84- LA ASTUCIA DE UN CAPATAZ

Jesús cuenta la parábola de Pipo, aquel administrador infiel que supo salir adelante a pesar de las dificultades.

Cuando amarrábamos nuestras barcas en el pequeño muelle de Cafarnaum, después de un cansado día de trabajo, batallando con las redes y las olas, los pescadores nos reuníamos en la destartalada taberna del tuerto Joaquín. Allí podíamos tomarnos una jarra de vino, protestar de los nuevos impuestos del rey Herodes y reírnos con las ocurrencias Pipo, el capataz de Fanuel.

Pipo – ¡Esta jarra la pago yo, camaradas! ¡Hip! Les invito a todos, pero antes tienen que gritar ¡viva Pipo! A ver… Una, dos… ¡y tres!
Todos – ¡Que viva Pipo!
Pipo – ¡Que viva yo, sí señor! Tuerto, sírveles vino ¡hip! a todos estos admiradores míos. ¡Ja, ja, jay! ¡Ay, caramba, qué buena es la vida cuando las vacas están gordas, hip, así como yo! ¡Ja, ja, jay!

El gordo Pipo era un hombre especial. Amigo de todos, con su barba de tres puntas y los dientes rotos, Pipo iba de taberna en taberna riéndose de sus propios chistes y haciéndonos reír a todos. Por su simpatía y su habilidad con los números, había conseguido un buen trabajo como capataz del viejo Fanuel, uno de los propietarios más ricos de Cafarnaum.(1) Pero Pipo era un botarate. Y todo el dinero que ganaba, y hasta el que no ganaba, se le iba por el agujero de los barriles de vino.

Pedro – ¡Vaya, Pipo, qué bien vives, granuja! ¡Tienes más plata en el bolsillo que la que cargaban los camellos de la Reina de Saba!
Pipo – Mi amo don Fanuel gana la plata… ¡hip!… y yo se la administro.
Juan – Di mejor que tú se la gastas, ¡buen sinvergüenza!
Pipo – Y le hago un favor porque, mira, el viejo Fanuel no sabe ni qué hacer con tanto dinero… ¡hip! No sabe divertirse. ¡Bah, a los tacaños hay que ayudarlos para que las polillas no les coman luego todos sus ahorros! ¡Hip! ¿Saben una cosa, camaradas? Que aquí se cumple aquel refrán del sabio Salomón: El vivo vive del bobo, y el bobo de su trabajo. ¡Ja, ja, ja, jay!
Santiago – ¿Dónde fue que Salomón dijo eso, Pipo?
Pipo – ¡Y qué sé yo! Ni lo sé ni me importa. Pero está muy bien dicho, ¡qué caray! ¡Hip! ¡Ea, muchachos, aquí estoy yo, el hombre más feliz de Cafarnaum! ¡Hip! ¡Invito a todos los que tengan la jarra vacía y que griten: ¡viva el Pipo! Una, dos… ¡hip!… y ¡tres!
Todos – ¡Viva el Pipo!
Fanuel – Ejem… Que viva el Pipo.

Fue algo inesperado. En la puerta, con su pulido bastón y una cara muy seria, había aparecido Fanuel, el amo de Pipo. Todos nos quedamos tiesos mientras aquel viejo ricachón atravesaba en silencio la taberna. Pipo, inmóvil, con la jarra de vino levantada en una mano, como una estatua, aún no había podido pasar por el gaznate el último trago de vino.

Fanuel – ¡Pipo!
Pipo – Mande, patrón.
Fanuel – Pasa mañana temprano a recoger todas tus cosas.
Pipo – Pero, patrón…
Fanuel – Ningún patrón. Lo he oído todo desde la puerta. Estás despedido.

Y Fanuel, sin decir una palabra más, apretó la empuñadura de su bastón y salió de la taberna…

