16 BANCOS Y BANQUEROS

…y el desastre financiero de Chencho García.

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    Cuando Inocencio García, alias Chencho, fue sentado en la silla eléctrica, aún no lograba entender cuál había sido su error. Se le oyó decir un juramento extraño antes de que la corriente de 5 mil voltios achicharrara su triste vida.

    Y sin embargo, aquel día, cuando le dieron la noticia, Inocencio se consideró el hombre más feliz del mundo…

    CHENCHO —Al que madruga… Dios lo ayuda…

    Inocencio García, gordo, calvo y bigotón, se levantó como todas las mañanas. Para gran sorpresa suya, su mujer le tenía preparado el desayuno…

    CHENCHO —¿Qué te pasa, estás enferma?… ¿Hoy es mi cumpleaños?
    MUJER —¿Por qué dices eso, Chencho?
    CHENCHO —Desde que nos casamos, es la primera vez que tengo el café a tiempo.
    MUJER —Ay, no sé, Chencho, hoy me siento tan… tan contenta, como si algo muy bueno fuera a sucedernos. El corazón me dice que…
    CHENCHO —Tú y tus fantasías.

    Pero no era fantasía la camisa que se puso Chencho…

    CHENCHO —Caramba, tiene todos los botones… ¡esto es un milagro!

    Tampoco era fantasía la mariposa blanca que vio posada en el carrito de los helados… La buena suerte venía corriendo hacia Inocencio García, el heladero…

    MUCHACHO —¡Inocencio García! ¡Inocencio García!
    CHENCHO —¿Qué pasa?
    MUCHACHO —¿Usted es Inocencio García?
    CHENCHO —Hasta ahora, sí.
    MUCHACHO —¿El vendedor de helados?
    CHENCHO —¿De qué lo quieres, de vainilla?
    MUCHACHO —¡Felicidades, señor! ¡Felicidades! Y recuerde que yo fui el que le di la noticia, ¿eh? No se vaya a olvidar de mí, ¿eh?
    CHENCHO —Pero, ¿qué noticia, muchacho? Toma resuello y habla.
    MUCHACHO —¡Se sacó la lotería! ¡Inocencio García se sacó la lotería!
    CHENCHO —¿Qué dices?
    MUCHACHO —¡La lotería, señor Inocencio, el premio gordo enterito!
    CHENCHO —¿Será posible? ¡Mujer, oye esto! ¡Mujer!
    MUJER —¡Te lo dije, Chenchito, te lo dije! ¡El corazón no habla, pero adivina! ¡Ay, dios bendito, virgen de los desamparados, al fin te acordaste de nosotros!

    Sí, no era un sueño ni fantasía. Inocencio García, un pobre vendedor de helados, se había ganado un millón de dólares contantes y sonantes. En el barrio de Chencho se armó el alboroto. Todos vinieron a felicitarlo y a recordarle que eran sus amigos…

