98- CON LAS MANOS SUCIAS

El fariseo Persio invita a Jesús y su grupo a comer. Pero no soporta los malos modales ni la presencia de María la magdalena.

Cuando llevábamos dos días en Jerusalén, el magistrado Nicodemo, al que habíamos conocido en otro de nuestros viajes, se apareció muy temprano en la taberna de Lázaro, en Betania. Quería ver a Jesús.

Nicodemo – Un tipo abierto, Jesús, créeme. Más abierto que un libro. Ha oído decir muchas cosas de ti y quiere conocerte. Me pidió que te invitara a comer en su casa.
Jesús – Está bien. Dile a tu amigo que, si tantas ganas tiene de conocernos, que nos damos por invitados.
Nicodemo – Naturalmente, Manasés invita también a tus amigos, Jesús, pero, no sé… Está ese Mateo, el publicano… y esa mujer…
Jesús – ¿Quién? ¿La magdalena?
Nicodemo – Sí, ella. Tal vez no se van a sentir cómodos en ese ambiente.
Jesús – Mal empezamos con ese tipo tan “abierto”. Mira, Nicodemo, tú sabes que nosotros somos como las hormigas: donde va uno, van todos.
Nicodemo – Sí, ya, pero… no quisiera que tuvieras problemas, es por eso. Con esta gente hay que ir poco a poco. Compréndelo, Jesús.
Jesús – Que ellos también lo comprendan, Nicodemo: o todos o ninguno.

Y fuimos todos. Los trece y también las mujeres. Aquella tarde, salimos de Betania cuando empezaba a oscurecer. Entramos en la ciudad por la Puerta de Siloé y subimos la calle larga, hasta la casa del fariseo Manasés, el amigo de Nicodemo, en el barrio alto de Jerusalén.(1)

Natanael – Demonios, Felipe, esas sandalias están llenas de agujeros. Y en esa casa son gente fina.
Felipe – ¿Y qué querías, Nata? ¿Que viniera descalzo? Yo sólo tengo un par.
Natanael – Le hubieras pedido a Lázaro las suyas. Tiene los pies tan grandes como tú.
Felipe – ¡Peor el remedio que la enfermedad! ¡Esas sandalias de Lázaro tienen un perfume que se huele de aquí al monte Sión!
Magdalena – Pues yo sí que voy bien, caramba. Me puse el pañuelo nuevo. ¡Para que luego no digan esos señores que una no se arregla como es debido!
Pedro – ¡Oye a esta magdalena! ¡Mira, muchacha, tú mejor no hables mucho y espera a que los demás se sirvan para no meter la pata!

En la casa de Manasés nos esperaban los amigos de Nicodemo: tres fariseos con sus mujeres. Los fariseos se consideraban los más perfectos cumplidores de las leyes de Dios y de las costumbres de nuestros antepasados.(2) Fariseo quiere decir eso: separado. Ellos se sentían los escogidos de Dios, mejores que todo el mundo.

Manasés – ¡Bienvenidos a mi casa, amigos! Pasen, pasen… A ver, los sirvientes… ¡atiendan a los invitados!
Natanael – ¡Prepárate, Felipe, ahora te van a descubrir los agujeros de las sandalias!
Felipe – ¡Pssh! Disimula, Nata…

En la puerta, tres criados nos descalzaron y nos lavaron los pies.(3) Era la señal de hospitalidad con que el dueño de la casa recibía siempre a sus invitados. Más adelante, en el salón donde íbamos a comer, estaban colocadas seis grandes tinajas llenas de agua para los primeros lavatorios de manos. Los fariseos eran muy escrupulosos en todos estos ritos de limpieza. Pero, como nosotros no estábamos acostumbrados a ellos, ninguno nos lavamos las manos al entrar.

Persio – Bueno, señores, yo creo que hay que hacer las presentaciones. Antes de comer juntos, es de buena educación saludarse.

