14 EL DIOS PETROLEO

…y la gran ciudad creada a su imagen y semejanza

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    En el principio existía el petróleo, pero el petróleo estaba escondido bajo la tierra y bajo las aguas. Desde el principio existía el petróleo, pero los capitalistas no lo habían descubierto aún… En los primeros años de la era capitalista, en 1859, fue perforado el primer pozo de petróleo cerca de Pensylvania, en Estados Unidos. Entonces, llegó el neoyorkino John Rockefeller y dijo:

    ROCKEFELLER —¡Hágase la luz!

    Y los faroles brillaron con el nuevo queroseno. Y después dijo Rockefeller:

    ROCKEFELLER —¡Háganse los oleoductos!

    Y las grandes tuberías transportaron el petróleo crudo hasta los tanques industriales.

    ROCKEFELLER —¡Háganse refinerías que separen los aceites pesados y los aceites ligeros, los lubricantes y los carburantes, la nafta y los residuos!

    Y vio Rockefeller que todo estaba saliendo muy bien. Entonces, dijo:

    ROCKEFELLER —¡Hágase la gasolina que alimenta a los automóviles que corren por la tierra, y a los barcos que surcan los mares, a los aviones del cielo y a los submarinos que están debajo de las aguas!

    Y el petróleo refinado se transformó en gasolina, y en gasoil, y en fueloil, y en…

    ROCKEFELLER —… ¡y en Standard Oil! ¡Hágase la Standard Oil Company que domine sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra!

    Y en 1870, John Rockefeller fundó la empresa más poderosa del mundo capitalista. A imagen suya la creó. Y su presidencia, naturalmente, la ocupó él mismo.

    ROCKEFELLER —¡Hágase al hombre, al hombre más rico del mundo… es decir, yo mismo!

    Y John Rockefeller y la empresa por él creada, creció y se multiplicó y llenó la tierra, y compró bancos, y aplastó competidores, y exprimió obreros, y estafó gobiernos, arruinó y levantó, desfalcó y acumuló, y amasó una fortuna de miles de millones de dólares, una fortuna gigantesca como no se había visto hasta entonces ni se verá jamás.

    ROCKEFELLER —Y ahora… ¡ahora hágase lo que a mí me da la gana!

    John Rockefeller comprobó que el primer monopolio capitalista funcionaba muy bien. Y el séptimo día, después de dar 25 centavos de limosna, descansó profundamente.

    ROCKEFELLER —¡Nada de dormir! Un buen capitalista no descansa nunca. ¿Cómo voy a dormir si ahora comienza lo mejor del negocio? Ya tengo el control de casi todo el petróleo norteamericano. No está mal. No está mal para empezar. Veamos cómo anda el mundo… ¡Quiero un mapa! ¡Un mapa con todos los países! A ver, a ver… Africa, Asia… Arabia, hermosas arenas… Egipto, Libia, Irán… Hay que abrir pozos de petróleo en todas partes… Veamos por acá más cerca… América Latina… Aquí debe haber también petróleo… Mi olfato no me engaña… Venezuela… ¡Venezuela! ¡Je, mis narices capitalistas me dicen que allí habrá pronto un gran negocio, un grandísimo negocio!

    COMPADRE —Y no se equivocó la nariz de Rockefeller. De Venezuela iba a sacar pronto una millonada de petróleo. Y de dinero.
    ABUELO —Por lo que oigo, los que comercian con el petróleo se hacen dueños de medio mundo.
    COMPADRE —Del mundo entero. Es que la industria moderna no puede vivir sin petróleo. Todo se mueve con petróleo. Todo se hace con petróleo. Desde la luz de las bombillas, hasta la bolsita de plástico en la que usted se come las papas fritas. Y a lo mejor, las papas también son plásticas, porque hasta comida están sacando ya del petróleo.
    VECINA —Eso es verdad. Mi vecina le compró unos calzoncillos a sus muchachos y le dijeron que están hechos con no sé qué mejunje de petróleo.
    COMPADRE —Todo, todo el mundo moderno depende del petróleo. Es como la sangre para el cuerpo. Por eso, las empresas petroleras tienen tanto poder, dominan el mundo. Y por eso, dominaron a Venezuela. Los venezolanos no sospechaban cuánto, cuantísimo petróleo tenían bajo sus pies…

