134- EN MEDIO DEL CAMPAMENTO

Por el censo, José debe viajar a empadronarse en Belén. Allí le llegan los dolores a María y da a luz a su hijo.

Fue en Jerusalén y en casa de Marcos, unos días antes de la fiesta grande de Pentecostés, cuando María volvió con sus recuerdos a Belén, el pueblo en donde había nacido Jesús.

María – Yo estaba casi para dar a luz cuando los romanos salieron con lo de hacer un censo en todo el país.(1) ¡Qué lío aquellos días, Dios mío! La noticia de esa ley, que todos los israelitas teníamos que cumplir, por las buenas o por las malas, llegó a Nazaret cuando ya empezaba a hacer frío.

Vecina – ¡Desgraciados! ¡Si los hermanos Macabeos levantaran la cabeza! ¡Se la iban a cortar a esta recua de bandidos!
Viejo – Pero, ¿qué es lo que querrán estos romanos? ¡Se creen los amos!
Vecino – ¡Y es que lo son, compadre! ¿O usted se cae ahora de la mata? Desde hace cuarenta años nos tienen agarrados por el gañote! ¡Como en Egipto cuando Moisés! ¡Lo mismito!
Vecina – ¡Ahora, el censo! ¡Lo que quieren es tenernos bien contados a todos, uno a uno, como borregos, para chuparnos mejor los denarios!

La ley del censo mandaba que cada cabeza de familia se trasladara cuanto antes al lugar en donde habían nacido sus antepasados para empadronarse allí. Mis paisanos de Nazaret eran de distintas tribus, así que cada familia recogió sus cosas, cargó sus mulos, y se puso en camino de mala gana. Unos iban más cerca, otros más lejos. En unos días, Galilea se llenó de caravanas que cruzaban el país maldiciendo a los romanos. Como José era de la tribu de Judá, de la familia de David, nosotros teníamos que hacer un viaje muy largo, al sur.

José – ¡A Belén, María, a la otra punta del país nada menos! ¡Qué calamidad ahora! Tú, con esa barriga, los caminos llenos de lodo con las lluvias… ¡Todo se junta a veces!
María – ¡Pues nos quedamos aquí, José, y no vamos a ningún lado!
José – ¡Sí, eso es lo que tenemos que hacer y no andar con tanto cuento!
María – ¡No nos van a llevar a retortero porque se les antoja, caramba! ¿Entonces, José?
José – ¡Uff! Entonces… ve aparejando el mulo, María. Si no nos inscribimos vamos a tener más líos después. Estos tipos lo controlan todo.
María – Pero, José, es un viaje muy largo. El niño está al nacer…
José – ¿Qué prefieres? ¿Que nos metan presos y que nazca en la cárcel?

Y nos fuimos a Belén.(2) Yo, montada en un mulo viejo, más muerta que viva. La verdad es que no me sentía tan mal ni el niño me daba mucha fatiga, pero tenía mi buen susto de que el parto me llegara lejos de mi madre, en un sitio extraño. A la altura de Naím, los que salimos de Nazaret para el sur nos juntamos con una gran caravana que venía de más lejos y que iba también para allá. Varias mujeres estaban como yo, en estado. Y aunque dicen que mal de muchos es consuelo de tontos, a mí aquello me dio ánimos.

Hombre – ¿Y hasta dónde va usted, paisano?
José – Hasta Belén, ¡imagínese! ¿Y usted?
Hombre – Nosotros nos quedamos más cerca, en Silo. ¡Ya veo que su mujer va madurita, como la mía!
José – Así mismo es. Bueno, con tal de que al muchacho no le dé por nacernos en mitad del camino…
María – ¡Ay, José, por Dios, no digas eso!
Hombre – Y, dígame una cosa, ¿usted qué quiere, niño o niña?
José – Yo lo que quiero es que sea un valiente, ¡eso es lo que yo quiero! Si es niña, como Débora, aquella luchadora con más agallas que un hombre. Y si es niño, que salga con algo de lo que tenía Moisés.
Hombre – ¡Que tenía lo que hay que tener, qué caramba!
José – Porque, digo yo que… ¿mellizos no serán, eh, María? Con ese barrigón… ¡Ni se te ocurra! Mira que la vida ya está bastante difícil para apechugar con dos bocas más, así de golpe.

