5 EL ASESINATO DE LA TIERRA

…el azúcar la mató

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    BRASILEÑO —…¿Que por qué comen tierra los niños aquí?… Por el hambre la comen. ¿Y si no? Se hartan de tierra, pero el hambre sigue. El diablo anda suelto por estos montes, por el sertón. El hambre es maldición suya de él. Los blancos decían que comer tierra era vicio de nosotros, los negros. Pero era vicio del hambre muchísima. No hay árboles, no hay frutas, no hay qué. Aquí la tierra es la que está más cansada de todos. No sale nada de ella. Como maldita está. ¿Que cuántos años tengo yo? No cuento. Mirando tanta muerta se me fue la memoria. Sequedades… Por estas veredas secas, si algún cristiano se pierde ya no aparece más. Lo mata el hambre. Muchos se van a otra parte. Es difícil viviendo aquí andar derecho. La muerte de hambre hincha el viente. Todo miserias… ¿Que por qué no me levanto de esta piedra? ¿Para qué? Miro la tierra. Recuerdo. Estoy cansado yo también.

    El sertón, en el nordeste del Brasil, es la región más pobre de toda América Latina. 30 millones de personas padecen la más grave desnutrición en este inmenso desierto, con paisajes que recuerdan a los de la luna. La sequía, el desempleo, los latifundios, empujan a miles y miles de campesinos a abandonar estos pueblos. Los caminos pedregosos están sembrados de tumbas…

    ABUELO —¡Pobre gente! Pues vaya que es maldición nacer en una tierra así, tan pobrísima. Y hasta se la tienen que comer…
    VECINA —Con los países pasa como con las personas: unos nacen con estrella y otros estrellados.
    ABUELO —Una fatalidad. La mala sombra de nacer ahí.

    BRASILEÑO —Malasombra. Así le llamaban al capataz de los esclavos que fue más mentado por estos rumbos. Malísimo entre los malos. Mataba a los negros con su propia mano. Pero, ¿hubo capataces buenos?
    HOLANDES —¡Tierras! ¡Necesitamos muchas tierras para el azúcar!
    PATRON —Tal vez locos eran todos. La caña de azúcar les dañó el juicio.
    BRASILEÑO —La caña de azúcar: esa fue la maldición de aquí. Este desierto no era antes. Aquí todo era verde. No había hambre. Nadie, chiquito o grande, andaba con el hambre. Nadie comía tierra…
    PATRON —¡Tierras! ¡Necesitamos muchas tierras! Con una finquita de caña de azúcar aquí y otra allá no hacemos nada. Con eso, ¿qué sacamos?
    BRASILEÑO —¿Cuántos años atrás vinieron ellos? No sé contarlos. Aquellos hombres blancos andaban ansiosos de tierras, las robaban. Sembraban caña por todos lados…
    PATRON —Este negocio es a lo grande: o todo o nada. Si no, no sirve. Mucha tierra y mucha caña.
    BRASILEÑO —Donde había lindo cultivo de mandioca, arrancaban la mandioca para dársela a la caña. Donde había bosque, quemaban el bosque. Para la caña. Donde había matas de mango y de naranja, de fruta buena que daban sombra, los quemaban. Matas que tardan años en crecer; las quitaban para sembrar la caña.
    PATRON —Los portugueses ponen las tierras. Los holandeses ponemos el capital. Y el azúcar nos pondrá la plata en los bolsillos.
    BRASILEÑO —Ambiciones. Como locos andaban. De estas tierras, hasta se fueron los conejos, los ciervos, los tapires. Animalitos. Todo por la caña: esa fue la maldición del hombre blanco.

    Cuando llegaron los conquistadores a América, el azúcar era un lujo en Europa. Tan escasa y tan valiosa era, que se vendía gramo a gramo en las farmacias. En los lugares donde no aparecía oro ni plata, españoles y portugueses decidieron cultivar este oro blanco, la caña, que podía darles enormes riquezas. Y empezaron a sembrarla por todas partes. En el primer momento, el lugar preferido fue el nordeste de Brasil. Campos inmensos se dedicaron exclusivamente a la siembra de caña…

