4- LA JUSTICIA DE DIOS

Juan predica la justicia en una orilla del río Jordán. Multitudes vienen a escucharlo y a hacerse bautizar por él. También Jesús.

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Publicado el 10 de octubre de 2013 a las 13:27

Hoy se celebran bautismos masivos en el río Jordán

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A Juan el Bautista venían a oírle gentes de la tierra de Judea y de la ciudad de Jerusalén y de la lejana Galilea. Cuando se arrepentían y confesaban sus pecados, el profeta los bautizaba en las aguas del río Jordán. Mi hermano Santiago y yo, Pedro y su hermano Andrés, Felipe, Jesús y Natanael también estábamos allí.

Bautista – Y es el Señor quien me dijo: levanta tu voz como trompeta y denuncia a mi pueblo sus pecados y sus rebeldías. ¡Grita en los campos y en las ciudades las injusticias que se cometen contra los pobres! ¡Conviértanse al Señor! ¡Conviértanse de corazón y él les devolverá la vida!

Felipe – Este profeta siempre dice lo mismo. No sé cómo no se cansa. Hace dos horas que estamos aquí y dale que dale con la misma canción.
Natanael – ¡Shss! Cállate ya, Felipe, y déjame oír.
Felipe – Pero, Nata, es que ya me estoy aburriendo…
Santiago – No seas estúpido, Felipe. A la gente hay que gritarle para que le entren las cosas en la mollera.
Felipe – “Conviértanse, conviértanse”… Pero, ¿qué diablos es convertirse? No entiendo eso.
Juan – Convertirse es cambiar. Y cambiar es tumbar a los romanos y sacarlos de nuestra tierra.
Andrés – Anda, Felipe, pregúntale al profeta lo que tienes que hacer tú para convertirte. El te lo dirá. A Juan le gusta que la gente le haga preguntas.
Felipe – ¿Tú crees, Andrés?
Andrés – Que sí, hombre. Anda, pregúntale algo.
Felipe – ¡Eh, profeta de Dios! ¡Profeta Juan!
Natanael – ¡Felipe, por tu mamá de Betsaida, cállate! No armes tanto alboroto.
Felipe – Es que necesito preguntarle al profeta… ¡Eh, profeta Juan!
Natanael – Vas a meter la pata como siempre.
Bautista – ¿Quién me ha llamado?
Pedro – ¡Este cabezón de aquí, que quiere averiguar una cosa!... ¡Aquí!
Bautista – ¿Qué quieres saber, hermano?
Felipe – Juan, tú hablas mucho de convertirse, de cambiar, de prepararle el camino a ése que va a venir. Pero, dime, ¿cómo se lo puedo preparar yo? Nosotros que somos unos muertos de hambre, ¿qué podemos hacer? ¿Qué tenemos que hacer?
Bautista – Lo primero de todo es la justicia, ¿me oyes? ¡La justicia!(1)
Felipe – Explícate mejor, profeta. Soy un hombre torpe y…
Bautista – ¿Cuántos mantos tienes tú?
Felipe – ¿Cómo dices?
Bautista – ¿Qué cuántos mantos tienes tú?
Felipe – Bueno, me da vergüenza pero… sólo tengo uno en casa y éste otro que llevo puesto.
Bautista – Tienes dos. Te sobra uno. Dáselo al que no tiene ninguno. ¡En Israel hay muchos desnudos que no tienen ni un trapo para cubrirse! ¿Quieres que hable más claro? Tú, el de al lado… Sí, no te escondas… Tú, ¿cuántos pares de sandalias tienes? ¿Dos? ¿Tres? Te sobran las que no tienes puestas. En Israel hay muchos descalzos que no tienen ni un par de sandalias. Reparte las tuyas con ellos. ¿Tienes dos panes? Dale uno al que pasa hambre. Que a nadie le sobre para que a nadie le falte. Eso es lo que quiere Dios. Eso es convertirse: compartir. ¡Justicia, hermanos, justicia! Yo preparo los caminos del Señor. Y el Señor grita por mi boca: que todos coman, que todas tengan con qué cubrirse, que todos puedan vivir. ¡Ay de quien que da la espalda a su hermano, porque le está dando la espalda al mismo Dios! ¡Ay de quien cierra la puerta al que va de camino, porque ese caminante es el Mesías, que viene a tocar a tu casa!
Santiago – ¡Bien dicho! ¡Eso mismo pedimos los zelotes! ¡Justicia!
Felipe – Bueno, Pedro, ya puedes ir dándome ese manto que llevas encima. El profeta dice que hay que repartir lo que uno tiene. Y hay que empezar por los amigos, digo yo. La buena justicia comienza por los de casa, ¿no es eso, Andrés?
Andrés – Este hombre es un profeta de verdad. Todos los profetas de antes hablaban de justicia. La voz de los profetas es siempre la misma voz.
Natanael – Pues yo digo que eso de dar la mitad de lo que uno tiene… Yo, por ejemplo, tengo un taller y cuatro herramientas, pero eso… eso no es ser rico… yo tengo lo justo para…
Santiago – No te preocupes, Natanael. Los ricos son otros. Mira a ésos que vienen por ahí. ¡Traidores!