Después de tres jornadas de camino, llegamos a Belén, la que llaman “la casa del pan”.

Vieja – ¡Atención, paisanos, Belén a la vista!
Hombre – ¡Quítense las sandalias, compañeros, que esta tierra es bendita! ¡De aquí salió el gran David!
Mujer – ¡Y también su gran abuela, que si Rut no llega a enamorar a Booz, otro gallo nos hubiera cantado! ¡Ea, andando y a buscar sitio!

Cuando entramos en Belén, la aldea estaba abarrotada de gente y comenzaba a llover.

María – ¿Dónde vamos a meternos, José? Han venido muchos para el censo. Parece que David tuvo más nietos que conejos…
José – No te preocupes, María… Me dijeron que los galileos tienen un sitio allá en un descampado. En las posadas de aquí sólo entran los ricos.(3) Estos paisanos tienen fama de careros. Te cobran hasta por respirar.

Atravesamos como pudimos el pueblo, por las calles estrechas y retorcidas, empantanadas por el barro. Junto a ellas, se amontonaban las casitas blancas, de techo redondo. Los camellos y los animales de las caravanas temblaban de frío, con los pelos enmarañados, empapados por la lluvia. Yo me apoyaba en José para no caerme. Y José se apoyaba en su largo bastón tirando de la cuerda a nuestro mulo. El testarudo andaba a trompicones.

José – ¿Te sientes bien, María?
María – Estoy cansada. Mira, me da el corazón que la cosa ya está cerca. Este niño se está moviendo demasiado. Parece que tiene prisa.
José – O será que nos va a salir bailador, como el rey David. ¡Algo tendrá que sacar de él si nace en su pueblo!

No duró mucho la lluvia. Detrás de ella, un viento fresco barrió las nubes y, al llegar la noche, el cielo quedó limpio, lleno de estrellas. Los galileos teníamos nuestro campamento en las afueras, en un llano sembrado de palmeras desde donde se veían las luces de Belén.

Galileo – ¡El que quiera más aceitunas, ahí tiene! ¡O dátiles! ¡Esta noche todo es de todos, paisanos! Viejo – ¡Hasta los piojos, caramba!

Recuerdo que hicimos una fogata grande y nos juntamos alrededor para comer algo. Algunos hombres se pusieron a cantar viejas canciones de aquella tierra, que sus abuelos les enseñaron. Los niños que habían venido en la caravana jugaban cerca del fuego. Estábamos alegres. Nos apretábamos unos contra otros para olvidar el frío, descansando del largo viaje.

Galileo – Mira que hacernos atravesar el país entero sólo para anotarnos el nombre en un papiro de ésos. ¡Romanos sinvergüenzas! ¡Ya las pagarán todas juntas cuando llegue el Mesías! Ése les va a hacer tragar tanto papel y tanta ley y tanto César Augusto…
Vieja – Ése sí que va a ser un día de alegría gorda, sí señor, ¡como cuando la cosecha sale buena! ¡Un día de fiesta!
Muchacho – ¡Y nosotros que lo veamos, vieja! Dicen que los profetas tienen anunciadas grandes cosas para entonces. ¿Saben lo que contaba mi abuelo? Que ese día el lobo y el cordero serán vecinos y no pelearán, la vaca y la osa serán compañeras y acostarán juntas a sus crías. ¿Ustedes se imaginan? ¡Ah, caramba, eso sí que será vivir con tranquilidad, sin sobresalto!
Viejo – Bueno, bueno, muchachos, sigan hablando, que la noche está bonita y las palabras de ustedes también. Pero, ¿saben lo que yo creo? Que o Dios se quedó dormido o el Mesías se equivocó de camino. Porque yo tengo ya los dientes amarillos y todavía no he visto nada.
Galilea – Vamos, viejo, no se desespere. Mire que Dios tiene su hora. Si él prometió, él cumplirá.
María – ¡Ay, José, ay… ay, ay, que me da, José que me da!
José – Pero, ¿qué te pasa, María, por Dios?
Mujer – ¿Qué le va a pasar, hombre? ¡Que el niño ya quiere sacar la cabeza!

