6 EL FIN DEL COLONIALISMO

…y el principio de lo mismo

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    VENEZOLANA —¡Viva la República! ¡Abajo los españoles!
    Por toda América soplaban vientos de rebelión contra la colonia española. Comenzaba el siglo 19. En Venezuela, los revolucionarios criollos habían proclamado la independencia. Fue por entonces que un violento terremoto sacudió la ciudad de Caracas. En medio de los escombros y el terror, un fraile español se encaramó en el altar de una iglesia en ruinas…
    FRAILE —¡Castigo de Dios, hermanos! ¡Castigo de Dios! ¿Veis lo que les pasa a los que se rebelan contra España? La naturaleza sabe hacer las cosas. ¡La naturaleza pelea a favor de España y en contra de los rebeldes republicanos!

    Un joven oficial republicano, que estaba escuchando el sermón, se abrió paso entre los vecinos asustados. Desenvainó la espada, y a planazos derribó al cura.

    BOLIVAR —La naturaleza, ¿verdad? ¡Pues si la naturaleza se vuelve contra nosotros, lucharemos también contra ella y haremos que nos obedezca!

    El oficial se llamaba Simón Bolívar.

    COMPADRE —Lo dijo y lo cumplió. Porque a Bolívar le obedecieron hasta las cordilleras y los volcanes de América. ¿Quién le ganaba al Libertador, eh? ¿Quién le frenaba el caballo?
    VECINA —A Bolívar y a todos nuestros libertadores: a Sucre, a San Martín…
    ABUELO —… Y al cura Hidalgo, y al cura Morelos. Porque ese curita del terremoto era un españolista. Pero hubo muchos curas y muchos párrocos que todo lo contrario: se metieron en esto de la independencia…
    COMPADRE —Bueno, la verdad es que en la independencia de nuestros países, todo el mundo metió la mano. Todos estaban ya aburridos de España. Mire usted a los mismos ingleses. ¿Qué hubiera hecho Bolívar si no lo ayudan los ingleses?
    VECINA —¿Ah, pero los ingleses ayudaron a Bolívar?
    ABUELO —Cómo no, señora. Según tengo entendido los ingleses le dieron dinero y armas para las guerras de nuestra independencia.
    VECINA —Ah, pues hay que estarles agradecidos, entonces. No sabía yo que los ingleses… Ve, eso sí me gusta: cuando hay unión las cosas se resuelven.
    COMPADRE —Y fue tanta la unión que, por ejemplo, el día de la independencia de Argentina, se aparecieron en el puerto los barcos ingleses para celebrar la fiesta…

    MERCADER —Tenemos que seguir ayudando a nuestros hermanos de Argentina y de toda América Latina. Ellos se han liberado de España y Portugal. Y ahora necesitan de nosotros más que nunca.

    El 25 de mayo de 1810 se constituyó la Primera Junta de Gobierno en Buenos Aires. Se iniciaba el camino hacia la Independencia.

    ARGENTINO —¡Ya somos libres, ya somos libres!!

    Inglaterra se unió al júbilo de los argentinos libres. Desde los barcos ingleses llegados al puerto de Buenos Aires, una salva de cañonazos saludó a la nueva nación latinoamericana.

    PRESIDENTE —Pueblo argentino: ya somos libres del yugo español. Nuestra nación ya es independiente y soberana. La política, la educación, la religión, el comercio, deben ser libres también. Se acabaron las barreras y los impuestos. A partir de hoy, que cada uno compre y venda lo que quiera. A partir de hoy, tienen paso libre por nuestros ríos y entrada libre a nuestros puertos los barcos de cualquier bandera que quieran venir a comerciar con nosotros.

    Y comenzaron a llegar los barcos ingleses repletos de toda clase de mercancías para ayudar a la economía argentina…

    ARGENTINO —¡Mirá todo lo que podemos comprar ahora! Esto de ser independientes es una cosa grande! ¡Viva Argentina! ¡Ya somos libres!

