16- DEBAJO DE LA HIGUERA

Felipe invita a su amigo Natanael para sumarse al grupo. Natanael sueña con ser rico y Jesús le propone un sueño mejor.

Un árbol de la higuera

Por aquellos días, le encargamos a Felipe, el vendedor de baratijas, que hablara con Natanael, el de Caná de Galilea, para que lo animara a entrar en nuestro grupo.(1) Y Felipe, sin que se lo repitieran dos veces, se puso en marcha por el camino de las caravanas que atraviesa el valle de Esdrelón.

Llegó a Caná de Galilea cerca del mediodía. El pueblo olía a vino y a membrillo. Felipe empujó su carretón de baratijas hasta la puerta del pequeño taller de lana donde trabajaba Natanael. Pero el taller estaba vacío. Allá, en el patio, a la sombra de una higuera, estaba tumbado Natanael, durmiendo a pierna suelta. Felipe entró de puntillas y se acercó en silencio a su amigo…

Felipe – Natanael… Nata… Psst… despiértate, Nata… ¡Natanael!
Natanael – ¡¿Qué pasa?! ¿Quién es?! ¡Demonios, Felipe, eres tú! ¿Qué haces tú aquí? ¿Por dónde has entrado?
Felipe – ¿Por dónde voy a entrar? Por la puerta. Te quería dar una sorpresa y te encuentro roncando como un puerco.
Natanael – ¡Qué estúpido eres, Felipe! Lo has dañado todo. Lo estropeaste en el mejor momento.
Felipe – Pero, Natanael, yo…
Natanael – No te lo perdonaré nunca, ¿me oyes?, nunca. Y ahora vete de aquí. ¡Vete y no vuelvas!
Felipe – Pero, Nata, ¿qué te pasa? ¿Te van mal los negocios? No te desesperes. ¿Se te ha muerto un pariente? Te acompaño en el sentimiento. ¿Te duele el hígado? Malagueta con sal. ¿Te ha pegado con un palo tu mujer? Pégale tú con un garrote para que aprenda a respetar al marido, qué caramba, uno no puede permitir que…
Natanael – ¡Ya, cállate ya, Felipe! ¡Uff, cuando te pones pesado no hay quien te gane!
Felipe – ¿Qué estabas soñando, Nata? Cuando te vi dormido bajo esta higuera, me acerqué y tenías la sonrisa de un ángel… como si te hubieran regalado la yegua blanca de Salomón.
Natanael – Mejor que eso, Felipe. Era… ¡era algo!
Felipe – Vamos, Natanael, desembucha. Cuéntame ese sueño. Soy tu amigo, ¿no?
Natanael – Imagínate, Felipe, soñé que me había ganado una fortuna jugando a los dados.
Felipe – Eso está bien. Te lo mereces, amigo Nata. Nunca haces trampa cuando pierdes.
Natanael – Tenía mucho dinero, un saco lleno de monedas de plata. Voy y le digo a mi mujer: Vieja, nos mudamos a Jerusalén. Se acabó el andar descalzo y el comer cebollas. ¡Somos ricos, ¿comprendes?, somos ricos! Y nos fuimos a Jerusalén. Y allá levanté un taller inmenso. El negocio prosperaba. Montañas de lana, montañas de pieles, escardadoras, ruecas, lanzaderas, una docena de telares, tejidos de cuatro hilos, tapices de colores. ¡Y yo era el dueño de todo, Felipe! ¡Todo era mío! Y el negocio subía como la espuma del vino cuando fermenta. Y el dinero entraba a chorros en mi casa. Y los sábados yo iba al templo del brazo de mi mujer, caminando despacito por las calles, ¿te imaginas? Yo con una túnica de lino blanco, ella con muchos collares y un par de brazaletes de oro. Y a todos les saltaban los ojos de envidia y decían: Allá va Natanael, ¡no hay quien pueda con él! Y entonces… entonces…
Felipe – ¿Entonces, qué?
Natanael – Entonces llegaste tú, idiota. Y todo se acabó.
Felipe – Pero, Nata, eso es magnífico. Oyéndote se me ha puesto la carne de gallina, mira. ¡Te felicito, amigo, la buena suerte ronda tu casa!
Natanael – No, Felipe, era sólo un sueño. Y ya ves, los infelices como nosotros no podemos ni soñar.
Felipe – Al revés, Nata. Precisamente de eso vengo a hablarte. Te traigo una buena noticia.
