MONSEÑOR ROMERO: PRIMER SANTO SALVADOREÑO

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San Romero de América fue canonizado, aunque sigue sin haber justicia por su asesinato.

San Romero de América

SAN ROMERO DE AMÉRICA


Y El Vaticano dio la razón a quienes veneran a San Óscar Romero

Por Carlos Dadá.

El primer papa latinoamericano canonizó este domingo 14 de octubre al asesinado arzobispo de San Salvador, convirtiéndolo en el primer santo salvadoreño y el primer mártir del Concilio Vaticano II. Miles de salvadoreños colorearon de azul y blanco la plaza de San Pedro para una hermosa ceremonia que reivindicó el legado de uno de los obispos más controversiales del mundo.

El día en que Juan Pablo II humilló a Monseñor Romero.

Por María López Vigil.

Después que estuve en “Esta Noche” el 6 de febrero, varias personas me han preguntado, no sin incredulidad, que “cómo fue eso”, refiriéndose al encuentro entre Monseñor Romero y Juan Pablo Segundo del que hablé brevemente esa noche, afirmando que el Papa “humilló” a Monseñor Romero. Ahí va la historia. Es importante porque revela aspectos que no debemos olvidar de una etapa de Centroamérica que parece ya lejana, pero que no debe sernos ajena.

En enero de 1979 habían asesinado a Octavio Ortiz, uno de los sacerdotes que fueron matados en El Salvador siendo Monseñor Romero arzobispo. Fue asesinado días antes de que se celebrara en Puebla, México, la conferencia de obispos latinoamericanos, en la que participó Juan Pablo Segundo en su primer viaje a América Latina. Yo era periodista en Madrid y tuve la oportunidad de escribir un extenso texto para el diario “El País” sobre esa reunión de obispos. Lo enmarqué en lo que estaba viviendo la Iglesia de El Salvador, en lo que estaba siendo y haciendo Monseñor Romero y en el asesinato de Octavio. Ese texto me lo pagaron muy bien y a mí me pareció que era a su protagonista, Monseñor Romero, a quien le pertenecía el dinero. Le escribí y le mandé el texto y la plata a El Salvador. Monseñor me contestó una carta muy cariñosa que conservo. Seguramente fue a partir de ese encuentro por carta que meses después, en mayo, cuando él pasó por Madrid –hacía escala en un viaje de Roma a San Salvador, de regreso de su visita al Papa–, le pidió a un amigo sacerdote amigo mío que me localizara para conocerme.

Me emocionó conocer personalmente a Monseñor. Cuántas crónicas ya había escrito sobre él en la revista en donde trabajaba. Lo primero fue darle un saludo de parte de mi mamá. Después, frescas aún en mis ojos, las imágenes desgarradoras de la masacre de Catedral, ocurrida días antes, el 8 de mayo, le dije: “Qué valiente es su pueblo, Monseñor, qué coraje tiene su gente, qué resistencia”. Como que le hubiera dicho una galantería. “Es cierto, es así cabalmente. ¡Y sobre todo nuestras mujeres! Usted sabrá apreciar esta anécdota”… Y me contó, con ese lujo de detalles que el cariño sabe ir poniendo en la narración, cómo una mujer, vendedora en el mercado, atravesó el cerco de la guardia que rodeaba la Catedral, en una de las innumerables tomas de ese templo en aquellos años, con un gran canasto en la cabeza lleno de comida para los que estaban dentro. No le importaron las amenazas ni las groserías con que quisieron achicarla ni los fusiles con que le apuntaban.

Después, se puso triste y me dice: “Ahora, quiero que me ayude a entender qué es lo que ha pasado en el Vaticano”. Yo no había ido a una entrevista, ni grabadora había llevado. El tono era de confidencia. Contó con detalle, con el que se pone cuando narramos un gran dolor.

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