52- LAS DIEZ DRACMAS

Dios se parece a la mujer que perdió la moneda de su dote. Jesús cuenta esta parábola en la taberna de Betania.

Pedro – ¡Arriba, muchachos, que ya es de día! Hummm… ¡Eh, Felipe, Tomás, Judas! ¡Vamos, Natanael, no te escondas debajo de la estera! ¡Y tú, Jesús, deja de hacerte el dormido, que ya te conozco el truco! ¡Ea, arriba, espabílense!
Santiago – ¡Caramba contigo, Pedro, no dejas dormir a nadie! Por la noche roncas más que un cerdo y ahora te levantas antes que los gallos!
Pedro – ¡No refunfuñes más, pelirrojo, y levántate de una vez!

Pedro nos despertó cuando aún brillaban algunas estrellas en el cielo. A regañadientes, todos nos fuimos desperezando y nos acercamos a la fuente que había en una esquina del patio para echarnos agua fresca en la cara. Aunque temprano, la taberna de Lázaro en Betania bullía ya con el centenar de peregrinos que la llenábamos. Al salir del patio, pasamos por el fogón de la taberna. Allí estaba Marta, la hermana de Lázaro.

Marta – ¡Buenos días, muchachos! ¿Qué? ¿Han dormido ustedes bien?
Pedro – ¡Muy bien, sí, señora! Ahora lo que tenemos es un poco de hambre. Bueno, mejor dicho, mucha hambre…
Marta – Pues metan mano y saquen un puñado de dátiles de ese barril. Para eso están, para entretener la barriga.
Lázaro – Uff… Esta Dorotea tiene más leche que la difunta Engracia que crió a todos los muchachos de Betania. ¡Toma, Marta! ¿Qué, amigos? ¿Quieren probarla? ¡Está bien caliente y con espuma! No hay mejor leche que la de esta chiva, ¡que Dios le bendiga las ubres!
Pedro – ¡Y a nosotros la panza! Sí, danos un poco a ver qué tal está.
Marta – Sírveles tú, Lázaro, que tengo que preparar el pan. Ya está aclarando y aún no he amasado la harina.

Lázaro llenó un caldero y nos ofreció. La leche recién ordeñada de la chiva Dorotea fue pasando de boca en boca entre admiraciones. Mientras tanto, Marta, con su vestido de rayas arremangado, amasaba el pan hundiendo sus ágiles dedos en la harina… Cuando el último de los trece alzaba el caldero de leche relamiéndose de gusto, apareció por el fogón María, la otra hermana de Lázaro con las lágrimas saltándole en los ojos.

María – ¡Lázaro! ¡Marta! ¡Ay, ay, ay, ay!… ¡Ay, lo que me ha pasado!
Lázaro – Pero, ¿éstas son horas de levantarse, condenada? ¡Dios de los cielos, qué hermana me diste! ¿Te has quedado dormida como siempre, no?
María – Que no, Lázaro, que no, que me he despertado con el primer canto del gallo y me he puesto enseguida a trabajar. Pero… pero ya ves cómo trabajar tanto trae mala suerte… ¡ay!
Marta – A ver, ¿qué te ha pasado, María? ¡Dilo de una vez!
María – Marta, ayúdame tú a buscarla. Yo no la veo por ninguna parte… ¡ay!
Lázaro – Pero, ¿qué diablos es lo que se te ha perdido?
María – Una de las dracmas, una de mis diez monedas.(1) Estuve llevando troncos del patio al fogón y cuando me di cuenta… ¡sólo tengo nueve! ¡Me falta una!

En nuestro pueblo, las mujeres se colgaban de las orejas o en los bordes del pañuelo, sobre la frente, diez monedas. Eran un recuerdo de la dote que por ellas habían pagado sus padres el día de la boda, cuando las entregaron en matrimonio. Para todas las mujeres de Israel aquellas moneditas tenían un gran valor. Algunas, como María, la de Betania, no se las quitaban ni para dormir.