Pipo – Maldita sea, ¿y este pájaro no encontró otro momento mejor para visitar el nido? ¡Con el susto, hasta se me ha quitado el hipo!
Pedro – ¡Se te acabó el tinglado, compañero! ¡Llegaron las vacas flacas!
Santiago – ¡Mañana a estas horas estarás por estos caminos con una mano delante y otra atrás!
Pipo – Si el viejo Fanuel me hubiera dejado explicarle…
Pedro – Pero, ¿qué ibas a explicarle, truchimán? ¡Alégrate de que no haya venido a buscarte con dos guardias y te haya metido de un puntapiés en la cárcel!
Pipo – Tienes razón, Pedro. Pero, ¿y ahora qué hago yo, eh?
Pedro – ¿Que qué haces tú? Lo que hacemos todos. ¡Ponerte a trabajar!
Pipo – No, no, por favor, no me hablen de trabajar que sólo oír esa palabra me dan escalofríos. Yo no nací para eso. Me faltan fuerzas.
Juan – Fuerzas no te faltan, pero te sobra tripa. ¡Con esa panza que tienes no puedes doblar el lomo!
Santiago – Pero tendrás que doblarlo, compañero, te veo cuidando puercos o recogiendo pepinos.
Pipo – No, no, yo no sirvo para trabajos de campo. No hay un solo labrador en toda mi parentela.
Pedro – Pues entonces, ven con nosotros a pescar en el lago. ¿Sabes tirar la red?
Pipo – Lo que yo sé es que en el agua me mareo como una preñada.
Juan – Aprende un oficio, caramba: alfarero, sastre, curtidor…
Pipo – ¿A mi edad, Juan? ¿Tú crees que a mi edad se aprende algo? ¡A los cuarenta, ni oficio ni beneficio!
Santiago – ¡Pues entonces, amigo Pipo, no te queda otro remedio que sentarte en la puerta de la sinagoga a pedir limosna!
Pipo – ¿Estás loco? ¡Antes me corto las venas! ¿Yo, Pipo, el hijo de mi madre, pidiendo limosna? ¡Nunca jamás, lo oyes, Santiago, lo oyen todos, nunca jamás lo haré!
Pedro – ¡Está bien, gritón, está bien! ¿Y qué demonios vas a hacer entonces?
Pipo – Tengo una noche para pensarlo. Una noche. Necesito despejarme la cabeza. Tuerto, sírveme otro trago. Te prometo que mañana a esta misma hora te lo pagaré todo. ¡Lo juro!

Y aquella noche, Pipo daba vueltas y vueltas sobre la estera sin poder pegar un ojo.

Pipo – ¿Qué haré? ¿Qué haré? ¡Pitonisa del rey Saúl, ilumíname la mollera! ¡Gran Poder de Dios, envíame un ángel que me sople alguna idea en la oreja! Caracoles, me exprimo el seso como si fuera una naranja y no sale ni gota. Hasta la burra de Balaán razonó cuando hizo falta, ¡caramba! ¿Y por qué a mí no se me ocurre nada? Pipo, piensa algo pronto si no quieres darte por muerto. ¡Por la mujer de Putifar, ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! ¡Ay, mamá, qué hijo tan listo trajiste al mundo! De prisa, de prisa, ¡tengo que actuar de prisa!

Y antes de que amaneciera, Pipo empezó a actuar…

Lucio – Pero, ¿quién demonios llama a esta hora?
Pipo – ¡Soy yo, Lucio, el Pipo! ¡Ábreme!
Lucio – Pero, muchacho, ¿qué te pasa? ¿Tienes pesadillas? ¿O te persigue la policía?
Pipo – Preferiría el escuadrón entero detrás de mí y no esto que me pasa.
Lucio – ¿Cómo dijiste?
Pipo – Nada, buen hombre. Digo que cuántos barriles de aceite le debe usted a mi amo Fanuel.
Lucio – Le debo cien. Tú mismo me hiciste firmar el recibo, ¿no te acuerdas? Pero, ¿a qué viene eso ahora?
Pipo – No pregunte tanto, viejo. Mire, aquí está su recibo: «Yo, Lucio, hijo de Luciano, debo a Fanuel cien barriles de aceite, según la medida galilea».
Lucio – Pero… ¿qué estás haciendo majadero?
Pipo – Rompiendo el recibo que usted firmó.
Lucio – ¿Y entonces?
Pipo – Entonces, siéntese, don Lucio. Aquí tengo uno nuevo, en blanco. Escriba: “Yo, Lucio, hijo de Luciano, debo a Fanuel… cincuenta barriles de aceite”. Si, sí, escriba eso: cincuenta barriles.
Lucio – Pero, Pipo…
Pipo – ¡Pssh! No abra la boca para que no le entren moscas.
Lucio – Pero, ¿qué dirá tu amo si se entera?
Pipo – Ya no me importa lo que diga él. Más me importa lo que digas tú, amigo Lucio.
Lucio – ¿Yo?
Pipo – Sí, tú, mi querido amigo Lucio. Mírame bien los bigotes. Ahora sólo le debes a Fanuel cincuenta barriles de aceite gracias a mí, a tu amigo Pipo, que te ayuda y te quiere bien. ¡Adiós, viejo, y métase pronto en la cama que va a atrapar un catarro!

Después, Pipo fue a llamar a otra puerta…

Urías – Cien sacos de trigo, ésa es mi deuda con tu amo Fanuel.
Pipo – ¿Cien? ¿No te parecen demasiados, mi querido amigo Urías?
Urías – Eso digo yo, Pipo… Yo soy un hombre pobre. Ni en el valle de Josafat acabaré de pagar a tu amo lo que le debo.
Pipo – No digas más, Urías. Me has conmovido. Las lágrimas me suben por la garganta y se me escapan por los ojos. Aquí está tu recibo… ¡roto! Ya no está. Siéntate y escribe uno nuevo. Pon solamente ochenta. «Debo ochenta sacos de trigo al tacaño de Fanuel». Bueno, lo de tacaño no lo pongas. Y acuérdate que esto lo hago por ti, porque eres mi amigo.
Urías – ¡Gracias, Pipo, gracias!

