12 LA VARITA MAGICA DEL CAFE

¿Quién sube y baja los precios?

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    Cuenta la leyenda que hace muchos, pero muchísimos años, allá por las lejanas tierras de Arabia, un pastor andaba cuidando su rebaño…

    PASTOR —¿Y qué les pasa hoy a estas condenadas? ¿Qué andan comiendo ustedes que se han puesto tan locas, eh? A ver, estas bolitas rojas, qué serán? Buenas deben ser porque las ovejas están más alegres que nunca. Probaré una… Un poco amarga, pero…

    Al rato, el pastor se había puesto más alegre y vivaracho que las ovejas. Y arrancó los granos rojos del café, los secó, los molió, los hirvió con agua…

    PASTOR —¡Ahhh! ¡Qué sabroso! ¡Voy a dárselo a mi novia a ver si se anima y nos casamos!

    La negra y olorosa bebida pasó de Arabia a Egipto, y de Egipto a Turquía, y por Venecia entró el café a toda Europa…

    SEÑORA —¡Jacinta!
    SIRVIENTA —Mande, señora.
    SEÑORA —Tráeme una taza de café.
    SIRVIENTA —Enseguida, señora.
    SEÑORA —Que esté bien caliente, ¿oyes?
    SIRVIENTA —Oigo, señora.
    SEÑORA —Mejor dos. Para el señor también.
    SIRVIENTA —También, señora.
    SEÑORA —Con galletitas, claro…
    SIRVIENTA —Claro, señora…
    SEÑORA —Vamos, Jacinta, date prisa, lo quiero ahora mismo.
    SIRVIENTA —¡Ahora mismo, señora, ahora mismo…!

    A toda Europa le gustó el café. Y pronto aparecieron las cafeterías en el viejo continente. Y como el café se volvió tan popular, los europeos comenzaron a sembrar en sus colonias de América aquella mágica bebida…

    VECINA —Ay, pues a mi ya me entraron ganas de tomarme un cafecito oyendo esta historia. ¿A usted no?
    ABUELO —Señora, yo soy como mi abuelo. Con café me acuesto y con café me levanto…
    COMPADRE —Y con café se levantaron también los países de América Latina. Nuestros países andaban medio adormilados, y vino a despertarlos la varita mágica del café…

    En el siglo pasado, la varita mágica tocó a Brasil… Y desde entonces Brasil se convirtió en el mayor productor de café del mundo. El valle del río Paraíba y la meseta al oeste de Sao Paulo, se transformaron en un inmenso mar de café…

    BRASILEÑA —¡O meior café do mundo en o país maior do mundo! ¿No quer probar um poquiño, meu amigo?

    La varita mágica tocó también a Colombia… y los campesinos colombianos ya no sembraron otra cosa que café en sus pequeñas parcelas…

    COLOMBIANO —Ay, mi china, ¿y cuándo nos casamos? Ya tengo la veredita sembrada de café…

    En pocos años, las dos terceras partes de las ganancias de Colombia, venían de la venta de café en el extranjero.

    COLOMBIANA —¿Le provoca un tinto, mi amor?

    Después, la varita mágica tocó las tierras olvidadas de Centroamérica…

    GUATEMALTECO —¡Mirá vos, chapín, se acabó lo de andar vendiendo añil y babosadas! ¡Ya vamos a entrar de plano al mundo moderno!

    Gracias al café, Centroamérica encontró su sitio en el mercado internacional. La varita mágica tocó a Guatemala y miles de indígenas se dedicaron a cortar café. La varita tocó a Nicaragua y sus montañas se cubrieron de café. La varita mágica tocó a Honduras, a El Salvador, a Costa Rica, a Cuba, a Haití, a Dominicana, las islas del Caribe, México, Ecuador, Perú… En los años 50, América Latina servía el café en las mesas de todo el mundo. Luego, Africa también entró en el comercio cafetalero. Pero todavía hoy, 15 países latinoamericanos viven pendientes del café y del sube y baja de sus precios en el mercado internacional.

