137- SANGRE DE INOCENTES

Herodes ha aumentado los impuestos y el pueblo protesta. Un viejo les recuerda lo que pasó con el faraón de Egipto y los israelitas esclavizados.

María – Jesús estaba casi acabado de nacer cuando el rey Herodes pero no éste de ahora, sino su padre, que era tan canalla como él mató a tantos paisanos allá por el sur, ¿se acuerdan?(1)
Mateo – Pero ustedes ya estaban en Galilea, ¿verdad, María?
María – Ay, sí, gracias a Dios ya habíamos regresado a Nazaret con el niño. Pero, y con todo, Mateo, ¡te digo que pasamos unos miedos!
Mateo – Y no era para menos. Aquellos últimos años del viejo Herodes fueron los peores. Parece que él se olía ya su final y se volvió más y más cruel. Pero, cuéntanos cómo lo pasaron por allá por tu aldea, María. Anda, cuéntanos…

Recuerdo muy bien a Mateo, el que había sido cobrador de impuestos, escuchando atentamente aquellos relatos que María, la madre de Jesús, nos hizo a todos los del grupo mientras esperábamos, reunidos en Jerusalén, la fiesta de Pentecostés.

María – Tú te acordarás, Mateo, porque el lío comenzó con tus colegas, cuando el bandido de Herodes aumentó los impuestos. Sus recaudadores se regaron por todas partes. Claro, iban bien custodiados por la policía por si acaso. De pueblo en pueblo y de aldea en aldea, llegaban y avisaban la subida. Imagínense, medio siclo de plata por cabeza. ¡Una barbaridad! Ya era demasiado abuso.

Hombre – ¡Medio siclo! ¿De dónde rayos vamos a sacar medio siclo si no tenemos ni para un puñado de dátiles? Maldita sea, pero ¿qué se ha creído este hijo de Satanás, que puede seguir tirando y tirando de la cuerda sin que se rompa?
Mujer – ¡Una hogaza de pan a tres ases, la leche subió a cuatro y el aceite ni se diga! ¡Y encima, a regalarle plata al rey para que adorne su palacio! ¡Mala peste se lo lleve! Viejo- ¡Pues aquí no pagaremos el impuesto! No, señor. Se acabó y se acabó. Yo no pago ni medio siclo ni medio céntimo.
Hombre – Ni yo tampoco. Y si quiere, que venga y nos degüelle a todos. ¡Para ver morir a mis hijos de hambre un día y otro, mejor acabar de un sablazo!

María -Dicen que Herodes, cuando se enteró de que la gente protestaba, en vez de aflojar, apretó más.

Herodes – ¿Cómo? ¿Que se quejan por el nuevo impuesto? ¡Ah, qué lástima! Mis súbditos no comprenden lo necesario que es embellecer este Templo donde habita el Dios del cielo y este palacio donde habito yo, el dios de la tierra. En fin, al que no quiera pagar, métanlo preso.
Soldado – Son muchos los rebeldes, majestad. No cabrían en las prisiones.
Herodes – Pues entonces, mátenlos. En la fosa sí cabrán ¿verdad? ¡Sí, sí, así es más rápido y mejor! Tampoco conviene que haya tantos campesinos. Si son muchos, se hace más difícil controlarlos.

María – ¡Cuántos habrán muerto por negarse a pagar el impuesto! ¡Y no sólo en aquel año, que mientras ese desalmado estuvo gobernando, todo fue crimen y atropello! ¡Ay, yo no sé, yo a veces me pregunto cómo Dios permite que esos asesinos vivan tanto tiempo y hagan tanto daño sin que nadie les pida cuenta de toda esa sangre inocente!
Mateo – ¿Y en Nazaret, María, también tuvieron problemas?
María – Bueno, los abusos fueron mayores por el sur. Pero también en Galilea nos sobresaltamos. Y los hombres de la aldea y de los otros rincones de por allá hasta pensaron en salir fuera del país para no vivir con tanta zozobra.