    VECINA —Caray, pues se portaron bien esos ingleses, ¿eh? Porque un país así, recién nacido como quien dice, necesita muchas cosas, mucha solidaridad.
    ABUELO —No sabía yo tampoco que Inglaterra hubiera ayudado tantísimo…
    COMPADRE —Tampoco lo sabia el gaucho Martín.
    VECINA —¿Quién dijo usted?
    COMPADRE —El gaucho Martín. Uno de tantos y tantos argentinos de aquel tiempo…

    El gaucho Martín, botas de cuero y espuelas de plata, vivía tranquilo en su rancho. Cada mañana su mujer se levantaba bien temprano a calentar el agua del mate.

    GAUCHO —Apurate, vieja, que tengo que ir a ver el ganao…
    MUJER —Ya va, hombre de Dios, ya va… ¡Aquí tenés el mate!
    GAUCHO —Ah, vieja linda, qué haría yo sin vos, sin mi mate y…
    MUJER -… y sin tus vacas.

    El gaucho Martín tenía muchas vacas en su tierra. De las vacas sacaba el cuero. Y el cuero lo vendía a un compadre suyo que fabricaba botas en Tucumán.

    GAUCHO —¡Arre! ¡Vamos, negrita, vamos…!

    Un día llegó al rancho de Martín un hombre alto y rubio, un inglés de bombín negro y paraguas…

    MERCADER —Oh, señor, querido señor, ¿cómo estar usted?
    GAUCHO —Yo siempre estoy bien, amigo. Y ahora mejor. Ya somos libres en Argentina. Bueno, mister, ¿y qué se le ofrece? ¿Quiere un mate?
    MERCADER —No. Quiero cueros.
    GAUCHO —¿Cómo que quiere cueros?
    MERCADER —Queriéndolos. Comprándolos. Estoy visitando a los ganaderos de esta zona para comprar cueros. Ya los vecinos suyos me vendieron.
    GAUCHO —Pues yo no puedo venderle, oiga. Yo tengo un cuñado en Tucumán que me compra siempre. Tiene una talabartería, ¿vio? Fabrica las mejores botas del país. Y se lo digo, no porque sea mi cuñado, sino porque…
    MERCADER —¿A cuánto vendes los cueros a ese cuñado tuyo?
    GAUCHO —Bueno, a 50 pesos.
    MERCADER —Véndeme a mí. Yo te los pago mejor.
    GAUCHO —No, puedo, ¿vio? Ya tengo ese compromiso con mi cuñado de… ¿A cuánto dijo que me los pagaría usted?
    MERCADER —A 100 pesos, amigo.
    GAUCHO —¿A 100?… En ese caso, ¿cuántos me dijo que quería?

    El inglés le compró dos carretas de cueros al gaucho Martín. Las llevó al puerto de Buenos Aires. Y embarcó los cueros hacia Inglaterra. Y al poco tiempo…

    MERCADER —Oh, amigo mío, lo ando buscando por todas partes.
    GAUCHO —Pues ya me encontró, che. ¿Qué se le ofrece ahora?
    MERCADER —En realidad, nada. Tomando el sol.
    GAUCHO —Falta le hace. Que ustedes los de por allá son como muy desteñíos, ¿vio?
    MERCADER —Lindas botas tiene usted.
    GAUCHO —Ah, sí… Estas son las que fabrica mi cuñado en Tucumán. Flor de bota, vea… Con éstas baila usted una chacarera y no se enteran los callos.
    MERCADER —¿Y a cuánto las compró?
    GAUCHO —A 100 pesos. Buen precio, oiga.
    MERCADER —¿Y las espuelas, amigo?
    GAUCHO —¿Las espuelas? Ah, estas me las trajeron de Córdoba… No hay espuela como la cordobesa, ¿vio?
    MERCADER —Lindo el poncho que lleva puesto, amigo. ¿Me lo deja ver?
    GAUCHO —Cómo no… Es tejido del norte. Aquí en Argentina, como usted ve, sabemos hacer de todo. No hay que ir afuera a comprar nada.
    MERCADER —Ya veo, ya veo… Con su permiso, amigo, ¿me dejaría ver mejor las botas?
    GAUCHO —¡Jajay! Veo que le gustaron, ¿eh? Venga, pruébeselas para que puede comprarse unas iguales en el boliche…
    MERCADER —Gracias, gracias, thank you, thank you…

    El inglés de bombín negro regresó a Inglaterra con el modelo del poncho, con el diseño de las espuelas y de las botas.
    Las máquinas inglesas comenzaron a fabricarlas igualitas. Y al poco tiempo, cuando el gaucho Martín y su mujer fueron al boliche del pueblo…

