45- UNA PREGUNTA DESDE LA CÁRCEL

El profeta Juan, preso en Maqueronte, pide a dos discípulos suyos que averigüen si Jesús es el Mesías que ha de venir.

Juan, el profeta del desierto, seguía preso en la cárcel de Maqueronte. El rey Herodes no se atrevía a matarlo por miedo a una sublevación popular. Tampoco se atrevía a dejarlo en libertad por miedo a Herodías, su mujer. Y así, Juan llevaba meses sin ver la luz del sol, pudriéndose en una oscura y húmeda mazmorra, cerca de las montañas de Moab.

Matías – ¡Psst! ¡Carcelero!
Carcelero – ¿Otra vez ustedes?
Matías – Queremos ver al profeta.
Carcelero – Pero, ¿qué se han creído, eh? ¡Váyanse al infierno y déjenme en paz!
Tomás – Que-que-queremos llevarle algo de comida al pro-pro-profeta Juan.
Carcelero – Está prohibido. La ley es la ley.
Matías – ¿Cinco?
Carcelero – ¡Cinco! ¡Puah! ¡Arriesgar mi vida por cinco cochinos denarios!
Tomás – Uff… Te-te-te daremos siete. ¿De acuerdo?
Carcelero – Maldición con ustedes. Está bien, vengan las monedas. ¡Y tú, infeliz, ándate con cuidado! ¡Cualquier día te cortan la media lengua que te queda! ¡Y dense prisa, eh! ¡No quiero problemas!

Los dos discípulos de Juan caminaron por un estrecho y maloliente pasillo hasta llegar al calabozo…

Matías – Juan, Juan, ¡qué alegría verte!
Bautista – Tomás… Matías… ¡qué sorpresa! ¿Cómo pudieron entrar?
Matías – Bah, no te preocupes, siempre se encuentra un alma generosa.
Tomás – ¿Có-co-mo te sientes, Juan?
Bautista – No muy bien, Tomás. La enfermedad sigue mordiéndome por dentro. Escupo mucha sangre.
Matías – Te hemos traído algo de comer. Mira… No es mucho, pero… Y este jarabe de hojas de higuera, que dice una comadre mía que es muy bueno para aflojar los pulmones.
Bautista – Gracias. Si no fuera por ustedes, ¿qué sería de mí? Yo creo que hasta Dios se olvida de los presos.
Tomás – No hables así, Juan. Di-di-dinos lo que necesitas y haremos lo po-po-posible por conseguírtelo.
Bautista – Sí, quiero pedirles un favor. Algo muy importante para mí. Necesito… necesito saber si puedo morir tranquilo.
Matías – ¿Qué estás diciendo, Juan? Ten confianza. Herodes te soltará pronto. Tiene que hacerlo. La gente ha protestado mucho y…
Bautista – La gente se olvida de lo que no ve. Y a mí hace mucho tiempo que no me ven.
Matías – Pronto saldrás de aquí, estoy seguro. Volverás al río y la gente vendrá a escucharte y tú seguirás bautizando al pueblo de Israel.
Bautista – No, Matías, no. Esta enfermedad acabará antes conmigo. Me siento mal. Tengo los días contados.
Tomás – No di-di-digas eso, Juan.
Bautista – La muerte no me asusta, Tomás. Cuando empecé a hablar de justicia, ya sabía yo que esto acabaría… así. Ningún profeta muere en la cama. Pero no me importa. Hice lo que tenía que hacer.
Matías – Habla, Juan. ¿Qué es lo que quieres pedirnos?
Bautista – Allá en el Jordán, conocí a un galileo que vino a bautizarse. Quiero saber qué ha sido de él. Se llama Jesús. Y es de Nazaret. ¿Han oído algo de él?
Matías – Sí. Los rumores sobre ese tipo han llegado a Judea y hasta Jerusalén.
Tomás – Unos di-di-dicen que es un curandero.
Matías – Otros dicen que es un brujo. O un agitador.
Tomas – Algunos di-di-dicen que es un nuevo pro-profeta.
Bautista – A mí no me importa lo que diga la gente, sino lo que diga él. Necesito saber lo que está haciendo, lo que piensa.
Matías – ¿Quieres que lo vayamos a ver y te traigamos noticias suyas?
Bautista – Sí, eso es lo que quiero. Vayan a Galilea. Pero que nadie se entere. Sería peligroso para él y también para ustedes.
Tomás – Creo que-que-que es en Cafarnaum donde vive.
Bautista – Pues vayan allá. Y díganle esto de mi parte: Juan, el hijo de Zacarías, te pregunta: Tengo los días contados. ¿Puedo morir tranquilo? Sembré una semilla. ¿Alguien la regará? Tenía un hacha en las manos. ¿Alguien dará con ella el golpe necesario? Prendí una luz. ¿Alguien soplará la llama y encenderá el fuego? Díganle que estoy enfermo, que apenas tengo ya fuerzas ni voz para hablar. Grité, grité anunciando al Liberador… ¿Se ha perdido mi grito en el desierto?
Matías – ¿Algo más, Juan?
Bautista – Sí. Pregúntenle si tenemos que seguir esperando o… o si ya vino el que tenía que venir. ¡Ojalá no me haya ilusionado en vano!
Tomás – Hoy mismo vi-vi-viajaremos a Galilea.
Juan – Vayan pronto. Les prometo no morirme antes de que ustedes regresen.

