43- EL TRIGO Y LA MALA HIERBA

Jesús cuenta la parábola del trigo y la cizaña y cómo Dios, hasta el final, no separará uno de la otra.

Aquella tarde, después de la pesca, nos reunimos todos en casa. La visita de Jesús a Cornelio, el capitán romano de Cafarnaum, nos había puesto a hervir la sangre. Durante un par de horas no habíamos hecho otra cosa que darle y darle a la lengua hablando sobre aquello. Mi padre, Zebedeo, era quien llevaba la voz cantante.

Zebedeo – Déjalo, déjalo que llegue, que me va a tener que oír, qué caray, porque le voy a decir las siete cosas que nadie le dijo, porque esta vergüenza no la aguanto yo, y no la aguanto porque no me da la gana, porque no estoy dispuesto a dar cobijo en mi casa a los que van a lamer las patas a los perros romanos, que son tan perros como ellos porque apoyan sus perrerías, ¡maldita sea!
Juan – Toma un poco de resuello, viejo. Vamos, cálmate.

Cuando ya era noche cerrada, Jesús se asomó a la puerta…

Jesús – Zebedeo… Zebedeo… ¿se puede pasar?

Nadie le contestó.

Jesús – Digo, si se puede entrar.
Zebedeo – ¡Al diablo contigo, nazareno!
Jesús – Como aquí se sabe todo, supongo que ya le habrán contado que no puse un pie en la casa del capitán. No llegué a entrar. “No he manchado mis sandalias pisando el patio de un romano”…
Zebedeo – Pero, ¿qué te has creído tú, moreno del diablo? ¿Que puedes ir y venir sin que nadie te pida cuentas? ¿Es que no sabes quién es ese Mateo, publicano chupatinta? ¿Y no sabes quién es Cornelio, ese capitancito, que Satanás se ocupe de él y de todos los suyos? Llevas seis meses viviendo en Cafarnaum, ¿y no conoces todavía a esas sabandijas, eh? Dime, respóndeme.
Jesús – Creo que las conozco mejor que usted, Zebedeo.
Zebedeo – Mejor que yo, ¿verdad? ¡Pues vete a dormir en su guarida y a roer huesos con los traidores del pueblo! ¡Yo no doy cobijo en mi casa a los camaleones como tú que cambian de color según el palo al que se arriman!
Jesús – Entonces… ¿no puedo entrar?
Zebedeo – Entra, condenado, entra. No te vas a quedar ahí como un mendigo. De todas formas, ya tengo reventadas las entrañas desde el mediodía cuando ese puerco de Mateo vino a buscarte.

Jesús entró en la casa y nos miró a todos. Después, se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas. Nosotros esperábamos que nos diera una explicación. Pero él no dijo nada.

Zebedeo – Maldita sea, Jesús, ¿es que te has tragado la lengua?
Santiago – Jesús, ponte claro: estamos todos los días aquí discutiendo qué se puede hacer para quitarnos de encima a estos romanos, y tú vas nada menos que a casa del jefe de ellos, de ese Cornelio, ¡que un rayo lo parta por mitad!
Juan – Un día dices que los romanos nos tienen puesta la espada en el gañote y que las cosas tienen que cambiar, y hoy todo el barrio te ha visto junto a ese vendepatrias de Mateo yendo a visitar al romano… ¿Eh, qué pasa contigo?
Zebedeo – ¡Que el infierno te trague, Jesús! ¡A ti no hay quien te entienda!… Pero, bueno, ¿es que no vas a abrir la boca?
Jesús – Zebedeo, ese capitán Cornelio no es mal tipo. De veras.
Santiago – ¡No será un mal tipo, caramba, pero es un romano! ¡Y eso basta!
Jesús – Sí, es romano. ¿Y qué?
Juan – ¿Cómo que y qué? Los romanos son nuestros enemigos.
Jesús – Cornelio es romano. Nosotros somos judíos. Y los otros son griegos. ¿Y qué? De la fruta tú no te comes la cáscara, sino lo de adentro, ¿verdad? Este capitán tiene cáscara de romano. Pero hay buena fruta dentro de él.
Santiago – ¡Pues ten cuidado y no te atragantes con esa fruta!
Zebedeo – Pamplinas, Jesús, pamplinas. Me está pareciendo a mí que tú tienes demasiados pájaros en la mollera. ¡Si decimos que hay que acabar con los romanos, es que hay que acabar con ellos! ¡No le des más vueltas a esa hoja!
Jesús – Pues mire, viejo Zebedeo, a mí lo que me está pareciendo es que a usted le va a pasar como a Tito y a Abdón.
Zebedeo – ¿Qué Tito y qué Abdón? ¿Quiénes demonios son esos?
Jesús – Esos eran los compañeros de Renato.
Zebedeo – Pero, ¿de quién me estás hablando, cuernos?
Jesús – De Renato, de un campesino que tenía una parcelita de tierra por allá, detrás de la colina de Nazaret. Cuando llegó el tiempo de las lluvias, Renato sembró todo su terreno de trigo…