    COMPADRE —Si, hay quien dice que el café resulta casi tan importante como el petróleo en ese mercado internacional.
    ABUELO —Bueno, ¿y cuál es el problema?
    COMPADRE —¿Qué problema?
    ABUELO —Alguno habrá. Ya me lo conozco yo a usted. Le da primero a la varita. Y luego seguramente vendrá el garrotazo. A ver, ¿qué de malo hay en esto del café, sí puede saberse?
    COMPADRE —En el café, nada. Lo malo está en la cafetera.
    VECINA —Ah, no, sí es por eso, yo lo cuelo en una media y…
    ABUELO —¡Qué media ni media, señora! Aquí estamos hablando de economía.
    COMPADRE —Pues vengan, entonces, dense prisa, que ahí al lado también están hablando de lo mismo. Apúrense, que ya empieza…

    PROFESOR —Gracias, gracias… Pues sí, hemos aceptado venir hoy para explicar las leyes de la economía de libre mercado y la natural división del trabajo entre los distintos países. Creo que con un poco de esfuerzo, los menos entendidos podrán comprender la complejidad de estas leyes que rigen el comercio internacional… Señores: ¿de qué trata la economía? Como su mismo nombre indica, economía significa «dinero», ganar dinero. Pero dinero para mí. Noten que la palabra no dice «econotuya» sino «economía». Es decir, sólo unos cuantos países pueden ganar ese dinero. ¿Qué países? Los nuestros, estimados empresarios, los países del primer mundo.
    EMPRESARIO 1 —¿Un vasito de agua, profesor?
    PROFESOR —Gracias, gracias… Pues sí, ahora se habla mucho de países pobres, países ricos, primer mundo, tercer mundo… Todo esto es algo muy antiguo y muy normal en economía. Si todos los países fueran ricos, ¿quién trabajaría en el mundo? Lo mismo pasa en una casa de familia: unos se sientan a la mesa y otros sirven la comida. Si todos nos sentamos, ¿quién sirve, quién cocina? Señores: todos somos iguales. Pero unos más que otros.
    EMPRESARIO 2 —Profesor, ¿puedo hacerle una pregunta?
    PROFESOR —Hágala. Como decía mi maestro, el que pregunta pasa por tonto una vez. El que no pregunta, se queda tonto toda la vida.
    EMPRESARIO 2 —Profesor, ¿cómo puedo ganar ese dinero que usted dice?
    PROFESOR —Pregunta fundamental que toca el fondo de la economía. Vea usted: hay países que tienen agricultura, minería, pesca, ganadería… Todo eso está muy bien. Pero esas son las sirvientas de la mesa. ¿Cuál es la señora? ¿Quién es la dueña de la casa? ¡La industria, señores míos, la industrialización! Aseguren para ustedes las industrias. Y dejen que los demás países se dediquen a sembrar plátanos o a criar vaquitas. Así es como se gana dinero.
    EMPRESARIO 3 —Profesor, una pregunta.
    PROFESOR —Hágala.
    EMPRESARIO 3 —Profesor, en el primer mundo ya tenemos todo industrializado. ¿Qué podemos hacer para ganar mucho dinero?
    PROFESOR —Ahora comienza el juego económico, querido amigo. Ahora llegamos al punto crucial. Hablemos, por ejemplo, del café. Los países pobres tienen el café. Y nosotros tenemos «la cafetera». Es decir, ellos tienen las materias primas. Y nosotros tenemos la maquinaria, los abonos químicos, los tractores, la tecnología… Muy bien. Ellos nos venden el café. Y nosotros les vendemos la cafetera. ¿Qué podemos hacer nosotros, los hombres del primer mundo, para ganar dinero en este intercambio? Una ley fundamental de la economía de libre mercado se formula así: «baje usted el precio del café manteniendo fijo el precio de la cafetera».
    TODOS —¡Ohhh…!
    EMPRESARIO 3 —Profesor, ¿y quién baja ese precio?
    PROFESOR —Sobra la pregunta, señor mío. ¿Quién va a ser? Nosotros, naturalmente. El primer mundo tiene y tendrá la sartén por el mango. O mejor diríamos, la cafetera por el asa.