    VECINO —Compadre Chencho, ya sabe, estuve con usted a las duras y ahora debo estar a las maduras…
    OTRO —Oiga, Chencho, ¿no se acuerda de mí? Soy el nieto de la prima de su tía…
    MUJER —Ay, no molesten más y dejen quieto a mi marido…
    VECINO —Bueno, Chencho, y ahora hablando en confianza… ¿qué piensas hacer con ese dineral?
    CHENCHO —Pues no sé todavía, vecino. Ha sido tan grande el susto… que hasta hipo me ha dado.
    VECINO —Tienes que comenzar una nueva vida, Inocencio. Yo te aconsejo que compres un terrenito, una casita, y a vivir tranquilo.
    CHENCHO —Demasiado tranquilo he vivido toda la vida, vecino. No he hecho otra cosa que empujar ese carrito. Ahora quieto, no sé, hacer algo… correr aventuras.
    VECINO —¡Qué aventuras! Pon un negocio. Una heladería.
    CHENCHO —De vender helados ya me cansé.
    BORRACHO —Pues guarda el dinero… Mételo en el colchón y así tenemos para ir a la cantina todas las noches… ¡Salud!
    VECINO —En el colchón, no. Pero meta ese dinero en un banco, hombre. Ese es el mejor negocio de todos.
    CHENCHO —¿Cómo en un banco? ¿Para qué?
    VECINO —Para que le dé intereses.
    CHENCHO —¿Qué intereses?
    VECINO —Caramba, Chencho, no me diga que usted no conoce cómo funciona un banco.
    CHENCHO —El único banco que yo conozco es el del parque. Que mi mujer y yo lo tenemos gastado de tanto sentarnos ahí los domingos.
    VECINO —Mire, Chencho, en un banco usted mete su dinero, ¿verdad? Mete 100 pesos, digamos. Los ahorra ahí. Y al cabo de un año, va y los busca y ya tiene 110. Es decir, 10 por cada 100, el 10 por ciento. Esos son los intereses.
    CHENCHO —Ajalá, pues yo no sabía que el dinero tenía hijos.
    VECINO —La vaca cría el ternero. Y el dinero cría dinero.
    CHENCHO —No entiendo, vecino. Si yo meto 100 y después me dan 110… entonces, el dueño del banco sale perdiendo esa plata que me da de más…
    VECINO —Ah, compadre, usted vive en la luna. Con razón es Inocencio. Los dueños de los bancos, los banqueros, no pierden. Ganan. Y muchísimo. Esos son los tipos que más dinero manejan y más dinero se embolsillan.
    CHENCHO —Pero, ¿de dónde saca esa gente los 10 pesos que después me dan a mí?
    VECINO —Pues de darle antes los 100 que usted metió en el banco a otra gente.
    CHENCHO —¿A qué gente?
    VECINO —A los que necesitan pedir prestado. El dinero que usted ahorra en el banco, ellos lo prestan con un interés más alto.
    CHENCHO —Disculpe, vecino, yo soy un vendedor de helados…
    VECINO —Escuche: usted les da cien pesos. Ahorra cien pesos. El banquero le ofrece 110. Pero antes de dárselos, el banquero le presta los 100 suyos a otro. Y a ese otro le cobra por prestárselos, vamos a decir, 120. El otro paga después los 120 pesos. A usted le pagan los 110. Y el banquero se queda con 10 pesos de diferencia. Dinero mansito, sin trabajar mucho.
    CHENCHO —Ahora lo agarré. Esa gente tiene la mollera bien puesta, ¿eh, vecino?
    VECINO —Un banco vive de los ahorros y de los créditos. Recoge con una mano y presta con la otra. Y eso, sin hablar de las inversiones.
    CHENCHO —¿Qué inversiones?
    VECINO —¿Pero en qué mundo vive usted, Chencho? Si el banquero tiene mucho dinero en el banco, pongamos por caso que tiene un millón de dólares de la gente que ha ido ahorrando ahí, pues el tipo opera.
    CHENCHO —¿Cómo que opera?
    VECINO —Opera, invierte, compra un terreno a cuatro, lo vende a ocho, compra una casa de apartamentos, la alquila, trasiega con el dinero ajeno para sacarle buena tajada. Los banqueros hacen lo que les da la gana en el mundo. Tienen dinero, mucho… y por la plata baila el perro, usted sabe.
    CHENCHO —Vecino, ¿y… y todo ese cambalache está permitido?
    VECINO —¡Cómo no, compadre! Hay licencias, hay permisos… Todo eso está autorizado. Eso es lo que se llama la «libertad financiera».
    CHENCHO —Interesante, interesante…
    VECINO —¿Entonces, qué, Chencho? ¿Se decide a meter su dinero en el banco?
    CHENCHO —No, vecino querido. ¡Me decido a… a poner yo mismo un banco! Y no precisamente en el parque.

    Y así fue como Inocencio García se decidió a pasar de heladero a banquero. Chencho iba a entrar en el gran mundo de las finanzas.