Lázaro – Bueno, no llores más, mujer, que ya aparecerá.
María – Pero es que se debe haber caído en la leñera y allí está muy oscuro. No se ve nada. ¡Ay, qué pena más grande! ¡Ay, qué desgracia, qué desgracia!
Lázaro – ¡Pero qué mujer más escandalosa ésta! Cuando está contenta es un torbellino y cuando está triste es un terremoto. No sé qué es peor.
Marta – No llores más, María. Después barreremos bien ese rincón y ya verás que aparece. Pero déjame acabar primero de amasar la harina. Ya le he puesto la levadura.
María – ¡Ay, mi moneda! ¡Ay, mi moneda!

Cuando salimos de la posada de Lázaro, dejamos a María llorando sin consuelo por su dracma perdida y a Marta amasando el pan. Atravesamos el Monte de los Olivos y entramos en la gran ciudad de Jerusalén que, como siempre, reventaba de gente.

Pedro – ¡Se acabaron las aceitunas, compañeros! ¡Aquí va la última!
Santiago – ¡Pero todavía hay vino para un rato! ¡Bueno, a no ser que este caneco de Mateo se lo acabe en dos tragos!
Mateo – ¡Métete tú en lo tuyo y a mí déjame en paz!
Natanael – Podemos comprar más aceitunas o algo de queso, si quieren.
Pedro – Claro que queremos, Nata. Ea, aflojen los bolsillos… ¡a partes iguales!

A mediodía, entramos en una taberna de la calle de los bataneros para comer algo. Los días en Jerusalén iban pasando y ya nos quedaban pocos antes de regresar a Cafarnaum. También nos quedaba poco dinero.