Viejo – Pero, compadre, ¿qué puede esperarse de un hombre que estrangula a los suyos? Pues eso hizo Herodes con dos de sus hijos. ¿Y a la tal Mariana, la que dicen que era su esposa más querida, no la mandó matar también?
José – Pues si a los que quiere los mata, ¿qué nos queda a nosotros?
Vecino – Huir, José, eso es lo que nos queda. Huir, irnos lejos, largarnos de una vez de este desgraciado país.
José – Pero, ¿cómo dices eso, Rubén? ¿A dónde diablos vamos a irnos nosotros que ni un carretón tenemos para cargar los trastos?
Vecino – A donde sea. A la montaña. O a las ciudades griegas. O a Egipto, si hace falta.(2) Y olvídate del carretón, compañero. Cuando hay que correr, hasta las sandalias sobran.
José – ¿Y abandonar uno su casa y dejar sus sembrados?
Vecino – ¿Y qué quieres tú, José? Lo primero es el pellejo y nuestros hijos que están en peligro. Piensa en tu muchachito. Piensa en María, tu mujer. ¿Eh, viejo, tengo o no tengo razón?
Viejo – Bueno, muchacho, puede que tengas razón y puede que haya que ponerse en camino. Pero, ¡qué fácil lo pintas tú! Se ve que tú no has estado por ahí, rodando por el mundo. Yo sí, yo pasé unos años del otro lado del río. ¡Y allá no vuelvo ni para recoger el alma que se me hubiera quedado!
José – Pues por ahí, por Perea, más allá del Jordán, ¿no anda el compadre Neftalí y su familia?
Viejo – Sí. ¡Y mira cómo le va! El otro día con la caravana de los moabitas supe que las están pasando negras. Y tiene que ser. Se imaginan lo que es llegar a otro pueblo, sin vecinos, sin amigos, sin entender un cuerno de lo que hablan los demás porque tienen otra lengua y otras costumbres, y hasta otra comida, caramba, que uno ya está hecho a comer su guiso y a beber su vino aunque le salga agriado. Y luego, vete a mendigar trabajo y no te lo dan porque si no hay sitio para los de dentro, ¿qué va a haber para los que vienen de fuera? Y así un día y otro, y ves a los hijos que no encuentran su acotejo porque los demás niños los miran como apestados y les dicen cosas, y la mujer que no te sale de casa porque no aprende a hablar y no sabe desenvolverse ni en el mercado, y uno se siente como que está de más, como entrometido. Y te va entrando una tristeza… ¡Maldita sea, ésta es una soledad muy sola la de sentirse así, tan lejos de todo lo de uno!
Vecino – Bueno, viejo, pero tampoco uno por irse se tiene que dejar morir. Mire a Moisés, que también estuvo en el exilio y luego regresó. Así que el que se va, se lleva la esperanza de volver.
José – Pues yo no quiero criar a mi hijo en tierra extraña. Yo no me voy.
Vecino – Los hijos, siempre los hijos. Por ellos nos vamos y por ellos nos quedamos. ¿Y sabes lo que yo pienso, José? Que estos tiempos no están para andar preñando mujeres. Sí, sí, te lo digo en serio. ¿Saben lo que me contó un camellero de Belén? Que en algunas aldeas del sur las mujeres están tomando no sé qué brebaje para no parir.
Viejo – ¿Y eso por qué, muchacho?
Vecino – Dicen que no quieren tener hijos. Que para qué pasar tanto trabajo para tenerlos y criarlos y luego que venga un guardia y le dé una cuchillada. Es dolor sobre dolor. Así que, mientras ese sanguinario de Herodes esté en el trono, ellas no darán a luz. Y hacen bien, caramba.
Viejo – Pues no, yo creo que no hacen nada de bien. Al revés. ¿No comprendes que eso es lo que quieren ellos? Que seamos pocos para tenernos bien ajustado el yugo. Si no engendramos hijos, ¿qué esperanza tenemos de sacudirnos un día la barra que nos han puesto sobre la nuca?
José – La esperanza está en el Mesías, así dice el rabino. Pero, al paso que vamos, si no se apura un poco…
Viejo – No, hijo, no. El Mesías no se apurará si nosotros mismos no nos damos prisa. La libertad no viene, hay que ir a buscarla. Mírate las manos. ¿No lo ves? Ahí está el Mesías. Cierra el puño. Ahí está la fuerza del Mesías. Nuestra fuerza son nuestros brazos. Nuestro único ejército son nuestros hijos y nuestras hijas. Por eso ellos los matan, porque tienen miedo a que todas esas manos se junten y todos los puños se aprieten, y entre todos zarandeemos el trono donde está sentado el tirano. Tienen miedo y por eso matan. Herodes mata. El emperador de Roma también mata. Todos, todos ellos se creen muy fuertes porque matan, pero en el fondo tiemblan porque saben que, tarde o temprano, el pueblo los echará abajo. Acuérdense, acuérdense de lo que pasó en Egipto hace mil años. Cuando nuestros abuelos bajaron a aquella tierra, allá por los tiempos del viejo Jacob, eran muy pocos, un grupito de nada. Pero, a fuerza de trabajar los hombres y de parir las mujeres, fueron creciendo y llenando el país. Entonces comenzaron los líos con el faraón, que era el mandamás de aquel lugar.

