90- EL MILAGRO DE JONÁS

Los vecinos y vecinas de Cafarnaum le exigen milagros a Jesús. Pero el único milagro que Dios quiere es la justicia.

Los rumores de lo que Jesús había hecho en Jerusalén y las ciudades de Judea rodaron como piedras de montaña. Las noticias pasaban de boca en boca, se agrandaban, se mezclaban con leyendas, se discutían en los mercados y en las caravanas. La gente decía muchas cosas de Jesús. Que le brotaban rayos de la cabeza, como a Moisés. Que Elías le había prestado el carro para viajar más rápido de un sitio a otro. Que los milagros salían de sus manos como mariposas.

Vieja – ¡Vamos, comadre, de prisa! ¡Me han dicho que los enfermos se curan sólo con la sombra del profeta cuando pasa! ¡Vamos!

La fama de Jesús crecía como pan fermentado. Y también crecían los grupos de gente que salían a los caminos para buscar al nuevo profeta de Israel y pedirle ayuda.

Hombre – ¡Baje la cabeza, paisana, que con esos moños, no vemos nada!
Mujer – ¡Mira, tú, no empieces otra vez que yo llevo esperando aquí desde el mediodía!

Aquel invierno, cuando regresamos a Cafarnaum, los vecinos nos salieron a esperar a la entrada del pueblo, junto a la Puerta del Consuelo.

Vieja – Oye, Jesús, ¿cómo les fue por la capital? ¿Qué hicieron esta vez?
Jesús – Lo que siempre hacemos, anunciar el Reino de Dios.
Vieja – Sí, sí, pero ¿qué más hiciste tú?
Jesús – Eso, abuela, hablarle a la gente, abrir los ojos de los peces chicos para que no se dejen comer por los peces grandes.
Hombre – ¡Lo que la vieja quiere saber es si le abriste los ojos a algún ciego!
Mujer – ¡Eso, eso, ¿cuántos milagros hiciste en este viaje, Jesús?

Cuando aquella mujer habló de los milagros, la muchedumbre que nos rodeaba se apretujó aún más. Muchos enfermos habían venido arrastrando sus muletas o montados sobre una camilla de ramas trenzadas. Otros escondían sus llagas con trapos amarrados en las piernas y en los brazos.

Hombre – Bah, en realidad, lo que importa no es lo que hiciste en Jerusalén, sino lo que vamos a hacer ahora, ¿verdad? Mira a todos esos infelices. Están esperando que tú hagas algo por ellos.

Los enfermos miraban a Jesús con una súplica en los ojos y alargaban sus manos para poder tocarle la túnica. Entonces Rebeca, la hilandera, se abrió paso entre todos y logró ponerse frente a él. Tenía la pierna derecha delgada y retorcida y se apoyaba en un bastón para no caerse.

Mujer – ¡Cúrame! ¡Haz que pueda volver a caminar! ¡Cúrame, profeta, cúrame!

Jesús miró a la mujer y se quedó callado.

Mujer – ¡Cúrame! ¡Tú puedes hacerlo! ¡Sí, sí, ya me siento mejor! Siento un calor por todo el cuerpo.

De pronto, la mujer levantó las manos al cielo, soltó el bastón que le servía de muleta y gritó para que todos la oyéramos…

Mujer – ¡Estoy curada, estoy curada!
Hombre – ¿Curada tú? ¡Ja! ¡Con este golpe, se te habrán roto las dos piernas!
Herrero – ¡A mí, Jesús, cúrame a mí! ¡Yo llevo enfermo más tiempo que ella! ¡Quítense ustedes y déjenme pasar!

El herrero Tulio daba manotazos al aire para poder llegar hasta Jesús y pedirle un milagro. Tenía la espalda jorobada como la de un camello.

Herrero – Vamos, haz un milagro, enderézame. Vamos, ¿qué esperas? ¡Cúrame!

Jesús lo miró con pena, pero tampoco dijo una palabra.