    VENDEDOR —¡Botas, botas! Vea, don, ¡mire estas botas! Mire éstas, último modelo…
    GAUCHO —¿Qué último modelo? Estas son de las que hace mi cuñado en Tucumán.
    VENDEDOR —Nada de Tucumán. Mire la marca: «Lancachire».
    GAUCHO —¿Lanca qué?
    VENDEDOR —¡Lancachire! ¡Inglaterra! Botas inglesas de la mejor calidad.
    GAUCHO —Ahijuna, igualitas a las de mi compadre, ¿vio?
    VENDEDOR Igualita, pero más baratas. Se las dejo en 50 pesos.
    GAUCHO —¿50? ¡Que la parió! Baratas, che… las de Tucumán se venden a 100.
    VENDEDOR —Las de Tucumán ya no se venden… ¿Quién va a comprarlas? Además, fíjese en el terminado, buen cuero…
    GAUCHO —Pero, ¿cómo pueden esos ingleses ponerlas tan baratas?
    VENDEDOR —Las máquinas de Inglaterra. Esas máquinas son como el mismo Dios: todo lo pueden. Cada día llega un barco a Buenos Aires con botas, con espuelas, con camisas… Mire estas espuelitas…
    GAUCHO —Esas son de Córdoba.
    VENDEDOR —¿De Córdoba? Mire la marca: «Yorchire»». Inglesas. Y más baratas también. Vea estos ponchos… de «Estaforchire»…

    Al poco tiempo, el cuñado de Tucumán, el que fabricaba botas, fue a visitar a Martín en su rancho…

    GAUCHO —¡Ey, cuñado, al tiempo que se lo ve! ¿Quiere un mate?… ¡Anímese que hay que celebrar la independencia de Argentina!
    CUÑADO —No, mejor que no me hables de eso.
    GAUCHO —¿Qué te pasa, chamigo? Andás con cara de difunto.
    CUÑADO —Me estoy hundiendo, Martín. Y vos tenés buena culpa de ello.
    GAUCHO —No digás eso, chamigo. Es la ley de la vida. El inglés me da buen precio por los cueros, el doble que vos. Si vos me dieras unos patacones más…
    CUÑADO —Pero, ;cómo te voy a pagar más, Martín? Vos sabés que no puedo. Y menos ahora, que las botas no se venden.
    GAUCHO —El inglés las saca iguales y más baratas, a mitad de precio que las tuyas… Tenés que avivarte, chamigo. Vos comprás el cuero muy barato y vendes la bota muy cara. Así no puede ser.
    CUÑADO —No digás pavadas, che. Vos sabés que yo tengo una talabartería más chica que esta calabaza de mate. ¿Qué puedo hacer? Trabajo de la mañana a la noche. Pero en lo que tardo yo en fabricar cuatro botas, el inglés pone 400 en el puerto… ¡Maldito puerto de Buenos Aires! ¡Y malditos señores de Buenos Aires que le abren el puerto a los mercachifles de fuera! ¿Cómo pelea una hormiga contra un elefante, decime?
    GAUCHO —Subite al elefante. Asociate. Trabajá con el inglés.
    CUÑADO —Trabajá pál inglés, querrás decir. Yo me estoy hundiendo, chamigo. Pero escuchá lo que te digo: atrás de mí, vas vos, vos también te vas a hundir.

    Por fin, la talabartería del cuñado tuvo que cerrar. Quebraron también otros talleres de Tucumán. Quebraron los telares de Catamarca y de Córdoba, las destilerías de Mendoza, las fábricas de Salta y de Corrientes… Los productos extranjeros llegaban en grandes cantidades y eran mucho más baratos…

    ABUELO —Bueno, así es la vida. Unos van para arriba y otros para abajo…
    VECINA —Claro, si el inglés vendía más baratas las botas.
    ABUELO —Yo siempre digo que los ingleses nacieron para el comercio…
    COMPADRE —Pero un comercio desigual. Ellos jugaban con ventaja. Tenían máquinas poderosas. Producían más rápido, podían bajar los precios…
    ABUELO —Bueno, señor, pero así es la libertad de comercio. A los ingleses les podía haber pasado lo mismo. Se arriesgaron. Y ganaron.
    COMPADRE —Qué va. Ellos no se arriesgaron. Antes de todo esto, cuando la industria inglesa estaba empezando, el gobierno inglés no dejaba entrar ni un alfiler de fuera. ¿Saben ustedes cómo eran las leyes en Inglaterra para proteger su industria nacional?

