba el camino y hacía brillar las hojas de los árboles. El ciego Bernabé no podía ver aquella luz que a nosotros nos deslumbraba.

Bernabé – Es lo que yo digo, muchachos, que los hombres son peores que las bestias. Porque las bestias matan para comer, pero los hombres hacen daño sólo por el gusto de hacerlo… ¡y encima se ríen! ¿Sabes lo que me hacen a mí? Me escupen, me escupen en la cara… en los ojos. ¿Te das cuenta?
Jesús – Oiga, viejo, espérese un momento…
Bernabé – ¿Qué… qué estás haciendo tú? No, no me hagas eso, muchacho… tú no… tú no…

Jesús escupió en sus manos y con los dedos mojados en saliva tocó los ojos del ciego.

Jesús – Espérese, viejo… quédese quieto. ¿Sabe una cosa? Que los hombres a veces somos malos. Pero Dios siempre es bueno.
Bernabé – Oye, oye, ¿qué me estás restregando tú en los ojos?
Jesús – Nada, no se preocupe. Ahora, ábralos…

Jesús quitó los dedos de los ojos de Bernabé.

Jesús – ¿Puede ver algo, viejo?
Bernabé – Yo… yo… ¡sí, sí! Estoy viendo muchos árboles… Y te veo a ti y a tu compañero. Parecen árboles que caminan…

Jesús se acercó al ciego y le puso otra vez la mano sobre los ojos. Bernabé estaba llorando.

Jesús – ¿Qué pasa, viejo? ¿Por qué llora?
Bernabé – He vuelto a ver los árboles, muchacho.(3) Allá en la plaza del pueblo, los almendros han sido mis únicos amigos, ¿sabes? Me han dado sombra y, cuando llegaba su tiempo, me han dado sus frutos. Ahora los volveré a ver… A los hombres, no, a ésos no quiero verlos.
Juan – Pero nos está viendo a nosotros.
Bernabé – Ustedes han sido amigos míos… como los árboles.

A través de sus lágrimas, Bernabé comenzó a distinguir el camino, las piedras, las flores. Y allá, a lo lejos, las siluetas de las casas de Betsaida.

Bernabé – No quiero volver allá.
Jesús – No, no vuelva a ese pueblo. Siga mejor por este camino. Al caer la tarde, llegará a Corozaim. Quédese allí. Y no le cuente a nadie lo que ha pasado. Y tampoco haga nunca a nadie lo que no le gustó que le hicieran a usted.

Bernabé nos miró con sus ojos pequeños y arrugados, llenos ahora de luz. Y cojeando, con su largo bastón, se puso en marcha. Como siempre, iba hablando solo…

Bernabé – Si lo hubieras visto tú, mujer… Era un hombre, pero parecía un árbol. Podías apoyarte en él y daba sombra. Si lo hubieras visto tú, mujer…

Y el viejo Bernabé se fue alejando hasta perderse en el horizonte, iluminado por el grande y rojo sol de Galilea.
Marcos 8,22-26

 

Comentarios

1. Betsaida, que significa “casa del pescado”, era una pequeña ciudad situada al norte del lago de Tiberíades, en la orilla oriental del Jordán, que no pertenecía políticamente a Galilea. En ella nacieron Felipe, Pedro y su hermano Andrés. El tetrarca Filipo la llamó Julia, en honor de la familia imperial romana que tenía este apellido. Hoy no quedan restos de esta ciudad. Se supone que los aluviones depositados por el río Jordán al desembocar en el lago sepultaron la antigua aldea pesquera.

2. La ceguera era una enfermedad muy corriente en Israel en tiempos de Jesús. El clima seco y el fuerte sol influían en la proliferación de esta dolencia. En general, la ceguera abundó en todo el mundo antiguo, debido a la falta de condiciones higiénicas y al desconocimiento de cuáles eran las causas que originaban esta enfermedad, tenida por incurable y considerada un especial castigo de Dios.

3. Jesús realizó curaciones que resultaron asombrosas para sus contemporáneos. Hizo ver a los ciegos y caminar a los paralíticos. Se trató de enfermedades reales, muchas de ellas relacionadas con situaciones sicológicas especiales: “endemoniados”, locos, epilépticos. Curó también a leprosos, teniendo en cuenta la amplia gama de enfermedades que esta palabra abarcaba en tiempos de Jesús. Todas estas curaciones estuvieron en la línea de lo que la medicina llama hoy “terapia de superación”. Aún aplicando normas muy críticas al leer los milagros que relatan los evangelios algunos duplicados, otros excesivamente adornados, otros basados en relatos similares de otras culturas, queda siempre un núcleo histórico por el que llegamos a ver en Jesús a una persona que tuvo influencia y poder, más que sobre la enfermedad, sobre los enfermos.

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