Herrero – ¿Qué te pasa? ¿Es que ya no tienes los poderes de antes? ¿Por qué no me curas? ¡Te digo que por qué no me curas!
Mujer – ¡Tú le abriste los ojos a un tal Bernabé, allá por Betsaida! ¡Yo también estoy ciega! ¡Yo también quiero ver! ¿Es que ese tipo era mejor que yo?
Hombre – ¡Tú sabes hacerlo! ¡Tú curaste en Corozaim a Serapio, que no hablaba ni oía!
Vieja – ¡Jesús, mira estas llagas y ten lástima!

Los enfermos comenzaron a impacientarse con Jesús, que seguía callado, con los ojos bajos. La algarabía crecía por momentos. Fue entonces cuando apareció el rabino Eliab.

Eliab – Otra vez nos encontramos, nazareno. Pero ahora no en la sinagoga, sino aquí, a plena luz del sol.
Jesús – ¿También tú estás enfermo, rabino?
Eliab – No, el Altísimo me ha concedido la salud. Y me ha concedido también inteligencia para descubrir a los lobos que se cubren con pieles de cordero.
Jesús – Mírame entonces las orejas, a ver si son de lobo.
Eliab – Sí, eso he venido a hacer, porque ya estoy cansado de oír historias. Todo Israel habla de ti. Unos cuantos locos te llaman profeta. Y otros más atrevidos todavía dicen que eres el mismísimo Mesías que nuestro pueblo ha esperado tantos siglos. Muy bien. ¿Qué dices tú? ¿Eres o no eres? Habla. No te quedes callado. El que calla, da razón.
Jesús – El árbol se conoce por el fruto. Mira lo que yo hago y sabrás quién soy.
Eliab – Vamos a aclarar las cosas, nazareno. Las escrituras dicen que cuando Dios envía a un profeta, pone en su mano el poder de hacer milagros.
Hombre – ¡Y Jesús tiene ese poder, vaya si lo tiene!
Mujer – ¡Jesús ha hecho muchos milagros, rabino Eliab! ¿No se acuerda del tullido Floro? Lo tiraron por el techo, y salió caminando con las piernas más derechas que un remo.
Eliab – Oí hablar de eso. Pero yo no lo vi. Y si el ojo no ve, el corazón no cree.
Hombre – ¿Y el frutero aquel, rabino Eliab, el que tenía la mano seca? Jesús se la estiró delante de usted mismo en la sinagoga.
Eliab – El agua pasada no mueve molino. Dejen al frutero y al tullido Floro y a todos los que andan diciendo cosas que ya pasa­ron. Hoy estamos aquí. Hoy. Yo quiero ver una señal hoy. No es mucho lo que pido, nazareno. Mira a todos éstos. Puedes escoger. Cura al que quieras. Pero danos una prueba clara, que no se pueda dudar. Haz un milagro aquí, delante de nosotros. Y todos creeremos en ti. Yo, el primero.

Jesús seguía con los ojos bajos, clavados en la tierra. De pronto, se agachó y arrancó del suelo unas cuantas hierbas. Las puso en la palma de la mano y sopló. La brisa del lago llevó por el aire las pequeñas hojitas.

Jesús – La vida del hombre es como la hierba. Brota en un día y con un soplo se acaba. Nuestras vidas están en manos de Dios. Sólo Dios tiene poder para curarnos.
Mujer – ¡Dios y tú, que eres su profeta!
Todos – ¡Un milagro! ¡Haz un milagro!
Hombre – ¿O es que para los demás sí hay y para nosotros no? A ver, ¿por qué?
Vieja – ¡Después de tanto esperar no vamos a irnos con las manos vacías, caramba!
Todos – ¡Sí, un milagro! ¡Haz un milagro!
Jesús – Escuchen bien. Para ustedes sólo habrá un milagro, uno sólo.
Hombre – ¡Sí, sí, aunque sea uno! ¡Vamos, hazlo!
Todos – ¡A mí! ¡Cúrame a mí!
Mujer – ¡Yo llegué primero! ¡A mí, Jesús, a mí!

Los enfermos se arremolinaron en torno a Jesús. El rabino Eliab consiguió alejarse un poco y quedó esperando, con una mirada llena de desconfianza, el milagro que se iba a producir.

