66- CON EL PODER DE BELCEBÚ

En Corozaín, se topan con un hombre sordo y mundo, “endemoniado”. Un fariseo lo exorciza. Jesús lo tranquiliza y lo cura.

Después de pasar por las ciudades fenicias de Tiro y Sidón, dimos un rodeo por varios pueblos de la Decápolis y salimos nuevamente al lago de Galilea. Recuerdo que estábamos llegando a Corozaim cuando nos cruzamos con un tumulto de campesinos que corrían y gritaban furiosos. Delante de todos, a poca distancia ya, iba jadeando y dando tropezones, un hombre bajito y sucio, con la túnica hecha trizas. Tras él, acorralándole como a una bestia, corrían los hombres con rastrillos y piedras en las manos.

Vecino – ¡Vete de aquí, Satanás! ¡Vete, vete!
Vecina – ¡Al desierto! ¡Los demonios al desierto! ¡Fuera de aquí!
Vecino – ¡Eres tú, Belcebú! ¡Eres tú, Belcebú! ¡Eres tú, Belcebú!

Una piedra voló sobre nuestras cabezas y dio de lleno en la nuca a aquel infeliz. El hombre cayó revolcándose en el camino. Y ya no se movió.

Vecino – ¡Anatema contra Serapio, anatema contra él!
Vecina – ¡No se acerquen mucho, ese hombre tiene el demonio dentro!
Vecino – ¡Anatema contra Serapio!

Jesús y yo nos fuimos abriendo paso entre la multitud enfurecida y logramos ver al tal Serapio que lloriqueaba en el suelo, con la cabeza entre las manos y temblando de miedo.

Vecino – ¡Que venga el fariseo! ¡Que venga el fariseo!
Fariseo – ¡Aquí estoy, caramba! ¡Pero déjenme pasar, alborotadores!

Un anciano alto, con el manto de las oraciones sobre los hombros, apareció en medio de todos.

Vecina – ¡Reza el exorcismo, fariseo!(1)
Vecino – ¡Un ensalmo especial para este maldito!
Jesús – Oye, tú, ¿qué lío hay aquí? ¿Quién es este hombre?
Vecino – Un endemoniado ¿No lo estás viendo?
Jesús – ¿Y qué le pasó?
Vecina – ¿Qué le va a pasar? ¡Que se le coló el demonio dentro! Como el que se traga una mosca, así se tragó éste al mismísimo Satanás!
Vecino – El muy desgraciado llevaba una semana escondido y no sabíamos de él. Pero el viejo Cleto lo encontró esta mañana, ¡qué caray! ¿Y sabes dónde? ¡Ahí, dentro del pozo, como una rata metida en su agujero, empuercando el agua que bebemos todos!
Vecina – ¡Maldita sea, si no fuera por Cleto! ¡Lo sacó de allí con una cuerda!
Vecino – ¡Reza la oración, fariseo, de prisa, que este tipo es peligroso! ¡Está endemoniado!
Jesús – ¿Y están seguros que está endemoniado?
Vecina – Claro que sí. Mira tú, es un demonio tan fuerte que no lo deja oír ni hablar. Le tiene amarrada la lengua y tapadas las dos orejas.

El fariseo ya estaba preparado y nos mandó callar.

Fariseo – ¡Silencio todos, para que Dios pueda oír lo que pedimos! Y si alguno ve al demonio salir de este hombre, tírese pronto a tierra para que no se le cuele a él y tengamos un daño sobre otro.