Por entre la gente se abrían paso hasta la orilla dos hombres con turbantes de seda. Uno era alto con la cara picada de viruelas. A ése lo conocíamos menos. De quien sabíamos muchas cosas era del otro. Se llamaba Mateo y cobraba los impuestos en nuestra ciudad, en Cafarnaum. Cojeaba un poco y tenía una barba gris muy corta y llena de calvas. Como siempre, habría estado bebiendo. Todos odiábamos a Mateo porque era un colaborador de los romanos.

Santiago – ¡Vendepatrias! ¡Fuera, fuera de aquí!
Todos – ¡Fuera! ¡Abajo los traidores! ¡Váyanse de aquí, gusanos!
Jesús – Ese hombre lo que parece es borracho.
Juan – Claro, sin vino en las tripas no se hubiera atrevido a meterse aquí. Lo conocemos bien, Jesús. Te aseguro que en todo el país no encuentras a un tipo más cobarde que ese Mateo.
Felipe – Oye, Santiago, ya me están zumbando las orejas. ¡Deja ya de gritar, caramba! Que yo sepa este lugar es para los pecadores, ¿no? Mateo será el bandido más grande de todos, pero también tiene derecho a ver al profeta.
Santiago – ¡Ese publicano sólo tiene derecho a que lo ahorquen!

Mateo y su compañero lograron acercarse a la orilla. En aquel momento Juan estaba bautizando a unas rameras muy repintadas. Mateo esperó un rato a que salieran del agua.

Mateo – ¡Profeta del Altísimo! ¡Hemos oído a aquel galileo preguntándote qué tenía que hacer!
Todos – ¡Fuera! ¡Vendepatrias! ¡Traidores!
Bautista – ¡Silencio! ¡Quiero escuchar lo que dice este hombre! ¡Y Dios también quiere escucharlo! ¡Habla!
Mateo – ¡Profeta del Altísimo! ¿Qué tenemos que hacer nosotros?
Bautista – ¿Quiénes son ustedes?
Mateo – Somos judíos pero… cobramos los impuestos de los romanos. ¿Qué tenemos que hacer?
Bautista – ¡No se manchen las manos cobrando más de lo que las leyes mandan! Los romanos han echado una dura carga sobre las espaldas de nuestro pueblo. No aumenten ustedes esa carga robándole al pueblo lo poco que le queda. Los romanos han pisoteado nuestras tierras. No hagan ustedes más pesado el yugo ni más opresora la mano de los extranjeros.
Mateo -¿Y habrá salvación para nosotros?
Bautista – ¡Hay salvación para el que busca la salvación! El que viene detrás de mí, separará el trigo de la paja. El trigo lo guardará en su granero y la paja la quemará en un fuego que no se apaga. ¡Pero todavía es tiempo de cambiar! ¡Conviértanse, déjense lavar con el agua que purifica!

Los dos publicanos se acercaron al agua.(2) Mateo iba tambaleándose. Era por miedo y también por lo que había bebido. Entonces el profeta Juan los agarró por los pelos y los hundió en las aguas sucias y calientes del Jordán, en las que flotaban revueltos los pecados de las prostitutas, de los pobres y los usureros, los grandes pecados y los pequeños pecados, todas las culpas de nuestro pueblo.