Pedro – ¿Tú, Felipe?
Felipe – ¿Yo, qué, Pedro?
Pedro – Que sueltes un par de ases. Vamos, no mires para otro lado. ¿O es que no tienes hambre?
Felipe – Hambre sí, pero…
Mateo – Pero, como siempre, no tienes un cobre encima, ¿es eso, verdad?
Felipe – Bueno, lo que pasó fue que ayer un rufián me asaltó por la calle y me robó la poquita plata que me quedaba. ¡Ay, caramba, si lo llego a agarrar!
Jesús – ¿Un rufián, verdad? ¿A qué número apostaste, Felipe, vamos, confiésalo?
Santiago – Peor que eso, Jesús. ¿Sabes lo que le pasó a este cabezón? ¡Que le vieron cara de bobo y lo engancharon en ese concurso de pichones que tienen ahí en la plaza!
Natanael – Pero, Felipe, ¿será posible? ¡Si hasta los niños de teta saben que eso es una tomadura de pelo!
Felipe – Bueno, Nata, ¿y qué querías? Me dijeron que iba a ganarme una fortuna.
Santiago – ¡Y te dejaron más limpio que a la casta Susana cuando salió del baño!
Natanael – Pues a mí no me vengas a pedir ni un céntimo, ¿me oyes? ¡Yo no alimento babiecas!
Felipe – ¿Y qué hago entonces, Nata?
Mateo – ¡Como no te pongas a buscar la monedita que perdió María! ¡Con ésa al menos tendrías para el desayuno de mañana!
Felipe – Bah, no me hablen ahora de esa loca. Ayer fue el alboroto por el ratón y hoy por la dichosa moneda. Yo no sé cómo se las arregla esa bizca saltimbanqui, pero siempre se trae un lío entre manos.
Jesús – Pues si les cuento lo que me dijo anoche no se lo creen.
Pedro – ¿Quién? ¿María?
Jesús – Sí, me estuvo preguntando mucho por nosotros y hasta me dejó caer que a ella le gustaría hacer algo por el Reino de Dios.
Santiago – Y tú le dijiste que fuera a tocar la flauta a otro rincón.
Jesús – No, yo le dije que no lo habíamos pensado, pero que no era mala idea.
Pedro – ¿Que no habíamos pensado qué, Jesús?
Jesús – Eso, que María viniera con nosotros.
Pedro – Pero, ¿estás loco, moreno? ¿Meter mujeres en el grupo?(2)
Jesús – ¿Y por qué no, Pedro? ¿Tiene algo de malo?
Pedro – ¡No, no, no, hasta ahí podíamos llegar! Pero, ¿cuándo se ha visto que una mujer tenga parte en un asunto de hombres?
Jesús – Una no. Serían dos, porque Marta también está muy animada. Y el gordo Lázaro, ni se diga. Ellos tres nos podrían ayudar bastante por acá por el sur.
Pedro – Con Lázaro, lo que quieras. Pero mujeres no. Las mujeres en el fogón, caramba, que ése es su sitio.
Jesús – Y tú, pelirrojo, ¿qué dices?
Santiago – Yo lo que digo es que en mala hora Adán se echó a dormir la siesta. Tendríamos una costilla más y unos cuantos líos menos. De mujeres no quiero saber nada. A ver, ¿qué tienen que venir a buscar esas dos fregonas entre nosotros, dime?
Jesús – A buscar, nada. A dar su trabajo, a dar su opinión. En el Reino de Dios todo el mundo hace falta.
Santiago – ¡Su opinión! Pero, ven acá, Jesús, esa loca de María, ¿qué tiene que decir que nosotros no sepamos? Y Marta, la mofletuda, ¿va a enseñarnos algo? No, no, moreno, échate agua fría en el coco y olvídate de eso.
Jesús – Y a ti, Mateo, ¿qué te parece? ¿Tampoco abres la mano?
Mateo – Yo digo que, con mujeres o sin mujeres, este grupo va al fracaso. Sí, y no lo digo porque esté ahora bebido. Abran el ojo, señores: somos un puñadito de nada en medio de un montón de gente y de problemas. ¿Qué diablos podemos hacer nosotros, eh? Eso es lo que yo quiero que me digan.
Jesús – Pues mira tú, eso te lo podría responder Marta. ¿No la vieron esta mañana? ¿No vieron cómo preparaba el pan?
Felipe – ¿Cómo lo va a preparar, Jesús? Como todas las mujeres: con agua, con harina, aceite y…
Jesús – Y una pizca de levadura. Y Marta sabe que con esa pizca se puede levantar toda la masa. Eso nos lo podría enseñar ella muy bien.
Santiago – Pero, ¿a qué viene ahora el cuento del pan, Jesús?
Jesús – Que nosotros somos como esa levadura, Santiago.(3) Y Dios, como la mujer que amasa.
Felipe – ¿Así que Dios es panadero? ¡Eso sí que no lo había oído nunca!
Jesús – No, panadero no. Panadera. Las mujeres tienen mejores manos para la cocina.
Santiago – Ten cuidado con lo que dices, moreno. ¡Que yo sepa, Dios es macho!
Jesús – ¿Ah, sí? ¿Y cuándo lo has visto tú para saber si es macho o hembra?
Natanael – Al menos, las Escrituras dicen que Dios es varón, ¿no?
Jesús – Lo que yo recuerdo que dicen las Escrituras es que Dios nos creó a su imagen. Y que nos creó varón y hembra. Si el hombre es imagen de Dios, la mujer también lo será.
Pedro – ¡Bueno, bueno, una cosa son las palabras de la Escritura y otra las pantorrillas de Marta!
Felipe – ¡Y otra peor la lengua de María! ¡No me digas que Dios también se parece a esa atolondrada!
Jesús – Pues mira que… ¡pues mira que sí! Escucha, Felipe: ¿no te fijaste cómo estaba María hoy, desesperada por la monedita que perdió?
Felipe – Eso es lo que te digo, Jesús, que esa mujer nunca se está quieta.
Jesús – Ni Dios tampoco. En eso se le parece mucho. Porque Dios también se desespera cuando un hijo se le pierde. Y se pone a buscarlo por todas partes. Le pasa lo mismo que a la mujer: no le basta con tener nueve dracmas. Si le falta una, es como si le faltaran todas. No quiere perder ni una sola de sus monedas.
Pedro – Oye, moreno, ¿a ti no se te habrá subido el vino a la cabeza?

Cuando el vino, el pan y las aceitunas se acabaron, salimos de la taberna. Dimos cuatro vueltas por la ciudad y luego, al ponerse el sol, regresamos a Betania. Ya cerca de la posada de Lázaro empezamos a oír la voz inconfundible de su hermana María. Al entrar, nos salió a recibir, bailando.