    BRASILEÑO —Para tanta caña, tanto negro. Venían barcos a recoger azúcar y a dejar negros. A recoger más azúcar y a dejar más negros. En la esclavitud estábamos. Todos a trabajarle al azúcar, como que ella fuera reina. Pienso así. Todo se sacrificaba para ella. La vida y la tierra. Siembra, corta, muele. Siembra, corta, muele en trapiche. Siembra, corta, muele… ¿Qué quedaba? Negros muertos, negros cansados. La tierra se moría también con cansancio. Porque sólo parir azúcar, la cansa demasiadamente. Eso lo sabía el blanco. No le importaba. ¿Los blancos? Recoge y recoge dinero. De eso no se cansaban nunca.
    CAPATAZ —¡Dale negro! ¡Más ligero ese machete, que las carretas están esperando!
    OTRO —¡Dale negro! ¡Más ligero ese trapiche, carajo, que hay que engavetar la melaza!
    PATRON —No es suficiente. Hay que sembrar más caña hacia el norte. Más tierras y más ingenios. El negocio del azúcar es el mejor negocio. Toda Europa bebe ron y come dulces. Hay que aprovechar ahora. ¡Esto no va a durar cien años!

    Durante cien años, el nordeste del Brasil fue el primer productor mundial de azúcar. Y Brasil, el principal mercado de esclavos. El nordeste volcaba en el puerto de Lisboa, toneladas del nuevo oro blanco. Holanda controlaba el comercio y la venta de azúcar en toda Europa. Las riquezas eran fabulosas.

    BRASILEÑO —Era fiebre. Era fiebre de azúcar. Después, cuando se acabó, esto se hizo desierto. Pedregales. ¿El azúcar? Ella mató la tierra. Nos mató. La maldigo.
    VECINA —Por lo visto, ese lugar del Brasil no tenía tan mala estrella. Pero vinieron otros a torcerle el destino.
    COMPADRE —Y bien torcido se lo dejaron. Porque si esa zona del Brasil es hoy lo que es, es porque ayer fue lo que fue. Tan riquísima ayer y tan pobrísima hoy. Por haber tenido tierras tan ricas, la arruinaron tan rápido. Siempre pasa lo mismo. Más tienes, más rápido te roban. Más rico es un país, más pobre lo dejan. La maldición viene de fuera. Y no hay más maldición que ésa: el cultivo de un solo producto. El monocultivo del azúcar, del café, del cacao, da lo mismo. Y no hay más diablos que ésos: los que inventaron el monocultivo y se enriquecieron con él…
    PATRON —¡El negocio es el negocio, señor mío!
    COMPADRE —¿Anjá? Miren quién aparece por aquí… No, no pase de largo, señor. Venga, que le queremos preguntar algunas cosas. Les presento a uno de los diablos, digo, a uno de los negociantes del azúcar del siglo 17… ¿O del siglo 18? ¿O del 19? Bueno, es lo mismo. Todos ellos se parecen bastante. Acérquese, por favor.
    PATRON —Con mucho gusto y a su entera disposición.
    COMPADRES —Bien. Quisiéramos saber esto: ¿ustedes se daban cuenta que si toda la tierra era para el azúcar, no quedaba ya tierra para sembrar otros alimentos? Porque mascando caña no vive nadie.
    PATRON —Claro que nos dábamos cuenta, señor. Pero ese no era nuestro problema. Lo que nos interesaba a nosotros era que el Brasil produjera mucha azúcar para poder venderla en Europa. ¿Sembrar yuca y frijoles? ¿Para quién? ¿Para los esclavos negros? Bah, esos comían cualquier porquería. Además, no estaban allí para comer, sino para trabajar. ¿Para quién entonces los alimentos? ¿Para nosotros los españoles, los portugueses, los holandeses…? Ah, éramos muy pocos y traíamos la carne y el vino de fuera.
    ABUELO —Pero sembrando la tierra sólo con caña y caña, sin darle un respiro, la estaban echando a perder…
    PATRON —Amigo, ése tampoco era nuestro problema. En el negocio el asunto es ganar. Y ganar pronto. El que pestañea, pierde. Además, en aquellos tiempos teníamos tanta tierra disponible en tantos países, que si se gastaba la de un lugar, nos íbamos a otro. ¡Adiós, señores míos, adiós!
    COMPADRE —Y así fue, como dice él. Gastaron la tierra en el Brasil, acabaron con todos los cultivos, sacaron montañas de azúcar y montañas de dinero. Y cuando ya no les resultaba el negocio allí, se fueron a las islas del Caribe a ponerlas a producir azúcar. Sembraron caña en las islas grandes y en las chiquitas. Hay una islita muy pequeña en la punta oriental del Caribe que se llama Barbados. Pues ésa la sembraron de azúcar de arriba a abajo y de abajo a arriba. Y la llenaron de esclavos. Acabaron con los bosques, con los frutales, con la ganadería, con todo. Sólo azúcar y nada más que azúcar.
    ABUELO —Supongo que se gastarían pronto las tierras de la tal islita…
    COMPADRE —Claro, pero cuando acababan con una, apuntaba para otra. De Barbados para Jamaica, de Jamaica para Haití, de Haití para Cuba… Y las «islas afortunadas» las convertían en un gran ingenio de azúcar
    VECINA —Como una lotería entonces. ¡Te caía la bolita del azúcar… y a moler caña!
    COMPADRE —Así mismo. Europa tenía sus caprichos. Y cuando les dio por los dulces y las confituras, ya no podían vivir sin el azúcar. Cuando les dio por la glotonería del chocolate, ya no podían vivir sin el cacao. Cuando descubrieron nuestro tabaco, todo el mundo fumando en Europa… Tuvimos que bailar al son que nos tocaban. Llegaron aquí y se repartieron las tierras: ésta para ti, para mí. Después, se repartieron la gente: usted trabaja en la mina, usted trabaja en el campo. Y después, le repartieron a cada país su tarea: este país a sembrar azúcar, aquel otro a sacar plata… Sí, como una rifa.