Yo no me acuerdo de cómo fue todo. Entre José y otros hombres me cargaron.

Hombre – ¿Dónde la metemos, Simón?
Simón – ¡Allá, en esa cueva!
Hombre – ¡Pero, si está llena de animales!
Simón – ¡Los sacamos fuera, hombre! ¡Anda, corre tú a espantarlos!
José – Oiga, doña Noemí, ¡venga con nosotros! ¿Usted no es comadrona?
Noemí – ¡Pero mira a éste ahora con comadronas! ¡Hijo, aquí el que no ha parteado una vaca ha parteado una chiva! ¡Vamos todas!

El campamento entero se alborotó. Cerca del claro donde estábamos, en la ladera de la colina, había algunas cuevas donde los pastores guardaban sus ovejas. Las mujeres echaron a correr hacia allá. Todas querían ayudar. Los hombres tampoco se quedaron cortos. ¡Madre mía, qué carreras!

Hombre – ¡Uhooo! ¡Fueraaa! ¡Fueraaa! ¡A dormir al raso, ovejitas, que esta galilea necesita el cobijo! ¡Fueraaa!

Me metieron en una de las cuevas y me acostaron sobre un montón de paja seca.

Vieja – Vamos, muchacha, es el primero y cuesta más, pero ya verás que todo sale bien.
Galilea – ¡Ea, los hombres fuera! ¡Esto es cosa de mujeres!
Viejo – ¡Diablos, hay una peste del demonio aquí dentro!
Mujer – ¡Pues vete, entonces, que falta no haces! ¡Prende bien esa mecha, tú, y aléjala de la paja, no vayamos a tener una candelada! ¡Ea, he dicho que los hombres fuera!
Hombre – Que yo recuerde… ¡hip!… dijimos que esta noche todo era de todos. Pues entonces ese niño que va a nacer también es nuestro, ¡sí señor! ¡Hip!
Vieja – ¿Ah, sí? ¡Pues a ver si lo pares tú, zoquete! ¡Fuera, fuera!
José – Déjame quedarme a mí. ¡Soy el padre, caramba!
Mujer – Pues si eres el padre, haz algo útil. ¡Ve trayendo agua caliente en un cántaro y un par de paños limpios!

La noche entró en su primera guardia. Yo seguía allí, sobre las pajas, bañada en sudor, en la tremenda lucha de dar a luz apretando con ansiedad la mano de una de aquellas mujeres que tanto me ayudaron.(4)

Mujer – Vamos, María, que todo va muy bien. Ayúdalo a nacer. Anda, respira fuerte. Así, así…
María – ¡Ay!… ¡Ay!
Vieja – ¡Qué cosas! Ayer el de la Rebeca y hoy el de la María. ¡Dos días, dos partos! ¡Lo que es los galileos vamos a llenar el país!

¡Qué largas se me hacían las horas! Los dolores iban y venían como las olas del Mar Grande. La cueva seguía en penumbra, llena de mujeres. Los hombres, fuera, conversaban y cantaban, esperando la llegada del niño. Nadie durmió aquella noche.

Mujer – ¿Todo va bien?
Vieja – Claro que sí. Lo que pasa es que debe ser muy grande este niño.
Vieja – Vamos, María, un último esfuerzo, muchacha.
Mujer – Ponle un trapo con agua en la cabeza, Anita, refréscala.
Vieja – ¡Vamos, vamos, que ya viene! Sujétale bien las piernas, Noemí.
María – Ahh… ¡Ay! ¡Ay!
Mujer – Empuja más fuerte, María… ¡que ya está ahí la cabeza!
Vieja – ¡Ya está aquí! ¡Bendito sea Dios!
Mujer – ¡Es niño! ¡Has tenido un varón!
Mujer – ¡Corre, Chichí, avísale al padre!

