47- NUESTRO PAN DE CADA DÍA

Jesús reza de noche y bajo las estrellas. Y nos enseña a rezar, sin mucho palabrerío, el Padre Nuestro.

Tomás y Matías se quedaron toda aquella noche hablándonos del profeta Juan, de los malos tratos que recibía allá en la cárcel de Maqueronte y de la enfermedad que le iba reventando los pulmones. La sangre nos hervía contra Herodes, el tirano que mantenía preso al profeta desde hacía tantos meses y que oprimía a nuestro pueblo desde hacía tantos años. Cuando ya pasaba de la medianoche.

Pedro – Bueno, compañeros, es muy tarde. ¿Qué les parece si nos vamos a dormir?
Juan – Oye, Pedro, hazme un sitio allá en tu casa. Así Tomás y Matías pueden quedarse aquí.
Pedro – Por supuesto, Juan, ven. Donde duermen ocho, duermen nueve… ¡o noventa y nueve! ¿Vamos, Jesús?

Jesús y yo fuimos con Pedro y Andrés a dormir en su casa. Por el camino, Jesús no habló una palabra. Parecía muy preocupado.

Pedro – Buenas noches a todos. ¡Que descansen mucho y ronquen poco!

Como la casa era pequeña y había mucha gente en ella, Jesús y yo nos echamos sobre un par de esteras, junto a la puerta.(1)

Jesús – Uff…
Juan – ¿Qué te pasa, moreno?
Jesús – Nada, Juan. Que no logro dormirme.
Juan – Debe ser el calor…
Jesús – Sí, a lo mejor es eso. ¿Sabes qué? Voy a tomar un poco de aire fresco.

Jesús salió fuera de la casa.(2) Toda la ciudad estaba silenciosa y oscura. Sobre su cabeza, miles de estrellas chispeaban, como pequeñas lamparitas colgadas del techo negro del cielo… Jesús respiró profundamente el aire de la noche y bajó por la callejuela que salía al embarcadero. Sólo se escuchaba el ir y venir de las olas, la respiración lenta y rutinaria del agua, como si el lago de Tiberíades también estuviese dormido. Jesús tanteó una piedra y se sentó sobre ella. Y se quedó allá un buen rato, con la mirada perdida en la oscuridad.

Jesús – Padre, tú estás en el cielo y también aquí en la tierra, con nosotros. Bendito seas tú. En tu nombre ponemos nuestra esperanza. Que venga pronto el día de nuestra Liberación. Que tu Justicia del cielo se cumpla también en la tierra. Danos mañana el pan que tenemos hoy. Danos hoy hambre de luchar para que mañana todos tengamos pan. Perdónanos y enséñanos a perdonar. No nos dejes vencer por el miedo. Libéranos de nuestros opresores. Libera al profeta Juan de la cárcel. Libera a nuestro pueblo. ¡Haznos libres, Padre nuestro!

Después de un buen rato, Jesús volvió a casa de Pedro. Se tumbó sobre la estera, junto a la puerta, y se durmió enseguida. Al amanecer…