    COLOMBIANO —Pero, ¿qué se han creído estos? Mire, mire, ahora la libra de café la ponen a 2 centavos. El año pasado a 4, el otro a 9, ¡y ahora la bajan a 2! ¡Así no hay quién aguante!

    La baja de un solo centavo en el precio del café representa decenas de millones de dólares de pérdida para nuestros países latinoamericanos.

    PROFESOR —Señores, es una ley histórica, una ley económica, que el que tiene la cafetera es quien le pone el precio al café.
    EMPRESARIO 1 —Profesor, ¿y si el país que tiene el café no quiere venderlo a ese precio más bajo?
    PROFESOR —Diga mejor «los países». Hay que poner varios países a producir la misma cosa. De esta sencilla manera, si un país no quiere vender, el país vecino sí lo hará. ¡Regateo, competencia, libertad! Pero para que la competencia funcione, los países pobres deben ser, verdaderamente pobres. El pobre vende hasta su alma. Y. el que es más pobre, la regala.
    EMPRESARIO 3 —Profesor, una pregunta.
    PROFESOR —Hágala.
    EMPRESARIO 3 —Profesor, mi pregunta es la siguiente: ¿cómo puedo hacer para ganar más dinero?
    PROFESOR —Una importante pregunta. Y con ella llegamos a otra ley fundamental de la economía de mercado. La ley anterior decía: baje el precio del café manteniendo fijo el de la cafetera. La segunda se podría formular así: «suba el precio de la cafetera manteniendo fijo el del café».
    TODOS —¡Ohhh…!

    Por más que corremos, nunca llegamos. Los precios de lo que compramos en el extranjero van más de prisa que los precios de lo que producimos. En 1950 Colombia compraba un jeep con 17 sacos de café. Quince años más tarde, necesitaba tres veces más sacos para comprar ese mismo jeep. En 1953, Brasil compraba un tractor con 70 sacos de café. Hoy en día, con esos 70 sacos ya no compra ni las ruedas del tractor.

    PROFESOR —Después de esta complicada explicación económica, creo que bien nos merecemos un descanso. Y ya que hablamos del café, los invito a todos a pasar a la cafetería…
    VECINA —Pero, óigame, ¿y así de simple es la economía?
    COMPADRE —La economía de ellos es bastante simple, señora: ganar dinero, más dinero y más dinero. Comprar al precio más barato y vender al precio más caro. Eso pasa con el café y con el azúcar y con el estaño y con el cobre, y con todos nuestros productos. Cada vez vale menos lo que América Latina vende a los países ricos. Y cada vez vale más lo que esos países ricos nos venden a nosotros.
    VECINA —Por lo que dijo ese cara de pingüino, ellos ponen el precio que les da la gana.
    ABUELO —Tampoco es así la cosa, señora. Según tengo entendido, hay acuerdos para poner los precios.
    COMPADRE —Cómo no, los acuerdos internacionales… la OIC para el café, la GEPLACEA para el azúcar, la UPEB para el banano… ¡Cuántas no hay! Pero, en todas esas oficinas, ellos, los del primer mundo, tienen su sillón. Y ya usted sabe, donde manda capitán…
    ABUELO —Bueno, señor, pero algo es algo.
    COMPADRE —Algo es poco. Yo lo único que sé es que, con acuerdo o sin acuerdo, el café va pá bajo y la cafetera pá rriba.
    VECINA —Bueno, cállense ya, que va a comenzar otra vez el cara de pingüino…
    PROFESOR —No sé si lo expuesto anteriormente quedó suficientemente claro.
    EMPRESARIO 4 —Profesor, una pregunta.
    PROFESOR —Hágala.
    EMPRESARIO 4 —Profesor, yo estaría interesado en saber… ¿cómo puedo hacer para ganar más dinero?
    PROFESOR —Muy interesante su pregunta. Ustedes siempre dan en el clavo del asunto. Nos adentraremos, por tanto, en mayores profundidades económicas. Me refiero a la compleja ley de la oferta y la demanda. En los países del tercer mundo, yo no sé por qué, tal vez por su mismo atraso, en esos países, digo, siempre ocurren los terremotos, las desgracias, explotan los volcanes, aparecen tiburones en la playa, en fin… Mantenga la calma en esos momentos difíciles. Viene una sequía en Brasil y acaba con la cosecha. Hay menos café en el mercado. Como se ofrece menos, se demanda más. Los colombianos, muy astutos ellos, comienzan a vender su café a un precio más alto. ¿Qué podemos hacer en esa crítica situación?… Paciencia, mis estimados. La paciencia del león dormido. ¿El café sube este año a ocho?… ¡Bájelo el año próximo a cuatro!
    TODOS —¡Ohhh…!
    PROFESOR —Y el año siguiente súbalo a 5. Y el que viene, bájelo a 3. Y luego, suba a 4 y luego baje a 2. Suba y baje, baje y suba… procurando, naturalmente ¡quedar siempre arriba!