    En el principio, los capitalistas no se fijaron demasiado en Venezuela. Sólo podían sacar de allí el cacao y el café. En el principio, Caracas, la capital del país, era una ciudad pequeña y familiar. Los vecinos conversaban en los frescos patios y podían dormir con la puerta abierta. Caracas era una ciudad tranquila donde los compadres caminaban sin prisa y se saludaban en la plaza mayor, junto a la silenciosa catedral…

    VENEZONALO —Buenos días, don José…
    OTRO —Buenos días, don Ricardo…
    VENEZOLANO —Ahhh, linda mañana, vecino. Y cuénteme, ¿cómo van las cosas?
    OTRO —Ya usted lo oyó. Dicen que en Maracaibo está apareciendo esa grasa negra, el petróleo ése. Y que está llegando mucha gente de fuera pa investigar.
    VENEZOLANO —Bah, no haga caso. Alborotos de los maracuchos. Ya sabe cómo son. ¿No oye las campanas? Es mediodía. Le invito a comerse unas arepas bien calientes… Y así hablamos de sus muchachos, que ya están creciditos.

    Caracas era una ciudad tranquila, hasta que en 1917 el país se convirtió de repente en un manantial de petróleo. En el lago de Maracaibo reventó el pozo más grande del mundo, el pozo de La Rosa, que chorreaba cien mil barriles de petróleo por día…

    MUCHACHO —¡Qué molleja, esto no se lo cree ni La Chinita! ¡Vaya saperoco que se va a armar en este país!

    El dios petróleo se adueñó de Venezuela. Y las empresas petroleras crecieron y se multiplicaron y lo llenaron todo. Mene Grande, Lagunillas, Bachaquero, nuevos pozos. Más petróleo. Se perfora junto al lago y bajo el lago. Se perfora hasta en las esquinas de las calles. Todo se tiñe de negro. Los balancines cabecean, suben y bajan, chupando más y más petróleo. Taladros, tuberías, voces en inglés que dan órdenes en el lago de Maracaibo. Voces también en inglés en el despacho del presidente venezolano Juan Vicente Gómez…

    GRINGO —Presidente Gómez, la Esso Standard Oil del grupo Rockefeller necesita la firma suya para poder organizar bien la producción del petróleo en Maracaibo.
    GOMEZ —Miren, por mí llévense hasta el agua del lago, si quieren. Pero algunos reales me deben quedar a mí también, ¿no le parece?
    GRINGO —A usted y a todos los suyos, señor presidente. Todos tendrán acciones en la Esso Standard Oil.

    Rockefeller siempre dice que amor con amor se paga. Pero ahora, échenos unas firmitas aquí…
    GOMEZ —Bueno, pues.

    Y como el dios petróleo era tan tentador, el presidente venezolano mordió con gusto la manzana. La ley petrolera de 1922 fue redactada por las compañías extranjeras. Los campos petroleros quedaron cercados y con policía propia. Los guardianes del nuevo paraíso prohibían el paso por las carreteras que sacaban el petróleo derechito al puerto. En sólo 7 años, Venezuela llegó a ocupar el segundo lugar entre los países que más petróleo producían en el mundo. Pero las empresas aún no estaban satisfechas.

    GRINGO —Unas firmitas más, señor presidente…
    GOMEZ —Está bien, está bien. Yo les firmo hasta en las nalgas, si quieren. Pero a mí ustedes tienen que mantenerme en esta silla, ¿me oyen?

    Juan Vicente Gómez, dictador por obra y gracia de la Shell y de la Esso Standard Oil, mal gobernó a Venezuela durante 27 interminables años. Le dio tiempo de sobra para regalarle a los extranjeros una fortuna de petróleo. Murió Gómez y las compañías petroleras continuaron saqueando el país. A los pocos años, impusieron la sangrienta dictadura de Pérez Jiménez.
    Continuó la hemorragia de petróleo. Venezuela llegó a producir casi cuatro millones de barriles diarios para alimentar la maquinaria industrial del mundo capitalista.