Rufina – ¡Arriba, muchachos, que ya cantaron los gallos! Vamos, abuela Rufa, despiértese ya. Pedro, ¡ya se acabó el manoseo, vamos, levántate! Jonás, suegro… ¡Jonás! Hágase el dormido, sí, ¡ja! Simoncito, mijo, ponte los calzones, anda. ¡Shhh!, que vas a despertar a Mingo. ¡Andrés, caray! ¡Eh, ustedes dos, espabílense!
Juan – ¡Hummm! ¡Rayos, me quedaría durmiendo toda la mañana!
Rufa – Hija, ¿dónde habré dejado yo mis sandalias, eh? ¿Tú las has visto?
Mingo – ¡Mamá, dame leche, tengo hambre!
Rufina – ¡Pedro, por Dios, levántate ya y ve a ordeñar la chiva!
Pedro – Ya voy, mujer, ya voy…
Rufina – Juan, muévete. Y despierta a Jesús, que no se puede abrir la puerta con él ahí tirado.
Juan – Déjalo, Rufina, ése se pasó la noche fuera y ahora está rendido como un tronco.
Pedro – Oye, tú, Jesús, córrete, no hay quien pase por aquí… ¡Jesús!
Jesús – Hummm… No me fastidies, Pedro… tengo sueño.
Rufina – Claro, se pasa la noche dando vueltas por Cafarnaum y ahora no quiere levantarse.
Pedro – ¿Y qué demonios estaría haciendo éste por ahí de noche, eh? ¿Cazando murciélagos? Eh, Rufi, pásame la escoba para darle dos buenos escobazos a este dormilón… ¡ya verás qué pronto se levanta!
Jesús – Está bien, Pedro, está bien, ya me levanto… Pero prepárate mañana, ¡te voy a echar un jarro de agua fría en la boca!
Pedro – Bueno, ¿y se puede saber qué se te perdió en la calle que saliste a buscarlo a medianoche?
Jesús – No se me perdió nada, Pedro. Tenía calor, salí un rato a tomar aire fresco. Y me puse a rezar.
Pedro – ¿A rezar? ¿A esas horas?
Rufina – ¿Cómo? ¿Pasa algo malo, Jesús?
Jesús – No, mujer. Simplemente estuve rezando.
Rufina – Pero uno reza cuando tiene algún problema, ¿no?
Jesús – Bueno, el mayor problema lo tiene el profeta Juan allá en la cárcel, ¿no les parece? Estuve rezando por él.(3) Para que Dios lo ayude y le dé fuerzas. ¿Ustedes no han rezado por el profeta Juan?
Pedro – Sí, sí… Bueno, no. A la verdad, no se me había ocurrido. ¿Y a ti, Rufi?
Rufina – Ay, Pedro, es que tengo tantas cosas en la cabeza…
Pedro – Lo que pasa, Jesús, es que…
Rufa – Lo que pasa es que en esta casa se han perdido ya todas las buenas costumbres y nadie reza nada. Yo no sé qué tiene esta casa que todo se pierde. Mira ahora mis sandalias, ¿dónde diablos están mis sandalias, eh?
Rufina – Aquí están, abuela Rufa, no proteste más. Segurito fue Mingo que se las escondió ahí en el fogón.
Rufa – ¡Estos muchachos del demonio!

Aquel fue un día de mucho trabajo, como tantos otros. Cuando ya estaba oscuro, nos fuimos juntando en casa de Pedro y Rufina.

Pedro – Oye, Jesús, dime una cosa, ¿esta noche vas a rezar también por el profeta Juan?
Jesús – ¿Y por qué no?
Pedro – Es que yo había pensado que podíamos rezar todos juntos por él. Eh, ¿qué les parece a ustedes?
Rufa – A mí me parece muy bien, mijo, que por algo dicen que si se reza en la casa, la bendición de Dios pasa.
Rufina – ¡Eh, los hombres, échense para acá, vengan a rezar!

A todos nos pareció bien la idea y nos fuimos sentando uno a uno, formando un pequeño círculo, sobre el suelo de tierra de la estrecha casa de Pedro. En un hueco de la pared, una lamparita quemaba el último resto de aceite.