    RIFERO —¡Comienza la gran rifa de los países! ¡Lotería internacional del trabajo! ¡La suerte es loca y a cualquiera le toca! A ver, a ver, amigos, cada país su numerito y cada numerito su sorpresa… Ustedes, los mexicanos, ¿no quieren concursar…? Los argentinos, los guatemaltecos… ¡Arrímense todos, que nadie se quede fuera! ¡Todos, toditos los países de América Latina, a concursar en esta lotería internacional! A ver, a ver, a ver, por aquí viene Colombia… Ya da vueltas el bombo… a ver qué sorpresita le toca… ¡Café! ¡A producir café, colombianos, café para todo el mundo! ¡Ninguna otra cosita, ¿eh? ¡Sólo café! ¡Esa será su contribución al mercado internacional! Viene Honduras… A ver la suerte de Honduras… ¡Bananos! ¡Ándele, hondureños, catrachitos, a producir bananos! ¡Platanitos para todos! Y Ecuador, ¿qué le tocará a Ecuador, ese país lleno de indiecitos trabajadores…? ¡Cacao!! ¡Buena suerte, ecuatorianos, con su cacao! ¡Bolivia se ha ganado el estaño! ¡Chile, el cobre! ¡Venezuela, el petróleo! ¡Uruguay, las vaquitas!

    COMPADRE Si, como una lotería. No les importa el hambre de la gente, ni acabar con los bosques, ni arruinar la tierra. No les importa nada. Sacar dinero y rápido. Sólo importa eso. Con los años ha ido cambiando la rifa de un lugar a otro, de producto a otro, al sube y baja de los precios que ellos mismos ponen. ¿Baja el azúcar? ¡Pues siembren bananos! ¿Bajan los bananos? ¡Pues siembren azúcar! Siempre al capricho de ellos.
    ABUELO —Pues sí, hay que reconocer que esa lotería sigue funcionando. Porque aquí, cada país está colgado de uno o de dos productos. Y por esos productos se salva o se hunde.
    COMPADRE —Colgados, dependientes. Y esa dependencia es lo que tiene en vilo a nuestros países. El país que depende del café, vive en el sobresalto de los precios, de si viene una sequía, de si viene una nueva plaga. Y el que depende del algodón o del cacao, lo mismo. El monocultivo es una maldición. Mata la tierra y mata la economía de un país.
    VECINA —Bueno, y sígale con el azúcar. ¿Qué pasó? ¿Cuánto duró esa lotería?
    COMPADRE —La verdad es que el interés por el azúcar duró mucho. El azúcar fue un grandísimo negocio. Durante 300 años no hubo para Europa un producto que diera más dinero que el azúcar de América. Realmente, fue el oro blanco. Un negociazo. Sí, de todos los productos agrícolas que se rifaron durante la colonia, el azúcar fue la reina… Una reina ambiciosa que no permitía rivales, que devoraba tierras y hombres.