    VECINA —¡Qué vendepatrías! ¡Si Simón Bolívar levantara la cabeza, se vuelve a morir de la rabia!
    COMPADRE —Imagínese, señora, esos Rockefeller son los ricos más ricos del mundo. La Standard Oil es la empresa capitalista más grande del mundo entero. En un año, esa gente puede sacar 6 mil, 8 mil millones de dólares de ganancias. Pues resulta que más de la mitad de esa millonada la sacan los Rockefeller de Venezuela, sólo de Venezuela. la Shell, la Gulf y las otras “hermanitas” petroleras le chupan otros miles de millones. Imagínese, entonces, la sangría. Ningún país ha producido tanto en tan poco tiempo al capitalismo mundial. A ningún país de nuestra América Latina le han robado tanto como a Venezuela.
    ABUELO —Bueno, pero el que tanto reparte, se quedará con alguna parte. Me dicen que en Venezuela corre el dinero…
    COMPADRE —Si, corre a los bolsillos de un grupito de venezolanos, los socios de la Creole, de la Esso Standard Oil, los pequeños rockefellers criollos que también se creyeron dioses y fabricaron un país y una ciudad a imagen y semejanza de su padrino del Norte. Así es el mundo que ellos crean: riqueza en Estados Unidos y miseria en América Latina. Y dentro de cada país de América Latina, se repite ese mismo mundo, igualito: riqueza para unos y miseria para otros. Pocos con mucho y muchos con poco.
    VENEZOLANO —¡Epa, vale! ¿y ahora qué hacemos con tanto billete? ¡Vamos a ver si nos modernizamos un poco!

    Y Caracas, la ciudad dormida, despertó. Y de su costilla, fabricaron una capital “moderna”. Los nuevos ricos venezolanos aprendieron enseguida la “encantadora” manera de vivir de los norteamericanos…

    VENEZOLANO —¿Por dónde comenzamos? Ah, sí… ¡Háganse las grandes carreteras y circulen por ellas los Mercedes y los Cadillacs, los Chryslers y los Mustang, y todas las especies de automóviles y de ruidosas motocicletas! ¡Y todo lo que se mueve, que se mueva sobre ruedas!

    Y con el dinero fácil del petróleo comenzaron a relampaguear los automóviles último modelo por las autopistas ultramodernas. Avenidas colgantes se entrecruzaron formando un pulpo de mil brazos de asfalto…

    CHOFER —¡Ven acá, chico¡ ¿Tú no ves por dónde caminas? ¡Qué arrechera!
    MUCHACHO —¡Oye al catire éste! ¿Y las calles no se hicieron para caminar?
    CHOFER —¡Ya se formó la tranca otra vez!
    MUCHACHO —¡Tú ves, chamo, por eso yo voy a pie y llego más rápido!

    Caracas, supersónica y estrepitosa, convertida en un inmenso garaje donde los carros se taponan unos a otros en todas direcciones. Los empresarios del petróleo tienen una docena de automóviles a la puerta. Y una docena de choferes a la orden. Pero allá, en el interior, los campesinos siguen amarrando sus burros a los palenques. En Cabimas, la ciudad petrolera, ni siquiera hay cloacas. Todo se queda en la Capital.

    VENEZOLANO —¡Háganse las modernas urbanizaciones y los edificios enormes que suban y suban y rasquen el cielo! ¡Hay que ponerse “a la altura” de las circunstancias, chico!

    Y las torres del petróleo levantaron las torres de Babel de 50, de 60 pisos en el centro de la gran ciudad. Y las lujosas mansiones de la alta, de la “altísima” sociedad de Caracas…

    BURGUESA —¿Oye, supiste lo de Mirtita, la del Country? ¡Se casó el domingo!
    OTRA —¿No me digas? ¿Tan rápido?
    BURGUESA —Se levantó por fin al gringuito ése ¡que está más bueno!
    OTRA —¿Con que amor a primera vista…?
    BURGUESA —No, mija. A segunda. La primera vez que ella lo vio no sabía que era millonario.

    Pero los campesinos siguen viviendo en ranchos, piso de tierra, sin agua ni luz ni médico. Los campesinos emigran a la gran ciudad buscando trabajo. En 30 años, Caracas multiplicó su población por siete. Pero los que llegan, van a parar a los cerros que rodean la capital. Allí viven en un amasijo de casas y de basura. El transporte no llega. El agua y el médico tampoco. Lo que más pronto llega es el desalojo.