Todos nos pusimos en puntillas para ver mejor al infeliz Serapio que seguía acurrucado en el suelo. Entonces, el fariseo levantó las dos manos y comenzó la oración para expulsar al demonio sordo y mudo.(2)

Fariseo – ¡Aléjate de este hombre, Satanás!(3) ¡Vete, vete de aquí, sal del cuerpo de Serapio! ¡Te lo mando yo, por orden de Dios! ¡Satanás, Serpiente sucia, Maligno de pezuñas partidas, Bestia de los siete cuernos, sal fuera! ¡Aléjate, Asqueroso, aléjate Luzbel, sal, sal de este hombre, Diablo impuro, Diablo sordo, Diablo mudo! ¡Belcebú! ¡Dominador del hombre, Tentador de la mujer, vete de aquí, húndete en el mar, quémate en el fuego, vuelve a los infiernos! Este hombre no se mueve… Ni oye ni habla. ¡Tiene el diablo metido en el tuétano! Pero yo se lo sacaré, sí señor, ¡yo le sacaré el demonio como sea!
Vecina – Eh, fariseo, ¿por qué no prueba con candela? Dicen que el demonio es como el alacrán, que se clava su propia ponzoña cuando siente el fuego cerca.
Fariseo – Sí, vamos a probar con fuego. Ustedes cuatro, agárrenlo bien de pies y manos. Fuerte, que no patalee. Y tráiganme una tea. Le daremos candela en los pies, a ver si habla. El demonio mudo huye con la candela.

El fariseo tomó una tea ardiendo y se la acercó a la planta de los pies de Serapio, que nos miraba aterrorizado…

Serapio – ¡Aaaagg! ¡Aaaagg!

En el aire se sintió el olor a carne chamuscada. El sordomudo se retorcía sin poder escaparse de los cuatro forzudos que lo sujetaban en el suelo…

Serapio – ¡Aaaagg! ¡Aaaagg!
Fariseo – Es un demonio muy poderoso. Más poderoso que la candela. Le tiene amarrada la lengua con cuatro nudos. Pero no se preocupen, ahora le destaparemos las orejas. El demonio sordo se ahuyenta con agua hirviendo. ¡Ea, tráiganme el cacharro para destupir los oídos de este desgraciado! ¡Ustedes, agárrenlo bien y voltéenle la cara!

El fariseo derramó el agua hirviendo en los oídos de Serapio que pataleaba enloquecido…

Serapio – ¡Aaaaggg! ¡Aaaaggg!
Fariseo – ¿Me oyes? ¿Me oyes?… ¿No oyes nada, maldito?
Vecina – Digo yo, fariseo, si serán siete demonios en vez de uno y por eso no se le ablandan las orejas.
Fariseo – Espérense. Vamos a probar las agujas. ¡Con estas agujas mi padre le sacó no siete sino setenta demonios del cuerpo a una bruja! ¡Estos pinchazos en las ingles no hay demonio que los aguante! ¡Agárrenlo bien!

Jesús, que estaba a mi lado, perdió la paciencia y se abalanzó sobre el fariseo…

Jesús – ¡Basta ya, por Dios, basta ya! ¿Qué es lo que quieren? ¿Matarlo?
Fariseo – Este hombre está endemoniado. Hay que sacarle el demonio del cuerpo.
Jesús – Al paso que vas, le sacarás el alma. ¡Déjenlo ya tranquilo, caramba! ¿No ven que es un pobre infeliz?
Fariseo – ¿Un infeliz? ¡Ja! ¡Se ve que no lo conoces! Tiene el demonio sordo y tiene el demonio mudo. ¿Te parece poco? No he podido echarlos fuera ni con candela ni con agua hirviendo.
Jesús – No me extraña que no hayas podido.
Fariseo – ¿Por qué dices eso?
Jesús – ¿No te acuerdas lo que aprendió el profeta Elías allá en la cueva del Sinaí? Que Dios no estaba en el fuego ni en el huracán, sino en la brisa suave.
Fariseo – ¿Qué quieres decir con eso?
Jesús – Que este hombre no necesita una tea ardiendo sino el calor de una mano que lo ayude. No necesita agua hirviendo. Basta con un poco de saliva.
Fariseo – Oye, tú, forastero, ¿qué vas a hacer? ¡Espérate!

Pero Jesús ya se había inclinado sobre el sordomudo que seguía en el suelo, boca arriba, con la respiración entrecortada y una mueca de terror en la cara.

Serapio – Ahh… Ahh… Ay…
Jesús – No tengas miedo, no te voy a hacer daño, hermano.