    El sube y baja de los precios del café, sube y baja toda la economía de Colombia. Las cosechas se arruinan, los campesinos quedan sin trabajo, hasta los pordioseros de las calles reciben menos limosna.

    COLOMBIANO —Chinita, no podemos casarnos. Bajó el café. Este año no podemos.

    Hasta el momento oportuno para una declaración de amor en una loma antioqueña, se decide en la bolsa de Nueva York.

    EMPRESARIO 2 —Profesor, con su permiso, una preguntita.
    PROFESOR —Hágala.
    EMPRESARIO 2 —Profesor, dígame, ¿cómo puedo hacer para ganar más dinero?
    PROFESOR —Siempre aciertan ustedes con las preguntas básicas de la economía. Pues sí, señor mío, a veces ocurre al revés. Cuando hay una mala cosecha en un país y suben los precios del café, los demás países pobres se hacen ilusiones. El cuento de la lechera. Todo el mundo a recoger café, a vender café… Ofrecen cantidades enormes, pensando que así nos van a sacar mucho dinero. ¿Qué hacer entonces?… Aproveche esa oportunidad. Es el momento para bajar los precios del café…
    TODOS —¡Ohhh…!
    PROFESOR —Bajarlos lo más posible… Más abajo… Esta es la ley, señores: si le ofrecen mucho café, ofrezca poco dinero. Si le demandan más dinero, demándeles que se lo metan… ¡en el almacén!
    Pero no. Tendrán que venderlo. Aproveche, entonces. Véndales también la cafetera. Es decir, la maquinaria, el tractor, la medicina, el producto industrial. Como el país que produce el café está, en sus manos, súbale también el precio de la cafetera. Un poco más. Otro poco. Cada vez más. ¡Plus ultra! Un buen empresario se repite siempre aquel sabio refrán: «hoy por mí, y mañana también por mí».

    Por las bajadas y subidas injustas de los precios, el primer mundo le robó a América Latina en 1984, en un sólo año, la enorme suma de 20 mil millones de dólares. Con ese dinero se hubiera podido alfabetizar a todos los latinoamericanos que no saben leer. Y erradicar de nuestro continente la malaria, la poliomelitis, la difteria, y tantas otras enfermedades graves.

    EMPRESARIO
    LATINO —Profesor, una pregunta…
    PROFESOR —Diga usted.
    EMPRESARIO
    LATINO —Profesor, yo soy un empresario… pero del tercer mundo.
    TODOS —¡Ohhh…!
    EMPRESARIO
    LATINO —Sí, sí, disculpen. Yo sé que este es un curso reservado para los del primer mundo, pero…
    PROFESOR —Ya que está aquí, no sea tímido, señor mío. Pregunte.
    EMPRESARIO
    LATINO —Profesor, ¿cómo la explicaré? Yo, los empresa nos del tercer mundo, quisiéramos también ganar… no tanto como ustedes, pero en fin…

    PROFESOR —Querido amigo: ustedes también merecen su parte. Al fin y al cabo, son cabeza de ratón. ¿Qué pueden hacer ustedes? Nosotros controlamos los precios. Y así ganamos. Controlen ustedes a los obreros. Y así ganarán también. Ustedes colegas empresarios del tercer mundo tienen en su mano otra varita mágica: los salarios… Bájenlos, bájenlos… Así ganarán bastante.