Jesús – Ea, abuela, vamos a rezar todos juntos por el profeta Juan para que Dios lo libre pronto de la cárcel. Comience usted.
Rufa – ¿Cómo dijiste, mijo?
Jesús – Que tire pá lante con alguna oración de ésas que usted debe saberse.
Rufa – Ah, sí, mijo, yo me sé muchas oraciones que me enseñó mi madre.(4) A ver, déjame pensar… una oración para sacar a un preso… Yo creo que la mejor será el salmo 87. Sí, voy con ése. Ejem… Señor-Dios-mío-día-y-noche-clamo-a-ti-llegue-mi-oración-a-tu-presencia-inclina-tu-oído-a-mi-clamor-a-ti-te-invoco-Dios-mío-mis-manos-levanto-hacia-ti-¿por-qué-Señor-me-rechazas-por-qué-me-escondes-tu-rostro…
Pedro – Un momento, suegra, un momento. Vaya más despacio, caramba, que no hay fuego para correr tanto.
Rufa – Es que a mí se me olvidan las oraciones, mijo, y tengo que soltarlas de un tirón para llegar al final.
Juan – Pues yo me quedé en el principio. No me he enterado ni del número del salmo.
Rufa – Salmo 87, el de los presos. Bueno, si ustedes quieren, puedo rezar también el 78, pero ésa es una oración muy fuerte. Hay que tener cuidado con ella.
Jesús – ¿Cómo que es una oración muy fuerte? ¿Qué es eso, abuela?
Rufa – Bueno, que… que es fuerte. Que no falla, porque le pide a Dios siete maldiciones contra el enemigo, ¿comprendes? De siete, si no le cae una, le cae la otra. Mi madre me enseñó que cada oración tiene su asunto. Si quieres ganar dinero, reza el salmo 64. Cuando vayas de viaje, el 22. Para el dolor de pecho, la oración de los cuatro ángeles. Cuando hay tormenta, salmo 28. Los comerciantes, la oración de Salomón… Y así.
Juan – Y las parturientas, el salmo 126 pero al revés, ¡porque si no, el niño sale con los pies por delante!
Rufa – Oye, ¿y de qué se ríen ustedes?
Jesús – De nada, abuela. Que usted habla de las oraciones como si fueran recetas de cocina.
Mingo – ¡Papá, dame un pan!
Pedro – Pero, niño ¿otra vez? ¿Usted no comió ya?
Mingo – Pero tengo hambre.
Pedro – Cállese la boca, que estamos rezando.
Rufina – Vamos, abuela Rufa, siga la oración.
Rufa – No, mija, sigue tú. Ya perdí el hilo.
Juan – Entonces, tú, Rufina, reza ahora tú.
Rufina – Es que yo… yo no me sé ninguna oración de memoria. Yo voy inventando las oraciones como me van saliendo.
Jesús – Pues mejor así, Rufina. Comience usted.
Rufina – Bueno, déjenme pensar… ¡Oh, Dios, oh Rey, oh Altísimo y santísimo Señor, oh admirabilísimo y poderosísimo Juez del alto cielo…!
Pedro – ¡Si sigues subiendo tan alto, Rufi, luego te vas a dar una caída!
Rufina – Oye, Pedro, más respeto, que estamos hablando con Dios.
Jesús – Sí, Rufina, pero tampoco hay que exagerar. A Dios le deben gustar las cosas sencillas, ¿no crees? Háblale como a un amigo, como si estuvieras cara a cara con él.
Rufa – Ten cuidado no te quemes, muchacho. Mira que Dios es como el sol: no se puede mirar de frente. Uno no puede verle la cara a Dios porque se le achicharran los ojos y… ¡se muere!
Jesús – ¿Usted cree eso, abuela?
Rufa – Bueno, al menos así dicen los libros santos.
Jesús – Yo no sé, pero para mí que el que escribió eso no conocía mucho a Dios, porque… con Dios se puede tener confianza.
Rufina – Sí, pero tampoco hay que abusar de la confianza. Al fin y al cabo, Dios es Dios.
Jesús – Al fin y al cabo, Dios es Padre. Y con un padre, la confianza nunca es demasiada.
Mingo – Mamá, tengo hambre, dame un pan.
Rufina – ¡Cállese, Mingo! ¿No oyó que estamos rezando?
Juan – Vamos, Pedro, reza tú ahora, que a este paso, vamos a oír los gallos sentados aquí en el suelo.
Pedro – Está bien. Pues a rezar. Ejem…
Mingo – ¡Papá, tengo hambre!
Pedro – ¡Que se calle le digo!
Juan – Vamos, Pedro, arranca de una vez.
Pedro – Espérate, Juan. Es que no sé por dónde empezar. No se me ocurre nada.
Mingo – ¡Papaíto, dame un pan, tengo hambre!(5)
Pedro – ¡Caramba con estos mocosos! ¡No le dejan a uno ni rezar! Toma el pan y cállate de una vez. ¡Estos muchachos le acaban la paciencia a cualquiera!
Jesús – Pues mira, Pedro, me está pareciendo que Mingo sabe rezar mejor que todos nosotros.
Pedro – ¿Cómo dices, Jesús?
Jesús – Que Mingo no se cansa. Que pide y pide y tú y Rufina acaban dándole el pan, aunque sólo sea por quitárselo ya de encima. Lo mismo pasa con Dios. Si nosotros, que tenemos un corazón pequeño, más pequeño que este puño, les damos lo mejor a nuestros hijos y a nuestras hijas, ¿cómo Dios no nos va a dar también lo mejor a nosotros, él que tiene un corazón más grande que el mar?
Pedro – Entonces…
Jesús – Entonces podemos rezar con confianza y decirle: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino…
Aquella noche, junto al lago de Galilea, Jesús nos enseñó a rezar.
Mateo 6,5-15; Lucas 11,1-4.