    MUJER —Pero, Chencho, ¿tú crees que esto salga bien?
    CHENCHO —Ya salió lo más difícil, que era ganarnos la lotería. Ahora todo vendrá sobre ruedas. Tenemos el dinero para arrancar. «El capital inicial», como dicen ellos.
    MUJER —Pero, Chencho…
    CHENCHO —Confía en mí, mujer. Confía en Chencho. Ahí está: «En Chencho García, todo el mundo confía». Acuérdate para la propaganda.
    MUJER —Es muy arriesgado, Chencho.
    CHENCHO —Quien no cae no se levanta. Así decía mi abuelo.
    MUJER —Tu abuelo se cayó en una alcantarilla y todavía lo están buscando.
    CHENCHO —Anímate, mujer. ¿No dicen que es el mejor negocio? Pues ¡para adelante! Tú serás la cajera del banco. Ya estás «en nómina»… Jajay, esto va a salir bien. Tengo la corazonada.
    MUJER —¿Y dónde vamos a poner el banco, Chencho?
    CHENCHO —Eso es lo que me preocupa. Aquí en el barrio todos son unos muertos de hambre. Aquí todos van a «sacar» y nadie va a «meter». Aquí no ahorra ni el alcalde. Y entonces, ¿yo con qué «opero»?
    MUJER —¿Y dónde, en la capital?
    CHENCHO —Podría ser. Pero este país es un patio. Todo el mundo me conoce. Yo le he vendido helados hasta a la hija del presidente.
    MUJER —¿Y entonces…?
    CHENCHO —«Después de estudiar la situación financiera»… se me ha iluminado el coco. ¿Sabes qué vamos a hacer? Irnos al extranjero. Ponemos el banco fuera.
    MUJER —Pero, Chencho, ¿estás loco?
    CHENCHO —Ninguna locura. Afuera nadie me conoce. Confiarán más en mí. Vendrán a mi banco con sus ahorros. Y yo agarro por aquí, y presto por allá, invierto aquí, convierto allá… ¡opero!
    MUJER —Estás chiflado, Chencho García. Si nos vamos fuera, ¿quién mantiene a mi mamá, y a mi abuela, y a la tuya, y a la sobrina que?…
    CHENCHO —Tranquila, mujer, tranquila. Ya les enviaremos dinero. Y no serán tres pesitos de helados, sino mucho, muchísimo dinero. Les mandaremos «los beneficios del capital invertido» desde allá.
    MUJER —¿Y dónde es «allá»…?
    CHENCHO —En Nueva York, claro. ¿Dónde está el gran dinero del mundo? En «Niu Yor». ¡Pues le metemos nuestro banco en el mismo mondongo de los Estados Unidos!
    MUJER —¡Pero, Chencho…!
    CHENCHO —Deja los peros para después. Prepara la maleta. Ah, y cómprate un diccionario de ésos para ver si aprendo inglés en 10 días… «moni, moni, guan cigarret»…!

    Inocencio García no tuvo problemas en conseguir la visa para viajar a los Estados Unidos. La embajada norteamericana, cuando supo el respaldo económico que tenía, se la dio inmediatamente…

    GRINGO —¿Y a dónde piensa ir con tanta plata, míster García? ¿A Disneylandia?
    CHENCHO —¿Ves, mujer? ¡Me llama míster!… Pues no, pensamos ir a «Niu Yom»… ¡Manjatan, Manjatan!
    GRINGO —Nos alegramos. Que lo pase muy bien, mister García. Me saluda a la Estatua de la Libertad.