    PAJE —Mi dulcísima y blanquísima majestad, Reina Azúcar, vuestros dominios se extienden por las islas del mar Caribe como ayer se extendieron por las tierras del Brasil…
    REINA —¿Y soy la más hermosa? ¿Soy la única?
    PAJE —Sois la única, majestad azúcar. Vuestro poder es inmenso, indiscutible. Toda Europa vive pendiente de vos. Y os entrega sus mejores tierras en América.
    REINA —No me fío de lo que me dices. Tráeme mi espejito. Quiero preguntarle a él, que no miente.
    PAJE —Enseguida, majestad. Aquí lo tenéis.
    REINA —Espejito, espejito… dime la verdad: ¿el frijol es más hermoso que yo?
    ESPEJO —No, Reina Azúcar. Vos sois más hermosa que él. Sois la más bella.
    REINA —Y la papa, espejito, ¿es más hermosa que yo esa estúpida raíz?
    ESPEJO —No, Majestad Azúcar. Vos sois más bella que la papa.
    REINA —Y ese desabrido maíz, espejito, ¿se puede comparar conmigo el maíz?
    ESPEJO —No, Reina mía, el azúcar es más linda que el maíz.
    REINA —Entonces, ¡que acaben con todos! ¡Que los saquen de sus tierras! ¡¡Quiero sus tierras para mí sola!! ¡Quiero más tierras! ¡Más! ¡Más!