Jesús se mojó los dedos en saliva. Luego tocó la lengua y los oídos de Serapio y sopló sobre su frente con suavidad.

Jesús – Ábrete… ¿Ves lo que te decía, fariseo? El Espíritu de Dios es como una brisa ligera. Este hombre ya esta curado.
Fariseo – Pero, ¿qué patrañas inventas tú? ¡Qué va a estar curado! El único que sabe de exorcismos soy yo, ¿me entiendes? Y este desgraciado tiene por lo menos siete demonios dentro que le amarran la lengua y le tapan los oídos.
Serapio – ¡Tú, tú… los siete demonios tú!

Cuando Serapio, desde el suelo, dijo aquellas palabras, nos arremolinamos más. Unos nos empinábamos sobre los otros y todos queríamos ver de cerca al que había sido sordomudo. Los hombres más fuertes amenazaron con los rastrillos y consiguieron un poco de orden. Entonces, el fariseo tomó la palabra…

Fariseo – Vecinos de Corozaim, como ustedes ven, Satanás siempre se sale con la suya. Queríamos liberarnos de este demonio sordomudo y nos ha salido al paso otro demonio mayor. ¡Este forastero que le ha untado saliva está más endemoniado que Serapio!
Vecina – ¿Por qué dices eso, fariseo?
Fariseo – ¿Que por qué lo digo? Porque sólo un clavo saca a otro clavo. ¡Si él le ha sacado el demonio a este infeliz, sólo puede haberlo hecho con el poder del mismo Belcebú!
Vecina – ¿Cómo puede ser eso, fariseo? Si Belcebú echa fuera a Belcebú, entonces el demonio se volvió loco porque está peleando contra sí mismo, ¿no le parece?
Fariseo – ¡Cállate, que tú también debes estar endemoniada! Vecinos, este forastero que tienen delante ha sacado al demonio con el poder del mismo demonio. Vamos, vamos, recojan piedras para tirarle… ¿No me han oído? ¡Este hombre está poseído por el diablo!

Pero los campesinos de Corozaim no se agacharon para recoger las piedras ni empuñaron sus rastrillos contra Jesús…

Fariseo – ¡Digo y repito que ha llegado a nuestra ciudad el mismísimo Belcebú! ¡Ustedes lo tienen delante!
Vecina – ¡Pues yo no sabía que el demonio fuera tan buen mozo!
Fariseo – ¿Ah, sí, verdad? ¿Con que no me obedecen? ¡Ahora mismo iré a informar al gran rabino Josafat que todos ustedes han sido contagiados por el demonio de la rebeldía! ¡Todos están en poder de Satanás! ¡Todos están poseídos por el Maligno!

El fariseo, indignado, se sacudió el polvo de la túnica, dio media vuelta y se fue. La gente estaba pendiente de las palabras de Jesús.

Jesús – No, amigos, no ha llegado Belcebú. ¡Es el Reino de Dios el que ha llegado! ¡Y cuando llega el Reino de Dios, el demonio está vencido, no puede hacer nada! ¡Ya no hay que tener miedo a ningún demonio!
Vieja – ¡Tampoco digas eso, muchacho! ¡Al demonio nunca le ganan porque tiene una cola larga, larguísima, de cuarenta pies de largo! Y dicen que cuando Dios lo encierra en la cárcel, él saca la cola y abre el candado con la punta. ¡El demonio siempre anda suelto!
Jesús – Que no, abuela, que no. El demonio está bien amarrado. Dios ya le cortó la cola. El único que tiene poder es Dios. De veras, el demonio ya no se encarama en nadie ni se cuela en el cuerpo de nadie. No tengan miedo. El Espíritu de Dios es el único que entra en nuestra alma. Entra y sale y tiene las llaves. Y como él es el más fuerte, el demonio no puede hacer nada.
Vecino – Mira, forastero, aquí lo que sucede es que el fariseo Isaac se ha pasado la vida cazando brujas y persiguiendo demonios. Yo se lo dije el otro día, cuando comenzó este lío de Serapio. Le dije: tú tienes más fe en el demonio que en Dios. Porque de Dios no hablas nunca, pero siempre estás dale que dale con Satanás y con su infierno.
Vieja – Pues muy bien hecho de su parte. ¡Ja! Eso es lo que querría el demonio, mi hijo, que no hablaran de él para seguir haciendo de las suyas… ¡si lo conoceré yo!
Jesús – No me diga, abuela, que usted le ha visto la cola al diablo. ¿Usted lo ha visto?
Vieja – Bueno, tanto tanto como verlo, no, pero…
Vecina – Y tú, forastero, tú que vienes de lejos, ¿tampoco tú has visto al diablo?

