91- LA HORA DE JERUSALÉN

Jesús y su grupo deciden subir a Jerusalén a proclamar el Reino en el corazón de la capital. Los riesgos son evidentes. También la esperanza.

Aquel invierno pasó rápido como una lanzadera. En las ramas del almendro asomaron los primeros brotes. El campo empezaba a cubrirse de flores y el aire limpio de la nueva primavera perfumaba ya la llanura de Esdrelón. Aquel día, mientras comíamos en casa de Pedro…

Pedro – ¿Qué pasa, Jesús? ¿No hay apetito?
Rufina – El moreno tiene unas ojeras como si no hubiera pegado ojo en toda la noche.
Jesús – Y no lo pegué, Rufina. Pero no es nada. Lo que pasa es que necesitaba ver claro. La verdad, llevo varios meses rezando y pidiéndole a Dios que nos marque el camino y…
Pedro – ¿Y qué?
Jesús – Compañeros, me parece que ha llegado la hora.
Santiago – ¿La hora de qué, Jesús?
Jesús – De ir a Jerusalén. Ya es hora de que también en la capital, en el corazón de este país, los pobres se junten para compartir lo que tienen, y así hacer frente al mundo viejo que se acaba. Sí, lo que hemos dicho tantas veces por estos rincones de Galilea, vamos a repetirlo sobre los techos de la gran ciudad.
Pedro – Eh, Rufi, ¿tú no le habrás puesto mucho picante a esta sopa? ¡Jesús está echando humo!
Judas – Bueno, moreno, entonces, ¿cuándo nos ponemos en camino?
Jesús – Cuanto antes, Judas. Dios tiene prisa. Hay demasiada miseria en el país. Herodes abusa demasiado en el norte y los romanos abusan demasiado en el sur. Y, mientras tanto, Caifás y los sacerdotes de Israel hablando de paciencia. Compañeros: ¡se acabó la paciencia! ¡Ya es hora de darle candela a los rabos de todas esas zorras, como hizo Sansón aquella vez, y que todo se queme!
Judas – ¡Sí, señor! No hay que tenerle miedo al fuego. ¡La ceniza es el mejor abono que existe!
Rufina – ¡El abono van a ser ustedes! Pero, ¿están locos? La última vez casi los agarran presos y ¿ya quieren volver a Jerusalén? ¡Eso es como ir a meter la cabeza en la misma boca del león!
Jesús – Claro que sí, Rufina. Eso es lo que vamos a hacer. También Sansón metió la cabeza, pero el Señor le dio la fuerza que necesitaba para romperle la quijada al león. ¡Dios no nos fallará a nosotros tampoco cuando estemos en Jerusalén, estoy seguro!
Tomás – Pues yo-yo estoy ma-más seguro de los colmi-millos del león, pe-pe-pero, en fin, si hay que ir, va-vamos.
Pedro – ¡Y vamos pronto! ¡Ya está cerca la Pascua!
Judas – Hay que aprovechar el momento, compañeros. Durante la fiesta es cuando más gente hay en la ciudad.
Pedro – Y es cuando se reúnen todas las zorras en la madriguera. Poncio Pilato viene de Cesarea. Herodes viene de Tiberíades. Todos se juntan en Jerusalén para celebrar la Pascua.
Jesús – Pues nosotros también iremos. Pero no sólo para recordar la libertad de nuestros abuelos, cuando salieron de Egipto, sino para empezar una nueva liberación. Porque seguimos siendo esclavos. Porque los faraones siguen ahí, sentados en los palacios de Jerusalén. ¡Allá tenemos que ir y echarles en cara sus abusos, como hizo Moisés!
Todos – ¡Así se habla, moreno! ¡Bien dicho!
Jesús – Pues ¡avísenles a todos! A los del grupo y a todos los del barrio que quieran venir con nosotros. Que subimos a Jerusalén. ¡Pero que no vamos a echar agua, sino a prender fuego!

En pocos días alborotamos a todo el barrio de los pescadores invitando a los vecinos para ir a Jerusalén. También muchos hombres y mujeres del valle de Séforis y de otros caseríos del interior decían que vendrían con nosotros. La ciudad de Cafarnaum se convirtió en un avispero. Ya no se hablaba de otra cosa que de aquel viaje a la capital en el mes de Nisán.