Natanael – Pues suéltala pronto a ver si arreglas el daño que has hecho despertándome.
Felipe – Nata, ya vino.
Natanael – ¿Quién vino?
Felipe – ¡Shsss! No grites… Nata: ¡hemos encontrado al hombre!
Natanael – Pero, ¿de quién me estás hablando?
Felipe – ¿Cómo que de quién? ¡Del tipo que necesitamos para que tu sueño se convierta en realidad. Tendrás no un taller de lana, sino un palacio de mármol más grande que el de Caifás! ¡Serás el comerciante más rico de la capital! Y no sólo tú. Yo también, Nata. ¿Ves este carretón con peines y amuletos? ¡Jajá! Pronto estará lleno de perlas, ¿me oyes?, más collares de perlas que los que tenía la reina de Saba en su pechuga. ¡Vendedor de perlas finas, ¿qué te crees?, unas perlas así de grandes, como este puño!
Natanael – Te has vuelto loco, Felipe.
Felipe – No, amigo Natanael, te digo que con este hombre la cosa va a cambiar. Es un tipo listo. Yo creo que es el que esperábamos.
Natanael – El que esperamos es el Mesías. Pero tú no estarás hablando del Mesías, ¿verdad?
Felipe – Mira, Nata, yo no sé si es El Mesías, o si es otro bautizador como Juan, o quién es. Es más, me da lo mismo quién sea. Pero tiene buenas ideas. Se sabe las Escrituras de pe a pa. Se conoce los salmos al dedillo. Te habla igual de Moisés que de los profetas. Te lo digo, Nata, con este tipo progresaremos.
Natanael – Pero acaba de una vez, Felipe, ¿de quién me estás hablando?
Felipe – No te lo digo. Descúbrelo tú mismo.
Natanael – ¿Te estás burlando de mí?
Felipe – Que no, Nata, te hablo en serio. Vamos, adivínalo.
Natanael – Bueno, pero dime al menos de dónde es. Seguramente de… de Jerusalén.
Felipe – No, te equivocaste. De Jerusalén no.
Natanael – No es de Jerusalén… pues será… no sé… ¿de Cesarea?
Felipe – Frío, frío. Te fuiste muy lejos. Sube más al norte.
Natanael – ¿Es de aquí de Galilea?
Felipe? – Sí, señor, de Galilea. Pero, ¿de dónde, eh? Adivínalo. Te regalo un peine si lo descubres.
Natanael – ¿Y para qué necesito yo un peine, Felipe?
Felipe – Anda, anda, adivínalo. ¿De dónde?
Natanael – De Tiberíades.
Felipe – No.
Natanael – De Séforis.
Felipe – Tampoco.
Natanael – De Betsaida.
Felipe – Frío, friísimo. Parece mentira, Natanael, teniéndolo tan cerca y no adivinarlo. Es casi vecino tuyo: ¡es un nazareno!
Natanael – ¿De Nazaret? ¿Del caserío ése de Nazaret?
Felipe – Sí, Nata, de allí mismo.
Natanael – Vamos, Felipe, ve a tomarle el pelo a otro que yo soy calvo. ¡De Nazaret! ¿Y cuándo se ha visto que de Nazaret pueda salir algo que valga la pena? De ese pueblucho sólo salen chismosos y bandidos.
Felipe – Pues te digo que ése es el hombre que necesitamos.
Natanael – Pero todavía no me has dicho quién es.
Felipe – ¡Jesús! ¿No te acuerdas? Jesús, el hijo de José, el moreno ése que viajó con nosotros al Jordán y que contaba tantos chistes!
Natanael – Y ahora éste es el último chiste, ¿no? ¿Ese campesino va a ser nuestro liberador? Pero, ¿en qué cabeza cabe eso, Felipe? Sólo en la tuya, la más grande y la más hueca de todas.
Felipe – Está bien, está bien, di lo que quieras. Pero mañana mismo vienes conmigo.
Natanael – ¿Ir contigo? ¿A dónde?
Felipe – A Cafarnaum. Allí está el hombre. Estamos formando un grupo, Nata, y tú tienes que meterte en él.
Natanael – No, no, no, a mí tú déjame tranquilo, que con el viajecito al Jordán ya me salieron bastantes callos en los pies. De aquí no me muevo.
Felipe – Sí, sí, sí, tú vienes mañana conmigo a ver a Jesús.
Natanael – No, no, no, te digo que me dejes tranquilo, que tengo mucho trabajo y mi mujer no para de hostigarme.