José vino corriendo…

José – ¡María!
María – ¿Es bonito, José… es bonito?
José – Es precioso… ¡y se parece a mí! ¡Ja! Digo, por decir algo… Te quiero mucho, María.
Vieja – ¡El marido déjese ahora de besuqueos, que la mujer parida tiene que descansar!
Mujer – ¡Estos hombres! ¡Como ellos no pasan los dolores!

Las mujeres me lavaron al niño, lo envolvieron en pañales y me lo pusieron al lado, sobre las pajas. Y acercaron una lamparita para que lo viera bien.

Mujer – ¡Cuidado, muchacha, que el humo le molesta!
Vieja – ¿Tienes ya leche, hija?
María – Sí, creo que sí…
Vieja – Entonces dale la teta. Así se callará el pobrecito. Debe tener hambre.
Mujer – Mira, hija, hazlo así…
Vieja – ¡Y ahora, ya pueden entrar todos a ver al niño de la nazarena!
Hombre – ¡Eh, vengan a ver a un muchacho como Dios manda!

Nació en medio de su pueblo, de aquel pueblo que desde hacía mil años lo esperaba con hambre y sed de justicia.(5) Lo recibieron en este mundo las manos callosas y sufridas de las mujeres de Galilea. Nació en mitad de la noche y, en silencio, las estrellas repiquetearon como campanas para anunciar la alegre noticia de que él ya estaba en medio del campamento, entre nosotros, como uno más.

El pueblo que andaba en tinieblas
vio una gran luz.
Y tú, Belén, tierra de Judá,
no has sido la más pequeña
entre las aldeas de Israel,
porque en ti ha nacido
Aquel que ha de liberar al pueblo
y le traerá la paz prometida.
Sobre él reposará el Espíritu del Señor,
aleteando como en los comienzos del mundo,
y la envergadura de sus alas
abarcará la anchura de tu tierra, Emmanuel.
Lucas 2,1-7

 

Comentarios

1. El año en que nació Jesús no se conoce exactamente, pero la referencia que hace el evangelio de Lucas a un censo ordenado por Roma nos aproxima a ella. Todo parece indicar que Jesús vino al mundo en los años inmediatamente anteriores a la anexión definitiva de Palestina al imperio romano o muy poco después. Durante aquellos años fue cuando Roma ordenó hacer un censo en Palestina, aunque no se sabe con certeza el tiempo que duró ni las fechas exactas.
El censo era un instrumento de control que empleaba Roma en sus dominios. El realizado en Israel, según Lucas, fue ordenado por Publio Sulpicio Quirino, legado de Roma en la provincia de Siria. El censo comprendía dos etapas: el registro y la recaudación. La primera etapa consistía en levantar un inventario o catastro de personas y propiedades en todo el país. En la segunda etapa, se asignaba a cada uno los impuestos correspondientes y se comenzaba a cobrarlos. La segunda etapa, la que algunos investigadores llaman simplemente «censo», parece haber tenido lugar hacia el año 6 después de Jesús. Si admitimos estos datos, el nacimiento de Jesús habría ocurrido durante la primera etapa, la del registro.
Al escribir su evangelio, Lucas se interesó particularmente por este hecho histórico y político, ya que los viajes de una región a otra que el censo provocó en todo el país, justificaban el traslado de José y María a Belén. Haciendo nacer a Jesús en Belén, la ciudad de David, Lucas podía establecer entre él y el gran rey de Israel una relación no sólo simbólica, sino además familiar. El viaje de Nazaret a Belén duraba unas cinco jornadas de camino.
El censo fue acogido por los hombres y mujeres de todo el país con verdadera indignación. Aquella ley consagraba formalmente la sumisión del pueblo y de la nación al imperio romano. A partir del censo, Palestina fue constituida en provincia de Roma. Según la organización imperialista, desde aquel momento se reconocía únicamente a los israelitas el derecho de usufructo de la tierra, para trabajarla y administrarla, reservándose Roma la propiedad sobre ella. Para el pueblo, el censo no fue sólo una medida de dominación política y económica, sino una auténtica blasfemia. Para Israel la tierra era santa, Dios era su único dueño y era su voluntad el que nadie se adueñara permanentemente de ella. Las leyes sociales de Israel orientaban en este sentido.