    Inocencio García y su mujer llegaron a Nueva York. Con el dinero de la lotería alquilaron un local, compraron mesas, máquinas, talonarios, una caja fuerte…

    MUJER —¿Y cómo se va a llamar el banco, Chencho?
    CHENCHO —¿Qué nombre mejor que el mío? «Banco de Chencho García, abierto de noche y abierto de día»… ¿Te parece bien?
    MUJER —Suena bonito.
    CHENCHO —Sí, me gusta. ¿Por qué no? Aquí está un latinoamericano honrado que viene a correr la misma suerte que sus socios los banqueros de Estados Unidos. Tienes que comprarme una corbata, mujer.
    MUJER —¿Una corbata?
    CHENCHO —¿Cuándo has visto tú a un banquero sin combata?
    MUJER —¿Y qué más necesitamos, Chencho?
    CHENCHO —Nada más. Todo está listo. Ahora sólo faltan los clientes.

    Tal vez por el nuevo nombre, tal vez por la buena estrella que acompañaba a Inocencio García, los clientes comenzaron a llegar desde el primer día…

    CHENCHO —Ya van llegando, mujer… ¿No oyes? Funcionó la propaganda en la esquina…
    VIEJA —Good morning, boy…
    CHENCHO —Claro que voy. «Gud mornín», señora. Adelante, adelante…
    VIEJA —Gracias, gracias, mijito.
    CHENCHO —¿Usted es americana, señora?
    VIEJA —Claro que sí, mijito. Pero estuve casada con un portorriqueño. Y algo se me pagó de la manera de hablar de ustedes.
    CHENCHO —¡Ve qué bien! ¿Y en qué podemos ayudarla, señora?
    VIEJA —Pues, mijito, yo tengo unos ahorritos guardados bajo el colchón desde hace unos años. Y ahora quiero meterlos en el banco.
    CHENCHO —Buena decisión, abuela. No confíe en los colchones.
    VIEJA —¿Y cuánto me dan por mis ahorros?
    CHENCHO —Bueno, si usted abre una cuenta podemos darle… el 10 por ciento. Un buen interés, ¿no le parece?
    VIEJA —Yo no entiendo mucho de números, hijo. Pero usted me da confianza. Sus bigotes me recuerdan a los de mi difunto marido. Me parece estar viéndolo a él. Tenía una corbata igual que la suya… el día que murió.
    CHENCHO —Deje eso, señora, y acompáñeme… Pase por acá… La señorita la va a atender… ¡Mujer, ahí va el primer cliente…!

    Y siguieron llegando nuevos clientes…

    GRINGO —Good morning, sir…
    CHENCHO —«Gud mornín», señor. Si quiere, hablamos en inglés.
    GRINGO —Oh, es lo mismo. El dinero no tiene idioma.
    CHENCHO —¿En qué podemos servirle, señor?

    Y al cabo de todo un día de intenso trabajo…

    CHENCHO —¡Chencho García, abierto de noche y abierto de día!… ¿Ves, mujer incrédula? En la vida, todo es cuestión de decidirse. De lanzarse al agua.
    MUJER —Para ser el primer día, hemos tenido mucho movimiento: 7 cuentas de ahorros abiertas, 5 créditos… El negocio funciona, Chenchito.
    CHENCHO —Creo que vamos a cerrar ya. Son casi las doce de la noche. Y mañana hay que abrir temprano…
    MUJER —¡Llaman a la puerta…! ¿Y quién será a estas horas…?
    CHENCHO —Bueno, tenemos que ser fieles a la propaganda. Chencho García, abierto de noche y abierto…
    POLICIA —¡Policía!
    CHENCHO —¿Cómo dice?
    POLICIA —Policía. Policía del Estado de New York. Documentación, please.
    CHENCHO —¿Mi pasaporte? Ah, sí, mujer, trae los papeles… ¿Pasa algo, señor policía?
    POLICIA —¡Jum! Latino, ¿verdad?
    CHENCHO —Sí, señor, latinoamericano. Ustedes en el norte. Nosotros en el sur. Pero una misma América para todos.
    POLICIA —Este banco es ilegal.
    MUJER —¿Cómo que ilegal? Todos los papeles están en regla, señor. Residencia, licencia… Vea, vea, compruebe…
    POLICIA —¿Qué hace usted en este banco, señor García?
    CHENCHO —Lo que hacen todos los bancos: presto dinero, guardo los ahorros.
    POLICIA —Los ahorros del pueblo norteamericano…
    CHENCHO —¿Y de quién van a ser, si estamos en Norteamérica?
    POLICIA —¡Qué simpático! ¿Y qué piensa hacer después con el dinero guardado?
    CHENCHO —Lo que hacen todos los bancos: invertir, comprar, vender, operar…
    POLICIA —…y repatriar capital.
    CHENCHO —¿Repaqué?
    POLICIA —Repatriar. Mandar el dinero a su país.
    CHENCHO —Por supuesto. Tenemos allá la familia y…
    POLICIA —Acompáñeme.
    CHENCHO —¿A dónde lo…?
    POLICIA —Usted está preso, señor García. Y usted también, señora. Es cómplice del crimen.
    CHENCHO —¿Pero, de qué crimen me está hablando usted, caramba?
    POLICIA —Un crimen contra la soberanía de los Estados Unidos de Norteamérica.
    MUJER —¡Ay, Dios bendito, Virgen de los desamparados…!
    POLICIA —Eso mismo. Encomiéndese a todos los santos, porque su caso es grave, gravísimo.