Pedro – ¡Únanse a nosotros, compañeros! ¡Llegó la hora de subir a Jerusalén! Usted, paisano, ¿qué dice? ¿Viene o no viene?
Hombre – ¡Claro que voy! ¡Ese lío no me lo pierdo yo ni por todo el oro del becerro de Aarón!
Pedro – Y usted, doña Ana, ¿qué está esperando? Vamos, ¡Aclárese!
Mujer – Aclárate tú, Pedro tirapiedras, y deja tu palabrería para otro rato. A ver, explícame, ¿qué van a hacer ustedes allá en la capital? ¿A qué demonios van? ¿A pelear, a rezar o a divertirse?
Pedro – ¡Ay, doña Ana, todavía no he tenido tiempo de pensar en eso! ¡Pero, no se preocupe, que Jesús sabe lo que se trae entre manos! ¡Vamos con él y allá veremos lo que hacemos! ¡Créame, vecina, ahí donde usted lo ve, ese moreno es el Mesías que nuestros abuelos esperaron tanto tiempo!
Mujer – Pero, ¿qué estás diciendo tú, majadero?
Pedro – Lo que ya dice todo el mundo, que Jesús liberará a Israel y le romperá el hocico a todos estos sinvergüenzas que se ríen de nosotros. ¡Con Jesús al frente, conquistaremos la capital y todas las ciudades del país!
Mujer – ¿Ah, sí, verdad? Y si ese moreno es el Mesías, ¿dónde tiene la espada?
Pedro – ¡Escondida, caramba! Si la saca antes de tiempo, los romanos se la hacen tragar con vaina y todo. ¡Que viva el Mesías!
Todos – ¡Que viva, que viva!
Pedro – ¿Entonces qué, doña Ana? ¿Sí o sí?
Mujer – No y no. No voy. Yo estoy enferma.
Pedro – ¡Qué enferma ni qué cuento! ¡Usted tiene buenas pantorrillas para caminar hasta Jerusalén!
Mujer – Pero, ¿tú estás loco, Pedro? Si voy a pie hasta allá, luego tienen que traerme cargada como un saco de harina. No, no cuenten conmigo. Yo estoy enferma.
Pedro – Ninguna enfermedad. Lo que pasa es que usted tiene miedo, eso es. Doña Ana, piense que de los cobardes no se ha escrito nada en la historia.
Mujer – Y de los valientes se escribió mucho, pero ellos no pudieron leerlo porque ya tenían hormigas en la boca.

Por todo Cafarnaum, Jesús buscó nuevos compañeros para aquel viaje…

Jesús – Ea, Simeón, anímate y ven con nosotros. ¡Necesitamos gente como tú, caramba, de pelo en pecho!
Simeón – No, si yo por mí iría, Jesús, pero…
Jesús – Pero, ¿qué?
Simeón – Mi familia. Tú sabes cómo son en casa. Mi madre se preocupa demasiado por mí.
Jesús – Y tú te preocupas demasiado por tu madre, y vas a cumplir ya treinta años y no te han cortado todavía el cordón del ombligo.
Simeón – Mira, Jesús, vamos a hacer una cosa. Yo voy a ir explicándoles a mis padres este asunto y… y así ellos se van haciendo una idea de qué se trata. Poco a poco, ¿comprendes?
Jesús – Mira, Simeón, acaba de decidirte. Porque te va a pasar lo que a un vecino mío de Nazaret que salía a sembrar y agarraba el arado. Pero cuando iba abriendo el surco, volvía la cabeza a un lado y a otro para saludar a todos los que pasaban por el camino… y, claro, al final tenía el cuello torcido y los surcos más torcidos aún.
Simeón – Pero, Jesús…
Jesús – Simeón, cuando se pone la mano en el arado, hay que mirar hacia delante. Y nada más.

Enseguida, un grupo de vecinos, dispuestos a acompañarnos a Jerusalén, rodeó a Jesús…

Jesús – Escuchen, amigos: si un albañil va a levantar una torre, ¿no cuenta primero los ladrillos que tiene para no quedarse a la mitad del muro? O si un rey le declara la guerra a otro rey, ¿no cuenta primero sus soldados? Y si él tiene diez mil y se entera que su enemigo tiene veinte mil, antes de comenzar la batalla manda un mensajero para hacer las paces, ¿no es así? Nosotros vamos a Jerusalén, sí, pero… ¿con cuántos soldados contamos?
Vecino – ¡Aquí hay uno! ¡Sólo necesito el uniforme!
Jesús – ¡El uniforme es un bastón y un par de sandalias, mellizo!
Vecino – ¡Pues entonces ya estoy listo! ¡Iré con ustedes a Jerusalén!
Jesús – ¿Y después?
Vecino – ¿Cómo que después?
Jesús – Que Jerusalén es sólo el comienzo.
Vecino – Yo iré contigo a cualquier parte, descuida.
Jesús – ¿Estás dispuesto a dejar el nido?
Vecino – ¿Qué nido?
Jesús – El tuyo. El que todos nos fabricamos para dormir caliente.
Vecino – Por eso, no. ¡Yo saco mi estera y duermo igual al raso!
Jesús – ¿Y si no tenemos estera?
Vecino – ¡Ya habrá alguna piedra para recostarse, digo yo!
Jesús – ¿Y si te quitan la piedra?
Vecino – ¡Pues duermo de pie, qué caramba! ¡Los burros también lo hacen y mira qué bien les va!
Jesús – ¡Tú eres de los nuestros, sí señor! ¡Podemos contar contigo!