Felipe, como siempre ocurría, acabó ganando y convenciendo a Natanael. Y al día siguiente, muy temprano, los dos se pusieron en camino hacia Cafarnaum. Natanael iba al lado de Felipe, ayudando a empujar el destartalado carretón de chucherías.

Felipe – ¡Uff! Bueno, ya hemos llegado. Ya se ven las palmeras de Cafarnaum. Cuando pasemos junto a la mesa de los impuestos, donde está ese asqueroso de Mateo, no te olvides de escupir, Nata.
Natanael – Demonios, ¿para qué me habré metido yo en este lío? Siempre me enredas, Felipe.
Felipe – Vamos enseguida a casa del Zebedeo. Segurito que allá está el nazareno.

Y así era. Allá estaba Jesús.

Jesús – ¡Caramba, Natanael! ¡Tanto tiempo desde que viajamos juntos al Jordán!
Natanael – Me alegro de volver a saludarte, Jesús. ¿Cómo te ha ido desde aquella última noche en Betabara cuando nos despedimos?
Jesús – A mí bien, oye. ¿Y a ti? ¿Cómo va ese taller de lana?
Natanael – Más o menos, ya tú sabes. Uno va empujando la vida igual que este carretón de Felipe.
Jesús – Qué bueno que has venido, Natanael. Te necesitamos.
Natanael – ¿Cómo?
Jesús – Que te necesitamos.
Natanael – ¿Qué me necesitan a mí?
Jesús – Sí, a ti. ¿Felipe no te dijo nada?
Natanael – Bueno, yo… Pero, ¿de qué me estás hablando tú?
Jesús – Estamos formando un grupo, Natanael. Y contamos contigo. Necesitamos gente como tú, que no le importe el dinero ni la comodidad. Gente que esté dispuesta a dejarlo todo por la causa.
Natanael – ¿Qué causa?
Jesús – La de la justicia. Lo que decía Juan el profeta.
Natanael – Bueno, yo… ¿quién te dijo a ti que yo sirvo para eso?
Jesús – En los ojos se te ve, Natanael. Eres un israelita de buena marca. Apuesto a que si te ganas una fortuna jugando a los dados se la regalas a los que son más pobres que tú. Y si tuvieras un gran taller de lana en Jerusalén, repartirías la tela para que nadie anduviese desnudo en Israel, ¿no es verdad? Tú no permitirías que tu mujer llevara brazaletes de oro cuando hay tanta miseria en este país.
Natanael – Sí, sí, claro… bueno, no sé…
Jesús – ¿Tú no sueñas con ser rico, Natanael?
Natanael – ¿Yo? No, yo nunca he soñado con eso.
Felipe – Vamos, Nata, no disimules, que ya te descubrieron. ¿No te acuerdas cuando estabas debajo de la higuera?
Natanael – Cállate, Felipe, que a ti nadie te dio cuchara en esta sopa.
Felipe – Está bien, esté bien, Nata, yo me callo, pero…
Jesús – Estoy seguro, Natanael, que tú sueñas con ser rico para poder repartirlo todo entre los que viven desamparados. Porque, ¿cómo puede uno ser feliz viendo que los demás sufren y pasan hambre?
Felipe – Eso mismo digo yo, Jesús, que esto no puede seguir así. Dios tiene que meter su mano para arreglar esta situación.
Jesús – La tenemos que meter nosotros, Felipe. Nosotros somos esa mano de Dios. Bueno, quiero decir, que Dios cuenta con nosotros. ¿Tú no crees, Natanael?
Natanael – ¿Que Dios cuenta con nosotros para qué?
Jesús – Para que las cosas cambien. Para que tú y todos nosotros, los pobres de este mundo, tengamos un respiro. Para que a nadie le sobre y a nadie le falte. En el Reino de Dios no habrá desigualdades.
Felipe – ¿No te lo dije, Nata? ¡Los de arriba pa’bajo y los de abajo pa’rriba! Con este tipo progresaremos.
Jesús – ¿Quieres unirte a nuestro grupo, Natanael?
Natanael – Bueno, déjame pensarlo un poco… Yo, a la verdad, no sé hacer mucho, pero…
Jesús – Veremos cosas grandes, Natanael. Dios no nos fallará, estoy seguro.
Felipe – Ea, Nata, anímate. ¿Tú no querías ganarte la rifa? ¡Pues apuesta en este número! ¿No oyes lo que dice? ¡Que no falla!
Jesús – Sí, veremos la promesa de Dios cumpliéndose en la tierra. Y el sueño de los pobres se convertirá en realidad.

Con Natanael, el de Caná de Galilea, éramos ya siete en el grupo.
Juan 1,45-51

 

Comentarios

1. De Natanael, uno de los discípulos de Jesús, se tienen muy pocos datos. El evangelio de Juan lo menciona sólo dos veces. En las listas de los doce apóstoles se le ha identificado siempre con Bartolomé. Natanael era de Caná, una pequeña aldea a 6 kilómetros de Nazaret. Existía una cierta rivalidad entre los vecinos de uno y otro lugar. La actual Caná es una ciudad pequeña y de población árabe, con una de sus iglesias dedicada al recuerdo del apóstol Natanael.
Natanael pudo ser curtidor de cuero y tejedor. Ambos oficios estaban considerados en las listas oficiales como despreciables. Para los que se consideraban puros y dedicados a trabajos superiores representaban una mancha social. El oficio de curtidor se clasificaba como doblemente despreciable por el mal olor que producía el cuero al ser curado. Lo repugnante del oficio daba derecho a las mujeres de los curtidores a divorciarse de sus maridos.
El oficio de tejedor era rechazado porque se consideraba un trabajo exclusivo de mujeres. En Jerusalén, el barrio de los tejedores era marginal y estaba situado junto al basurero público. En Galilea se cultivaba un lino de excelente calidad, que servía a los telares de la zona. En Judea se tejía especialmente la lana. Los telares más habituales eran verticales, trabajando los tejedores de pie.

16- DEBAJO DE LA HIGUERA

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