Jesús se quedó un momento pensativo rascándose la barba.

Jesús – Pues, a la verdad, no. Todavía no he visto al diablo.(4) Lo que sí he visto son muchas diabluras. Sí, en Corozaim y en todos estos pueblos. Por eso, yo digo que el diablo no debe tener mucho que hacer por aquí. Si anda, andará con los brazos cruzados. Nosotros con nuestras maldades le adelantamos todo el trabajo. ¿No es cierto, Serapio?
Serapio – Sí, sí… Ustedes me quemaron… ustedes me tiraron piedras… ¡ustedes, los demonios, ustedes!

Y Serapio, el que había sido sordomudo, señalaba con el dedo a todos sus vecinos que lo habían maltratado tanto. Y con su lengua recién estrenada, seguía repitiendo su acusación…

Serapio – ¡Ustedes, los demonios, ustedes!
Mateo 12,22-29; Marcos 3,20-26; Lucas 11,14-23.

Comentarios

1. En tiempos de Jesús, todas las enfermedades ante las que la gente se sentía especialmente impotente incrementaban las creencias en el poder de los demonios. Para enfrentarse a estos malos espíritus se hacían exorcismos, con oraciones, gestos o invocaciones, tratando de conjurar al diablo y hacerle salir del cuerpo del enfermo. Como se creía que se estaba luchando directamente con el maligno, a menudo se usaban métodos de gran crueldad.

2. Los sordomudos debieron ser abundantes en Israel, ya que el libro del Levítico da una ley especial acerca de estos enfermos. Contra ellos era prohibido lanzar una maldición: como no oían, quedarían sin defensa ante a ella (Levítico 19, 14). Como con otras muchas enfermedades, se atribuía ésta al demonio y a espíritus malignos. Y se creía que en los tiempos mesiánicos las orejas cerradas se abrirían y las lenguas mudas se desatarían (Isaías 32, 1-4).

3. Los evangelios hablan de Satanás (el Adversario), uno de los nombres del diablo, al que también se llama Luzbel o Belcebú. Pero lo hacen cuando tienen que dar cuenta de hechos negativos no queridos por Dios y para los que no encuentran explicación.

4. Los evangelios insistieron, usando un lenguaje simbólico, en que Jesús tenía todo poder sobre el diablo. En muchas tradiciones religiosas existe la idea de que hay dos grandes divinidades: una buena Dios y otra mala el Diablo, con poderes parecidos, aunque con intenciones opuestas. Jesús, sin embargo, habló de un único Dios que es Padre y ama a los seres humanos. Y precisamente por la libertad que mostró ante la creencia en el ilimitado poder del diablo, los sacerdotes lo acusaron de estar endemoniado.
La fe en el demonio ha sido nefasta. Ha sembrado el terror, ha hecho creer que los seres humanos son como un juguete que se disputan entre sí ángeles buenos y malos, hasta que gana el más fuerte. Horribles frutos de la fe en el diablo fueron las persecuciones contra endemoniados y brujas organizadas por la Inquisición. Desde el siglo XI hasta el XVI se extendieron como la peste por toda Europa, causando millones de víctimas. La mayoría eran pobres mujeres campesinas que por ser o muy feas o muy bonitas, muy alegres o muy silenciosas, eran acusadas de estar poseídas por el demonio, despojadas de sus bienes, torturadas y quemadas. La caza de brujas es uno de los capítulos más tenebrosos de la historia del cristianismo.

66- CON EL PODER DE BELCEBÚ

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