Mujer – ¿Qué, viejo? ¿Cansado?
Renato – Sí, mujer, estoy cansado. Pero contento. Espero una buena cosecha este año, ya verás.
Mujer – Podremos comprar una oveja, ¿verdad, Renato?
Renato – ¿Una oveja? No una, mujer, sino cuatro. Y también una chiva. Será una buena cosecha, ya verás, ya verás.

Jesús – Pero Renato tenía un vecino pendenciero que sentía mucha envidia cuando a los demás les iban las cosas bien. Y este vecino se levantó a media noche y se coló en el terreno donde Renato había sembrado el trigo.

Vecino – ¡Je! Voy a sembrarle mala hierba en el campo y le estropearé la cosecha. Y después me reventaré de risa viéndole la cara al imbécil de Renato, ¡ja, ja, ja!

Jesús – Y mientras todos dormían, aquel malvado se dedicó a echar semillas de cizaña en el terreno del pobre Renato.(1) A los pocos días, brotaron las semillas y la tierra comenzó a vestirse de verde con las hojitas nuevas. El trigo y la mala hierba empezaron a crecer juntos. Entonces, pasaron por allí Tito y Abdón, los compañeros de Renato, y vieron aquel desastre. Y fueron corriendo a decírselo a su amigo.

Renato – ¿Qué pasa, qué pasa?
Tito – ¡Abre, Renato, somos nosotros!
Renato – Pero, ¿qué alboroto se traen ustedes?
Abdón – ¿Te has dado cuenta, Renato?
Renato – ¿Cuenta de qué?
Abdón – ¡Hay mala hierba en tu parcela! Nos hemos fijado bien y está saliendo mucha cizaña.
Renato – ¿Cómo? ¿Cizaña? No puede ser. Yo escogí bien la semilla. Sembré trigo de buena calidad.
Tito – Pues el campo está plagado de mala hierba.
Renato – ¡Demonios! ¿Quién me habrá querido hacer este daño?
Abdón – Pues ya te lo puedes imaginar. El que todos conocemos.
Renato – ¿Lo crees capaz de hacer una cosa así?
Abdón – Pues claro, hombre. Es capaz de eso y de mucho más. Ese vecino tuyo es un malvado.
Renato – ¡Me dan ganas de agarrarlo por los bigotes y…!
Tito – Aguántate, Renato. Deja eso. Mira, no te preocupes. Mañana mismo venimos Abdón y yo y te echamos una mano. Entre los tres limpiaremos bien la parcela. Arrancaremos toda la cizaña que te está naciendo en el terreno, y asunto terminado.
Renato – Gracias, amigos, gracias. Cuento con ustedes.

Jesús – Y a la mañana siguiente…

Renato – Oye, espérate, ¿qué estás arrancando tú? Deja ver.
Tito – Esta hierba es cizaña, mira.
Renato – No, hombre, no, eso es trigo.
Tito – ¡Es cizaña, Renato, mírala bien!
Renato – ¡No seas imbécil, Tito, te digo que esa hoja es de trigo!
Tito – ¿Qué dices tú, Abdón?
Abdón – Deja ver. No sé, es que se parecen mucho una y otra.
Tito – ¡Por los callos de Abraham, te digo que esta hierba es mala, Renato!
Renato – ¡Y yo te digo que es buena, Tito, y que me estás arrancando el trigo! ¡Uff! Un problema sobre otro. Aquel vecino me dañó el terreno y ahora ustedes me van a dañar la cosecha.
Abdón – Bueno, Renato, ¿y qué quieres que hagamos entonces?
Renato – Miren, compañeros, ustedes perdonen. Yo les agradezco que hayan venido… pero, vamos a dejar esto para otro día, ¿no creen? Porque mientras no se ve el fruto, es muy difícil saber cuál es trigo y cuál es cizaña. Vamos a dejar que crezcan juntos, ¿no les parece? Y luego, ya habrá tiempo para separarlos. No importa, la cosecha no se estropeará. Solamente que, al final, tendremos más trabajo para escoger las espigas buenas y tirar las malas.
Tito – Tienes razón, Renato. Peor sería arrancar el trigo pensando que es mala hierba. Ahora es demasiado pronto para saberlo.
Renato – Cuando llegue el tiempo de la siega, ya les avisaré. Entonces se verá bien cuál es trigo y cuál cizaña. La cizaña, la quemaremos. Y el trigo, lo guardaremos en el granero. ¿De acuerdo?
Abdón – De acuerdo, Renato.