    PERIODISTA —¡Escándalo en Nueva York! Un ciudadano latinoamericano de 40 años, conocido como Inocencio García, pretendió instalar un banco en la calle 38 de la ciudad de los rascacielos. Su propósito era canalizar capitales norteamericanos hacia su país de origen, delito éste penado por las leyes federales. El fiscal ha pedido diez años de cárcel para el detenido, mientras los miembros del jurado están aún deliberando la sentencia.

    JUEZ —Señores míos, nunca en la historia de los Estados Unidos se vio nada semejante. Aquí han emigrado drogadictos, borrachos y violadores. Pero este crimen es todavía mayor. Porque un asesino mata a dos o tres. Pero elementos como el señor García acabarían matando la nación entera.
    OTRO JUEZ —Estoy muy de acuerdo con usted. ¿Qué ocurriría si nuestros ciudadanos empezaran a poner sus ahorros en manos extranjeras? ¡Es intolerable!
    JUEZ —Toda la ciudad comenta el caso. Apliquemos un castigo ejemplar. El fiscal ha pedido diez años de prisión.
    OTRO JUEZ —¿Diez años solamente? Y al salir de la cárcel, ¿qué se le ocurrirá hacer a ese García? ¿Ponerse de candidato a la Casa Blanca? ¡No, señores, la mala hierba se arranca de raíz!
    JUEZ —Señor García, ¿jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
    CHENCHO —Yo no he hecho nada malo, señor juez. Por mi parte que aquí hay una equivocación. Mire, yo tengo un dinero que me gané en la lotería de mi país. Vine aquí legalmente, trabajé legalmente, puse un banco legalmente…
    JUEZ —…Y legalmente repatrió el dinero de nuestros ciudadanos hacia América Latina.
    CHENCHO —En realidad, yo no he enviado nada todavía a mi familia, pero…
    JUEZ —Pero ya tiene en su mano el cuerpo del delito.
    CHENCHO —¿Qué cuerpo?
    JUEZ —El dinero ahorrado con tanto sudor por los trabajadores norteamericanos. ¿Usted no sabe que hacer eso está terminantemente prohibido por las leyes de Estados Unidos?
    CHENCHO —Señor juez, la libertad financiera dice que…
    JUEZ —Libertad financiera habrá en sus países. Pero aquí no.
    CHENCHO —Pero, según la libertad financiera…
    JUEZ —Señor García, los banqueros somos nosotros, ¿entiende? Esas son las reglas del juego.
    CHENCHO —¿Y qué puedo hacer yo con mi millón de dólares?
    JUEZ —Métalo en nuestros bancos. Le daremos un buen interés. O si prefiere, ponga una heladería. Personalmente, me gusta la vainilla.
    CHENCHO —No entiendo, señor juez, en mi banco yo…
    JUEZ —Señor mío, usted va a sentarse ahora en otro banco. Esta Corte de Justicia condena al acusado Inocencio García a la silla eléctrica. ¡Y con 5 mil voltios!