2. Belén era una ciudad importante cuando Jesús nació. Está situada a unos 10 kilómetros de Jerusalén, hacia el sur de la capital, en tierras de la familia Efrat. Por eso se llama también «Belén de Efratá». El nombre de Belén significa «casa del pan». En Belén había nacido David, el rey más amado de los israelitas. Era pastor y en los campos de aquella ciudad cuidaba sus ovejas cuando fue ungido como rey de su pueblo (1 Samuel 16, 1-13). También el profeta Miqueas había anunciado que de Belén saldría el futuro rey de Israel, el nuevo David que pastorearía al pueblo (Miqueas 5, 1-5). Tanto Lucas como Mateo presentan en sus evangelios a Jesús como heredero del linaje de David y afirman que en él se cumplió la profecía de Miqueas, que anunció el lugar de origen del Mesías esperado. Con esto, más que historia, hacían catequesis, y desde el comienzo del evangelio explicaban quién era Jesús y cuál iba a ser su misión.
Belén es hoy una hermosa ciudad árabe, con casas pequeñas y blancas que se amontonan sobre una colina. Entre todas ellas destaca la Basílica de la Natividad, construida hace mil 500 años y todavía en pie. Es una de los templos cristianos más antiguos del mundo. Muy grande, no tiene más que una estrecha y bajísima puerta de entrada, pues cuando se edificó eran tiempos de guerra. No haciéndole más puerta que ésta, se evitaba que jinetes armados entraran en el templo. En su interior, gastado por el tiempo, por el humo de las velas, por las pisadas de miles de peregrinos, existe una pequeña gruta que evoca el lugar donde nació Jesús. En el suelo una estrella señala, más piadosa que históricamente, el sitio del nacimiento. Tiene grabada una inscripción: «Aquí nació Jesús de María Virgen».

3. En Belén, como en toda ciudad de relativa importancia de Palestina, existían posadas para los que iban de paso a Jerusalén o a otras ciudades. El que «no hubiera lugar» para José y María en una de aquellas hospederías lugar para acoger a las caravanas, donde se alojaban tanto personas como animales: caballos, camellos, burros no sería por «maldad» de los posaderos que rechazaban al Hijo de Dios aún antes de nacer, como han hecho creer algunas tradiciones. No hubo lugar porque aquellos sitios estarían atestados o porque los precios estarían tan altos que José y María no podrían pagarlos. Los comerciantes, con toda seguridad, se aprovecharon del censo para cobrar más por el hospedaje. En todo caso, cuando los galileos iban a Judea procuraban alojarse juntos y mantenerse unidos. No es extraño que hicieran campamentos colectivos, más aún en circunstancias tan especiales como las del forzado viaje con ocasión del censo.

4. María parió a Jesús. Su hijo no apareció «milagrosamente» sobre las pajas de la cueva de Belén. Jesús nació como todos los seres humanos, fruto del esfuerzo y los dolores de su madre. En Israel, cuando los niños nacían les cortaban el cordón del ombligo, los lavaban y los fajaban. También había costumbre de frotarlos con sal (Ezequiel 16, 4). Lo primero que se hacía era avisar al padre para que la comunidad le felicitara.

5. No sabemos si Jesús nació en los meses de invierno o en los del verano, ni mucho menos si su nacimiento ocurrió un 25 de diciembre. Esta fecha, que ha sido la fecha de Navidad desde hace más de mil 500 años, tiene su origen en la gran Fiesta del Sol Invencible que se celebraba en Roma y en todo el imperio romano con gran alegría popular. Los primeros cristianos cambiaron el sentido original de esta fiesta y comenzaron a celebrar ese mismo día el nacimiento de Jesús.

134- EN MEDIO DEL CAMPAMENTO

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