Todos los días, llegaba alguno más a apuntarse para el viaje…

Nico – Oye, Jesús, yo también quiero ir con ustedes.
Jesús – Pues ven. ¿Quién te dice que no?
Nico – Nadie, pero… tengo miedo, ésa es la verdad. Tú
sabes, a mi padre lo mataron cuando yo era muchacho. Mi madre quedó viuda, con cinco hijos y sin un céntimo. Mi padre fue un valiente, sí, pero… ¿qué consiguió? Hace ya muchos años de eso y, ya ves, las cosas no han cambiado desde entonces.
Jesús – Tu padre perdió la vida, pero tú, por eso, no puedes perder la esperanza. Si la pierdes, estás más muerto que tu padre.
Nico – Sí, tal vez sea eso. Pero, te soy sincero: tengo miedo. Yo sé cómo son las cosas. El que se arrima al fuego, acaba quemándose.
Jesús – Pero da luz. De veras, Nico, la vida se gana cuando se pierde. También mi padre, José, perdió su vida por ayudar a unos infelices que huían de una matanza injusta. Su vida fue corta, pero valió más que la de otros que se protegen tanto que acaban oliendo a polilla. ¡Sé valiente, hombre!

Pero el miedo fue más fuerte y Julio no se decidió a viajar con nosotros…

Pedro – Con ese muchacho no se puede contar, Jesús. No hay más que verle la cara. Tiene miedo.
Jesús – ¿Y tú no, Pedro?
Pedro – ¿Yo? ¿Miedo yo? ¡Ja! ¡A mí nunca se me ha encogido el ombligo, para que lo sepas! Mira, Jesús, nosotros ya estamos metidos hasta el cuello en esto del Reino de Dios. Por dejar, lo hemos dejado todo, ¡hasta el miedo! Me río yo de estos muchachos que quieren montarse en el barco a última hora. Al principio cuando esto comenzó, nos miraban como a un grupo de chiflados. Y, ya ves, ahora todos quieren venir a Jerusalén.
Jesús – Pues mientras más vengan, mejor. ¿No te parece, Pedro?
Pedro – Sí, claro, pero… sin romper la fila. Nosotros llevamos mucho tiempo remando en este barco, ¿no? Digo yo, moreno, que cuando conquistemos Jerusalén y cantemos victoria… para nosotros habrá algo especial.
Jesús – ¿Algo especial, Pedro?
Pedro – Jesús, tú me entiendes, no es que uno sea interesado, pero…
Jesús – Ah, ya comprendo. Despreocúpate, Pedro. Te prometo cien por uno.
Pedro – Explícate, moreno. ¿Cómo es eso de cien por uno?
Jesús – Por cada problema que tenías antes, ahora tendrás cien problemas más. Y cien líos más y cien persecuciones.
Pedro – Bueno, moreno, pero, digo yo que habrá duras y también maduras, ¿no? A todo el mundo le gusta sentarse en la cabecera.
Jesús – Pero, Pedro, ¿dónde has visto tú que el criado le quite la silla al patrón?
Pedro – No, yo digo que…
Jesús – Tú no dices nada. Tú y todos nosotros, cuando acabemos de hacer lo que Dios nos mandó hacer sólo diremos una cosa: la tarea está terminada, cumplí con mi deber. Y nada más.

Durante aquella semana de ir y venir por Cafarnaum para avisar a todos, Jesús no se cansaba de hablarle a la gente…

Jesús – Ellos dirán que estamos dividiendo y agitando al pueblo. Pues sí, es verdad, de ahora en adelante, hasta en la familia habrá división: si hay cinco, estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres, y el hijo estará contra el padre y la hija contra la madre y la suegra contra la nuera. Porque ya nadie puede cruzarse de brazos. El que no recoge, desparrama. El que no lucha por los pobres, lucha contra los pobres y le hace el juego a los de arriba.
Todos – ¡Bien, bien por Jesús! ¡Así se habla, moreno!
Jesús – ¡Amigos, Jerusalén nos espera! ¡Dios estará con nosotros en Jerusalén y nos liberará de la esclavitud como liberó a nuestros abuelos del yugo del faraón! ¡También nosotros pasaremos el Mar Rojo y saldremos libres!

Nunca habíamos visto a Jesús tan enardecido como en aquellos días.(1) Sus ojos brillaban como los del profeta Juan, cuando gritaba en el desierto. Igual que Juan, hablaba con prisa, como si las palabras se apretaran en su garganta, como si le faltara tiempo para decirlas todas y hacerlas llegar hasta los oídos de los humildes de nuestro pueblo.
Mateo 8,18-22; Lucas 9,57-62.

Comentarios

1. En la persona de Jesús, en su sicología, en sus palabras, en sus actuaciones, se descubre continuamente un elemento dominante: la prisa, la urgencia. Desde un punto de vista puramente histórico, Jesús se presentó como un hombre que creyó en la llegada inminente del Reino de Dios. Vivió convencido de que la intervención definitiva de Dios en favor de los pobres se realizaría inmediatamente, que los tiempos finales estaban a la puerta. Por eso, para él, cada minuto era precioso. Muchas palabras y parábolas de Jesús hay que situarlas en la época de crisis en que él vivió históricamente y en la crisis futura y final que él veía como inminente y necesaria para que llegara la hora de la justicia de Dios. Al emprender su último viaje a Jerusalén Jesús contó con la posibilidad de la muerte, pero estaba convencido que la victoria sería de Dios.

91- LA HORA DE JERUSALÉN

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