Faraón – ¡Maldición! ¿Qué diablos pasa con los hebreos que se multiplican como chinches?
Criado – Ya usted sabe, excelencia, que los pobres, como no tienen otra cosa en qué entretenerse, se acuestan temprano… ¡y claro, pasa lo que pasa!
Faraón – No le encuentro la gracia.
Criado – ¿Por qué no, excelencia? Mientras más sean, mejor. ¡Así usted tendrá más esclavos para trabajar!
Faraón – Y también más bocas para protestar.
Criado – ¡Tendrá más brazos para levantar pirámides!
Faraón – ¡Lo que tendré serán más brazos para hacerme la guerra, imbécil! ¡Hay que aplastarlos!

Viejo – Y eso hicieron los capataces de Egipto con nuestros abuelos. Les amargaron la vida obligándoles a fabricar ladrillos, les hicieron doblar el lomo como animales. Pero nuestras abuelas seguían pariendo hijos como si nada.

Faraón – ¡Maldición! Aumentan, siguen aumentando, crecen como el pan, los veo por todas partes.
Criado – Hablando de pan, excelencia, los esclavos dicen que no pueden trabajar, que tienen mucha hambre.
Faraón – ¡Lo que tienen es mucha haraganería! Óyeme bien: si alguno protesta, ¡látigo con él!

Viejo – Y con los trabajos forzados comenzaron las amenazas, los malos tratos, la cárcel y… los crímenes. La situación se puso muy dura, cada vez peor. Como ahora, más o menos. Como siempre que a un gobernante se le suben los humos y se cree que es dios en la tierra. Pero el pueblo, como un río desbordado, seguía creciendo y llenando el país.

Faraón – ¡Maldición! Estas hebreas paren como conejas. Hay que cortar por lo sano. ¡Llama inmediatamente a las comadronas!
Comadrona – A la orden, faraón.
Faraón – Óiganme bien, comadronas. Cuando asistan a las mujeres hebreas, si es un varón el que saca la cabeza… ¿Entendido? A las hembras, déjenlas con vida. ¡Dentro de unos años les servirán de diversión a mis soldados! ¡Ja, ja!

Viejo – Pero aquellas comadronas tenían buen corazón y dejaban con vida a las niñas y también a los niños…

Faraón – ¡Maldición de maldiciones! ¿Es que no hay respeto a la palabra del faraón? ¿Por qué no han cumplido mis órdenes?
Comadrona – Lo que pasa, señor faraón, es que las hebreas son mujeres fuertes. Vaya, que no son tan delicadas como las egipcias, ¿usted comprende? Y antes de que lleguemos nosotras a partearlas, ya ellas han dado a luz y hasta le han cortado el ombligo.
Faraón – ¡Y yo les voy a cortar a ustedes dos la cabeza por embusteras! ¿Qué quieren? ¿Burlarse de mí? ¡Pues ahora van a saber quién soy yo! ¡Aquí, todos mis soldados, aquí! ¡Doy orden de matanza contra todos los niños hebreos menores de dos años! Ahóguenlos en el río, pásenlos a cuchillo, lo que les sea más fácil, ¡pero que no quede ni uno!
Comadrona – Pero, faraón, esos niños son inocentes.
Faraón – ¿Inocentes? Ahora son inocentes, pero dentro de muy poco comenzarán a alborotar y se unirán con los otros esclavos y se harán fuertes, ¡y nadie podrá contra ellos! Ahora estamos a tiempo. ¡Mátenlos a todos!

Viejo – Y los guardias del faraón de Egipto cumplieron aquella orden tan terrible y derramaron la sangre de muchísimos de nuestros niños. Dicen que hasta en el cielo se oyeron los llantos de aquellas madres. Eran como los gritos de Raquel cuando lloraba por sus hijos sin querer ningún consuelo porque ya estaban muertos.
Vecino – ¿Y entonces, viejo?
Viejo – Bueno, el faraón pensó que ya todo estaba resuelto, que se había salido con la suya. ¡Qué tonto! No sabía que en su propia casa estaba criando al que luego le iba a dar el bastonazo, a Moisés, el que le echó encima las diez plagas y levantó a todo el pueblo con él.
Vecino – En aquellos tiempos fue Moisés…
Viejo – Y hoy puede ser cualquiera de nuestros muchachos. Mira a Benjamín, el hijo de Rebeca. Mira a Tino, el hijo de Ana. Mira a Jesús, el hijo de María. Nuestros niños nacen. Hay esperanza. Ellos continuarán el camino que nosotros abrimos. Moisés no llegó a pisar la tierra prometida. Pero los que vinieron detrás, sí. El exilio dura cuarenta años, pero no más…