    Haití sobrevive con sus ventas de café al extranjero. Pero en las plantaciones de café, los haitianos cobran 30 centavos, 20 centavos, hasta 7 centavos de dólar por día. Las fincas de café en Guatemala cuentan con policía privada. Allí un hombre vale menos que su tumba. Allí no hay camiones ni carretas porque los finqueros no los necesitan: sale más barato transportar el café a lomo de indio.

    ¿Alguna pregunta más, estimados empresarios del primer mundo? Bueno, pues si no hay más…

    VECINA —¡Un momento!
    PROFESOR —¿Usted quiere algo, señora?
    VECINA —Nada, yo no quiero nada. Porque yo no soy empresaria ni sé de qué mundo soy…
    TODOS —¡Ohhh…!
    PROFESOR —¿Y qué busca aquí?
    VECINA —¡Decirle a usted que ya su café me está sabiendo a purgante!
    ABUELO —Señora, no se sulfure que…
    VECINA —Déjeme quieta. Que ahora éste me va a oír… Sí, ustedes, señorones de cuello y corbata, que nunca en su manganzona vida habrán visto una mata de café, ni saben lo que es partirse los riñones en un cafetal, recogiendo a mano por las lomas, grano a grano, para ganarse tres centavos al final… ¡Ah, no, ustedes están bien repantingados aquí, averiguando la mejor manera de robarle al prójimo! ¡Ustedes cada vez más ricos y más sobrados! ¡Y a nosotros que nos parta un rayo, ¿no?! Pero, ¿saben qué les digo? ¡Que sí fuera por mí se arreglaba enseguida todo este asunto del café!
    PROFESOR —¿No me diga? ¿Y cómo lo arreglaría usted, estimada señora?
    VECINA —Guárdese el cumplido. Y guárdense sus cafeteras y sus varitas mágicas… Nada, no les vendemos nada a ustedes, hasta que no haya precios justos. Nos ponemos de acuerdo y nada, ¿me oyen? Ni una libra. Y allá en sus países, que desayunen con alfalfa, ¡a ver sí les gusta!
    PROFESOR —Señora, por favor, no sea ingenua… Si ustedes no nos venden…
    VECINA —¡Se lo vendemos a otros! ¿O es que ustedes son el único ombligo del mundo? ¿Se creen la mamá de Tarzán, verdad? Pues se equivocaron. Hay muchos países que nos pueden pagar mejor que ustedes, y que no abusan de la confianza.
    PROFESOR —No sea primitiva, señora. Ustedes tienen ya una cuota asignada y una obligación que cumplir en el mercado internacional. No sería nada conveniente venderle a «esos países» en los que seguramente usted está pensando…
    VECINA —¿Ah, no? ¿Con qué no sería «conveniente»?… ¿Y dejarnos robar por ustedes eso sí nos conviene?
    PROFESOR —Basta ya, señora. Lleva cinco minutos acabándome la paciencia.
    VECINA —¡Pues ustedes llevan 500 años acabándosela a nuestros países!
    PROFESOR —¡Terrorista!
    VECINA —¡Cara de pingüino!
    PROFESOR —Mire, señora, yo no sé por dónde entró usted en esta sala. Pero sí sé por dónde va a salir. ¡Policía!
    VECINA —No, no hace falta. Yo me voy por mis propias patas. ¡Mejor es quedarse en la calle, que hacerle de sirvienta a esta bola de canallas!

    SEÑORA —América Latina!
    SIRVIENTA —Mande, señora.
    SEÑORA —América Latina, traéme una taza de café.
    SIRVIENTA —Enseguida, señora.
    SEÑORA —Que esté bien caliente, ¿oyes?
    SIRVIENTA —Oigo, señora.
    SEÑORA —Mejor dos. Para el señor también.
    SIRVIENTA —También, señora.
    SEÑORA —Con galletitas, claro.
    SIRVIENTA —Claro, señora.
    SEÑORA —Vamos, América Latina, date prisa…

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12 LA VARITA MAGICA DEL CAFE

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