Tomás(1) y Matías(2) habían sido del grupo de los discípulos de Juan, cuando el profeta del desierto gritaba allá, en la orilla del río. Ahora vivían en Jericó y siempre que podían iban a Maqueronte a visitarlo. Aquella misma mañana se pusieron en camino hacia el norte, hacia la Galilea de los gentiles, a cumplir el deseo del profeta encarcelado.

Tomás – Te-te-tenemos que andar con cautela, Matías. Las cosas van mal.
Matías – Y dilo. La verdad, no quisiera acabar como Juan y que mis huesos se pudrieran en un calabozo como ése.
Tomás – Ni yo tam-tam-tampoco. Debemos hablar po-po-poco con ese Jesús. Lo necesario solamente.
Matías – Bueno, por ese lado tú no vas a tener problemas.

Hicieron noche en Perea y luego en la Decápolis. Y al tercer día, llegaron a Tiberíades. Bordearon el lago y subieron hasta Cafarnaum.

Matías – Psst… Amigo, por favor, ¿sabe usted donde vive un tal Jesús, uno de Nazaret?
Un hombre – ¿Qué-que-que dicen?
Matías – No tengas miedo. Somos de confianza.
Tomás – Queremos saber dón-dón-dónde está el nazareno?
Hombre – Yo-yo-yo-yo…
Matías – Vámonos, Tomás. Este está peor que tú.

Preguntando aquí y allá, encontraron nuestra casa. Y mi madre Salomé les dijo que Jesús estaba por el embarcadero, como todas las tardes, esperando a que nosotros volviéramos de pescar. Tomás y Matías se acercaron por la espalda.

Matías – Psst… Oye tú…
Jesús – ¿Qué? ¿Es conmigo?
Tomás – Sí, es con-con-contigo.
Jesús – ¿Y qué pasa conmigo?
Tomás – ¿Quién eres tú?
Jesús – Eso digo yo: ¿quiénes son ustedes?
Matías – Venimos buscando a un tal Jesús, de Nazaret.
Jesús – Pues ya lo encontraron. Soy yo.
Tomás – ¿Seguro que-que-que eres tú?
Jesús – Hasta hoy estoy seguro. No sé si mañana cambiaré de idea.
Matías – Al fin te encontramos. Venimos del Sur.
Tomás – De-de-de Jericó.
Matías – Es decir, venimos de Maqueronte.
Jesús – ¿De Maqueronte?
Matías – ¡Shhh! No grites. Pueden oírnos. La situación está muy mala. Como la Pascua está cerca, hay más vigilancia que nunca.
Jesús – Pero, ¿es verdad que vienen de Maqueronte?
Matías – Sí, de allá mismo.
Jesús – ¿Son del grupo de Juan, amigos suyos?
Tomás – Sí. Hemos visto al pro-pro-profeta Juan en la cárcel.
Jesús – ¿Y cómo está él?
Matías – Está bien. Bueno, está mal. Está más blancuzco que un gusano después de tantos meses sin ver la luz del sol. Un hombre que era alto y fuerte como un cedro y ahora se ha vuelto un guiñapo. Han acabado con él.
Jesús – ¿Está enfermo?
Matías – Sí, muy enfermo. Escupe mucha sangre. No va a durar mucho.
Jesús – Necesito verlo antes que muera. ¿Hay alguna manera de ir allá y hablar con él?
Matías – Tú no podrías entrar. Enseguida te conocen que eres galileo. Y los galileos están muy fichados.
Tomás – Nosotros le damos unos denarios al car-car-carcelero y él nos deja pasar y conversar unos minutos con el pro-profeta.
Jesús – Yo tengo que ir allá. Necesito hablar con Juan y preguntarle algunas cosas.
Matías – Juan también quiere preguntarte algo a ti.
Jesús – ¿Me traen algún mensaje suyo?
Tomás – Sí. Juan nos manda a de-de-decirte: Tengo los días contados. ¿Pu-pu-puedo morir tranquilo?
Matías – Grité anunciando al Liberador. ¿Se ha perdido mi grito en el desierto? ¿Tenemos que seguir esperando o ya vino el que había de venir?