    COMPADRE En Brasil el azúcar acabó con el maíz, con la papa, con el frijol… con todo. Pasó el azúcar, pasó el diablo. Y cuentan que la misma calamidad cayó sobre otras tierras y que otros negros tuvieron que servir a esa reina blanca… Ahí tienen a los cubanos…
    CUBANO —¿Qué es lo que hay? ¿Cómo es la cosa? ¿Que yo también hable del azúcar por acá? ¡Alabao, caballero! Mi socio del Brasil se quedó cortico. Porque, óigame, en el Brasil esos capitalistas se cogieron un pedazo de país. Pero aquí en Cuba, la isla entera. Sí, nosotros fuimos los últimos en sacarnos la lotería del azúcar. Pero, cuando nos la sacamos, se acabó, mi hermano. Mire, esta isla estaba sembrada enterita de árboles buenos, guayabos, mangos, yagrumas, ceibas, cedros, tamarindos… ni acaba uno de contarlos. Que si un mono se ponía en la punta de la isla, brincando los árboles, llegaba a la otra punta sin que el fondillo le tocara el suelo… ¡Un fenómeno! Pero cuando vino el sarampión ése del azúcar… ¡Ave maría! Aquí tumbaron todo. Aquí acabaron con todo. ¿Vegas de tabaco? Acabaron con las vegas. ¿Viandas? Ya no querían viandas. ¿Pasto para las vacas? Tampoco los pastos. No había lugar ni para los cochinos. Eso era todito una quemazón, dándole candela al monte, para sembrar azúcar y más azúcar. Y a meter dinero para levantar ingenios. Y a desmontar, y a traer negros, y todo el mundo a trabajar a los camajanes del azúcar. Que esto era una aristocracia de los papatachones del azúcar, que esto era un abuso, que hasta veinte horas se ha trabajado en los centrales de azúcar aquí en esta tierra, óigame… ¡Una barbaridad, que entra zafra y zafra, el tiempo muerto, meses y meses sin trabajo, comiéndose uno un cable… Ahora, que todo ese embullo del azúcar era porque le sacaban mucha plata al asunto. Que si hubieran sacado más plata sembrando y vendiendo mameyes, todo lo siembran de mameyes, que así es esa burguesía, unos bichos, gente sólo de interés… Bueno, desde entonces, que con el cuento y la bobería, hace ya sus 200 años, Cuba se quedó sembrada enterita de azúcar, porque ese numerito de la rifa, óigame, se nos quedó pegado para siempre!
    VECINA —Ese que estaba hablando era un cubano, ¿no?
    ABUELO —Hombre, si se le conoce desde que abrió la boca.
    COMPADRE Si, ése es un cortador de caña, un machetero veterano.
    ABUELO —Pero, ¿ése vive en Cuba ahora?
    COMPADRE —Cómo no. Ese da la vida por la Revolución.
    ABUELO —Pues no sé qué revolución será esa. Porque en Cuba antes sembraban azúcar. Y ahora, siguen sembrando azúcar. Antes se la vendían a los americanos. Y ahora, se la venden a los rusos. ¿Revolución? ¡Si todo sigue igual…!
    CUBANO —¿Cómo que todo sigue igual, chico? ¡Déjate de eso!
    ABUELO —No, yo decía que…
    CUBANO —¿Que tú decías? Mira, viejuco, aquí en Cuba le dimos un golpe de Estado a esa tal Reina Azúcar. Le partimos la siquitrilla.
    VECINA —Pues si se la partieron, ¿por qué siguen sembrando azúcar?
    CUBANO —Ay, mi hermana, es que cambiar todo así, de sopetón, es difícil. A nosotros nos tenían cortadas las piernas… De la noche a la mañana ponerse a caminar, ¡y a caminar derecho! Nos pusieron en tres y dos. Al comienzo de la revolución se armó el rebumbio, y arrancamos cañaverales y a sembrar otras cosas, y a meterse a la minería, a la pesquería, el acabóse! Pero qué va, eso no es así. Le estábamos echando la culpa de todo al azúcar. Pero la culpa la tenían los que habían estado detrás del azúcar. Los burgueses, el imperialismo yanqui. ¿Tú comprendes? ¿Tú me estás entendiendo, chicha? ¡Estábamos confundiendo el cuchillo con la mano del criminal!
    ABUELO —Pero el caso es que el cuchillo lo siguen teniendo clavado en el riñón.
    CUBANO —No, viejo, no, ése no es el caso. El caso es a quién le vendes tú el azúcar, quién te lo compra. Ahí está el punto, mi hermano. Todo el mundo sabe que enseguidita de la revolución, los yanquis nos cortaron la cuota de azúcar y nadie de por acá nos compró una libra más. ¡Está bien! Salimos ganando. Porque desde entonces tenemos mercado fijo y precio fijo con países más solidarios. Pagan más, mucho más, y nos tienen respeto. ¿Que a dónde va a parar el dinero que nos pagan? ¡Esa es la cosa más grande, chico, ese es el cambio fenomenal! Porque, óigame, aquí hay muchos centrales azucareros, más centrales que antes, y dan mucha plata. Pero ya no hay dueños de los centrales. Todo el dinero que entra, ni para ti ni para mí, para mejorar el país. ¿Me entiendes cómo es la cosa?
    VECINA —Bueno, si usted lo dice, será que lo ha visto. Y usted ya debe haber visto mucho en su vida, porque mire las canas que tiene. Y no es fácil ver a un negro con canas…
    CUBANO —Ya estoy viejo, sí. Pero sigo entero. Ya no corto caña, pero he cortado burujones.
    VECINA —Pues para ser machetero no se le nota muy acabado…
    CUBANO —Chica, es que en la mitad de la curvita me agarró la revolución. Y la verdad es que aquí lo que se acabó fue el abuso con el pobre machetero. Tú no lo vas a creer, pero yo tengo un hijo doctor y una hija que está estudiando en la universidad… Si las cosas fueran como antes, el muchacho sería un bruto que no sabría ni el palito de la «i». Y la hija, con su perdón, una guaricandilla… ¿Que aquí no ha cambiado nada? ¡Alabado sea Dios! Está bien, está bien, tenemos todavía un montón de problemas, mija, ¡pero lo que se ha ganado ya! ¡Si hasta el tiempo muerto se murió y hay trabajo todo el año. Un machetero tiene un buen sueldo, su casa, su respeto. El corte lo han ido mecanizando y figúrese que aquí se está siempre pensando qué abono será mejor para este suelo, para este tipo de caña… Siempre estamos pensando cómo cuidar mejor la tierra… Porque la tierra se lo merece, caramba, que ella es la que nos da la chaúcha a todos!
    ABUELO —Demasiado bonito me lo pinta usted…
    CUBANO —¿No lo cree? ¡Pues venga a verlo con sus propios ojos! Sí, con esos dos que tiene en la cara. ¡Que por mirar no se cobra, chico!

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