Soldado – ¡Maestro! ¡Juan! ¡Queremos hablar contigo!
Bautista – ¿Qué quieren ustedes?
Soldado – Has hablado antes de los romanos. Somos soldados romanos. Hemos venido a verte porque tu palabra ha llegado también a nuestros oídos. Llevamos el escudo de los que se han hecho dueños de esta tierra, pero también queremos bautizarnos. ¿Qué tenemos que hacer nosotros para salvarnos en el día malo?
Bautista – ¡El único dueño de esta tierra y de todos los pueblos de la tierra es Dios! Ustedes ahora son los fuertes y golpean a los débiles. Mañana vendrán otros más fuertes que los golpearán a ustedes. Porque los reyes y los gobiernos de este mundo son como la hierba que hoy está verde y mañana se seca y se quema. ¡El único rey es Dios! ¡La única ley es la de Dios! ¡Y la ley de Dios es la justicia!
Pedro – ¡Ten cuidado, profeta! ¡Si sigues hablando así, van a ir con el soplo a Pilato!
Bautista – ¡El dueño de todas las vidas es Dios! ¡No es Pilato, ni Herodes, ni el ejército romano! Ustedes, soldados; no amenacen a la gente ni acusen a nadie de lo que no ha hecho. No digan palabra falsa en el tribunal. No usen la mentira ni abusen de la espada. Confórmense con la paga que les den y no le roben al pobre su techo ni su pan. ¡Eso es lo que tienen que hacer ustedes, soldados romanos!
Felipe – Me está gustando este profeta. Me grita a mí, pero también grita a los romanos. Este Juan es un valiente.
Pedro – Bueno, vámonos ya. Por hoy hemos oído bastantes gritos de este Juan el bautizador.
Jesús – Espérate, Pedro. Me gustaría preguntarle algo al profeta…
Pedro – ¿Quién? ¿Tú? Pero, Jesús, ya sabes lo que te va a contestar: justicia, justicia y justicia. Yo me voy.
Jesús – Espera un momento, Pedro. ¡Juan! ¡Quería preguntarte una cosa!
Bautista – ¡Habla, galileo, yo te escucho!
Jesús – Profeta Juan, yo… yo no sé si me estoy metiendo en lo que no sé, pero…
Felipe – ¡Habla más alto tú, que no se te oye nada!
Jesús – Yo decía que… Bueno, que tú dices: den limosna a los hambrientos. Tú dices: no roben al cobrar los impuestos. Tú dices: no abusen de la espada. Y eso está muy bien, pero… esas son las ramas, ¿no? ¿Y el tronco, qué?
Bautista – ¿Qué quieres decir con eso?
Jesús – Es que yo creo que si las ramas dan frutas malas y uno las poda y las poda y las siguen dando malas, es que el tronco está malo. Son las raíces las que están podridas.(3) Profeta Juan, ¿qué tenemos que hacer para arrancar estas raíces, para que no haya hambrientos que necesiten limosna, para que no haya soldados que utilicen espadas, para que no haya gobernantes que nos aplasten con impuestos?
Bautista – ¿Quién eres tú?
Jesús – Me llamo Jesús. Vine ayer con dos amigos del norte. Te he escuchado hablar y te pregunto.
Bautista – Yo no te puedo responder a eso que me preguntas. Te responderá otro. Yo bautizo con agua, pero detrás de mí viene uno que bautizará con fuego. Con fuego y con el Espíritu Santo. A mí me toca podar las ramas. A él le corresponde arrancar el árbol de cuajo, quemar las raíces malas y limpiar toda la huerta.
Jesús – ¿Y quién es éste que ha de venir? ¿De quién estás hablando?

Pero Juan no contestó ya nada más. El viento empezaba a soplar en las orillas del Jordán. Las cañas se inclinaron y las aguas formaron remolinos grandes y pequeños. Juan, en lo alto de una roca, se quedó mirando a lo lejos. Sus ojos quemados por el sol y ardientes de esperanza buscaban en el horizonte a Aquel que había de venir. Lucas 3,7-18

Comentarios

1. La justicia es un tema mayor a lo largo de toda la Biblia. Que Dios sea justo, como repiten una y otra vez los profetas, quiere decir que es liberador, que toma partido por los pobres y exige que se respete el derecho de los oprimidos, que es recto, que no se deja sobornar por la palabra engañosa o por el culto vacío. Conocer a Dios en lenguaje bíblico es lo mismo que amarlo es obrar la justicia (Jeremías 22, 13-16). La religión verdadera es reconocer el derecho de los pobres y establecer relaciones de justicia entre los hombres (Isaías 1, 10-18; Jeremías 7, 1-11).

2. Los publicanos eran funcionarios del imperio romano o de las autoridades locales que recaudaban los impuestos. Desde ese puesto extorsionaban a los pobres.

3. Se pueden podar las ramas viejas de un árbol, pero si las raíces están podridas no hay nada que hacer. La pregunta que Jesús hizo a Juan Bautista plantea el tema del pecado estructural y el pecado personal. El pecado, la injusticia, no es sólo un mal individual, que tenga remedio por una conversión entendida individualmente. Hay situaciones y estructuras de pecado. Un régimen económico que produce pobres cada vez más pobres y ricos cada vez más ricos es una estructura de pecado. Un régimen político que no da participación al pueblo, que se sostiene sobre el crimen y la corrupción, es también un pecado institucional. El mensaje de Jesús, como el de Juan el Bautista, no llamó sólo a la conversión personal. Esbozó un proyecto de transformación de la sociedad.

Hay 1 comentarios
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  • maria teresa zambrano - théologienne

    Muy buen articulo sobre la justicia. Buen análisis teológico.
    Ojalá hubiera mas artículos de este estilo que expliquen la justicia reparadora.

    17 de septiembre de 2014 a las 20:41
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