    VENEZOLANO —¡Háganse los grandes banquetes y lleguen al puerto de La Guaira barcos repletos de manjares extranjeros!

    En Caracas, se venden salmones frescos del Báltico, mermeladas irlandesas, dátiles de California, quesos de Holanda, paté de Estrasburgo, aceite de Portugal, castañas de Francia, mantequilla de Australia…

    BURGUESA —¿Quieres “bins”, mi amor?
    BURGUES —¿Qué “bins”?
    BURGUESA —Frijoles, cariño, caraotas. Es lo mismo, pero suena más bonito.

    La lechuga y el maíz vienen de fuera. Hasta los frijoles negros, plato nacional, vienen del extranjero. Y sin embargo, los inmensos llanos de Venezuela podrían alimentar a una población diez veces mayor que la actual. La Reforma Agraria quedó a medio camino y los jornales del campo no alcanzan para vivir. Sin tierras y sin trabajo, los campesinos van a la gran ciudad esperando recoger las migajas del banquete…

    VENEZOLANO —Hágase ahora… ¡hágase ahora el bochinche, chico! ¡Háganse fiestas y parrandas de 7 días, que corra el whisky y el champán!, ¡que se forme vacilón! ¡Uepa, vale, a gozar la vida!

    En proporción a la cantidad de habitantes, ninguna otra nación del mundo consume tanto champán francés. El ron nacional es excelente. Pero se bebe whisky de Escocia, con agua de Escocia que Venezuela trae en bolsitas de plástico a través del océano.

    BURGUESA —Oye, Carolina, no te olvides. El viernes a las ocho nos encontramos en El Cafetal… ¡Muérete! Será una fiesta inolvidable. Carne asada y salmón. ¿Te parece bien el menú?
    OTRA —Ay, sí, querida, está cheverísimo. A mi perrita Fifí le encanta el salmón de latita. ¿Verdad que sí, lindura?

    Restaurantes especiales para perros, fiestas para perros, escuelas para que los perros de los venezolanos ricos aprendan buenos modales. Pero los hijos de los campesinos no tienen escuelas ni profesores. Los hijos de los campesinos tienen hambre. El gobernador del Yaracuy informó que una niña se comió, por hambre, la mitad del dedo meñique. Salió en los diarios, en la misma prensa que anuncia, en crónicas de sociedad, las fiestas de los perros.

    VENEZOLANO —Háganse… bueno, ¡háganse buenas cerraduras y cerrojos y candados y mirillas para las puertas y alarmas contra robo… porque si no, vale, nos bajan de la mula y nos quitan lo que tenemos!

    Caracas, una ciudad violenta. Las casas tienen rejas, las ventanas tienen rejas. No hay que bajar el cristal del automóvil ni andar por calles solitarias ni…

    VENEZOLANA —¡Ay, ay, auxilio, ay!
    VENEZOLANO —¿Qué le ha pasado, señora?
    VENEZOLANA —Ese, ese malandro que me ha robado la cartera… Esta chusma que no respeta. Por ahí va, mírelo…
    VENEZOLANO —¡Qué sinvergüenza! Esta ciudad está llena de ladrones. Hasta de día te asaltan…
    VENEZOLANA —¿Cómo dice…?
    VENEZOLANA —Que por suerte… Pero, ¿qué le pasa a usted? ¡Ay, coño, mis orejas! ¡Desgraciado! ¡Ahí va el otro!… ¡Policía!

    En la bulla de la gran ciudad, nadie encuentra a nadie…

    VENEZOLANO —¡Hágase al hombre, al hombre moderno, al joven del futuro, creado a imagen y semejanza de… John Rockefeller!

    Los jóvenes plásticos mascan chicle, bailan rock duro y break dance y llenan las discotecas enfundados en ropas sicodélicas…

    MUCHACHO —¿Qué te pasa, brother? ¿No te gusta mi caída? Sí, tú, tú mismo que estás leyendo esta basura de libro… ¿Qué dices? ¿Que no te va el swing moderno? Alegra esa bemba, men… Shsst. ¿No te quieres dar? Un puyazo, pana, un pinchacito, meu…
    ¿O la prefieres más cura? ¿De qué te ríes? ¿Que de qué te ríes te digo? Cierra ese libro, vale, y ven conmigo, okey? ¡Qué nota! ¡Agárrenme que voy de viaje!