Manasés – Bien, ya Nicodemo te habrá hablado de mí, Jesús. Esta es Sara, mi mujer.
Sara – Mucho gusto en conocerlos.
Nehemías – Yo soy Nehemías, magistrado del Sanedrín.
Persio – También se encarga del comercio de púrpura con el país de Tiro, je, je… Ahí donde lo ven, éste es el quinto hombre de Jerusalén empezando por arriba. ¡Tiene media ciudad en el bolsillo!
Nehemías – Esta es Melita, mi mujer.
Melita – ¡Ay, yo encantada! ¡Tenía muchos deseos de ver a un profeta así de cerca!
Manasés – Y aquí está Persio, doctor de la Ley. Estudió las Escrituras santas desde que tenía doce años y se las sabe de memoria, al derecho y al revés. ¡Ah, qué hombre éste, hasta en sueños recita los preceptos de Moisés!
Magdalena – Pues compadezco a su mujer…
Pedro – ¡Pshh! ¡Cállate, María!
Manasés – Bien, Jesús, nos gustaría ahora conocer a tus amigos.
Pedro – A nosotros nos conoce pronto. Yo soy Simón. Me dicen el tirapiedras. Este flaco es mi hermano Andrés. Y aquellos dos, el pelirrojo y el otro, son Santiago y Juan. Somos pescadores los cuatro y… bueno, eso.
Felipe – Yo, Felipe. Vendo cosas por ahí, con un carretón y una corneta. Aquí donde ustedes me ven, soy el primer hombre de Betsaida… ¡empezando por abajo! Y este calvo es Natanael, mi amigo. Tiene un taller de lana: ¡gana hoy y pierde mañana!
Natanael – ¡Felipe, por Dios!
Melita – Muy ocurrente, sí, muy ocurrente…

Siguieron las presentaciones y, cuando acabaron, mientras los criados preparaban la mesa, las mujeres de los fariseos cuchicheaban entre sí, mirándonos de reojo y con risitas entrecortadas.

Melita – Ya se le veía en la cara que era ella… ¡la ramerita! ¡Qué desvergonzada! ¡Y atreverse a venir!
Sara – Dicen que se llama María.
Melita – No, querida, María se llama la madre del profeta.
Sara – Otra ramera será… porque ésta también se llama María. ¡Ten cuidado, si te descuidas, te levanta el marido en un pestañazo!
Melita – Qué va, ésa ya tiene bastante con su profeta. Dicen que Jesús la lleva a todas partes. Por algo será, digo yo.
Persio – Secretitos en reunión no son de buena educación.
Sara – Nada, Persio, hablando del famoso profeta y la ramerita y los melenudos que le acompañan. La fama les vendrá por los piojos que traen encima, ¡ja!
Persio – ¡Si fueran sólo piojos! Pero, ¿qué me dicen del publicano ése con cara de borracho? Créanme, estoy francamente decepcionado.
Manasés – ¡Eh, amigos! ¡La mesa está servida!
Persio – Bueno, pero la costumbre…
Manasés – En fin… pueden lavarse allí las manos.

Como teníamos mucha hambre, no oímos a Manasés, el dueño de la casa, cuando nos invitó a lavarnos las manos, según el rito de purificación de los fariseos. Ellos sí se las lavaron y sólo después se sentaron a comer. Al cabo de un rato, el vino y la buena comida nos soltó la lengua a todos y nos hizo olvidar el frío recibimiento de la primera hora. Pedro, muy animado, chupaba una tras otra las costillas del cordero. Felipe, junto a él, rebuscaba en la fuente los trozos de carne que aún quedaban.(4)