    POLICIA —¡Atención, ordenanza oficial! Todo ciudadano inglés que sea sorprendido vendiendo a otros países lana o cueros, será considerado traidor a la patria y se le cortará la mano derecha. Si con esto no escarmienta, será condenado a morir en la horca. ¡Atención! Se avisa a todos los ciudadanos de Inglaterra que antes de enterrar a un familiar, deben presentar la firma del párroco certificando que la mortaja del difunto es de fabricación nacional!

    COMPADRE —Ahí está el truquito, ¿ven? Inglaterra protegió sus telares y sus fábricas con las leyes más duras de Europa en aquel tiempo. Todo tenía que hacerse y comprarse en el mercado nacional. Después, cuando ya habían desarrollado sus industrias, abrieron la puerta. Entonces, comenzaron a cacarear lo de la libertad de comercio. Y que los otros gobiernos no pusieran barreras de protección, que dejaran entrar los productos ingleses.
    VECINA —No eran tontos los inglesitos, ¿eh?
    COMPADRE —Hablaban de liberalismo aquí, en nuestros países. Pero en Inglaterra hacían otra cosa. En su país aplicaban el más cuidadoso proteccionismo…
    COMPADRE —El desarrollo de un país es como el desarrollo de un niño. Cuando un niño está chiquito no puede salir a pelear con muchachos mayores. Un país tampoco. Eso fue lo que pasó. Nosotros teníamos fábricas pequeñas, recién nacidas. ¿Quién iba a competir con las industrias inglesas que ya tenían maquinarias poderosas? Los españoles y los portugueses no nos habían dejado crecer. Nos pusieron la pata encima durante 300 años de colonia. Y claro, cuando entró la avalancha de mercaderías inglesas, nuestras fábricas se vieron aplastadas. Tuvieron que ir cerrando.
    ABUELO —Bueno, otro que salió ganando fue el gaucho Martín. Por lo menos, a él le fue bien vendiendo sus cueros.
    COMPADRE —¿Está seguro?

    MUJER —¿No querés un mate, viejo?
    GAUCHO —¡Qué mate ni mate! ¡25! ¿Pero este inglés me vio cara de boludo? ¿Oís, mujer? ¡25! ¡Ahora no quiere pagarme por los cueros más que 25 pesos!
    MUJER —Pues vendéselos a tu cuñado.
    GAUCHO —¿A qué cuñado? El cuñado ya cerró. Todo el mundo cerró en Tucumán. Sólo compra cueros el inglés. Y ahora él pone el precio que se le antoja.
    MUJER —A los cueros y a las botas también. ¿Sabés a cuanto están ahora las botas? Ya subieron a 200.
    GAUCHO —¿Inglés del diablo! Oime, vieja: no quiero que comprés nada que tenga la marca de esos bandidos.
    MUJER —¿Y qué compro entonces, viejo?
    GAUCHO —Mirá estos platos: «Lacachire». Mirá el cuchillo: «Yorchire». Mirá el ruedo de tus polleras: «Estaforchire». ¡Ya me tiene podrido! ¡Ahora mismo te las quitás y las quemás, ¿me oís? ¡No quiero nada inglés en esta casa, ¿me oís?!
    MUJER —¿Y qué ropa me pongo entonces, viejo?
    GAUCHO —Lancachire, Yorchire, Mierdachire… Se acabó. Mejor me mato y así no vuelvo a saber de ellos.
    MUJER —Con eso no conseguís nada, viejo.
    GAUCHO —Al menos muerto descanso de los ingleses.
    MUJER —Eso es lo que vos te crees… Los ataúdes que están trayendo ahora también… son ingleses.