Jesús se quedó pensativo, con la mirada perdida en las piedras negras del embarcadero.

Tomás – ¿Qué le po-po-podemos decir a Juan de tu parte?
Jesús – Díganle que… que la cosa va bien. Lenta, pero bien. Hemos comenzado acá en Cafarnaum. Somos pocos todavía pero… pero anunciamos el Reino de Dios, luchamos contra las injusticias y tratamos de hacer algo para que las cosas cambien.
Tomás – Y la gente, ¿có-co-como reacciona?
Jesús – La gente va despertando. Los que estaban ciegos, han ido abriendo los ojos. Los que estaban sordos, han ido abriendo las orejas. Las que estaban derrotadas, sin esperanza, se levantan y echan a andar. Y los más pobres, los muertos de hambre, comparten lo poco que tienen y se ayudan unos a otros. El pueblo se va poniendo en pie, sí, el pueblo resucita.
Matías – ¿Quiénes se han unido a ustedes?
Jesús – Muchos. De ésos que siempre estuvieron atrás, claro. Díganle a Juan que en el Reino de Dios los últimos son los primeros que entran. Los que no tienen sitio en ninguna parte, los enfermos, las prostitutas, los publicanos, los leprosos, las más humilladas, los más pisoteados… ésos tienen un lugar con nosotros.
Tomás – ¿No han tenido pro-pro-problemas con la gente gorda?
Jesús – Sí, claro. Eso ya se sabe. El que los busca, los encuentra.
Matías – ¿Y entonces?
Jesús – Entonces, nada. Seguiremos adelante. Seguiremos anunciando a los pobres la buena noticia de la liberación. Que Dios está de nuestra parte. Que a Dios se le revuelve el corazón viendo cómo va este mundo de torcido y quiere enderezarlo.
Matías – Juan se alegrará de oír todas estas cosas. Se pondrá muy contento.
Jesús – Díganselo de mi parte. Díganle que el hacha no ha perdido el filo, que el fuego no se ha apagado, que su semilla dará el fruto a su tiempo. Juan entenderá. Juan es de los que sabe comprender el camino de Dios. Tiene buen olfato para eso. Estoy seguro que él no se desilusionará de lo que hemos hecho hasta ahora. Ni de lo que nos falta por hacer.
Pedro – ¡Eh, moreno, ya estamos aquí!
Matías – ¿Quiénes son ésos?
Jesús – Son de los del grupo que les dije.
Pedro – Caramba, ¿Y estos amigos? ¿quiénes son, Jesús?
Jesús – Oye, pues a la verdad, ni el nombre les he preguntado todavía.
Matías – Yo me llamo Matías.
Tomas – Y yo me llamo To-to-tomás.
Jesús – ¿Sabes, Pedro? Vienen de hablar con el profeta Juan, allá en la cárcel.
Pedro – ¿De veras? ¡Eh, muchachos, corran, hay noticias del profeta Juan!
Matías – Por Dios santo, no grites, mira que los guardias…
Pedro – ¡Al cuerno con los guardias! Ea, vámonos a tomar una buena sopa de pescado para que nos cuenten lo que saben del profeta Juan. ¡Que viva el movimiento!

Llegó Andrés. Llegó Santiago. Llegamos los de la otra barca, con el viejo Zebedeo. Y todos nos fuimos con Tomás y Matías a que nos contaran cómo estaban las cosas por el sur y por allá, por la cárcel de Maqueronte.
Mateo 11,2-6; Lucas 7, 18-23.

Comentarios

1. Del apóstol Tomás hablan poco los evangelios. Juan es el que lo nombra en más ocasiones, le da el sobrenombre de “el mellizo”, y lo presenta como un incrédulo.

2. De Matías se sabe por el libro de los Hechos de los Apóstoles que fue elegido en lugar de Judas para completar el grupo de los doce, después de la muerte de Jesús.

45- UNA PREGUNTA DESDE LA CÁRCEL

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.