Jesús – Y pasaron los días y los días, y el trigo y la mala hierba crecían juntos. Y cuando llegó la cosecha, Renato y sus compañeros separaron fácilmente las espigas de trigo y las espigas de cizaña. Esta vez no se equivocaron. Supieron tener paciencia y no se equivocaron.

Zebedeo – ¿Así que yo me parezco a Tito y a Abdón, los compañeros del Renato ése?
Jesús – Yo creo que sí, Zebedeo. Usted ha dicho: Cornelio es cizaña, ¡fuera con él! ¡Hay que arrancarlo!
Zebedeo – ¡Lo dije y lo vuelvo a decir, recuernos!
Jesús – Pues ya ve usted: Dios no es así. Dios tiene un poco más de paciencia, porque sabe que los hombres somos como las matas: se nos conoce por el fruto. Si un árbol da buen fruto, ese árbol es bueno, aunque tenga la corteza fea. Pero si el fruto es malo, el árbol es malo, aunque tenga muy buena apariencia. Lo que cuenta es el fruto, Zebedeo. A ver, dígame, ¿usted ha visto alguna vez una mata de espinas echando uvas?
Zebedeo – ¡No!
Jesús – ¿Y ha visto alguna mata de cardos con higos en las ramas?
Zebedeo – ¡Tampoco!
Jesús – Entonces…
Zebedeo – ¡Entonces sigo diciendo que Cornelio es un perro romano, y dime con quién andas y te diré quién eres!
Jesús – Claro, así es más fácil. Nosotros señalamos con el dedo, pegamos un letrero en la frente a los demás y listo: ustedes son los malos, nosotros los buenos. ¡Dios mío, que llueva fuego del cielo y les queme la coronilla a todos estos granujas! Pero Dios se sonríe y dice: oye, ¿y cómo sabes tú cuál es trigo y cuál cizaña? “¡Porque éste es romano, y aquél es judío, y éste fariseo piadoso y aquél un revolucionario zelote, y éste un saduceo vendido, y este otro, un sacerdote del templo!” Y Dios toma todos esos letreros que llevamos colgados y los quema en la basura. Enséñame los frutos. Enséñame los frutos, y luego hablamos. ¿No le parece, Zebedeo, que hay que fijarse más en lo que uno hace que en el nombre que lleva puesto?
Zebedeo – ¡A mí sólo me parece una cosa, Jesús!
Jesús – ¿Qué cosa, Zebedeo?
Zebedeo – ¡Que ese capitán es romano! ¡Y que sólo de verlo se me revuelven las tripas! ¡Así que me parece muy mal que hayas ido a su casa! ¡Y me seguirá pareciendo mal hasta el día en que me cierren los ojos y esté en el fondo del lago comido por los cangrejos!
Juan – Vamos, papá, tranquilízate… te va a dar un patatús… tómalo con calma.
Jesús – Cuando llegue ese día, a lo mejor ya entenderá todo, Zebedeo. Sólo al final es cuando se ven las cosas claras. Eso de separar el trigo de la cizaña es asunto de Dios, no de nosotros.

Mi padre, Zebedeo, siguió refunfuñando. Y mi hermano Santiago también. Y Pedro. Y yo. Nos dieron las tantas de la noche discutiendo con Jesús. Ninguno de nosotros entendió entonces aquella historia del trigo y de la mala hierba.
Mateo 13,24-30

 

Comentarios

1. En Palestina crece una variedad de cizaña, la llamada “cizaña venenosa”, que es una hierba mala muy parecida al trigo. Cuando está creciendo, apenas se distingue de éste. Si hay mucha de esta hierba mala en el campo resulta peligroso escardar la cizaña antes de tiempo, porque sus raíces podrían estar enredadas bajo la tierra con las del trigo. Los campesinos acostumbran aprovechar la cizaña dejándola secar y usándola después para hacer fuego. Palestina es una tierra muy pobre en bosques y escasea el material combustible. Cuando el trigo estaba listo, se segaba con hoces y se trillaba con ayuda del ganado o de tablas de madera con dientes de pedernal en su parte inferior. Después, se aventaba el grano con horquillas de madera para separarlo de la paja.

43- EL TRIGO Y LA MALA HIERBA

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