    VECINA —Ay, Virgen santa, ¿y qué ciudad es esa? ¿Y qué locura se traen?
    COMPADRE —La misma locura que en todas las grandes ciudades de nuestra América Latina que ya se han “civilizado’; que han imitado la “superior cultura” de los americanos, el buen gusto de los americanos…
    ABUELO —Pero cuatro locos no hacen un manicomio. No todos vivirán así en Caracas, digo yo…
    COMPADRE —Claro que no. Y menos ahora, que ya no se puede traer de fuera el agua en bolsitas como en los años 70 ni se puede comer “bins”… Cayeron los precios del petróleo, cayó la moneda venezolana…
    VECINA —¿Y cayeron también los ricachones…?
    COMPADRE —Qué va, esos siempre flotan. La lujosa Caracas sigue rodeada de miseria. Y ellos, los pequeños rockefeller, los dioses del petróleo, tan tranquilos, creando siempre el mismo mundo.
    Repiten y repiten el modelo: países ricos y países pobres. Y al interior de cada país, la capital rica y el campo pobre. Y al interior de la capital, un puñado de ricos y una gran mayoría de pobres. Unos, millonarios de petróleo. Y otros, millonarios de lombrices. Este es el único mundo que saben crear los capitalistas. Sí, Caracas está rodeada de barrios fangosos. Un millón de personas amontonadas en los cerros, mirando desde arriba tanto despilfarro…

    MUCHACHO —¿Que cómo llegamos a este cerro?… Cónchale, vale, mi papá un día se levantó con la fiebre: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra. Allí hay trabajo, hay billete”. Y con la misma, arrancamos pá la capital, con la abuela, los carajitos y tó los macundales… El viejo también pensó que podía crear el mundo. También sabía decir sus palabritas: ¡“Háganse una casa!” Pero, qué va. Llevamos siete años y aquí seguimos en este rancho de cartón. “Hagan la comida”… Y ya usted ve, si almorzamos, no cenamos. El viejo me dijo un día: ”¡Háganse un hombre trabajando!”. Me puse a limpiar vidrios, a limpiar calles, a limpiar zapatos… Después, limpié bolsillos. Aquí no hay chance pá nadie. El viejo le dijo a mi hermana: ”¡Hágase una mujer de provecho!”… Y mi hermana pá arriba y pá bajo… Tampoco. Ahora anda encuerándose por ahí, pá sacar algunos reales… ¿Y qué va a hacer? “El hambre justifica los medios”, como decía Jesucristo. Pero el viejo, siempre con la esperanza: “Mujer, hágase unos numeritos de lotería a ver si así salimos adelante”. Tampoco. Si la vieja jugaba el 34, salía el 43. “Abuela, hágale una promesa a la virgen de Coromoto, a ver si así…” Tampoco. La Virgen está sorda con la bulla de ciudad. O anda buscando trabajo ella también. “Hagan una comisión, una denuncia, una carta al Papa, lo que sea…” Tampoco. “Pues entonces, hagan últimamente, ¡hagan la mierda que les dé la gana! Total, esto sólo se arregla con bala”. El viejo se calentó. Se cansó. Está bien. Nos jodimos. Y hay muchos jodidos encaramaos en estos cerros. Pero ellos, los riquitos, a ellos también les va a llegar lo suyo. ¿Usted no ha ido por Maracaibo? Vaya y vea los balancines, esos aparatos que sacan el petróleo. Parecen zamuros, pájaros negros, hunden el pico, suben y bajan, chupan petróleo, ni de noche se paran… ¿Y cuando se oiga “chrussst”? Como cuando se acaba un refresco… “Chrussst”… Yo oí decir que al petróleo le quedan pocos años. Se está acabando. ¿Qué van a hacer entonces “ellos”?
    Se les acabó el relajo y la mamadera de gallos. No va a haber Rockefeller ni dios que los salve. Ahí los quiero ver cuando se acabe… O a lo mejor los veo antes. Porque ellos están allá abajo. Y nosotros, acá arriba en estos cerros… Abajo está la gasolina… y arriba, la mecha y la candela. Cualquier día bajamos, vale, cualquier día…

    bq. * “Siguiente capítulo(enlace)”:“article/15-han-llegado-las-transnacionales/
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