Jesús – Un sólo milagro, vecinos. El milagro de Jonás. Solamente ése.
Hombre – ¿Qué pasa ahora con Jonás?
Jesús – Pasa lo mismo que pasó entonces, cuando Dios lo llamó y lo envió a profetizar en la gran ciudad de Nínive…

Voz de Dios- Jonás, hijo de Amitay, levántate y ve a Nínive. Los ninivitas son hombres de manos violentas. Pisotean al débil, abusan del huérfano y atropellan a las viudas ante el tribunal. Ve y grita por las calles de Nínive que si las cosas no cambian, yo voy a hacerlas cambiar. Meteré mi mano y defenderé la causa de los pobres. Y seré inflexible contra los que maltratan a mi pueblo.
Jonás – ¡Conviértanse! ¡Conviértanse todos! ¡Esta ciudad está edificada sobre la injusticia! ¡Si las cosas no cambian, dentro de cuarenta días Nínive será destruida! ¡Conviértanse!
Rey – Mandato del rey de Nínive: todos, desde el primero hasta el último, los hombres y las mujeres, los viejos y los niños, todos tenemos que cambiar. Que cada uno limpie sus manos manchadas de sangre y de violencia. Que cada uno se arrepienta ante Dios y practique la justicia. ¡Quién sabe si Dios también se arrepentirá del castigo que merecemos, quién sabe!

Hombre – ¡Ese Jonás fue un tipo grande, sí señor!
Mujer – ¡Y más grande la ballena que se lo tragó!
Vieja – ¡Y mayor que Jonás eres tú, moreno!
Hombre – ¡Pues si es tan grande, que me cure! ¡Eh, Jesús, deja ahora los cuentos y vamos a lo que vamos: cúrame! ¿Qué te cuesta?
Mujer – ¡Haz un milagro y que lo veamos todos!
Jesús – Jonás no hizo ningún milagro en la ciudad de Nínive. El milagro lo hicieron los ninivitas que cambiaron y comenzaron a vivir con rectitud. Y la ciudad, que estaba enferma, se curó.
Vieja – ¡Mi hijo también está enfermo! ¡Cúrame a mi hijo, como curaste a la hija de Jairo!(1)
Mujer – ¡A mí, cúrame a mí! ¿Es que yo no tengo derecho?
Jesús – Nadie se cura por derecho, mujer, sino por fe.
Mujer – ¡Yo tengo fe, yo creo en Dios!(2) ¿Qué más quieres que tenga, caramba?
Jesús – Es Dios el que tiene fe en nosotros y espera que nosotros hagamos el milagro. El milagro de Jonás.
Eliab – ¡Basta ya de palabras y de empujones! ¿Vas a hacer un milagro, sí o no? ¿Puedes o no puedes?
Jesús – ¿Por qué no lo haces tú mismo, rabino? Tú sí puedes hacerlo. Mira, ¿sabes cómo se enfermó esta infeliz? Doblando la espalda día y noche sobre el telar. Así se le jorobaron los huesos. ¿Y sabes cómo se le torció el cuello a este hombre? Cargando sacos y más sacos de harina en la cabeza para ganarse un miserable denario. ¡Haz tú el milagro, fariseo! El milagro no es abrirle los ojos a un ciego, sino abrir el bolsillo y compartir tu pan con los hambrientos. El milagro no es limpiarle la carne a un leproso, sino limpiar todo el país que se pudre por los atropellos de unos cuantos. Esta mujer cojea de una pierna, pero nuestro país cojea de las dos. ¡No le pidamos a Dios más milagros! El milagro lo tenemos que hacer nosotros: ¡el milagro de la justicia!
Eliab – ¡Ya salió la política! ¡Eso es lo único que sabes hacer, nazareno, calentarle la cabeza a la chusma! ¡Charlatán, eso es lo que eres, un charlatán y un agitador! ¡Vete con tu palabrería a otra parte!
Mujer – ¡El rabino tiene razón! ¡Este no es más que un hablador! ¡Vámonos de aquí, vámonos!
Hombre – ¡Al diablo contigo, Jesús! ¡Tanto cuento y tanto esperar para nada!

