108- UN HOMBRE POR EL PUEBLO

Los zelotes traman un plan para levantar a los habitantes de Jerusalén. Judas se presta para una traición aparente de Jesús.

Es reo de muerte

Un pregonero – ¡Vecinos de Jerusalén y forasteros llegados para la fiesta! ¡Las autoridades de esta ciudad andan buscando a un tal Jesús, un campesino de rostro moreno, de unos treinta años, alto, con barba, procedente de Galilea, que se hace llamar profeta y mesías! ¡Cualquier persona que sepa el paradero de este peligroso rebelde, que lo informe a los magistrados del Sanedrín y será recompensado con sesenta siclos de plata!

Después de lo ocurrido el domingo en el Templo, cuando invadimos con gritos y ramas de palmera la explanada de los gentiles, los jefes religiosos de la capital hicieron pregonar este aviso en las doce puertas de la ciudad de David, por el mercado y por los barrios.

Mientras tanto, el viejo Anás, el sacerdote más rico y más influyente de toda Jerusalén, que controlaba desde su palacio la venta de los animales que se sacrificaban en el Templo, conversaba con su yerno José Caifás, el sumo sacerdote de aquel año.

Caifás – Si usted hubiera estado allí, si hubiera presenciado el motín, no hablaría ahora con tanta tranquilidad.
Anás – Me alegro de no haber visto nada. A mi edad, querido yerno, esos disgustos son peligrosos.
Caifás – No podemos consentir otro escándalo como ése. Créame, Anás, lo que pasó el domingo en el Templo fue algo muy lamentable.
Anás – Bueno, lo que más lamenté yo fueron mis vacas. Como siempre en estos casos, la chusma se aprovecha de la confusión. Han desaparecido cinco vacas con sus becerros. Ovejas perdidas, por lo menos cuatro docenas. Las palomas no las cuento.
Caifás – Ni yo tampoco cuento las monedas desparramadas por la escalinata. Los cambistas dicen que no pudieron defenderse de la turba. ¡Imbéciles! Precisamente a la hora de sexta, cuando más dinero tenían recogido, es cuando ese agitador entró y armó el tumulto ¡Maldito nazareno!
Anás – En fin, mi querido yerno Caifás, no hay por qué preocuparse tanto. El aviso ya está puesto. Lo han pregonado por todos los rincones.
Caifás – ¿Y qué adelantamos con eso? Toda la ciudad está con él. Lo esconden. Lo protegen.
Anás – Pero siempre hay uno que canta. Sesenta siclos de plata son una buena carnada para cualquier muerto de hambre. Tranquilízate, Caifás. No le des tanta importancia a un campesino chiflado. Mañana o a más tardar el jueves, este asunto estará resuelto. Aunque ese tal Jesús se esconda en el mismísimo sheol, daremos con él. Y ahora, en vez de morderte las uñas, ve y reúne al Sanedrín y explícale la «delicada situación» que ha provocado el nazareno. Todos los magistrados te darán su voto de confianza. Después, mi querido yerno, ya sabes tú lo que tienes que hacer…

Era el 11 de Nisán, martes. Desde el domingo estábamos escondidos con Jesús en Betania, en la planta alta de la taberna de Lázaro. Judas, el de Kariot, que conocía bien la ciudad, iba y venía para contarnos cómo andaban las cosas. Pero aquella mañana tardó en regresar.

Barrabás – ¿Qué demonios está esperando el jefe de ustedes, Judas? ¿En qué está pensando? Sí, lo del domingo en el Templo fue un buen golpe de efecto, pero nada más. Con ramas de palmera no se gana una guerra.
Judas – Eso mismo le dijimos algunos de nosotros, Barrabás. Pero, ¿qué quieres? El jefe es el jefe, caramba. Nosotros estamos con Jesús y vamos a donde él diga.
Barrabás – ¡La causa es la causa, Judas! ¡Y nuestra causa está por encima de todos los jefes!