Felipe – … y yo le cambié la mecha por el candil. Y entonces el tipo me dijo: Candil sin mecha, ¿de qué aprovecha? ¡Jo, jo, jo! ¿Qué les parece?
Natanael – ¡Eh, tú, María, pásame la salsa, que está muy buena!
Pedro – ¡Lo que está bueno es este cordero, carambola! Mi suegra Rufa dice que el que come la carne, ¡que roa los huesos!
Melita – Bueno, bueno, todo en la mesa no va a ser hablar del cordero, ¿no creen ustedes? Ya que tenemos al profeta aquí con nosotros, a mí me gustaría oírle algo acerca de… bueno, pasan tantas cosas en esta ciudad que… Esto es Babilonia, Jesús, Babilonia. Sin ir más lejos, tiene usted el caso de la familia de los Tolomeos. ¿Qué le parece a usted lo que le han hecho a la hija de Benisabé?
Jesús – No sé, no conozco a esa familia, doña Melita.
Melita – Ay, pues si usted la conociera… Pobre muchacha… Bueno, pobre no, una perdida, ésa es la verdad. De flor en flor, como la abeja. Esto que quede entre ustedes y nosotros, porque a mí no me gusta meterme en la vida ajena… pero me han dicho de buena tinta que está embarazada, y nada menos que de Eulogio, ¡su primo hermano! ¡El padre, como supondrán, está destrozado!
Sara – ¿Destrozado? ¿Ése destrozado? ¡Pues vaya ficha que es ése también! ¡Claro, de casta le viene al galgo el tener el rabo largo!
Melita – Bueno, Jesús, ya usted sabe, eso es lo que dicen, pero…
Sara – Pero no dicen ni la mitad. Si una dijera todo lo que ha visto… Y no es que a mí me guste hablar de nadie, pero hay cosas que ya pasan de la raya…
Melita – Yo no sé si usted se enteró de cuando la mujer se le escapó por la ventana. ¡Fue un escándalo en toda Jerusalén! Resulta que…

Después de un rato, los criados aparecieron con la vasija de agua para las purificaciones que son costumbre durante las comidas de los fariseos. Y empezaron por la punta de la mesa donde estaba Felipe.

Natanael – ¡Felipe, hombre, que lo derramas!
Felipe – ¿Qué? ¡Hip! ¿Más vino? ¡Este sí que está fresco! ¡Epa, ábrete gaznate, que ahí va!

Felipe agarró con las dos manos grasientas la vasija y se bebió de un trago el agua de las purificaciones rituales.

Persio – Pero, ¿qué grosería es ésta?
Sara – Ese hombre está borracho. ¡Y mira a la ramerita al lado riéndole la gracia!
Nehemías – ¡Esto es el colmo!

Cuando Felipe dejó la vasija y se limpió la cara empapada con la manga de la túnica, Nehemías, el magistrado, se levantó de la mesa y con aire de gran dignidad salió del comedor.

Magdalena – Y a ése, ¿qué le pasa ahora?
Felipe – ¿Y qué sé yo? La salsa picante, que le habrá revuelto las tripas.
Natanael – No, Felipe, la cosa es contigo.
Felipe – ¿Conmigo? No, Nata, ése se ha ido a la letrina. Estoy seguro.

Entonces el fariseo Persio se puso en pie…

Persio – Lo siento, señores, pero no puedo callar ni un momento más. Me he resistido durante toda la comida. Pero ya no aguanto. Nehemías, mi amigo tampoco ha podido soportarlo. No, él no ha ido a la letrina como he oído insinuar a alguno de ustedes y, por cierto, al más ordinario. El doctor Nehemías se ha retirado de la mesa porque lo que está pasando aquí le resulta intolerable. Y lo es. Ninguno de ustedes ha cumplido con el rito de lavarse las manos al entrar. Ninguno tampoco se las ha lavado mientras comíamos. ¡Y ahora este individuo, el más grosero que jamás haya visto en mi vida, hace lo que todos hemos podido ver!
Felipe – ¡No me señale usted con ese dedo! Sí, sí, está bien, yo soy un cerdo. Bueno, pues lo siento, ¡caramba!
Magdalena – ¡Ea, paisano, perdónelo usted y sigamos comiendo! Eso, perdonado y en paz. O si usted quiere, le canto una copla para alegrar el ambiente.
Natanael – Cállate, María, que se va a enmarañar más la cosa.
Melita – ¡Esto es una desvergüenza! Yo también me voy… ¡”El profeta y sus amigos”, ja!