Los enfermos se fueron yendo, cada cual por su camino. Unos iban con sus bastones y sus muletas. Otros, cargados en camillas o apoyándose en el brazo del vecino. Al poco rato, nos quedamos solamente los del grupo. Ya oscurecía sobre Cafarnaum, y las ciudades que adornaban las orillas del lago, como perlas de un collar, comenzaron a encender sus luces blanquecinas. Jesús parecía muy triste y se quedó con la mirada perdida en los reflejos del agua.

Jesús – ¡Qué lástima, Corozaim! Tantas palabras como dijimos allá en tu plaza y por tus calles… y todo sigue igual. Sigues siendo una ciudad adúltera, peor que Nínive, peor que Sodoma. Pobre de ti, Betsaida, que te acuestas en un lecho caliente con los grandes comerciantes mientras tus hijos agonizan de hambre y de frío en los portales y sigues pariendo usureros y traficantes de violencia y no escuchas el grito de muerte de los inocentes. Y tú Cafarnaum, que quieres subir al cielo para robarle milagros a Dios, pero no haces nada para que las cosas cambien aquí en la tierra, no quieres hacer tú misma el único milagro que Dios reclama: la justicia.
Mateo 11,20-24 y 12,38-42; Marcos 8,11-13; Lucas 10,13-15 y 11,29-32.

Comentarios

1. Los cuatro evangelios nos han transmitido muchas historias de milagros realizados por Jesús, salpicando todos sus relatos con estos hechos, que buscan explicar quién es Jesús y cómo pasó haciendo el bien, curando a todos los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él (Hechos 10, 38). Todos los relatos de milagros no deben ser leídos con los mismos criterios. Si se aplica a ellos una crítica literaria rigurosa, se observa cómo algunos milagros están duplicados (comparar Marcos 10, 46-52 con Mateo 20, 29-34), otros ampliados, otros libremente adornados. Todo esto indica que, aunque hay un núcleo histórico cierto en las curaciones que obró Jesús, no deben interpretarse los evangelios como un catálogo de maravillas realizado por un superman poderoso. El punto de partida es diferenciar entre la palabra «milagro» y la palabra «signo» o «señal».
El evangelio de Juan, que reduce a siete el número de milagros que habría hecho Jesús, es el que más claramente establece esta diferencia. Juan utiliza siempre al referirse a los hechos milagrosos la palabra griega “semeion”, equivalente a “señal”. Una señal no tiene valor en sí misma. Apunta en una dirección, indica un camino. No es la meta, es el medio para llegar a ella. Según el evanglio de Juan, los “milagros” de Jesús no fueron hechos aislados y maravillosos que él habría obrado movido por la compasión que le inspiraban casos individuales de sufrimiento. Si así fuera, no serían señales de nada, se agotarían en sí mismos. Juan los presenta como signos o señales que deben conducir a la comprensión de la misión de Jesús.
Que Jesús de Nazaret haya curado a un paralítico en el siglo I de nuestra era, ¿qué puede significar hoy? Los evangelios responden a esta pregunta presentando a Jesús como el mensajero del proyecto de Dios: si Jesús puso en pie a un hombre postrado, fue una señal de que su mensaje es capaz de echar a andar a los seres humanos, sacándolos de la pasividad. Así, en cada uno de los curados por Jesús los evangelistas dibujaron arquetipos de hombres y de mujeres víctimas de distintas problemáticas.

2. Fe y religión no son lo mismo. La actitud religiosa «religa» al ser humano con Dios y lo hace dependiente de él. Una mentalidad religiosa espera de Dios lo que puede lograr con su propio esfuerzo o con la organización de los esfuerzos de otros y teme de Dios castigos por malas obras o por descuidos en los ritos religiosos. Una mentalidad religiosa “compra” la benevolencia de Dios haciendo méritos ante él con oraciones, sacrificios, votos, promesas, penitencias. Jesús de Nazaret enfrentó esta mentalidad, arraigada en todas las culturas, con una nueva visión de Dios. Jesús propuso una relación con Dios basada en la responsabilidad de la propia vida y en la solidaridad comunitaria. En las actitudes de libertad, madurez, compromiso histórico, equidad entre los seres humanos, superación de miedos religiosos, está la base humana de la que se nutre la actitud de fe, opuesta a la actitud religiosa.

90- EL MILAGRO DE JONÁS

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