En una de las casuchas del barrio de Ofel, con las puertas y las ventanas cerradas, Barrabás, uno de los líderes del movimiento zelote, discutía con Judas, el de Kariot.(1)

Barrabás – Judas, escúchame. Tú fuiste durante un tiempo de los nuestros. Puedo hablarte con confianza. Los del movimiento nos hemos pasado toda la noche discutiendo y… y tenemos un plan. Judas – ¿Y cuál es ese plan?
Barrabás – Atiende, compañero. Hay una cosa clara. De todos los cabecillas que tenemos ahora en nuestro país, el único que es capaz de movilizar al pueblo es el de ustedes, el nazareno. Sí, hay que reconocerlo. A los dirigentes del movimiento les costó trabajo aceptar esto, pero yo se lo hice ver. Pilato ha crucificado a nuestros mejores hombres. Los sicarios se han vuelto antipáticos a la gente por su afán de sangre. Los jefes de Perea y de Judea están muy quemados ya. ¿Con quién podemos contar entonces? Jesús es el único que puede levantar en armas al pueblo, ¿comprendes?
Judas – Sí, comprendo, pero, ¿qué me dices con eso?
Barrabás – Escucha, Judas. Nosotros sabemos dónde conseguir una buena cantidad de espadas y garrotes. Tenemos gente preparada para asaltar el arsenal de Siloé y el de la Antonia. Es cuestión de distribuirnos el trabajo. Y de planear bien el golpe. Ya tú sabes cómo son estos líos, una vez que estallan, no hay quién los pare. Sólo hace falta una cosa.
Judas – Que Jesús empuñe la espada y dé el primer tajo, ¿no es eso?
Barrabás – Eso mismo, Judas. Respóndeme, entonces: ¿Jesús se decidirá, sí o no?
Judas – Creo que no, Barrabás. El moreno es… es un idealista. Dice que nuestra fuerza no está en las armas sino en protestar todos juntos hasta reventarle la paciencia al faraón, como hizo Moisés en Egipto.
Barrabás – Un idealista no. Un imbécil. Ya se lo dije yo cuando asesinaron a Juan el bautizador. Si no cambias de táctica, nazareno, correrás la misma suerte que el hijo de Zacarías.
Judas – Jesús no va a cambiar. Al menos, por ahora.
Barrabás – ¡Es que ahora es la oportunidad, Judas! ¡Ahora o nunca! ¡La ciudad está en ascuas esperando la señal para lanzarse contra el cuartel romano!
Judas – Si quieres, podemos hablar con Jesús a ver si…
Barrabás – No, iscariote. No es momento de hablar sino de actuar. Y pronto. Si Jesús no se decide, lo decidiremos nosotros.
Judas – ¿Qué han pensado los del movimiento?
Barrabás – Matarlo.
Judas – ¿Cómo has dicho?
Barrabás – Dije matarlo. Eliminar a Jesús. Lo degollaremos. Luego diremos que los romanos lo asesinaron.
Judas – Pero, ¿están locos? ¿Cómo se les ocurre?
Barrabás – No entiendes nada de política, Judas. Un líder muerto puede ser a veces mucho más útil que vivo. Con la sangre derramada se pintan las banderas, ¿comprendes?
Judas – Pero, ¿qué ganarían ustedes con eso?
Barrabás – ¡Que el pueblo se levante en armas, caramba! ¡En dos minutos correrá la noticia por toda Jerusalén y en otros dos estallará la revuelta! Será la chispa necesaria para el gran incendio.
Judas – No puedo creer que el movimiento sea capaz de una cosa así… ¿Tú, Barrabás, tú harías una cosa tan baja?
Barrabás – Eres tú quien va a hacerlo, Judas. Contamos contigo. Tú sabes dónde se esconde el nazareno. Eres de los suyos.
Judas – Pero, ¿estoy oyendo bien o…? ¿Qué estás insinuando, Barrabás?
Barrabás – No estoy insinuando nada, iscariote. Estoy diciendo a las claras que, tal como están las cosas, Jesús es más útil muerto que vivo. Y tú eres el más indicado para llevar a cabo este plan.
Judas – ¡Maldita sea! ¡Me repugna oírte hablar, Barrabás! Adiós. No cuentes conmigo para matar a un compañero. Y menos a Jesús.
Barrabás – Espérate, Judas, espérate. Tranquilízate. Trata de comprender al movimiento.
Judas – Lo siento, Barrabás. Yo no traiciono a los míos.
Barrabás – ¿Por qué usas esa palabra?
Judas – Porque no hay otra.
Barrabás – Sí, hay otra. No es traición, sino estrategia. Es necesario que muera un hombre por el pueblo. ¡Compréndelo, Judas!