Cuando la señora Melita, muy estirada, se fue del comedor, Manasés, el dueño de la casa, miró a Jesús con desprecio.

Manasés – Hace un momento me hubiera gustado preguntarte, nazareno, a ti que te llaman profeta de Dios, me hubiera gustado preguntarte, digo, por qué tus acompañantes no se lavaron las manos antes de sentarse a mi mesa. Pero veo que tú tampoco lo has hecho. Veo que tú, el maestro, el que debe enseñarles a los demás el camino de la Ley, tampoco cumple la Ley.
Jesús – Y tú la cumples demasiado, amigo.

Jesús se levantó y se apoyó con las dos manos sobre la mesa.

Jesús – Discúlpanos, Manasés. Es la falta de costumbre. Nosotros, los campesinos, no sabemos mucho de buenos modales ni de cosas de éstas. Tenemos las manos sucias…
Manasés – Me alegro que lo reconozcas, Jesús.
Jesús – Pero, a lo mejor, tenemos la lengua más limpia que tu mujer, que se ha pasado toda la comida murmurando del vecindario entero.
Manasés – Perdón. ¿He oído bien o…?
Jesús – Sí, has oído bien. Y si quisieras oirías todavía mejor. Escucha, fariseo: lo que ensucia al hombre no es lo que entra por la boca sino lo que sale. Lo que entra, va a la tripa y de la tripa a la letrina. Pero lo que sale viene del corazón: del corazón vienen los chismes, las mentiras, el creerse mejor que los demás. Eso sí que mancha al hombre.

Jesús estaba aún enojado cuando encontró a Nicodemo…

Jesús – ¿Con que tu amigo era más abierto que un libro, eh, Nicodemo? ¡Pues ni el de los siete sellos!
Nicodemo – Está bien, Jesús, está bien, pero… para la próxima vez ten un poco más de mano.
Jesús – ¡Y ellos que tengan un poco menos de lengua, caramba! Que si la lengua creciera como el pelo, ¡vaya tupé que tendrían esas señoras!

Nicodemo nos acompañó hasta Betania, al otro lado del Monte de los Olivos, donde nuestro amigo Lázaro nos esperaba con una sonrisa hospitalaria. Allá, en su taberna, sí podíamos sentarnos a la mesa con las manos sucias.
Mateo 15,1-20; Marcos 7,1-23.

Comentarios

1. En Jerusalén, la clase más adinerada y con mayor influencia social era la de los sacerdotes. Al lado de este poderoso círculo de las familias sacerdotales, estaba una aristocracia laica, formada por terratenientes y grandes comerciantes, principalmente de trigo, vino, aceite y maderas. Los ricos vivían en el barrio alto y tenían su representación en el Sanedrín, tribunal jurídico y administrativo de Israel.

2. Los fariseos acostumbraban a lavarse las manos antes y durante las comidas. No era sólo una medida higiénica. Originalmente, los sacerdotes estaban obligados a estos lavatorios como signo ritual de su «santidad». Más tarde, los fariseos se apropiaron de este rito para marcar así su carácter de predilectos de Dios, pues se creían «los santos». La mayoría de las casas de Jerusalén tenían un espacio destinado a los baños y lavatorios rituales y estaba establecido que parte del agua que se usaba para estos fines debía ser agua de lluvia que hubiera fluido hasta esas instalaciones sin ser transportada. Jesús y sus compañeros no practicaron ninguno de los rituales de limpieza o purificación.

3. En Israel, sólo las familias ricas tenían criados, que vivían en régimen de esclavitud y realizaban en las casas todos los oficios domésticos, a excepción del hilado y tejido de las ropas, tarea reservada a la esposa.

4. Las fuentes, ollas y platos solían ser de barro cocido, aunque también se usaban de otros materiales. El metal, la piedra y el vidrio eran muy gustados por los fariseos piadosos porque, por no ser materiales absorbentes, no necesitaban de la limpieza ritual después de ser usados.

98- CON LAS MANOS SUCIAS

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