María – ¡Eh, los de Cafarnaum! ¡Miren! ¡Encontré mi moneda! ¡Miren mi dracma, la que me faltaba!
Jesús – ¿Y dónde estaba, María?
María – Allí, donde la leña. Tuve que encender lamparitas y barrerlo todo bien. ¡Pero la encontré! ¡A todo el que entra por esa puerta le doy la noticia!
Pedro – No, si no hace falta entrar por ninguna puerta. ¡Desde Betfagé se oyen tus gritos!
Jesús – ¿Te das cuenta, Pedro? ¡Mírala qué contenta está! Dios también salta de alegría por la vida de cada uno de sus hijos, baila por nosotros con gritos de fiesta. Igual que María.

Nos fuimos a acostar muy tarde, cuando en el patio de la Palmera Bonita ya sólo se oían los cantos de los grillos. La luna llena de la pascua se colaba con su luz lechosa por las rendijas del tejado. Yo creo que aquella noche pensamos, por primera vez, que dormíamos en el regazo inmenso de nuestra madre Dios.(4)
Mateo 13,33; Lucas 13,21 y 15,8-10.

Comentarios

1. En tiempos de Jesús, las mujeres se adornaban con monedas. Las cosían en los velos con que se cubrían la cara o el pelo, las incrustaban en distintos adornos de cabeza o se las colgaban como collares o aretes. Estas monedas eran en muchas ocasiones la dote que por ellas habían entregado sus padres al casarlas. Por tanto, eran su tesoro más preciado, hasta el punto que había mujeres que no se separaban de ellas ni para dormir. Que el adorno la dote de una mujer fueran sólo diez dracmas era señal de pobreza.

2. Las mujeres en Israel estaban excluidas de la vida pública en cuanto a participación, decisión y responsabilidades. En la casa ocupaban también un puesto de segundo orden. Su formación se limitaba a prepararlas para los oficios domésticos. Aprendían a coser, a hilar, a cocinar. Generalmente, no les enseñaban a leer. En el campo y en ambientes populares, las mujeres trabajaban junto a los hombres en la recogida de los frutos y en su venta. Pero frente al marido, al padre o al hermano su categoría venía a ser la de una sirvienta. Decía un historiador judío de tiempos de Jesús: “La mujer es, en todos los aspectos, de menor valor que el hombre”.
La discriminación de la mujer y el machismo de la sociedad israelita tenía varias justificaciones. Una de ellas era moral. Se pensaba que la mujer era débil y a la vez peligrosa y por eso debía estar al margen de la vida pública, donde podía tentar a los hombres o donde el hombre podía abusar de ella, dominado por sus pasiones. Tanto con sus palabras como con su actitud ante mujeres de muy distinta clase y en ocasiones muy diversas, Jesús rompió radicalmente con estas ideas. Incluso llegó a aceptar mujeres en su grupo. Desde su visión de la vida, el varón puede tener sobre sus instintos un dominio nacido de una nueva escala de valores, que purifica hasta la mirada (Mateo 5, 28). En ningún aspecto de la cultura de su tiempo Jesús se mostró tan revolucionario como en el trato que tuvo con las mujeres.

3. En las parábolas de la dracma perdida y de la levadura, Jesús hizo protagonistas de sus comparaciones a dos mujeres. Tuvo que resultar sorprendente. En la parábola de la levadura habló de lo que sucede en el reino de Dios: una pizca de levadura fermenta toda la masa y quien pone en marcha ese proceso es una mujer. La parábola de la dracma perdida expresa cómo es Dios, cómo se preocupa y cómo se alegra. Jesús comparó los sentimientos de Dios con los de una mujer. Fue una forma de decir que Dios no tiene sexo, que lo mismo un hombre que una mujer lo revelan.

4. Del mensaje de Jesús se puede deducir que Dios es nuestro Padre y también nuestra Madre. Llamar Madre a Dios tiene base en varios textos del Antiguo Testamento, que comparan el amor de Dios con el de una madre. (Isaías 49, 14-15; 66, 13). En muchos países del mundo existe, a la par que un acentuado machismo cultural que se refleja en el maltrato y en las escasas oportunidades sociales que se dan a la mujer, un profundo amor a la madre. Para millones de hombres y mujeres decir que Dios es Padre es, o no decir nada o hacer una comparación negativa, por el abandono y la violencia que representa para ellos la figura paterna. Decir que Dios es Madre evocará para todos ellos un amor incondicional.

52- LAS DIEZ DRACMAS

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