Comentarios

1. En Israel los pobres dormían en esteras de paja, extendidas sobre la tierra y se cubrían con sus mantos. Usar cama para dormir era un lujo. Sólo los ricos disponían de una especie de camas, no exactas a las actuales, que en algunas ocasiones les servían durante el día como mesas para comer. Las esteras solían hacerse a partir de una tira larga de fibra que después se cosía en espiral.

2. En varias ocasiones el evangelio se refiere a la costumbre de Jesús de rezar en el silencio de la noche (Lucas 5, 16). Jesús cumpliría con las oraciones tradicionales en su pueblo: al amanecer, al atardecer, antes de las comidas y los sábados en la sinagoga. Pero lo que llamó la atención de sus contemporáneos fue su forma personal, confiada y constante, de hablar con Dios, al margen de las leyes litúrgicas.

3. En su oración, Jesús rezaba por otros y así consta varias veces en los evangelios (Lucas 22, 31-32; Juan 14, 15-16). Esto fue muy significativo. En Israel no era frecuente la costumbre de que unos pidieran por otros. Interceder por los demás era propio del pro­feta, del hombre que sentía responsabilidad y preocupación por los problemas de su pueblo.

4. En las oraciones de las gentes sencillas de Israel Dios era visto como un rey lejano. Rezar se entendía como una forma de rendirle homenaje. Y así como ante los reyes había que cumplir con un ceremonial, igual en la oración. Por eso existía la tendencia a usar fórmulas fijas, solemnes, establecidas por antiguas tradiciones. La oración estaba también ligada a la idea del mérito. Se entendía que rezando se conseguían favores de Dios. Y si se recomendaba la oración comunitaria era porque así llegaba con más fuerza al cielo.

5. Al enseñar a sus discípulos la oración del Padrenuestro, Jesús se apartó de las costumbres religiosas de su pueblo y de su tiempo. Las oraciones que rezaban los israelitas se recitaban en hebreo. El Padrenuestro es, en cambio, una oración en arameo, la lengua que hablaba la gente. En la lengua materna de Jesús, el Padrenuestro suena así: “Abba, yitqaddás semaj, teté maljutáj…” Jesús llamó a Dios “Abba” y enseñó a sus amigos a invocar a Dios con esta palabra tan familiar de la lengua aramea. “Abba” significa papá, papaíto. “Abba” e “imma” (papá, mamá) son las palabras de los primeros balbuceos infantiles. Para los contemporáneos de Jesús era inconcebible e irrespetuoso dirigirse a Dios con tanta espontaneidad. Así, Jesús sacó la oración del ambiente litúrgico y sagrado en donde la había colocado la tradición de Israel, para situarla en el marco de lo cotidiano. En toda la extensa literatura de oraciones del judaísmo antiguo no se encuentra ni un solo ejemplo en el que se invoque a Dios como “Abba”, ni en las plegarias litúrgicas ni en las privadas.
En el Padrenuestro, más que una fórmula fija para la oración, Jesús propuso una nueva relación de confianza con Dios. De las dos versiones que dan los evangelios del Padrenuestro (Mateo 6, 9-13 y Lucas 11, 2-4), la de Lucas es la más antigua y conserva las palabras más originales de Jesús.

47- NUESTRO PAN DE CADA DÍA

Un pensamiento.

  1. agradecido por la explicación que me resulta de gran valor. la cercanía con el Padre, con nuestro hermano mayor, Jesús

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