    Llevaron a Inocencio García, alias Chencho, a la silla eléctrica. Le amarraron cables a las muñecas y a los tobillos. Antes de acabar su triste vida, se le oyó decir un juramento que los policías norteamericanos no pudieron comprender:

    CHENCHO —¡Hijos de puta!
    VECINA —¡Pobre Chencho!… ¡Qué calamidad tan grande le vino encima! Ya le había tomado yo cariño al gordito ése…
    COMPADRE —No llore sólo por Chencho, señora. ¡Llore por todos nosotros, los latinoamericanos, que si no somos bobos, lo parecemos! Porque ellos sí vienen aquí a poner sus bancos, y a llevarse nuestro dinero hacia los Estados Unidos, y hacia Canadá, y hacia Inglaterra y Suiza, y hacia España y hacia Francia. Se llaman «Chase Manhattan Bank» y «National City Bank» y «Bank of America»… Tanto y en tantos idiomas… Y nadie los mete presos ni los lleva a la silla eléctrica. Al contrario, van de banquete en banquete y tienen alfileres de oro en sus corbatas.
    VECINA —La ley del embudo: lo ancho para ellos, lo estrecho para uno.
    ABUELO —Muy bien. Pues, ¿sabe qué voy a hacer yo? Sacar mi dinero de esos bancos.
    VECINA —¿Anjá? ¿Con que también usted tiene sus ahorritos y no me lo había dicho?
    ABUELO —¡Ay, señora, con mis ahorros no compra usted ni una licuadora…! Pero esos cuatro pesos viejos que tengo, los voy a sacar del banco gringo y los meto en uno nacional.
    COMPADRE —¿Y está seguro que será nacional? No se fíe. Los bancos extranjeros «operan» con nuestra plata. Y una de las «operaciones» que hacen es comprar los mismos bancos nacionales. Le dejan el nombrecito que tenían antes «Banco de Comercio», «Banco Continental», «Banco del Pacífico y del Atlántico»… pero son también extranjeros.
    ABUELO —Por lo que veo, esos señores lo tienen todo: las industrias, las compañías, los bancos, el dinero de ellos y el dinero de nosotros… Nos tienen agarrado por los… ¡por las narices!
    COMPADRE —Sí, el dinero de América se va, se fuga a través de los bancos. La fuga de capitales es tan grande que en 1985 llegaba ya a 160 mil millones de dólares. ¡160 mil millones, óiga eso! Una montaña de dinero. Y en esa montaña se va el ahorro, las ganancias, el sudor de nuestros millones de trabajadores.
    VECINA —Ni modo. Estamos fritos.
    COMPADRE —Y eso es lo que se sabe. El dinero que se fuga con trampas y trapisondas y nadie se entera… esa es otra montaña mayor aún.
    ABUELO —Pues yo digo que sí todos los ahorrantes nos unimos y retiramos nuestro dinero de esos bancos abusivos…
    VECINA —Señor, eso lo hace usted que tiene moral. Y lo hace su vecino. Pero, ¿usted cree que los peces gordos, los empresarios, los politicones, van a hacerlo? ¡Qué va! Esos sacadólares ponen su dinero en manos extranjeras! Y si después, el país no tiene dinero para escuelas ni para nada, ¡que se hunda!
    ABUELO —Pero sí todos nos uniéramos…
    CHENCHO —No sea inocente, señor. Yo lo fui demasiado.
    ABUELO —¿Eh, quién habla ahí?
    CHENCHO —Inocencio García, desde el más allá.
    VECINA —¡Chenchói
    CHENCHO —Inocencio García, desd

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