María – Aquella noche, cuando José volvió a casa, estaba muy preocupado. Me contó del compadre Neftalí, que se había ido. De Ismael y su mujer, que también se iban. Me habló de muchos vecinos de la aldea que ya tenían dentro la comezón de escapar, de irse lejos. Eran tiempos malos aquellos, la verdad. Te digo, Mateo, que aquel viejo de Nazaret tenía razón. Lo que estábamos viviendo se parecía mucho a lo que habían vivido nuestros abuelos allá en Egipto.

Mateo, el que había sido publicano, no perdía una sola de las palabras de María, y las iba guardando cuidadosamente en su memoria.(3) Unos años más tarde, cuando cogió la pluma para escribir su evangelio, tomó prestadas aquellas historias antiguas de nuestro pueblo, y habló de Jesús como del nuevo Moisés, el hijo que Dios había llamado de Egipto para liberar a sus hermanos.
Mateo 2,13-18

Comentarios

1. Cuando Jesús nació, aunque la influencia romana se dejaba sentir cada vez con más fuerza en Palestina, aún gobernaba en el país el rey Herodes el Grande. Su reinado duró 40 años y durante él las clases ricas de Jerusalén y su propia corte vivieron en un ambiente de lujos y derroche hasta entonces desconocidos en el país. Los impuestos daban anualmente a Herodes la suma de mil talentos, unos 10 millones de denarios. Herodes fue un gran constructor. Su obra más importante fue la reconstrucción del Templo de Jerusalén, llamado «el segundo Templo», pues el primero, construido por Salomón, fue arrasado por los babilonios al invadir el país, 587 años antes de Jesús. Otra de sus construcciones deslumbrantes fue la ciudad-puerto de Cesarea. La escandalosa vida privada de Herodes, los enormes impuestos con que cargó al pueblo, su crueldad y falta de escrúpulos, hicieron de él un rey temido y odiado por sus súbditos. A su muerte, con la división del reino en cuatro partes una de ellas, Galilea, para Herodes Antipas, el que aparece en los evangelios, se consumó la anexión definitiva de Palestina al imperio romano.

2. Los tiempos de Herodes el Grande fueron tiempos de gran enriquecimiento para los poderosos y de dolor para los pobres en toda la zona de Galilea, la patria de Jesús. El ambiente era de represión, angustia, pobreza e incertidumbres y muchos israelitas contemporáneos de José y María se iban hacia Egipto y hacia otros lugares. «Huían» de la miseria y de la persecución. Entre Israel y Egipto hubo desde los siglos anteriores a Jesús unas relaciones muy estrechas. Las ciudades egipcias de Elefantina y Alejandría eran sede de colonias de emigrantes judíos de gran importancia. La «diáspora» judíos en el exilio se calcula en más de cuatro millones de personas, frente al escaso medio millón que vivía dentro del territorio de Israel. Esta emigración, tan abundante, se nutría de israelitas acosados por la necesidad provocada por las periódicas hambrunas que padecía el país o por la explotación a la que se sometía a campesinos y artesanos. También emigraban grandes negociantes, que querían estar situados en las ciudades mediterráneas que eran en aquel tiempo los más importantes centros comerciales.

3. Cuando Mateo escribió el evangelio, al contar los primeros años de la vida de Jesús, hizo responsable a Herodes el Grande, un rey que tuvo reputación de criminal entre sus súbditos, de la matanza de los inocentes, ligando este hecho a la llegada de unos magos orientales a Jerusalén y a la huida a Egipto de José, María y el niño. Estos tres relatos el de los reyes magos, el de la matanza de los inocentes y el de la huida a Egipto no son hechos históricos, son esquemas catequéticos. Lo que es histórico es la crueldad de Herodes y el hecho de que en aquella época había en Egipto ciudades con importantes colonias de emigrantes y exiliados judíos.
Con las historias de la matanza de los inocentes y de la huida a Egipto, Mateo quiso vincular a Jesús con Moisés, el gran liberador del pueblo. Cuando nació Moisés, el Faraón decretó la muerte de todos los niños israelitas varones (Éxodo 1, 15-22). Ya mayor, Moisés tuvo que huir al sur de Egipto para desde allí volver a liberar a sus hermanos (Éxodo 2, 11-15). Mateo incluyó hechos similares en la vida de Jesús para presentarlo como «el nuevo Moisés».

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