Aquel martes, por la tarde, el sumo sacerdote José Caifás había convocado una reunión de urgencia con los principales magistrados de Jerusalén.

Caifás – Compréndanlo, ilustres del Sanedrín. Es un asunto delicado sobre el que debemos llegar a una pronta decisión. Se trata de ese fanático llamado Jesús, del que muchos de ustedes ya habrán oído hablar. Un hombre de la peor calaña, rebelde contra Roma, blasfemo contra el Templo, agitador, conspirador y además, imbécil. Porque sólo un imbécil se pone a tirar huevos para romper un muro.
Magistrado- Mi opinión, excelencia, es cortar por lo sano. Al leproso, al impuro y al rebelde se les aparta cuanto antes de la comunidad.
Jeconías – Lo siento, pero no estoy de acuerdo. La ciudad está repleta de peregrinos. El pueblo está muy excitado con los nuevos impuestos. Esperemos que pasen estos días de fiesta. Entonces todo será más fácil y menos ruidoso.
Magistrado- ¡Apoyo a mi colega Jeconías! Además, no debemos ser nosotros los que detengamos a ese revoltoso. Sería mal visto por el pueblo, Mejor que sea el gobernador Pilato quien se ocupe de él.
Magistrado- ¡El gobernador Pilato dice que está harto de levantar cruces para crucificar a nuestros mesías! ¡Que no quiere ningún lío más!
Jeconías – ¡Al contrario, lo que Pilato quiere es tener una nueva excusa contra nosotros para seguir robando el Tesoro del Templo!
Caifás – Ilustres, no hablen así del gobernador. Poncio Pilato tiene sus pequeñas manías, es verdad, pero es un hombre prudente y siempre nos ha apoyado al buen gobierno de la provincia. Personalmente, considero que si dejamos correr este asunto del rebelde nazareno, el gobernador Pilato puede ponerse nervioso y avisar al César. Su amigo Sejano allá en Roma, no tiene ninguna simpatía por nuestro pueblo. Y puede dar órdenes de invadir Jerusalén y saquear el Templo. ¿No les parece más sencillo eliminar a un hombre que poner en peligro la paz y el orden de nuestra nación?
Todos ¡Sí, sí, usted tiene razón, excelencia! ¡Ese rebelde debe morir!
Caifás – Me alegro que hayamos llegado a este acuerdo. Conviene que muera un solo hombre para salvar a todo el pueblo.

A esa misma hora, en la casucha del Ofel…

Zelote – Está bien, Judas. Comprendo tus razones y tus sentimientos. Lleguemos a un acuerdo. No hará falta derramar la sangre del nazareno, como te había propuesto el compañero Barrabás.
Judas – ¿De qué se trata entonces?
Zelote – Bastará con que lo agarren preso. Jesús tiene mucha popularidad. Cuando la gente se entere de que lo han detenido, se lanzará a la calle.
Judas – ¿Qué quiere el movimiento de mí?
Zelote – ¿No has oído el anuncio que han puesto los magistrados del Sanedrín? Andan buscando a Jesús.
Judas – No lo encontrarán nunca. Lo tenemos bien escondido.
Zelote – Sí, Judas. Más tarde o más temprano lo encontrarán. Lo meterán preso cuando ya los peregrinos se hayan ido de la ciudad y ya no será lo mismo. Tienes que comprender, Judas. Ahora es el momento. Jerusalén está abarrotada de gente. No podemos perder esta oportunidad.
Judas – Y ustedes quieren que yo vaya con el soplo, ¿no es eso?
Zelote – Escucha, Judas. Deja los sentimentalismos a un lado y trata de razonar. Es necesario que apresen a Jesús durante estos días de fiesta. Pero no tengas miedo. Antes de que le pongan la cruz sobre los hombros habrá estallado la revuelta. Lo primero que haremos será liberar a los presos que se pudren en las mazmorras de la Torre Antonia. Confía en nosotros, compañero. Te devolveremos a tu querido jefe sano y salvo. El movimiento te lo promete.
Judas – Si digo que sí, ¿qué tendría que hacer yo?
Zelote – Una misión un poco desagradable, pero necesaria. Ir con el comandante de la guardia del Templo y decirle dónde se esconde Jesús.
Judas – O sea, ser un vulgar soplón.
Zelote – No, Judas, ser un verdadero luchador que llega hasta las últimas consecuencias. Vamos, decídete. Ve donde esos hijos de perra y diles que tú sabes dónde está el nazareno. Si te ofrecen dinero, acéptalo. Hay que hacer bien la comedia.
Judas – Es precio de traición.
Zelote – No, Judas, es precio de revolución. Entonces, ¿qué? ¿Podemos contar contigo? ¿Sí o no?