    VECINA —¿Con que el cuñado de Tucumán tenía razón, eh? Perdió él y atrás perdió Martín.
    COMPADRE —Y perdió Argentina y perdieron todos nuestros países. Es que cuando acaban con la industria nacional, a la corta o a la larga todos los de ese país salen perdiendo. En aquellos primeros años de la independencia, nos hicieron perder. Nos mataron el pollo en el huevo, como quien dice. Mataron los telares de Bolivia, los talleres de México, los de Perú, de Brasil, la industria de Chile… nos condenaron a ser simples vendedores de materia prima para que ellos pudieran industrializarse más y más.
    VECINA —Nosotros poníamos el cuero y ellos ponían la bota. ¡Vaya broma!
    COMPADRE —Ellos tenían telares mecánicos, máquinas de tejer y rápidas Y para alimentar esas máquinas necesitan algodón, cueros. No tenían bastante en su país. Entonces, venían aquí a sacar en cantidades. Fabricaban botas y camisas. Y volvían otra vez porque necesitaban gente a quien venderle todo eso. Un inglés no podía ponerse 20 camisas encima. Necesitaban nuevos compradores para sus productos. Llegaron a vendernos de todo. Argentina, por ejemplo, llegó a comprarles a los ingleses hasta las piedras para adoquinar las calles.
    MERCADER —¡Shut up! Basta ya de hablar mal de nosotros. ¡Sheet! Inglaterra hizo mucho por el desarrollo de los pobres países de ustedes. Construimos ferrocarriles para ayudar a ustedes.
    COMPADRE —De ayudar, nada. Que nos acabaron con los bosques de quebracho y de la mejor madera, y encima hubo que pagarles hasta el último clavo de los dichosos ferrocarriles con préstamos y con intereses de usurero.
    ABUELO —Pero, por lo menos, los trenes nos sirvieron para tener buenas comunicaciones.
    MERCADER —Así fue, señor, así fue. Bueno, me voy. Ya me llaman de Londres. Good Bye! London Bridge is foiling down, foiling down, foiling down…!

    COMPADRE —¡Inglés cuentista! Fíjense en las líneas de los trenes, miren cómo las construyeron. Se parecen a los dedos de una mano abierta. Todas salen del puerto, todas vuelven al puerto. ¿Para qué lo hicieron así? Para sacar más rápido el cuero. Y colocar más rápido las botas en el mercado. Los ferrocarriles sirvieron para desangrarnos más pronto.
    VECINA —Pero, ¿y nuestros gobiernos «independientes» qué hacían mientras tanto? ¿Se rascaban el ombligo?
    COMPADRE —Se rascaban el bolsillo, señora. Fueron gobiernos vendidos a Inglaterra. Ellos también vivían en el puerto y usaban chalecos ingleses y se ponían pelucas francesas y derrochaban sin importarles que se hundieran las industrias nacionales. Hubo un gobernante en Argentina que quiso hacer algo. Se llamaba Juan Manuel Rosas. Hacia 1835 cerró el puerto de Buenos Aires. Dio leyes para proteger la industria nacional. Ahí fue que los ingleses se enfurecieron. Dijeron que ese proteccionismo era una violación a la libertad de comercio.
    VECINA —Pero ellos tenían leyes iguales en Inglaterra, ¿no? La ley del embudo, entonces…
    COMPADRE —Del embudo y de los cañones. ¿Sabe qué hicieron? A los pocos años de esas leyes, los barcos de guerra ingleses, los mismos que antes felicitaban la independencia de Argentina, rompieron a cañonazos las cadenas que cerraban el paso a los productos extranjeros. Cañonearon las cadenas y tumbaron al gobierno.
    VECINA —¡Qué hijos de la gran… Bretaña!
    ABUELO —Por lo que oigo, cuando se acabaron los españoles, comenzaron los ingleses.
    VECINA —¿Y para qué sirvió, entonces, la lucha de Bolívar, de San Martin, de nuestros patriotas? ¿Para qué valió la independencia?
    COMPADRE —Bolívar, que acabó con 300 años de colonia española, que venció hasta’ la misma naturaleza como él decía, no pudo con los comerciantes ingleses. Cuentan de él que, a la hora de morir, cansado, traicionado, un soldado le cambió la camisa y le puso la suya para que el Libertador de América no fuera enterrado en harapos. Me pregunto qué pensaría Bolívar en ese momento…
    VECINA —Pues yo me pregunto qué marca tendría esa camisa…

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6 EL FIN DEL COLONIALISMO

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