Y así pasó Pipo aquella noche, de puerta en puerta, despertando a los deudores de su amo Fanuel, conversando con todos y haciéndoles firmar recibos nuevos. Y cuando el sol se asomó por entre los montes de Basán y los gallos de Cafarnaum se sacudieron las plumas, Pipo, el astuto capataz, terminó su recorrido.

Pipo – ¡Uff, qué nochecita! Ahora, que el viejo Fanuel me dé si quiere el empujón… ¡tengo ya un cojín para el trasero!

A media mañana fue a ver a su patrón…

Fanuel – No tenemos nada más que hablar, Pipo. No te creo ninguno de tus cuentos.
Pipo – Pero, patrón Fanuel…
Fanuel – Acabemos de una vez. Has sido un capataz inmoral. No quiero ver nunca más tu desagradable barba de tres puntas.
Pipo – Bueno, patrón, si ésa es su última palabra… Mire, aquí están las llaves de la finca y… éstos son los recibos de todos sus deudores. Ni uno falta ni uno sobra…
Fanuel – Está bien, déjalos ahí. Y ahora, lárgate.

Al salir de allí, Pipo fue corriendo a casa de Lucio…

Pipo – ¡Ay, Lucio, ay!
Lucio – Pero, cuéntame, amigo Pipo, ¿qué te ha pasado?
Pipo – Ay, Lucio, algo repentino, como el fuego que quemó a Sodoma. Mi amo Fanuel me echó de la finca.
Lucio – ¿Que te echó? ¿Así porque sí?
Pipo – Así porque sí.
Lucio – ¡Qué injusticia! Pipo. Créeme, comprendo la triste situación en que te encuentras.
Pipo – Don Lucio, créame: ¡con buenas palabras no se sazonan las lentejas!
Lucio – Pipo: mi casa es tu casa. Si necesitas cobijo, si necesitas un plato caliente, si necesitas algún dinero adelantado, ¡aquí estoy yo, tu amigo!
Pipo – ¡No esperaba menos de usted, don Lucio!

Y enseguida, Pipo fue a casa del otro deudor de su antiguo patrón…

Pipo – Urías, hoy por ti, mañana por mí.
Urías – ¿Qué quieres decir con eso, Pipo?
Pipo – Que ayer fue hoy y que hoy es mañana.
Urías – ¿Cómo dices?
Pipo – Que me echaron del trabajo, hombre, y que estoy más pelado que una rana.
Urías – No llores, Pipo. Para estos momentos difíciles estamos los amigos. ¡Choca los cinco y cuenta conmigo!
Pipo – Gracias, Urías, gracias…

Y así fue Pipo recorriendo por la mañana el mismo camino que anduvo a medianoche, tocando otra vez las puertas de los deudores de Fanuel, su antiguo amo.

Juan – ¡Caramba con el Pipo, ése se le escapó al diablo por entre las piernas!
Pedro – ¿Te acuerdas, Jesús, que te lo dije? ¡Ése sale siempre a flote, como el corcho! ¡Al Pipo se le ocurre cada cosa!
Jesús – Mira, Pedro, ¿sabes lo que pienso? Que si nosotros fuéramos listos para luchar por la vida de los demás como el Pipo lucha por su pellejo, ¡ah, caray, entonces las cosas cambiarían! Si nosotros fuéramos tan astutos como él, el Reino de Dios iría adelante, ¿no te parece?
Pipo – ¡Qué pasa, camaradas! Seguro que están murmurando de mí, ¿verdad? Pues para que no murmuren a mis espaldas, aquí llegué yo, ¡el Pipo! ¡Y esta noche invito yo! Tuerto, sírveles vino a todos los que tengan la jarra vacía y que griten: ¡Viva el Pipo! ¡Ea, mis amigos, a la una, a las dos, y a las tres!
Todos – ¡Viva Pipo!

Jesús también levantó su vaso brindando por Pipo, aquel capataz que no tenía ni un pelo de tonto. Y así, entre el vino y las bromas, nos pasamos un buen rato en la taberna de Joaquín, la que está junto al embarcadero. Cuando salimos, Jesús iba riéndose y decía que para luchar por el Reino de Dios había que ser tan sencillo como las palomas pero tan astuto como las serpientes.
Lucas 16,1-9

Comentarios

1. Los terratenientes galileos no vivían permanentemente en sus fincas y contrataban a un administrador o capataz para que atendiera sus tierras, a sus jornaleros y a sus deudores. No entraba en la economía oriental de aquella época una contabilidad estricta, lo que explica que los capataces cometieran habitualmente trampas.

84- LA ASTUCIA DE UN CAPATAZ

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