Judas no dijo una palabra más. Dejó atrás el barrio de Ofel y se dirigió a donde estaba acantonada la guardia del Templo.

Comandante ¿Cómo te llamas tú?
Judas – Judas… Judas de Kariot.
Comandante- ¿Qué quieres?
Judas – Yo sé… yo sé dónde está el hombre.
Comandante- ¡No me digas! Mira que ya han pasado muchos por acá dando falsas alarmas y no estoy dispuesto a movilizar tropas para cazar fantasmas.
Judas – Puedes confiar en mí. Yo soy… yo era de los suyos.
Comandante- ¿Ajá? Eso está mejor. ¿Y dónde está tu jefe?
Judas – Ahora no pueden agarrarlo. Hay mucha gente con él. Yo les avisaré cuando sea el mejor momento.
Comandante- Descuida, tú también vendrás con nosotros. Si mientes, la pagarás con tu pescuezo. ¿De acuerdo?
Judas – De acuerdo.
Comandante- Toma, lorito. Te daré la mitad por delante. Treinta siclos de plata. La otra mitad, cuando el hombre esté en nuestras manos. ¡Y ahora, lárgate! ¡Puah! Así son estos desgraciados. Venden a su propio jefe por unas monedas.

Y Judas, el de Kariot, salió del palacio del sumo sacerdote Caifás y se perdió por una de las estrechas y oscuras callejuelas de la ciudad de Jerusalén.(2)

Judas – ¡Viejo imbécil, cuando el pueblo se levante en armas, te acordarás de mí!

Mateo 26,14-16; Marcos 14,1-2, Lucas 22,1-6; Juan 11,45-57.

Comentarios

1. Los zelotes no eran revolucionarios sanguinarios. Tampoco se les puede identificar con un partido político, tal como hoy entendemos este término. Su ideología arraiga en una tradición religiosa profunda por la que Israel entendía que su país era tierra santa y no podía ser oprimido por extranjeros. Les caracterizaba un apasionado nacionalismo y una espiritualidad muy honda con base en los mensajes de los profetas. En cuanto a su práctica, les distinguía la voluntad de liberar de manera inmediata a Israel de la dominación romana. Su opción eran las armas. Ideológicamente, era quizá el grupo que más claramente representaba la sed de libertad que Israel había experimentado en los últimos siglos de su historia. Todo esto explica que coincidieran con Jesús en muchas cosas, que tuvieran en él muchas esperanzas y que se fascinaran por el poder de convocatoria popular del profeta galileo. Los zelotes pudieron entender los hechos ocurridos en el Templo de Jerusalén unos días antes de que Jesús fuera asesinado como el preludio de la ansiada y definitiva insurrección que desembocaría en la liberación nacional.

2. La pasión y muerte de Jesús fue un hecho histórico en el que confluyeron multitud de circunstancias. La traición de Judas debe ser recuperada del fatalismo con que tradicionalmente ha sido interpretada. A la distancia de dos mil años, nunca se sabrán con exactitud las razones de Judas. Pero hacer de él un ser que nació «sólo para traicionar», el arquetipo de la maldad, distorsiona los hechos que sucedieron aquellos días en Jerusalén. Judas fue un hombre de carne y hueso y no una marioneta cuyos hilos manejó desde la altura un Dios terrible que lo predestinó a la traición para así poder matar a su propio hijo. La traición de Judas y la responsabilidad que pudieron tener los grupos zelotes en la muerte de Jesús no borran el hecho de que la culpa por el asesinato de Jesús recae históricamente sobre las autoridades religiosas de Jerusalén, aliadas con el poder imperial romano. Caifás, sumo pontífice, y como sombra suya, Anás, el hombre más rico e influyente de Jerusalén, fueron los máximos responsables.

108- UN HOMBRE POR EL PUEBLO

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